varias cosas

El día que conocí a María Teresa Hincapié supe quien era por la ropa que traía puesta, nunca la había visto, algo irónico para ser una artista de la performance pues su instrumento era el cuerpo. Yo estaba sentada en un sofá de cuero al lado de la puerta del auditorio donde tendría lugar una charla que dirigiría en breve la artista. Cuando la vi llegar pensé con la pinta que trae tiene que ser ella y una sonrisa breve me dio a entender que efectivamente era ella, probablemente creyó que la había reconocido. Me dio mucha vergüenza la obviedad, el escrutinio de mi mirada, pero debo admitir que este sentimiento no duró mucho pues estaba muy emocionada con la idea de escucharla.

Este encuentro debió haber sido en los primeros meses del 2005. En mis clases de Historia del Arte en la Universidad de Los Andes apenas se mencionaba o se omitía categóricamente gran parte de su obra por el carácter ritual y hasta esotérico de algunos de sus trabajos: ni vale la pena profundizar escuché decir más de una vez y eso en mí no hizo sino despertar un interés mayor –soy una mujer afortunadamente testaruda–, quería saber por qué se diría algo así. Todavía. Una actriz que había terminado siendo artista de la performance, esa cosa tan complicada e indefinible que acepta casi todo: un barbudo cortándose el dedo para que liberen a la Betancourt, una mujer sentándose durante dos horas en una inauguración, un joven disfrazándose de conejo dizque pensando en la liebre de Beuys y hasta a este tipo flaco comiendo mierda untada en pan y endulzada con manzana verde. Tan mala actriz sería que tuvo que cambiarse a performera llegué a pensar, es como muy hippie a ratos pero algo bueno debe tener. Hoy no tengo ningún problema en decir: indiscutiblemente.

Escucharla hablar sobre su trabajo era como escuchar a mi tía echando un chisme después del almuerzo, con una frescura y una tranquilidad absolutamente envidiables. Algo que me llamó mucho la atención fue su insistencia al enunciar que ella venía del teatro, que ella era ante todo una actriz. Generalmente se ve la performance como algo absolutamente alejado del teatro o de cualquier arte escénica y estoy de acuerdo, pero todo dependiendo del caso. Afortunadamente no existe una sola manera de aproximarse a este “nuevo género”  y creo que es precisamente éste su encanto.

Pienso que María Teresa no es pionera o precursora del Arte de Acción en Colombia, este es un problema de lenguaje. Si no sería algo parecido al autodenominado precursor del graffiti colombiano.  A mi modo de ver Colombia necesitaba la performance, necesitaba alguien que la tuviese como medio, y ella exploraba insistentemente  en su trabajo como actriz, siempre buscando mejorar su técnica. De pronto el escenario le quedó chiquito, tanta ficción no podía nutrir su práctica pues el tiempo y el espacio que necesitaba eran reales. Expandía con su trabajo los límites que le imponían años de tradición. Es precisamente un laboratorio de creación de personaje abierto al público –Si esto fuera un principio de infinito– lo que inicia el proceso que resultaría en Una cosa es una cosa (1990), quizás el trabajo que más conocemos en la academia, junto con Vitrina (1989). La performance en Colombia había sido trabajada mucho antes de la aparición de María Teresa en el campo de las artes plásticas. Ya en1980 en el VI Salón Atenas Fernando Cepeda había presentado una propuesta en la cual se encerraba en una jaula durante varios días –aunque no fue él quien estuvo allí si no un amigo que tuvo que remplazarlo– y María Evelia Marmolejo también estuvo en el VIII Salón Atenas (1982). Por los registros parecería una intervención en una plaza, una caminata larga sobre una superficie blanca mientras sus pies dejaban huellas de sangre: la performance clásica, como dirían algunos, había sido explorada antes.

En Barranquilla por ejemplo también estaba la propuesta colectiva de El Sindicato y aunque lo que más se conoce de este grupo es su muy oloroso y hoy inexistente trabajo A.la.cena con zapatos (1978) desarrollaron una propuesta que durante poco más de dos años  en la década de los setenta integraba acciones, performances, happenings, danza, música, teatro, pinturas, objetos si lo que se busca es nombrar para identificar claramente. El cuerpo como medio había sido usado mucho tiempo antes de que Hincapié considerase siquiera la posibilidad de ser actriz. Afortunadamente lo hizo, afortunadamente fue su lenguaje una constante.

Para esta misma época de los Salones Atenas en el MamBo (1975-1984), Hincapié iniciaba su formación como actriz de manera accidental, empezaba una intensa y muy extensa exploración de un lenguaje que en su cuerpo se hizo vida. En 1978 empieza su trabajo con el grupo de teatro Acto Latino, pero no precisamente sobre las tablas. Era asistente de utilería y vestuario, por llamarlo así, antes de verse obligada a entrar a escena. Y quedó enganchada, no pudo dejar de hacerlo. Casi una década después explora el campo de las artes plásticas, ­­–me hubiese gustado mucho ver Parquedades (1987)– y desarrolla un trabajo experimental ante el cual recibe varios lo que usted está haciendo es performance. Ejercicios teatrales… la performance.

Me gusta pensar en esto cuando alguien pregunta ¿qué no es performance? y sin falta alguien contesta teatro no es performance. Gracias a María Teresa Hincapié se consolida un lenguaje en el campo del arte colombiano después de varios casos, algunos citados aquí y sin duda muchos más que seguramente usted, lector­- espectador, conoce. Una teatrera, una mujer actriz de convicciones, disciplina envidiable, hace que por la constancia de su trabajo sea considerada la pionera del Arte de Acción, la performance, en Colombia, donde teatro no es performance. Digo que es un problema de lenguaje pues se le quita el nombre actriz y pasa a performera, performer, performancista, cualquier adaptación al castellano que se le ocurra a usted hacer para hablar del trabajo de esta mujer. Décadas del mismo oficio, de trabajo constante.

Aún intento recordar la ropa que traía ese día que la vi por primera vez. No lo consigo. Sólo me queda la sensación de que estaba muy cómoda en ese cuerpo que la movía, metida en zapatos de suela plana. Al pensar en María Teresa, en las definiciones, los nombres, en la actriz de tacones en Parquedades (1987), la mujer de uniforme en Vitrina (1989), en la caminante de El espacio se mueve despacio (2004-2005), en su cuerpo blanco moviéndose al ritmo del agua en ¿Quién engendra las gotas del rocío? (2006), en el vídeo que hicieron para registrar Una cosa es una cosa (2005)… que terminó siendo otra cosa,
no puedo evitar recordar aquella frase del maestro Colón, en su documento titulado El gran varón, que dice No te quejes Andrés, no te quejes por nada. Si del cielo te caen limones aprende a hacer limonada, y pienso en todo lo que exprimió y endulzó Hincapié, performera o actriz, que nos gusta o no, que la enunciamos o silenciamos, que la sentimos pionera o creyente, que nos es o no indiferente. Pero que es. Pienso en que teatro no es performance y ella es referente indiscutible de El Arte de Acción en Colombia.

 
Pienso en otras maneras de contar la historia. Son varias cosas.

 

 

María Alejandra Estrada

 

*Originalmente publicado en González Números 73 y 74, publicación de circulación gratuita del Departamento de Artes, Universidad de Los Andes.



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