redundante

Entiendo la furia de Ivan Espitia. ¿Cómo así que una obra que aparenta ser puramente formal puede estar opcionada para llevarse tan codiciado premio? Sí, altera profundamente la percepción del espacio del Planetario. (Así como “alterar” el perfil autocrático de la Alzate dependerá más del Gerente de Artes y sus asesores. No dependerá de estigmatizar a su directora. Dejen de desviar la atención y asuman funciones y resposabilidades). Y sí, el despliegue de racionalismo, taladro y rigor es devastador. Pero los tiempos cambian. Y como acertadamente lo afirma Espitia, hacía falta una exposición contundente. Anexo este interesante artículo publicado en diciembre pasado en El Cultural pocos días después de conocerse que la ganadora del Premio Turner en Inglaterra (concurso similar al Luís Caballero, pero con 25.000 libras esterlinas), había sido una obra abstracta-óptica-geométrica (foto superior). Para rematar… una alemana. Tomma Abts !Oh sorpresa! Todo el mundo esperaba algún brit, alguien del parche. ¿Una alemana? ¿pintura abstracta?

Mery Boom

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¿La hora del cambio?
A mí la obra de Tomma Abts siempre me ha parecido uno de esos derivados centroeuropeos poco conocidos del constructivismo, cuya estética modernista resulta tan poco clara como utópica. Pero no es eso. Uno puede lanzar palabras a sus cuadros, pero éstas no hacen más que rebotar. Abts dijo una vez que lo que de verdad le emociona es la idea de una obra tan difícil de contextualizar que pueda dar pistas sobre cómo será el “arte del futuro”. Nadie, ni siquiera el jurado del Premio Turner, sabe qué aspecto tendrá el arte del futuro. La gente que dedica demasiado esfuerzo a hacer un arte ceñido a su tiempo ya ha perdido el tren. Abts siempre ha hecho lo que le ha venido en gana. Su obra no hace referencias directas ni al constructivismo, ni al papel pintado de la Alemania del Este, ni a ninguna otra cosa. Rara vez he visto a un pintor con un enfoque tan preciso y tan ciego al mismo tiempo, que construya cada cuadro (siempre del mismo tamaño, y siempre trabajados horizontalmente, en vez de sobre un caballete o sobre una pared) sin usar fuente alguna, avanzando en un estado de ignorancia e intuición hasta que alcanza un punto “entre una imagen y un objeto”, como ella dice. Los cuadros parecen concretos y específicos y, al mismo tiempo, extrañamente hipnotizantes; y son como un recuerdo falso, como de esmaltes art decó o de papel pintado antiguo. ¿Por qué no?

Los cuadros de Abts no son el tipo de arte por el que es famoso –y tristemente célebre– el Premio Turner. Ganan salas vacías con luces que se encienden y se apagan (Martin Creed, 2001). Ganan animales muertos conservados en formol (Damien Hirst, 1995). Ganan cerámicas vidriosas adornadas con imágenes de abusos sexuales y chistes sobre el mundo del arte, creados por un artista cuyo alter ego travestido es tan artístico como su propia obra (Grayson Perry, 2003). Es famoso el caso de la cama de Tracey Emin, que no ganó en 1999 (en aquel momento, me culpó de ello por algo que yo había escrito, y estuvimos sin hablarnos varios años). Aquel año ganó Steve McQueen. Emin ha sido elegida como artista británica para la próxima Bienal de Venecia. Pero es imposible que alguien piense que es mejor artista que McQueen.

Lo cual no quiere decir que el Premio Turner sea un juez infalible del mejor arte creado en Reino Unido. Lo que sin lugar a dudas sí ha conseguido es hacer que el público tome conciencia del arte contemporáneo. En Gran Bretaña ya no tenemos que discutir por qué las camas o los vídeos, las instalaciones o las performances, pueden ser arte. Otra cosa es si nos ponemos de acuerdo sobre si son buenos o no. Emin, Perry y Damien Hirst son personajes más grandes que la vida misma, a los que ahora conoce todo el mundo, principalmente porque son tan dados a promocionar sus personalidades como su arte. Son hijos tanto de Warhol como de Thatcher.

Las discusiones sobre quién es mejor artista y quién merece ganar no son necesariamente la misma cosa. Lo de comparar pintores y creadores de instalaciones, cineastas y escultores, tiene algo de absurdo. Hay que buscar grados de compromiso, individualidad, niveles relativos de sofisticación. Hay artistas que son seleccionados en un momento poco propicio de su carrera. Tacita Dean estaba entre los favoritos en 1998, cuando ganó Chris Ofili. Ha habido intentos de elegirla otra vez, pero la artista de Canterbury no tiene el menor deseo de volver. El mes pasado ganó en Nueva York el premio Hugo Boss de 37.000 euros y tendrá una exposición en el Museo Guggenheim en febrero. Damien Hirst y Rachel Whiterehead ganaron el Premio al segundo intento.

Este año, el principal contrincante de Tomma Abts era Phil Collins, cuya obra reciente es una exploración de la telerrealidad y del negativo impacto que ésta tiene en la vida de los concursantes. Algo que por supuesto también es en parte una metáfora para acontecimientos como el Premio Turner. La obra de Collins es una especie de deconstrucción de las imágenes de los medios de comunicación. Collins, en mi opinión, tiene un problema de contexto. En la actualidad, los reality shows inundan la televisión británica. Apenas se podía distinguir la deconstrucción de Collins de lo que se ve en pantalla. Ni el Premio Turner, ni el Premio Internacional de Fotografía de Deutsche Börse, para el que también fue seleccionado este año, le proporcionaban un contexto adecuado. Hay arte que sencillamente no funciona en exposiciones como la del Turner.

Creado en 1984, el Premio Turner no alcanzó la fama internacional hasta la década de los noventa, al mismo tiempo que asistimos al ascenso de una generación de jóvenes artistas que no estaban dispuestos a hacer cola. Por sí sola, la fórmula de exposición y premio no habría bastado para llamar la atención del público. En sus primeros años, a casi nadie le importaba el Premio Hugo Boss, o el Vincent o el Duchamp, más que las primeras entregas del Turner.

Pero se dice que al Turner se le están acabando los artistas para seleccionar. También los hay que, como Sarah Lucas, han hecho saber que no desean entrar en este juego. Y en los tiempos que corren, si no se gana a la primera, ¿quién se dejaría seleccionar una segunda vez? (Willie Doherty lo fue en 1994, y otra vez nueve años después. Tampoco ganó en esa ocasión). El Turner somete tanto al artista como a su obra a un intenso escrutinio público. Los tabloides y la prensa normal hacen preguntas indiscretas, y surgen tiras cómicas, chistes, debates editoriales y discusiones públicas sobre la finalidad y el valor del arte. Es la clase de cobertura mediática que no se puede comprar.

Adrian Searle
El Cutural, España.



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