hostipitalidades para guillermo vanegas

En la charla «Endogamia discursiva en la crítica de arte actual», presentada por Guillermo Vanegas en el marco del MDE 07, afirma don Guillermo que el … «colectivo El Bodegón decidió participar en el encuentro realizando uno de sus habituales actos de aceptación-contestación institucional (plenos de provocación gratuita, reclamos postjuveniles y militancia despistada), armando una curaduría a partir de la mezcla de las palabras hospitalidad y “hostilidad” (que produjo el desgraciado neologismo de “hostipitalidad”)», y que …«por otra parte, estarían las muestras de Adolfo Bernal o Cildo Meireles organizadas en el Museo de Antioquia, que mostraban, en una ordenación adecuada, rigurosa y didáctica la manera como se ha desarrollado la carrera de estos dos artistas, permitiendo valorar sus aportes para el arte contemporáneo colombiano y la forma en que podrían seguir operando como desencadenadores de sentido en el futuro.»

Vanegas estructura su ponencia en torno a las oposiciones “espectáculo – participación” y “comunidad – medio artístico” cuestionando de entrada la efectividad de los mecanismos operados por la organización del Encuentro y la ausencia de alguna teleología que creo, él considera fundamental para «entender con claridad de qué es de lo que se trata el encuentro en su totalidad». La cuestión es que, al hacerlo, asume un sesgo ya de entrada Institucional en el que se entiende a quienes están excluidos de ese “medio artístico” como “comunidad”, es decir, como un «Conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes» o como eso que, «no siendo privativamente de ninguno, pertenece o se extiende a varios», y a los artistas y demás profesionales invitados al Encuentro como un “medio”, apenas una «Cosa que puede servir para un determinado fin» o quizás un «Sector, círculo o ambiente social».

Habría que pensar en si un Encuentro estructurado por la idea de “Hospitalidad”, debería analizarse a partir del apriorismo de categorías como “comunidad” y “medio” unidos por un “fin” particular, pues, si hay algo claro de entrada al pensar en la palabra “Hospitalidad”, es que se construye sobre el precepto de su imposibilidad. La Hospitalidad entendida como un gesto transitorio de bienvenida por el cual se recibe a ese que es, por defecto, otro (y en consecuencia, potencialmente hostil), y por ello no susceptible de ser comunado, comunitarizado ni conmutado pues, de hacerlo, se transformaría en un cliché, viéndose apropiado y recluido cuando no abiertamente estigmatizado. Ningún fin debería ser dispuesto para la Hospitalidad, porque entonces se transformaría en alienación o enraizamientos coloniales. Centrar y definir el objeto de la Hospitalidad sería ponerla ya en el contexto de esa “Cultura metro” que permite la elocución de Guillermo y por ello, considero que ninguna razón ni consenso pueden acompañarla, a la Hospitalidad, digo, so pena de verla transformada en una simple agenda gubernamental y en uno de esos indicadores públicos con los que amarra Vanegas a las entidades museales. Es en el desinterés y el desposeimiento donde la Hospitalidad encuentra su espacio, y como, en la práctica, esta suerte de /potlacht/ resulta imposible, es inevitable que la “Hospitalidad” se transforme en “Hostipitalidad” .

El «desgraciado neologismo» “Hostipitalidad” no es un despistado juego de palabras diseñado a modo de «provocación gratuita» por los miembros del Bodegón, sino un término acuñado por Derrida en torno a su particular confrontación con Lévinas, en el cual se entrevé un espacio de relaciones con un otro, siempre inesperado, que se niega a ser dialectizado, y a ponerse dentro de un espacio discursivo particular. La Hostipitalidad juega entonces como motor del Acontecimiento, induciendo un movimiento permanente de los interlocutores separados por un “medio” que en el caso particular del texto de Vanegas sería el artístico y cuyo fin, si lo tuviera, no debería ser otro que sacar de sí, desposeer, escindir e intentar el don de lo que no se tiene. Por supuesto, este tipo de nociones son aún difíciles de estructurar en un mapa conceptual de gestión de macro eventos artísticos, pero no por ello debería ser aplanada la reflexión en torno a ellos para que encajen en la ñoñera de las políticas culturales diseñadas en serie por instituciones grises y voceros más que complacientes.

Para Vanegas, el problema parece darse en términos de “descentralización” e “institucionalización”, cuando en realidad debería considerarse su potencial de desarticulación. La pregunta no sería si el encuentro llega a las comunidades sino si afecta a la construcción y confrontación de subjetividades, no si permite valorar los aportes de un artista equis al arte contemporáneo en Colombia, sino más bien si logra generar algo de ruido en un diálogo sordo de conveniencias y omisiones.

En el caso particular de la participación del Bodegón en el MDE 07, llena como estuvo de incoherencias, traspiés y estupidez de nuestra parte, más allá de una militancia despistada, se alojaba el deseo de reproducir pequeñas agresiones que pusieran en evidencia desde la práctica la imposibilidad de esa Hospitalidad en un contexto donde, más que comidas en el Nutibara con Adolfo Bernal y charlas con curadores y artistas internacionales, convivimos con rumores de descuartizamientos en el vecindario, con la muerte de uno de los miembros del espacio anfitrión, con el malestar que terminó causando entre los miembros de la Jíkara (el espacio que nos alojó) nuestra presencia y el objeto mismo de la curaduría que llevamos a cabo, con las críticas a nuestra perspectiva ética al exponer como parte de la muestra la basura robada de la casa de Jesús Abad Colorado en tanto afectaba supuestamente su seguridad personal, con la exhibición de nuestra propia ingenuidad y con la sensación constante de que, precisamente, estábamos hablando más fluidamente con los exconductores de Pablo Escobar, los viejos amigos de la Kika, doña Aura (la productora de las empanadas más increíbles del mundo) y los grupos de punk del barrio Castilla que con ese “medio” que Vanegas supone establecido en el seno del encuentro.

A diferencia de Guillermo, creo que el asunto no es ya de planeación, difusión o circulación de una u otra postura crítica o modelo de producción o socialización, en tanto todas están por defecto situadas en una lógica de la cultura como mercadeo de espectáculos, sino de la posibilidad de que el Encuentro permita construir f(r)icciones que estimulen la confrontación abierta entre los individuos particulares que, precisamente, allí se encuentren. Y para que eso ocurra, creo, sobran la omnipresente ausencia de Meireles y la rigurosa ordenación de la obra de Álvaro Bernal en el Museo de Antioquia.

Víctor Albarracín

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convocatoria para una acción de duelo

Un grupo de artistas encabezados por Doris Salcedo está convocando a todos aquellos que quieran participar en una acción de duelo en memoria de los Diputados de la Asamblea del Valle.

Se cubrirá la Plaza de Bolívar con una retícula de veinticinco mil velas. El grupo de artistas colocara las velas en la Plaza y requiere de su solidaridad para prenderlas (en los posible llevar una caja de fósforos o un encendedor)

Quienes deseen ser parte de esta acción solidaria deben asistir el día martes 3 de julio del 2007 a las 5:00 p.m. frente a la Catedral Primada de Bogotá.

Se agradece su participación.


amazonas: entre el desconocimiento y la rifa

Es increible como se rifa Amazonas en los àmbitos culturales, por no decir, econòmicos y polìticos del paìs. En abril y mayo Antonio Caro realizò una exposiciòn en el Planetario distrital que da realmente verguenza. La repeticiòn de imàgenes “Clicle” del Amazonas: La anaconda, mal dibujada, el indìgena “salvaje” y la falta de producciòn artìstica se anuncian con pleno descaro, desconociendo la realidad`y riqueza artìstica que existe en el Trapecio. Un taller patrocinado por el Ministerio de Cultura, que cada vez màs reafirma el patrocinio de artistas citadinos que desconocen las regiones y cuyos proyectos financian unas buenas vacaciones en las regiones, sin generar proyectos de autogestiòn, aporte en tècnicas y nuevas tendencias artìsticas de ningùn tipo. Es importante que el Ministerio de Cultura no sea corrupto. La vieja linea del amigo de las señoras que distribuyen el presupuesto nacional a nivel cultural debe parar. Y como? realizando evaluaciones serias de los proyectos, acaso se les ocurre preguntar a nuestras señoras de la cultura si los artistas conocen la regiòn? Digo: Conocen…no si han viajado como mochileros? El sr Caro, solo no hizo un taller para Amazonas, ya que a su taller llegaron si mucho 5 personas, sino que desconoce la importancia de vincular a diversos sectores de Leticia en este tipo de actividades.

Creo que es hora de que artistas reconocidos y noreconocidos, dejen de viajar a las regiones a prometer que el Ministerio llevara una segunda parte de proyectos que nunca se hacen. La Amazonìa colombiana requiere de no ser abusada por todo el que llega: ONG, Turistas, entidades pùblicas, etc, que desconocen la regiòn y solo se reparten tajadas entre amigos, que poco o nada dejan en las regiones.

Dejen de rifarse el paìs, señores y menos al Amazonas, que bastante ha sufrido de los expolios econòmicos, para ahora tambièn continuar con los culturales.

Liliana Cortés


¿espacio de crítica o esfera pública?

Desde hace un tiempo, varios participantes de esta Esfera Pública la han querido conceptualizar como espacio de crítica de arte. O como se ha planteado en días pasados, como uno de los enclaves que han generado un renacimiento de la crítica de arte. Se trata de argumentos bien fundamentados y tienden a subsanar el “vacío” de crítica de arte que desde hace décadas caracteriza la escena local.

De alguna forma, esta “reducción” de Esfera Pública a espacio de crítica puede, con el paso del tiempo, tender a excluir participaciones un tanto más coloquiales y no tan especializadas y eruditas. Como una especie de antídoto para quedar encasillados como Espacio de Crítica de Arte, propongo la lectura del artículo anexo.

Carlos Alberto Vergara
La deliberación de enclave: la redefinición de la esfera pública

En su revisión del concepto de esfera pública de Jürgen Habermas, KLUGE & NEGT toman como punto de partida dicho concepto, que denota la existencia de instituciones específicas (la prensa, las vinculadas a la ley, las plazas públicas) y un horizonte de experiencia social compartido en el que se sintetiza lo que es relevante para la sociedad. De esta manera, la esfera pública queda en manos de un grupo reducido de profesionales (políticos, sindicalistas, periodistas) y, al mismo tiempo, afecta a todos los miembros de la sociedad ―al tratarse de una dimensión de sus conciencias (2001: 236). Las deficiencias del término son puestas de relieve al reparar en que si bien es cierto que la experiencia de todos los miembros de la sociedad se configura dentro de la esfera pública, también lo es que la constitución de la misma es llevada a cabo sólo por el grupo que tiene acceso a los medios de producción y expresión.

Conviene, pues, redefinir la noción de esfera pública, manteniendo las connotaciones ya presentes en Habermas como son la idea de publicidad, la negociación colectiva de los significados y la constitución de lo público, pero incluyendo la participación de un mayor número de sujetos. Kluge y Negt acuñan el término de esfera pública proletaria o de oposición, que emerge en momentos de ruptura dentro de la historia (crisis, guerra, revolución) para dar cuenta de la aparición de nuevas fuerzas sociales, que aportar nuevos elementos de discusión y de conflicto que hasta el momento habían quedado fuera de la esfera pública dominante, clausurados bajo la forma del consenso. En consecuencia, el horizonte de experiencia se extiende y se redefine el marco en el que los miembros de la sociedad interpretan las significaciones sociales. La esfera pública, entendida de este modo, es “la fábrica de este modo, es “para específicos miembros de la sociedad, al tratarse de una dimensión política: el lugar donde se produce […], el espacio donde las políticas son posibles en primer término y después comunicables”(2001: 270).

La apertura hacia nuevas políticas y la necesidad de comunicarlas serían, pues, las dos características principales de una esfera pública de oposición, además de la inclusión de un amplio número de productores que no se restrinja a los especialistas. De esta consideración se deduce una serie de elementos que deben contribuir a fortalecer una esfera pública más amplia: una noción dinámica de lo social, un mayor papel para la sociedad civil y una especial atención a las formas de discusión y de comunicación.

La idea de que es imposible establecer una clausura semántica definitiva sobre la sociedad (CASTORIADIS, 1998: 177; LACLAU & MOUFFE, 1987: 130-121) permite considerar la constitución de lo social como un proceso dinámico en el que las significaciones se someten a revisión y cambio. Esta apertura significativa es posible gracias a que, en el plano discursivo, las distintas visiones sociales se someten a debate y discusión. De ahí la importancia de una sociedad civil activa que participe en los procesos de significación social para romper el cierre semántico que, en ocasiones, se impone sobre la esfera pública. La configuración de nuevos espacios públicos de discusión y expresión fomenta el poder de autodeterminación en la sociedad civil (CABRERO, 2002: 69-70), en la medida en que reduce el grado de coerción ejercida sobre la sociedad civil mediante la ampliación del abanico de sus alternativas de acción y la habituación de sus miembros a tomar decisiones por sí mismos (PÉREZ-DÍAZ, 1997: 104). La comunicabilidad, por último, debe ligarse a la situación: la comunicación sólo es posible cuando existe un lugar común. La situación comunicativa, tal y como indica Luis Enrique ALONSO, establece “una relación entre lo social y lo verbal como un proceso de reproducción y constitución de una realidad, en la cual participan tanto la acción social, en su sentido más amplio, como la verbal” (1998: 46).

En este sentido, creemos que el espacio de discusión ofrecido por Internet puede contribuir a corregir el carácter restrictivo que inicialmente hemos atribuido a la esfera pública. En primer lugar, la esfera pública dominante, cuya situación comunicativa se desarrolla, sobre todo, a través de los medios de comunicación de masas, se caracteriza por su modelo centralizado y piramidal, que dificulta el establecimiento de interrelaciones entre emisores y receptores (RAMONET, 2002: 9). Por el contrario, Internet hace surgir otro modelo de comunicación: el modelo de redes, en cuya estructura “no hay ninguna parte dominante y la circulación de información puede hacerse en todas direcciones” (GIUSSANI, 2002). La diversificación de productores de informaciones no limita la constitución de la esfera pública a un grupo de instituciones o de especialistas sino que da cabida a diversos modos de representar y comprender la realidad.

Claro está que el aumento considerable de información y de emisores no es suficiente para una reforma satisfactoria de la esfera pública, ya que se requiere asimismo un horizonte de experiencia, que integre al mayor número posible de miembros de la sociedad. Internet promueve dicha integración en tanto que no es únicamente un soporte de información sino que también es en un medio de sociabilidad no basado en el lugar (CASTELLS, 2001: 147). La red contribuye a crear y a fortalecer vínculos entre los usuarios de Internet que, a través de comunidades virtuales, establecen un nuevo modo de relacionarse entre ellos acerca de temas sobre los cuales están interesados. La esfera pública, por lo tanto, se enriquece gracias a la participación y a la inclusión de múltiples puntos de vista, aunque también se fragmenta en diversas comunidades virtuales, que potencian el desarrollo interactivo de los horizontes de experiencia.

Ahora bien, consideraríamos erróneo decir que la esfera pública se disgrega en espacio real y virtual ―entendiendo espacio virtual como aquel que sucede en el ciberespacio―, ya que excluiría la fluidez con la que se relacionan los distintos espacios, así como la ampliación de los horizontes de experiencia y la redefinición de las significaciones sociales con la que Internet contribuye. Más productiva resulta la distinción que Pierre LÉVY hace entre actualización y virtualización. La virtualización es “una mutación de identidad, un desplazamiento del centro de gravedad ontológico del objeto considerado” (1999: 19) y se puede vincular con la apertura de la entidad, en oposición con la clausura. El mensaje virtual es un mensaje que no se ha actualizado en el aquí y ahora concretos y que puede ser reapropiado en distintos momentos. La virtualización permite que la información y las opiniones circulen más allá de coordenadas espacio-temporales concretas. Al virtualizar los mensajes, el número de participantes es más numeroso y contribuyen a la negociación simbólica de los mismos, puesto que “los mensajes que virtualizan el acontecimiento son, al mismo tiempo, su prolongación, participación, en su determinación inacabada, forman parte del mismo” (LÉVY, 1999: 54).iel que se sitcio real como el que endo espacio real como s ciudadnos

En definitiva, podemos concluir que la esfera pública, gracias a Internet, se abre a la participación de la sociedad civil para expresar y comunicar temas que, de este modo, se virtualizan y contribuyen a nuevas significaciones que dificultan la clausura de lo social. La virtualización, además, explica la facilidad con que los mismos temas son abordados tanto por los intermediarios del interés general (periódicos, revistas, televisión) como en el ciberespacio.

2. Los enclaves deliberativos

La deliberación forma parte del ideal republicano, al procurar “inducir a cada persona a exponer las razones (públicas, atendibles por todos) de sus puntos de vista y minimizar, en definitiva, los riesgos de que la política se convierta en un asunto de los grupos de interés” (OVEJERO et al., 2004: 39). Philip PETTIT aborda este concepto mediante la distinción entre negociación y debate: la primera se basa en el acuerdo entre grupos de intereses que resulte beneficioso para ellos y no les exija demasiadas concesiones, mientras que el debate toma en consideración todas las posiciones que los grupos pueden reconocer como relevantes. Ambas formas también se diferencian en que a la hora de tomar decisiones, éstas están tomadas de antemano en la negociación y en que la accesibilidad se restringe sólo a quienes tienen poder negociador (1999: 244-245). El interés del republicanismo por la deliberación se traduce en la promoción de la discusión y del debate, de modo que las creencias y valores individuales, así como los horizontes de experiencia, sean “revisables a la luz de la discusión y el debate colectivo, teniendo en cuenta perspectivas alternativas e información adicional” (SUNSTEIN, 2004: 150).

La proliferación de medios de comunicación alternativos, blogs y foros de discusión es bien acogida por el republicanismo ya que aporta fuentes de información alternativas, abre nuevas posibilidades para debatir y desarrolla la razón dialógica. La deliberación, como proceso no sólo compartido sino interno, conlleva autorreflexión por parte de los sujetos, de manera que se cuestionen y discutan las razones a favor y en contra de determinadas acciones (PEARCE, 2006: 24). De manera análoga, los foros de discusión favorecen la autorreflexión y someten temas, que por lo general forman parte de la identidad de las comunidades virtuales, a debate y a discusión. La argumentación y la información no se agotan necesariamente en los discursos dirigidos hacia posturas contrarias sino que afectan así mismo a las posturas compartidas por los grupos.

Al analizar el modo en que Internet fomenta la deliberación y el debate entre distintos grupos, Cass R. SUNSTEIN (2003: 69-72) llama la atención sobre la tendencia de los individuos que configuran dichos grupos a acentuar sus posiciones más extremistas. Esta polarización se explica por la existencia de un número de argumentos limitados ―y de alto carácter persuasivo― dentro de los grupos afines y por el comportamiento de los individuos que adoptan una imagen favorable ante otros miembros, de modo que sus posiciones se asemejan a las posturas dominantes.

Frente a la fragmentación y a la aparente dificultad en la comprensión de posturas diferentes a las sostenidas por otros grupos, el extremismo ―o fortalecimiento de actitudes y opiniones que discrepan de las actitudes y opiniones mayoritarias― no tiene que ser necesariamente negativo. La constitución de grupos con argumentos sólidos y visiones alternativas fomentados, entre otras cosas, por los foros de discusión existentes en Internet podría traducirse en el enriquecimiento de la sociedad. Para ello, se requiere pasar de la fragmentación y la polarización al pluralismo y a la diversidad de opiniones. Este salto sólo se consigue si los grupos, aunque actúen desde los extremos, confrontan sus ideas con otras presentes en la sociedad. En caso contrario, la falta de encuentro aumentaría el grado de polarización y los argumentos que apuntan en la misma dirección se refrendarían a sí mismos y serían asumidos sin ningún cuestionamiento por parte de los miembros de los grupos.

El concepto de deliberación de enclave refleja este proceso de formación de identidades de grupo fuertes y puede definirse como “la forma de deliberación que tiene lugar en el seno de grupos más o menos aislados en los que las personas de ideas afines hablan fundamentalmente entre ellas” (SUNSTEIN, 2003: 78). Internet contribuye así a la formación de enclaves en los que múltiples grupos someten a deliberación sus opiniones y ofrecen nuevos argumentos a la sociedad. La deliberación de enclave resulta claramente positiva en su funcionamiento a través de Internet en la medida en que la posibilidad de hablar no depende del estatus social ni de las jerarquías que imponen un orden de palabra. En el polo negativo, hay que considerar la posibilidad de que estos grupos fomenten el aislamiento y el odio social y de que, al darse por sobreentendido el consenso dentro del grupo, los argumentos sean sustituidos por apelaciones emocionales y el fomento de actitudes y visiones estereotipadas, como ocurre, por ejemplo, con grupos nazis (SUNSTEIN, 2003: 79).

Los enclaves deliberativos pueden enriquecer la sociedad cuando se evitan los riesgos del aislamiento y los miembros del enclave entran en diálogo con otros grupos que están en desacuerdo con ellos. De esta manera, se logra además que nuevas posiciones emerjan en la esfera pública y que algunos aspectos constituyentes del orden social sean cuestionados y discutidos por una amplia cantidad de grupos. La ventaja de los enclaves deliberativos puede resumirse destacando que éstos “mejorarán la deliberación social, democrática y de otro tipo, precisamente porque la deliberación de enclave a menudo es necesaria para incubar nuevas ideas y perspectivas que se incorporen en gran medida al debate público” (SUNSTEIN, 2003: 81). Si la esfera pública ha de entenderse como un esfuerzo para asegurar que múltiples puntos de vista puedan ser escuchados por gente con múltiples perspectivas, entonces el espacio social deberá ser lo suficiente amplio como para incluir los enclaves de deliberación y sus puntos de vista (SUNSTEIN, 2000: 113-114).

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24/06/ 2007 / 10:05 p.m. – 11:05 p.m./ Introducción. la renta básica como derecho ciudadano emergente: elementos para un debate

(viene de : http://esferapublica.org/nfblog/?p=878)

(…) se han mostrado receptivas a la posibilidad de comenzar una renta básica sólo para niños (aunque para todos los niños) o sólo para las personas mayores (aunque también para todas ellas). También podría pensarse en un ingreso universal financiado con rentas provenientes de recursos naturales (en el Estado de Alaska, por ejemplo, existe una suerte de renta básica anual obtenida de los ingresos del petróleo y distribuida de forma individual entre todos sus residentes). En todo caso, el principio de fondo es el mismo: como ocurre con las políticas sanitarias o educativas, la renta básica tiene un coste. Mientras más redistributiva sea su financiación, más generosa podría ser su cuantía. (10:13 p.m.)

Es evidente, sin embargo, que también sería concebible una renta básica regresiva, financiada con recortes sociales o con un sistema tributario que cargara a los sectores medios y dejara intactos a los más privilegiados. Esta posibilidad, hace que, aisladamente considerada, pueda resultar atractiva incluso para sectores liberal conservadores. Desde esta perspectiva, si todas las personas dispusieran de un colchón “mínimo” para sobrevivir, el camino para la privatización de servicios públicos, la flexibilización del despido y el desmantelamiento de programas de asistencia social quedaría despejado e incluso aparecería como plenamente justificado. (10:17 p.m.)

Ahora bien, del mismo modo que un partidario conservador de una renta básica “débil” podría concebirla como una vía de flexibilización del mercado laboral, un partidario igualitarista podría, por el contrario, defenderla como un mecanismo de apoyo de un reparto del empleo ecológicamente sostenible. Y es que, en principio, el ingreso ciudadano sólo vendría a reemplazar, allí donde existieran, las rentas de inserción o los seguros ligados al hecho de no tener un empleo. Pero sería perfectamente compatible con otras medidas que favorezcan la efectividad del derecho a la vivienda, a la alimentación, a la salud o a la educación o la socialización, incluso, de determinadas formas de producción. (10:23 p.m.)

¿Y qué ventajas tendría respecto de otras alternativas redistributivas? Una primera, no menor, es que aumentaría la autonomía de los sectores más vulnerables sin reforzar la discrecionalidad del aparato estatal. En otras palabras: a diferencia de otras políticas asistenciales cuyo carácter redistributivo se disuelve en los aceitados engranajes del clientelismo y la corrupción, la renta básica tendría, por sus características formales, la estructura de un derecho indisponible y no de una concesión que el poder político de turno pueda regatear o revocar de manera más o menos caprichosa (10:27 p.m.) (final de la página 12)

Una segunda especificidad es que la renta básica, al ser una prestación monetaria periódica y no en especie, reduciría el margen para el paternalismo estatal y ampliaría la capacidad de decisión de los destinatarios para satisfacer sus propias necesidades. Así, al tratarse de un medio abstracto de intercambio, sus beneficiarios adquirirían un protagonismo del que carecen en la mayoría de las políticas sociales articuladas “desde arriba”. (10:30 p.m.)

Naturalmente, un ingreso monetario por sí sólo no garantiza la inclusión social, la recuperación de la autoestima o un horizonte vital de relaciones basadas en la cooperación y en la “gratuidad”. Pero esta constatación, nuevamente, no sería tanto un argumento contra la renta básica en general sino concebida de manera aislada, sin otras políticas que la complementen (10:33 p.m.)

No se puede, en efecto, esperar de una medida lo que ésta, pos sí misma, no puede dar. Una renta básica, como se argumenta en los textos que aquí se reúnen, podría contribuir a que millones de personas que viven en la calle sin un mínimo para subsistir pudieran hacer frente a esa situación de manera más digna. O a que las mujeres que se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad pudieran vivir sin el permiso de sus jefes o maridos. O a que los trabajadoras y trabajadores mejoraran su poder de negociación en las relaciones laborales para presionar, por ejemplo, por salarios más justos o un mejor reparto del empleo. O a que prosperen iniciativas autogestionadas basadas en formas de producción de intercambio no capitalistas. (10:37 p.m.)

Pero nada de eso ocurriría únicamente con un ingreso ciudadano. Decenas de medidas democratizadoras adicionales serían necesarias tanto en el ámbito de la redistribución como en el de la producción. Una renta básica robusta podría estimularlas, pero sin un control efectivo de los poderes de mercado y un simultáneo apuntalamiento de los derechos políticos y sociales, sus efectos serían limitados. (10:39 p.m.)

Lo mismo puede decirse de los argumentos que ven en una renta básica de “ciudadanía” una medida excluyente, que dejaría fuera a los extranjeros o que generaría un insostenible “efecto llamada” sobre los habitantes de otras comunidades. Se trata de riesgos reales. Pero más que a abandonar la propuesta a lo que invitan es, posiblemente, a flexibilizar las fronteras, a extender a todas las personas los derechos de ciudadanía y a pensar políticas igualitarias “multinivel” que eviten el dumping social y la guerra entre pobres (10:44 p.m.)

En otros términos: los riesgos de un posible “efecto llamada” no son exclusivos de la renta básica, sino de cualquier medida igualadora o redistributiva que se adopte sólo en una escala restringida. Si la renta básica no opera como un instrumento de “contagio” y de presión al alza de otras políticas sociales en diferentes escalas, seguramente estará condenada al fracaso. Pero si todas las medidas de reforma social se (final de la página 13) (10:47 p.m.) supeditaran a su previa formulación regional o internacional (algo deseable en términos normativos), sería poco lo que podría impulsarse en el terreno práctico. (10:49 p.m.)

En suma: del mismo modo que una renta básica podría financiarse por vías más progresivas o regresivas, también podría acompañarse de medidas más o menos igualitarias, feministas, ecologistas o internacionalistas, de acuerdo con la concepción ideológica que se postule. En ese sentido, una renta básica “débil”, concebida de manera aislada, sería una propuesta relativamente ecuménica, en la que podrían reconocerse tradiciones políticas e ideológicas diferentes y hasta encontradas. Haría falta, en cambio, conocer las justificaciones normativas que se ofrecen a su favor, las propuestas de financiación y las medidas complementarias que se proponen para su puesta en práctica para saber si se está ante un partidario de derechas o de izquierdas; productivista o ecologista; liberal, libertario, republicano o socialista. (10:54 p.m.)

Los autores y autoras que participan en este volumen son, todos ellos, defensores igualitaristas de la renta básica. Todos la perciben como un instrumento para disminuir las desigualdades y dotar de poder a las personas y grupos en situación de mayor vulnerabilidad social, económica, de género o cultural. Pero ésta no es, una vez más, la única posibilidad de defender la renta básica o la única manera, naturalmente de ser de izquierdas. Muchos autores, por ejemplo, consideran desde la derecha pero también desde la izquierda que un ingreso incondicional es una medida inaceptable porque rompe el vínculo entre derechos y contribución social. Así, niegan que la renta básica pueda ampliar la economía de las personas; aseguran, por el contrario, que ésta tiende a consolidar el parasitismo y a generar la ilusión de una “sociedad de becarios”. (11:01 p.m.)

El tema de la relación entre derechos y deberes o, si se prefiere, entre derechos y contribución social, es importante. Ningún derecho se encuentra totalmente desligado de la idea de deber. Hasta el derecho al sufragio o el derecho a la educación, concebidos como derechos universales, aparecen vinculados al desarrollo de un cierto compromiso con la comunidad. Prueba de ello es que en algunos ordenamientos, además de cómo derechos, aparecen consagrados también como deberes cívicos. (11:05 p.m.)

Enlaces relacionados:
http://transcripcionplastica.blogspot.com/2007/06/renta-bsica-gerardo-pisarello-antonio.html

Erratas:
En http://esferapublica.org/nfblog/?p=878 dónde dice Los sectores medios probablemente quedarían como están, es decir, pagarían por vía fiscal el equi (final de la página 11) lente a lo que ingresarían en concepto de la renta básica, mientras que el grueso de la carga financiera recaería sobre los sectores más altos. (3:12 a.m.)
Debe decir:
Los sectores medios probablemente quedarían como están, es decir, pagarían por vía fiscal el equi (final de la página 11) valente a lo que ingresarían en concepto de la renta básica, mientras que el grueso de la carga financiera recaería sobre los sectores más altos. (3:12 a.m.)


Jano patrono de los artistas

Una vez Dios hubo creado el  universo realizó su primera pintura, la contempló, reflexionó y dijo: «no es bueno que el arte esté solo»: creó entonces la crítica de arte. Con tal ascendencia ésta no puede ser parcial, apasionada, ni politiquera, eso sí, ha de ser creativa, –colocarse a la altura de aquello que ha de complementar. Crítica de arte y construcción artística son lados complementarios de la forma artística. Una construcción artística cae en el vacío cuando no encuentra su lugar en el mundo; una crítica de arte que no sondee imaginativamente el adentro de una construcción artística ha de conformarse con ser parcial, apasionada y politiquera, de esta manera distrae su debilidad creativa.

No suelen hablar bien los coleccionistas sobre la crítica de arte. Han logrado que las lógicas de las reformas económicas contemporáneas  determinen el pensamiento artístico. Para el coleccionista, arte es sinónimo de feria, pocas veces de reflexión preconceptual sobre nuestro mundo. Conforme a esta filosofía, el mercado ha tratado de asumir la tarea de proporcionarle  legitimidad a la construcción artística. Al igual que las empanadas, si se venden son buenas: la publicidad reemplaza la crítica: ¡esto es ser pragmáticos!  Al parecer los coleccionistas han tenido éxito, así el dinero no pueda ofrecer el mundo que demanda toda construcción artística.

Guillermo Vanegas ha tematizado uno más de los muchos desplazamientos forzados que operan silenciosos en Colombia, el de la crítica de arte. Ignoro si el contexto de  ‘el autoexilio’ de Carolina Ponce de León  es psicológico, político, económico o artístico. En cualquiera de los casos, es afortunada la distinción que introduce Vanegas: ¿este ‘autoexilio’ refleja algo más que un problema personal? ¿No refleja el autoexilio de muchos  artistas colombianos? ¿No refleja el autoexilio de la sociedad en su conjunto, su ensimismamiento? ¿No refleja nuestra voluntad de silencio? Los devotos preferirían hablar de resignación. Ahora, ¿las curadurías de los Salones Regionales han contribuido de alguna manera a reforzar  este estado de minoría de edad, de desprecio de sí mismos? ¿Existe alguna incompatibilidad entre la crítica de arte y las curadurías artísticas? Por lo menos, la semántica de pastoreo religioso que lastra el término cura es premoderna, a diferencia del espíritu  crítico que caracteriza al pensamiento moderno.

Los colombianos y las colombianas somos críticos conformistas: somos críticos pero somos renuentes a los cambios; cuando los aceptamos no planeamos con posteridad las evaluaciones correspondientes; carecemos de cultura de evaluación; muchos de nuestros guías culturales son empíricos, carecen de cultura pedagógica. Aceptamos las críticas  y los cambios que aquéllas sugieran, porque sabemos que las cosas van a seguir igual para que podamos seguir siendo el país más feliz de mundo: ¿quién nos podrá entender? El ensimismamiento puede ser el indicador que explique nuestra felicidad.

Guillermo Vanegas hace una de las primeras evaluaciones sobre los Premios de Crítica de Arte en Colombia, si no es la primera; considera que su impacto ha sido positivo, que ha animado a muchas personas a tratar de restaurar la cabeza cercenada del inmovilizado dios Jano. Vanegas realiza un balance entusiasta, habla de un reverdecer crítico en Colombia, muestra los indicadores respectivos para darle objetividad a sus juicios. Sugiere que algo está pasando después de haber pasado muy poco en este campo. Parece decirnos que hemos comprendido que  Jano con una sola cabeza es un dios inútil.  No obstante, matiza su entusiasmo: este reverdecer puede ser flor de un día: la endogamia sería fatal. Recomienda abrir más horizontes. Exhorta a nuestras instituciones a reforzar sus estímulos a este respecto. No obstante, le faltó decir que si existe un reverdecer de la crítica es porque los artistas colombianos están regresando de su autoostracismo, –que se están saliendo de las órdenes mendicantes en las que los matriculó la posmodernidad, –que  están recuperando la voz silenciada por todo tipo de ruidos, –que se  están reconciliando con las tradiciones artísticas, –que están recuperando su voluntad de conversación, –que están experienciando, como aquél niño convaleciente del que hablaba Baudelaire, un renacer. Es cierto que por ahora el fenómeno está restringido a ámbitos especializados, pero es susceptible de ser ampliado.

Si Vanegas tiene razón, y los responsables de las instituciones culturales de nuestro país se interesan por lo que piensa la comunidad artística, sugeriría llevar más lejos los Premios de Crítica de Arte, –traerlos a nuestra cercanía, –enlazarlos al día a día de las prácticas artísticas colombianas. ¿Por qué no estimular que las críticas registren lo que pasa en el año artístico en Colombia? La crítica de una construcción artística que no vimos los colombianos, no resulta tan interesante como una que hayamos presenciado en nuestras ciudades, así aquélla sea de una artista famosa en una ciudad del único mundo. ¿Por qué esperar un año para conocer el pensamiento crítico del arte colombiano?

Las críticas de arte no deberían escribirse para los concursos, tendrían más impacto si acompañaran el día a día de los artistas y no sólo de los consagrados en nuestro medio. No me imagino a Marta Traba, ni a Carolina Ponce de León, escribiendo crítica de arte para un jurado, que en muy contadas excepciones ha escrito sobre arte o se ha interesado por sus vicisitudes. Si no reconocemos  la especificidad de los lenguajes artísticos, ¿quién se los va a reconocer?  Percibo poco riesgo en algunas críticas de los galardonados. Registrar las bondades de las construcciones de artistas colombianos consagrados como Doris Salcedo y Miguel Ángel Rojas pueden resultar s
uperfluas, así los textos estén muy bien escritos. Esta fórmula de éxito no es buena señal. Ignoro qué acompañamiento crítico tuvo el trabajo de Raúl Cristancho, Mercedes Angola y los artistas convocados al Viaje sin Mapa, en la Biblioteca Luis Ángel Arango. ¿Fue pensado este esfuerzo por los  críticos que participaron en el concurso del Ministerio de Cultura? En mi opinión este esfuerzo no fue suficientemente valorado por la crítica, aunque sí fue apreciado por la ciudadanía bogotana. ¿La crítica no debería visualizar todos estos esfuerzos de los artistas colombianos? ¿No debe registrar lo que acontece en nuestras ciudades?

Los gestores de Esfera Pública han logrado encauzar los intereses del arte colombiano, a través de un medio que garantiza libertad y democracia y que, además, es muy atractivo para los jóvenes. Este es un reconocimiento que es necesario hacer. Entre otras informaciones, por Esfera Pública podría circular el día a día de la crítica de arte en Colombia, no tendríamos que esperar un año para enterarnos qué ha pensado la crítica sobre las construcciones artísticas que surgen en nuestras ciudades. Por supuesto, esta modalidad obliga a introducir cambios, uno de ellos es cómo otorgar los estímulos institucionales: ¿este reconocimiento no puede construirse y decidirse más democráticamente, acorde con los nuevos medios?  ¿Es muy loco proponer que todos los libres conversadores de Esfera Pública podrían participar en este proceso y dejar obsoletos aquellos jurados que se interesan por el arte en sus periodos de vacaciones? ¿Estas innovaciones no animarían  más el arte colombiano? Estoy de acuerdo con Guillermo Vanegas en que los estímulos a la crítica de arte han cumplido un papel importante en nuestro país; no obstante, ¿no es el momento de realizar algunos ajustes?

 

Jorge Peñuela

POSDATA: Si la organización del premio Luis Caballero ha logrado sostener la idea de que los  trabajos de madurez de los artistas colombianos  se pueden construir sin tutorías, ¿con la concurrencia de la nación no se puede realizar un proyecto  más abarcante, como complemento a las curadurías regionales?  Estas curadurías son benéficas para artistas con poca trayectoria, pero poco estimulantes para aquéllos que han trasegado por esos procesos una y otra vez y que tienen una obra consolidada. Tomémonos en serio la hipótesis de Guillermo Vanegas: si en verdad el arte colombiano está reverdeciendo, las instituciones correspondientes deben procurar que este entusiasmo no se frustre. Convenzamos a nuestra Ministra de Cultura de que el Concejo de Bogotá se equivoca cuando asimila el arte al entretenimiento y al deporte, démosle la oportunidad de comprender las especificidades de las artes.

 


endogamia discursiva en la crítica de arte actual

“nunca se habían considerado las personas más infalibles que entonces en sus sentencias, sus conclusiones científicas, sus convicciones morales y sus creencias […] Todos estaban exacerbados, no se entendían entre sí, cada cual pensaba que sólo él estaba en posesión de la verdad y sufría de creer a los demás equivocados, se daba golpes de pecho, lloraba y se retorcía las manos. No sabía cómo ni a quién juzgar…”

 

Fiódor Dostoievsky[1]

 

Actualmente se está realizando la mejor crítica de arte que ha tenido el país luego del desafortunado autoexilio de Carolina Ponce de León. El número de debates sobre arte contemporáneo local que se dan en la red se repite a cada momento; la tensión que despiertan en la opinión pública se incrementa periódicamente, inclusive funcionarios que niegan en público leer las opiniones que se formulan en esos espacios, tiempo después conceden entrevistas para esos mismos sites; el MDE07 posee una “columna del encuentro”, donde se puede dar la difusión de alguna variante de pensamiento crítico en el periódico El Colombiano y en el magazín La Hoja; el número de participaciones al Premio Nacional de Crítica que organiza el Ministerio de Cultura se multiplicó este año casi en un trescientos por ciento y en la actualidad se encuentra abierto el concurso de ensayo histórico o crítico del Instituto Distrital de Cultura y Turismo. Por otra parte, algunos artistas desarrollan la actividad crítica en medio de su ejercicio profesional: publicando irregularmente fanzines como NQS, de Fernando Uhía o Erguida, del autor de esta ponencia; escribiendo con periodicidad sobre eventos de arte, como Jorge Peñuela en sus numerosos reportes sobre el Premio Luis Caballero, Humberto Junca en su columna mensual en la revista Arcadia o Carlos Salazar en sus profundísimos comentarios sobre filosofía, arte y políticas culturales en esferapublica  u organizando espacios para exhibir arte contemporáneo y haciendo escritos sobre las exposiciones que allí se muestran, a la manera de Víctor Albarracín en El Bodegón. Pareciera que los esfuerzos de los críticos-gestores de los años ochenta y de los críticos-curadores de los años noventa están dando sus frutos y que la crítica de arte vuelve a leerse. Pareciera que las tribunas para los críticos de arte se han multiplicado y que el esperado reverdecimiento de esta práctica se hubiera dado con un impulso inusitado. Muchos parecen creer, pues, que la crítica de arte ha vuelto a nacer y ha echado a andar, el problema es que no se sabe muy bien hacia dónde.

En realidad, la mayoría de hechos arriba mencionados no supera el centro de atracción de la ciudad de Bogotá, ni se alejan de la tribuna de la web, no alcanzan a difundirse en el único periódico que circula en todo el país, ni son conocidos por un público mayor al que se localiza dentro del campo artístico.

Además de estas fallas, en todas esas iniciativas opera un desarreglo que puede evidenciarse como una completa falta de articulación entre su proyecto de construcción de pensamiento crítico y su difusión. Esta situación puede notarse con mayor claridad si se comparan las tareas de una publicación sobre arte y de una institución para exhibir arte, atendiendo la manera como definen y localizan la variable “público” dentro de su estructura operativa. En las entidades museales (sin importar ahora los indicadores que muestren a la opinión pública), existe una comprensión –mediocre o ilustrada-, de la audiencia a la cual se dirigen. Por el contrario, en la gran mayoría de ocasiones, los responsables de una publicación de crítica se contentan con desarrollar una plataforma para montar sobre ella la clase de discurso que pretenden beneficiar y el asunto de su circulación generalmente no es tenido en cuenta. Esta actitud puede estar sustentada en el hecho de que la producción de la crítica implica un esfuerzo bastante alto, tanto que sus autores no podrían dedicarse también a ampliar el rango de su público objetivo. Otra justificación de este fenómeno podría encontrarse en el hecho de que en Colombia no existen editores competentes para trabajar sobre las producciones críticas que se ofrecen desde el campo. En este sentido, la ausencia de una cátedra sobre política editorial en las facultades de arte del país, a excepción de la de Los Andes y su “Programa de publicaciones”, determina que no se sepa bien cómo orientar de manera sistemática y sostenible los  proyectos sobre crítica que se lanzan a la arena pública. De esta forma, los roles de director, columnista, editor y productor se fusionan en una sola persona que en ocasiones contempla la posibilidad de hacer una revista, y se pregunta: “si me dedico también a todo lo demás, entonces ¿quién va a escribir?” o “si implicó tanto esfuerzo hacer una revista ¿cuántas más estaré dispuesto(a) a realizar?” Revelando otra de las taras que pesan sobre estas iniciativas: quien quiere hacer pública su postura crítica en letra impresa debe hacerse su medio. En conclusión, el interés de los críticos queda limitado a la producción freelance de su revista y los otros elementos de la producción editorial quedan a un lado. O, cuando los autores son admitidos en medios ya establecidos suelen ser atendidos por editores (a veces) ignorantes del significado de sus posiciones, pero (siempre) bien coordinados con los intereses del medio donde ejercen. 

Así, la endogamia discursiva en la crítica de arte actual se sostiene en la falta de capacidad de los autores para promover cualquier tipo de actividad que amplíe el número de lectores, tanto como en el persistente antiintelectualismo que orienta a un amplio nicho de la población de productores y maestros de arte en el país. Si se dice que “ser bruto como un pintor” es un halago, poco se hace para comprender porqué es un halago. Pero, en realidad, esta actitud no es tan grave como su contraparte re
specto a la palabra escrita. Uno de los efectos del desprecio hacia la lectura ilustrada y la construcción racional del discurso estético, es la de debilitar la posibilidad de construir un discurso propio para describir al campo artístico local. En otras palabras, si no hay posibilidad de saber cómo es el campo artístico, porque no se cuenta con las herramientas adecuadas para definirlo, mucho menos se podrá darle forma histórica o se podrá incidir dentro de él.

De otra parte, la endogamia discursiva también se refleja en el silencio que suelen guardar algunas personas cuando tienen la oportunidad de hablar en un evento público y evitan comentar en sus presentaciones algunas circunstancias que despertaron su interés. Como sucede cuando uno es invitado a celebración, a pesar de que la fiesta haya sido un fiasco lo mejor es no hacérselo saber al anfitrión. De hecho, lo mejor es decirle que todo estuvo muy bien y esperar a otra fiesta para dialogar con otras personas sobre lo sucedido. Creo que esto sirve para mantener un poco más firmes las relaciones humanas pero, en el caso de la crítica de arte, alimentar esta actitud entre críticos, gestores, curadores y artistas que pueden hablar en público podría mantener un poco más firme la dinámica de todo el campo en su conjunto.

Encuentro internacional en Medellín: ¿Es posible (o deseable, o sirve de algo) escapar al modelo bienal?

Ya en Medellín, viendo y comparando algunas de las actividades programadas en el MDE07 es posible preguntarse si lo que uno detecta como  espectador es un problema en la formulación de los  términos. Desde que leí por primera vez sobre esto en Bogotá, toda su publicidad destacaba en segundo lugar después del nombre principal (MDE 07 ENCUENTRO DE MEDELLÍN), una expresión que parecía una definición: ESPACIOS DE HOSPITALIDAD. Y poco después, cuando comencé a escuchar a algunas de las personas que volvían a Bogotá luego de haber visto o participado en la parte inicial de este encuentro, muchas hablaban de la dificultad que tuvieron entre cumplir sus expectativas y lo que les ofrecía el contexto de esta ciudad. En este sentido pueden tomarse dos casos extremos. Uno podría ser el del colectivo El Bodegón y la manera como decidió participar en el encuentro realizando uno de sus habituales actos de aceptación-contestación institucional (plenos de provocación gratuita, reclamos postjuveniles y militancia despistada), armando una curaduría a partir de la mezcla de las palabras hospitalidad y “hostilidad” (que produjo el desgraciado neologismo de “hostipitalidad”). Por otra parte, estarían las muestras de Adolfo Bernal o Cildo Meireles organizadas en el Museo de Antioquia, que mostraban, en una ordenación adecuada, rigurosa y didáctica la manera como se ha desarrollado la carrera de estos dos artistas, permitiendo valorar sus aportes para el arte contemporáneo colombiano y la forma en que podrían seguir operando como desencadenadores de sentido en el futuro.

A pesar de contemplar panoramas distintos y satisfacer pretensiones curatoriales concretas, estas exposiciones no dejaban de estar articuladas en una celebración masiva de actos cuyo índice principal continuaba siendo el de “hospitalidad”. A pesar de que se suponga que los organizadores-curadores intentaron “cruzar rangos generacionales” programando todo de todo, no se puede entender con claridad de qué es de lo que se trata el encuentro en su totalidad. Es decir, ¿busca replicar la  experiencia del modelo de reunión de actividades provenientes del mayor número de horizontes culturales para despertar el interés del público de una ciudad hacia el arte contemporáneo?; ¿busca activar al arte contemporáneo y sus prácticas como valor de uso para ser introducidas en una estrategia de mercadeo turístico? Es decir ¿el encuentro MDE07 hace parte, por ejemplo, de la “Cultura metro”?  

Si se tenía como objetivo despertar cierta forma de hospitalidad desde el campo artístico hacia la población más cercana, además de sustentar exposiciones de arte y talleres y modalidades varias de inserción transcultural, pudieron también haberse fortalecido las actividades en áreas ajenas al circuito de museos e instituciones locales. De hecho, no deja de resultar interesante pensar en lo que hubiera pasado si el encuentro se hubiera realizado exclusivamente en torno a los espacios anfitriones, sin contar con las instituciones tradicionales, ya de por sí experimentadas y capaces de asumir la relativa indiferencia del público hacia sus iniciativas o de responderle a una reducida comunidad de especialistas sin mayor problema. O, también se puede pensar en qué hubiera sucedido si el encuentro se hiciera sin la colaboración-intervención de los principales gurús de la gestión cultural bogotana.

Ahora bien, no queda muy clara la manera en que este encuentro enfrenta la brecha existente entre la comunidad y el campo artístico. Esta situación, que afecta a las organizaciones que administran los recursos de la cultura en todo centro urbano, es tanto un obstáculo permanente y a veces insuperable, como la única posibilidad de efectuar modulaciones para materializar mejores acciones. Sin embargo, la atención constante a la Casa del encuentro como eje a futuro de nuevas acciones podría en algún momento eclipsar las posibilidades de otros espacios. De igual manera, si lo que se privilegia es la actividad expositiva y no se observan otras metodologías de activación y dinamización del campo, muy seguramente el esfuerzo por integrar a los Espacios anfitriones quede reducido a una forma de paternalismo que muy seguramente no les hace falta. 

Del mismo modo, la desconexión entre comunidad y campo no sólo opera entre las instituciones y el público, también afecta a los medios de comunicación. Sobre este particular podría tomarse como referencia un artículo publicado recientemente en Bogotá, en el magazín Arcadia, donde el cronista hablaba a comienzos de su relato de la confusión que tuvo un locutor al momento de querer darle nombre al encuentro de que hablaría: “Para entonces mde07 era apenas un rumor en la ciudad. Pocos sabían qué significaban las siglas. Mucho menos cómo se debían decir (“¿Me7, Medellín 07, Encuentro Internacional Medellín 2007? ¿Carajo, cómo anuncio eso?”, le preguntaba un locutor de la radio local, desesperado, a la jefe de prensa del Encuentro).”.

Es posible notar que esa falta de palabra acompañada de exasperación no sólo es un fenómeno de incompetencia verbal transitoria. La molestia del locutor sirve para expresar mucho mejor que una crítica soliviantada que en realidad MDE07 existe sobre un vacío conceptual. No se sabe muy bien qué es y sin embargo, sólo desde esa falta de resolución puede formularse. De esta forma, si durante la inercia de la programación, o después, se intentara comprender con alguna certeza el límite que lo franquea y a partir de ahí se refinaran las estrategias de hospitalidad entre los actores del campo y la población, puede que el encuentro sirviera como una oportunidad real para expandir los flujos de información o de poder, cosa que algunos aun no tienen muy clara.

Obviamente que el contacto entre artistas y gestores permite establecer vínculos que podrán servir en un futuro cercano. Como comunidad de especialistas quedamos satisfechos. Sin embargo, como actores sociales, estamos embrollados aun en una falsa asunción de nuestra autonomía y no nos queda claro si actuamos como detonadores de cadenas de sentidos o si funcionamos mejor como animadores culturales. Hasta esta presentación podría verse como parte del espectáculo que representa el encuentro y su impacto no importa gran cosa. Es decir ¿de qué le sirve a un encuentro hospitalario una charla tan poco hospitalaria como esta? ¿Acaso la endogamia de la crítica de arte no es similar a la del discurso artístico, donde una población de especialistas habla entre sí con un dialecto propio? ¿Es posible superar este gesto de distinción y abrir la práctica del arte y su interpretación a otros ámbitos?

En últimas, si luego de la conclusión de este evento se estudia qué es lo que podría convertir a encuentros posteriores en iniciativas claramente distinguibles de otras que se replican por cientos en el mundo y que equiparan arte contemporáneo -o profesional- con turismo o (como sucederá en Bogotá con la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte), con actividad física, el MDE07 podría convertirse en lo que busca decididamente lograr ahora: consolidarse como el evento más impactante del arte colombiano durante esta primera década del siglo. Igualmente, si “hospitalidad” fue el significante elegido para definir esta convención de artistas, debería ser tomado como característica ausente. Por esta razón creo que la mejor manera de articular la “hospitalidad” a este ciclo de actividades podría ser a través de los resultados posteriores a los encuentros que se dieron. En otras palabras, muchas personas vinimos a Medellín a dinamizar nuestras actividades particulares, intentando mostrarlas a un público cautivo. Sobre su impacto en la ciudad habría que realizar una lectura que no nos corresponde a nosotros sino a los gestores que trabajen después sobre su estela, alentándola o borrándola.

 

 

Guillermo Vanegas Flórez 


[1] Crimen y castigo, Ediciones Cátedra, Madrid, 2006, págs. 696-697.