sobre las obras del Salón Nacional

El artista Elias Heim hace un recorrido por las obras del proyecto curatorial Urgente! expuestas en el Colegio de la Sagrada Familia, El museo La Tertulia y la Escuela de Bellas Artes*

[audio:http://museofueradelugar.org/sputnik/audio/eliasheim.mp3%5D

para bajar el archivo de audio, pulse aquí

(se recomienda escuchar con audifonos)

*Presentación en las Mesas Redondas sobre el 41SNA en Lugar a Dudas. Enero 30 de 2009.

Sputnik°


cuando más es menos

Este 29 de enero se cierra el Salón Nacional más costoso de la historia del país. ¿Funcionó? ¿O fue más el ruido mediático que el verdadero alcance de la propuesta?

Se inauguró una vez más el Salón Nacional de Artistas setenta años después de su primera edición. En esta ocasión se reunieron en un solo evento todas las fórmulas utilizadas en sus versiones anteriores.

Es el Salón Nacional más costoso y más grande que hayamos conocido. Se inauguró en los días en que reverdecía la polémica sobre las fórmulas de gran formato de las bienales internacionales que vienen haciendo crisis hace más de una década. Ivo Mesquita con la curaduría para la Bienal de São Paulo 2008, conocida como la Bienal del Vacío, presenta unos pabellones sin obras de arte, protestando quizá por la penosa superficialidad del espectáculo del arte, que se ofrece dócil al marketing internacional de las ciudades, del turismo, de la industria del entretenimiento. Eventos que a estas alturas parecen tener poquísimo que ver con el pensamiento y con la crítica cultural.

Este salón quiso ser un evento grande. Es ambicioso, decían algunos colegas. Es que en Colombia nos gusta el caballo grande, aunque no ande. Un par de horas antes de la apertura estaba todo en el suelo. Los artistas, esperando como escolares obedientes a que les llegara alguna cosita para montar su obra con sus propias manos. La elegancia que el salón mostró en los medios masivos de comunicación no se le vio en el ámbito profesional. Improvisación y corre corre para una pobre puesta en escena que no alcanzó a articular las ideas que supuestamente yacían en el fondo de “todo”. Pero todo esto del tamaño y del costo y de invitar a “todo” el mundo (cerca de trescientos artistas en total) no es más que una torpe forma de tapar lo inocultable. Esencialmente el proyecto bandera de artes plásticas del Ministerio de Cultura es un modelo que se remonta a las escuelas de arte del siglo xix cuando empieza este a surgir como campo.

Se ha cacareado muchas veces desde el año 2000 un cambio definitivo de formato. Cosa que es un fraude. Un fraude descarado que la mayoría asume y festeja como una genuina transformación de la política artística en Colombia. Se ha dicho que el modelo actual es de curadurías, argumentando su urgente necesidad —¿recuerdan el rótulo “Urgente” del actual salón? Pero el cambio es meramente retórico. Palabrería y teatro. La curaduría es un conjunto de prácticas. Es necesario adoptar procesos de largo plazo que permitan acompasar un cambio real en las prácticas de nuestro campo del arte. Pero esto es verdaderamente costoso y requiere de mucho trabajo silencioso y planificado, poco amigo de los resultados rápidos.

Un proyecto de curaduría es el resultado de un largo proceso de reflexión sociocultural, políticamente connotado, obligadamente transdisciplinar, que se preocupa a través de la puesta en escena de un conjunto de propuestas artísticas, de comunicar de una forma clara, despejada, consistente, un pensamiento crítico. Pensamiento y estrategias comunicativas serían los pilares de un proyecto curatorial. Lo que se presenta como proyectos curatoriales no son más que los mismos salones de siempre. Se convoca a los artistas a enviar propuestas que selecciona ya no el otrora llamado jurado sino el(los) curador(es), en un mes, poco más, poco menos. Se entrega su puesta en escena a un tercero.

Se le hace un texto y se le tematiza. Las mismas personas que antes intervenían como jurados hoy son los curadores. Lo mas arraigado de las prácticas de salón que subyacen a esta política es su reiterada insistencia en obligarnos a mirar el país dividido en regiones. Viejas retóricas de espíritu colonialista de los estados nación, desde donde “se construye país a través de la voz de lo local” que se folcloriza. El fondo temático de los salones es siempre el discurso de lo “propio” y de la identidad. Se nos presenta así a un país arbitrariamente aislado en su propia geografía. Se enumeran los pueblos a donde el salón llega.

En aras de la justicia social y la inclusión llevamos y traemos el arte a los rincones mas apartados. Se entroniza la idea de un campo profesional del arte, con unas formas de hacer y unos estamentos y agentes de poder bien establecidos, una idea de la cultura canónica y blanca, que clasifica entre arte y folclor, y de paso coopera en la construcción de los cimientos de una nación aislada sobre sí. ¿Necesitan las manifestaciones culturales que no conocen del disciplinado concepto de arte, del reconocimiento y catequización de los expertos críticos y curadores? ¿No será mas bien que la nación necesita de “lo propio” para operar su incansable trabajo de tenernos a todos al margen en un país leído a pedazos, sin mirar un contexto global, una realidad geopolítica que lo abarca mas allá de las fronteras, de sus ríos y montañas? ¿Queremos más historias regionales, que nos cuentan dónde empieza la violencia, quiénes somos más violentos, quienes los narcos y desde las cuales todo se explica desde dentro, para adentro?

Belén Sáez de Ibarra*

* publicado en Arcadia


los penetrados (sex and the gallery)

La sexualidad es un laberinto que desborda la razón, donde las experiencias por fuera de la norma siguen ocupando un espacio que la cultura del control persiste en dominar, delimitar su circulación y legislar mediante técnicas de sexismo interiorizado y cuidadoso manejo del lenguaje que señala, sanciona y condena en el propio espacio público, impidiendo la construcción de un discurso libre en torno al complejo mundo erótico. 

Los hombres cuidan sus culos como en un tiempo las mujeres cuidaban su virginidad. Aunque el octeto representado por el artista Santiago Sierra pasa por las diferentes variaciones de género y raza en encuentros monógamos tipo anal, es indudable que la carga extrema recae en la sumisión de blanco – negro y negro – blanco, porque el sometimiento femenino es un cuento viejo donde las mujeres aún seguimos perdiendo la batalla, como en una colonización eterna de un poder difícil de arrebatarle a los hombres.

Para el género femenino la sodomía ha formado parte de su repertorio por voluntad propia ó solicitud unilateral del macho dominante. Alguna vez una amiga me comentaba lo sorprendente que fue – al inicio de la vida sexual con su esposo – entender los pedidos de su marido para que le permitiera acceder a este tipo de privilegios. Finalmente aceptó – con mucho dolor – creyendo que en su marido algo no funcionaba muy bien. Años más tarde, cuando su vida sexual se amplió al mundo de los amantes que llegan después de un divorcio, descubrió que era una práctica y una solicitud común del género masculino. La mayoría de mis amigas han tenido sexo anal pero pocas han aprendido a descubrir los placeres que se pueden esconder en este tipo de experiencias sexuales. La conclusión que tengo es que es más una concesión que hacen en aras del altar supremo de la convivencia antes que un placer mutuo.

En el caso de los hombres la situación es compleja. Me parece que existen varias acepciones para el penetrado, es decir, el marica: Una es el gay declarado quien disfruta el sexo anal con su pareja, otra es el hombre de la vida cotidiana quien por infortunio sufre un revés en sus propósitos (un mal negocio por ejemplo): eso es mucho marica!!!! ó se lo culiaron, no? con toda la fuerza de la exclusión, el rechazo y la recriminación que la etiqueta implica, es decir, tener sexo anal para un hombre no necesariamente homosexual determina un acto de sumisión y debilidad, comparable a la condición del estúpido y los estúpidos y los débiles no forman parte del club de los ganadores con que la sociedad parcela a los individuos.

Y digo no necesariamente homosexual porque dentro del repertorio anal, por ejemplo el annalingus, puede constituir para el hombre masculino hetero una fuente interesante de placer sin que la culpa le lleve por los caminos de la auto presunción homosexual. Las intimidades de mis amigas hablan de hombres que piden a gritos estas afinidades electivas cuando la mujer sabe entender que complacerlo no es sinónimo de inversión sexual.

Dentro del lenguaje incorrectamente político las jovencitas hoy en día se apropiaron del término, desconociendo su evolución y como una manera de alcanzar status de poder mediante el uso del lenguaje dominante, es decir, incluyendo estas maneras discriminantes creadas por el género masculino con el objeto de condenar aquellas prácticas sexuales por fuera del orden establecido y convirtiendo el término en un sinónimo de debilidad y sometimiento. En estos casos la famosa “penetrada”, es decir, la maricada, ha pasado a convertirse  en una inofensiva expresión que acompaña el saludo: Hola marica, dónde anda?… Diríamos que poco a poco va perdiendo su connotación de sanción y discriminación para convertirse en un vocablo desprovisto de su uso histórico.

Sin embargo, en una pelea entre varones castos y hetero, el mejor insulto empieza por decir: pedazo de marica!!! Con el tono y el timbre adecuado sirve para que cualquiera sienta que su condición está en entredicho y eso dispara una puesta en escena de todo un arsenal simbólico que pone a temblar las presunciones de lo que es ser un hombre hetero (clásico macho latino), con las güevas bien puestas y que piensa que su compañera es solo una masa corporal que debe saber abrir sus piernas – y su culo también –  para recibir la garrocha sin importar lo que pueda sentir.

En el sexo anal se da una condición clara de dominio y sumisión, al menos es la lectura literal que hace el vulgo, apropiándose de la metáfora para incrustarla en el lenguaje cotidiano como un elemento clave de discriminación social, cultural y sexual, porque revive viejas teorías económicas respecto del papel que jugamos en la sociedad. Y ya no hablo en este caso del sexo compartido, que se enriquece con experiencias de este tipo entre dos adultos concientes cada uno del placer que el otro le puede brindar, sin importar cual medio se esté empleando para tal fin. Hablo de sexismo, economía de discriminación y explotación y cultura del castigo mediante el lenguaje cotidiano.

Desde el punto de vista de condena respecto de aquellas formas sexuales que escapan a los dictados sociales, el deseo encuentra aquí una situación que desafía las categorías en las cuales la sociedad pretende ubicar al individuo. Pero en las relaciones económicas, mediadas por el poder y el dinero, se puede decir de a
lguna manera que todos vivimos dando culo. La metáfora del vulgo alcanza una reivindicación positiva, en la medida que no discrimina un acto sexual sino que define una presunción respecto de amplios grupos sociales que antagonizan con elites superiores en condiciones asimétricas.

En el caso del lenguaje cotidiano percibo siempre un tufo sexista, porque mediante este tipo de prácticas, el censor anónimo encuentra siempre maneras de llamar al orden y juzgar a quien considere se sale de los parámetros sociales establecidos. En este tipo de enunciados se puede encontrar los refinamientos extremos que maneja el auto control social regresivo, dictado por unos poderes fácticos que acostumbran regular la vida cotidiana del hombre público. Fácilmente los censores anónimos confunden identidad sexual con comportamiento sexual.

El espacio público sigue siendo un lugar bastante controlado en materia sexual. Su menú es un repertorio mínimo de posibilidades disfrazadas que buscan la oscuridad del bar para dejar ver el rostro detrás de la máscara. En Colombia el movimiento feminista es mínimo. Si miramos el arte las mujeres se destacan por hacer una obra que cumple con los cánones del género dominante, aunque existen manifestaciones privadas de arte feminista sin ancla en ninguna esfera. El movimiento gay/lesbiano, a pesar de ser fuerte en la comunidad artística tampoco es reivindicativo de una esfera que siente, vive y piensa por fuera de la cultura heterosexual- monógama – homofóbica  imperante, ni hablar de que la bisexualidad simplemente no existe en los espacios de la cultura sensible. La inserción de las identidades sexuales alternativas en el espacio público es una tarea tan lejana y tan poco discutida, que movimientos revolucionarios como la guerrilla ni siquiera considera en su agenda. Ideológicamente en materia sexual se pueden sentar al lado de los curas. Este panorama constituye un verdadero atraso a pesar de avances extraños como son los famosos centros LGBT.

No sé cómo pueden convivir formas de pensar tan disímiles en un mismo proyecto artificialmente construido desde el estado. Los unirá la sensación de formar parte de una minoría sexual perseguida y discriminada?

En materia sexual – penetrados y no penetrados – la vida contemporánea en las sociedades en tránsito parece un lugar gris. Un lugar gris que se añade a la lista de situaciones que hacen irrespirable el paisaje de la vida pública, como la violencia armada que – por ejemplo – desde el estado se insiste unilateralmente en darle tratamiento militar a un conflicto que tiene su nicho de complicidad en cada uno de nosotros, en la medida que no existe ninguna articulación de otras miradas y otras alternativas desde la fanfarrona sociedad civil. Pero igualmente la democracia sigue siendo un remedo de participación social. Como buenos sodomitas pasivos, asistimos al festín de convertir en figuras públicas con enorme poder de decisión a unos cuantos ciudadanos quienes mediante el voto, apenas son designados, olvidan sus compromisos con la base  electoral si es que ella existe. Esa es la democracia, una sutil manera que inventó la modernidad y su casta promotora – la burguesía – para legitimar el poder del corporativismo global que define y construye los paradigmas a imitar que – como apéndice agregado del valor  – la cultura del entretenimiento inventa y legitima. Y así seguimos, abriendo las piernas en un ritual que no es de placer sino de sometimiento.

 

Gina Panzarowsky

Galaxia Blogotana


41 SNA: entre el falso positivo y la narco cultura (¿al final no será lo mismo?)

¡Qué mejor colofón para el 41 Salón Nacional de Artistas que la Operación perfumadita de Marta Minujin! Un evento que cambió y recortó su recorrido tres veces, pasando de ser una marcha apoteósica a una desordenada comparsa de algunos estudiantes, unos que otros miembros de la comunidad artística local, uno que otro transeúnte desprevenido, ni siquiera digna de una feria de pueblo. Finaliza con más pena que gloria un mega evento que parece como siempre reflejar en sus intestinos lo que pasa en este país. Porque el Salón Nacional de Artistas es más que un termómetro del arte nacional; es la metáfora viva de Colombia.

14 sedes, más de 300 artistas entre nacionales e internacionales, público a borbotones. Las cifras son bastante alentadoras. Sin embargo, ¿lo cuantitativo es cualitativo? Sería bueno mirar en detalle las cifras y si corresponden a los mínimos criterios de calidad para tan pomposo evento.

El 41 Salón Nacional de Artistas se articuló con base en las 17 curadurías regionales, de las cuales, según los documentos de Comité curatorial, emanaron 3 ejes de reflexión, a partir de los cuales se invitaron a diferentes artistas del país y del extranjero. En primer lugar, sería bueno revisar qué sentido tiene hacer una convocatoria nacional de curadurías regionales en un país que se precia de formar artistas y que no forma curadores, ni críticos, ni dealers, ni galeristas, ni periodistas culturales, ni nada que se parezca, por lo menos en la dimensión y con el énfasis que se requiere. Por tradición, la mayor parte de los “curadores” nacionales son personas que han asumido desde el más parroquial empirismo la labor de curadores y se han forjado en estas labores a golpe de martillo y cincel. Ahora bien, si esta es la convocatoria nacional y si en regiones apartadas difícilmente encontramos “artistas”, imagino que con mayor dificultad encontraremos “curadores”.

Muy seguramente conscientes de la deficiencia del medio, nuestro magno Ministerio de Cultura programó sendos talleres de fin de semana para formar a los “curadores” participantes del 41 SNA. ¿Será que se pueden formar curadores en 5 o 10 fines de semana? Lo dudo mucho. Los resultados así parecen demostrarlo. En términos generales, las tan mentadas curadurías regionales se asemejan más a gabinetes de curiosidades de siglos pasados que a propuestas serias y articuladas con planteamientos serios e investigaciones sustentadas. Es así como producciones culturales de comunidades indígenas o marginadas (que no por ello son menos interesantes) se ven acompañadas de producciones artísticas “contemporáneas” en lo que vallecaucanamente podemos catalogar como “sancochos curatoriales”. Para completar el adefesio, muchas de las obras carecen de los mínimos valores para ser consideradas “buenas”, ya que tienen problemas técnicos en su ejecución y montaje: inflables desinflados, plotters caídos, piezas artesanales museificadas sin un sentido mas que un esteticismo de señora de abolengo, etc. Pero el problema no es de los “curadores regionales” (se podría acuñar un término similar al de pintor de domingo: curador de fin de semana) ni de los organizadores regionales. El problema radica en una convocatoria ministerial miope y fantasiosa que cree que en este hermoso país los curadores salen debajo de las piedras o que ser curador es escribir bonito y saber clavar puntillas en las paredes y que los cuadros no queden torcidos. De otro lado, ¿qué pasa con los artistas? ¿El Salón Nacional de qué es? ¿De artistas o de curadores? Todo parece indicar que le debemos cambiar su razón social.

Otro aspecto a tratar sería ¿por qué hablar de “curadurías regionales”? ¿Acaso el modelo curatorial sólo es posible por regiones? ¿No sería más interesante plantearlo por problemáticas artísticas? La cuestión es que nos enfrentamos a un curioso híbrido creado a partir de las discusiones de finales de los 90 sobre el Salón Nacional. El híbrido tiene dos progenitores, de un lado nuestro apreciado Salón y del otro el fracasado Proyecto Pentágono (que terminó siendo un triangulito). Qué curioso, cuando se quiso implementar el modelo curadurías este fracasó y sin embargo, sobre este fracaso construyeron este Salón “ni chicha ni limoná”… Qué curioso, Javier Gil estaba seleccionado entre los curadores del fracasado Proyecto Pentágono… Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro. ¡Lleva una memoria en tu corazón! (campaña de JBA).

Difícil labor la del Comité curatorial. De un lado recibir a su cuidado el curioso híbrido en que han convertido al Salón Nacional de Artistas de Colombia y por otro lado proponer algo medianamente interesante para complacer, satisfacer y alimentar a la burocracia artística nacional e internacional. Si sus reflexiones se basaron en este panorama dantesco ¿qué se podría esperar a nivel de reflexión seria y crítica como propuesta curatorial? Del sombrero de un mago parecen sacados los Ejes curatoriales: Imagen en cuestión, Presentación y representación y Participación y poética. ¿Acaso no son estos lugares comunes de las reflexiones básicas del arte? ¡Salida olímpica y de saltimbanqui! Ya imagino a los miembros de dicho Comité haciendo genuflexiones y ejercicios de calistenia antes de cada reunión, y ya entrados en el ring, haciendo malabares en la cuerda floja y dando saltos mortales con caídas en las pestañas. Lo cierto es que como ejes curatoriales los escogidos dejan muchas dudas. ¿Acaso no son cuestiones de la imagen la presentación y representación o la participación y la poética? ¿Acaso cuando hablamos de participación en las artes no hablamos de representación, presentación e imagen? ¿No es lo poético una característica substancial de la actividad artística? Si esto es así ¿Qué determina que una obra o un invitado estén en un eje y no en otro? ¿Para qué hacer énfasis sobre lo que debe estar determinado de antemano? ¿Será que justificar lo justificado no es una manera de ponerse en la barrera antes de que salga el toro? ¿No será que el toro es una ovejita disfrazada? La v
erdad, al visitar las diferentes sedes y las diferentes salas las propuestas curatoriales se vuelven difusas y confusas. Pero bueno, qué se puede esperar ante una convocatoria desfasada y unas propuestas curatoriales regionales tan deficientes ¡que entre el diablo y escoja!

Si algo vale la pena destacar es que se rescató la figura de los artistas invitados, ausentes en versiones anteriores del Salón. Es indiscutible que muchos de los invitados nacionales y extranjeros aportan significativamente al evento, pero hay qué decir que no todos. Muchas de las obras de los artistas nacionales ya habían sido vistas y revisadas en diferentes contextos. ¿Por qué volverlas a presentar? ¿Qué portaron en este contexto del 41 SNA Astudillo, Franco, Alcántara Herrán, Caro, sólo por citar algunos? Además, muchas de las obras de los artistas internacionales han sido vistas muchas veces en eventos internacionales (Jaar, Camnitzer, Minerva Cuevas, la lista es larga). Otras se ven perfectamente en Youtube (Andrea Fraser, Francis Alÿs). ¿Qué aporte hace la desprolija sensiblería de Linda Matalon? ¿Qué aportó la bucólica acción de Rosenfeld? ¿Y la Operación perfumadita? ¿Y el Coming soon de Judi Werthein? ¿Y qué decir de Marcelo Cidade y Jamac como representantes del arte brasilero actual? ¿Y las fotos de la arquitectura narco del Luis Molina-Pantin? Además, se invitaron jóvenes “artistas” como Raquel Harf, Giovanni Vargas (con dos espacios), Ana Millán, Nicolás Gómez, Nicolás París que poco o nada tienen qué hacer bateando con las grandes ligas. ¿Por qué se dejaron por fuera a artistas de larga trayectoria, algunos ganadores de versiones anteriores del Salón?

Para que no digan que todo es malo, un breve recuento de cosas que a mi entender valen la pena: Danilo Dueñas con una estupenda instalación, el remake del Yumbo de Alicia Barney, la instalación de Elías Heim, el trabajo de Liliana Angulo, la video instalación de José Alejandro Restrepo, el homenaje a María Teresa Hincapié, los tableros de Santiago Cárdenas convertidos en una instalación impenetrable, la instalación de Juan Fernando Herrán sobre el proceso 8.000, la obra impecable y silenciosa de Pablo Van Wong, las fotos de Gabriel Valansi y el señalamiento a la “estética urbana” de Popular de lujo (faltará alguno que otro que se me escapa antes del cierre). Capítulo aparte, mención y Premio (si lo hubiera) merece la impecable, contundente, acertada y grata instalación de Rosemberg Sandoval titulada Emberá-Chamí y que estuvo en el Museo de La Merced.

“Menos es más” (¿recuerdan?). Y ¿no será que muchos menos, con menos presupuesto, con mayor rigor, sin tanta ostentación y tanto despilfarro se ha podido hacer más? Si, porque lo que encontramos en este 41 SNA que termina es una ostentación y un despilfarro dignos de aquellas fiestas de los capos de los carteles de la droga de antaño. Este 41 SNA es una fiesta excesiva que además no fue tan divertida. Eso sí, muy variada y variopinta. ¡¡¡Había pa todos!!! Es aquí donde se unen los extremos, que final pueden ser lo mismo. En época de “seguridades democráticas”, las cifras del 41 SNA se parecen a los informes del “Santos de la guerra” en donde se genera una “percepción de tranquilidad”. O mejor aún, este 41 SNA es un “falso positivo” que nos genera un ambiente de cordialidad y santa paz. Del otro lado podemos comprobar como la narco cultura nos ha penetrado hasta el tuétano y cómo volvemos festín y bacanal nuestras sacrosantas fiestas patronales. De todos modos, igual no va a pasar nada. No pasó con las discusiones del final de los 90 y menos va a pasar ahora. A menos que, como comunidad artística tomemos una postura decidida y clara sobre las autoridades de determinan las artes del país.

 

Jonás Ballenero Arponero


Carta de los artistas antioqueños -Sobre el Salón Nacional-

Como artistas de la curaduría Confluencias. Arte-Ciudad, tuvimos la oportunidad de participar en el 41 Salón Nacional de Artistas en Cali, ante el cual nos permitimos expresar distintas opiniones, coincidiendo en muchas de nuestras apreciaciones individuales sobre ésta experiencia:

Una mirada general

El Salón Nacional de Artistas ha fundamentado a lo largo de varias décadas la posibilidad de dar cuenta de los procesos artísticos a nivel nacional, como parte de las políticas culturales del Estado. En sus últimas versiones ha sido necesario cuestionar los problemas que como institución ha enfrentado a través de su historia, por lo que la reinterpretación general que aporta ¡Urgente! en esta nueva versión del 2008, se hace en un primer momento interesante al posibilitar la apertura de nuevos horizontes que potencien este espacio, permitiendo la entrada de artistas, proyectos y procesos internacionales que enriquezcan los procesos desarrollados a nivel nacional, así como la difusión y promoción de los artistas locales que pueden ser vistos por curadores y artistas de otras esferas.

Pero, más allá de reconocer que la intencionalidad de la Nueva Curaduría está bien fundamentada, si a las curadurías regionales no se les da el mismo nivel y respeto, como sucedió en Cali, y si las condiciones de espacio, producción, promoción, recursos y montaje son totalmente diferentes para los unos y los otros, difícilmente se pueden realizar proyectos y presentar exposiciones que den cuenta a cabalidad del trabajo realizado en los Salones Regionales. Por ello, sin desconocer la trayectoria de los artistas nacionales e internacionales participantes en la Nueva Curaduría, no logramos, sin embargo, entender lo que pasó con las curadurías regionales, que quedaron totalmente minimizadas.

La estructura general del 41 Salón Nacional de Artistas en Cali presentó un carácter centralista, donde hubo un total y evidente desequilibrio entre el manejo y la disposición que se le dio a los Salones Regionales con respecto a la “Nueva Exposición” realizada por el Comité Curatorial de ¡Urgente!, que más que generar un diálogo horizontal entre la producción artística regional, nacional e internacional, presentó un “Gran Evento de Carácter Internacional que excluía los diversos procesos de los Salones Regionales de Artistas iniciados durante el 2007. Podría pensarse que esta exclusión sería obvia, ya que difícilmente los Salones Regionales estarían a la “altura” de lo “mejor del arte contemporáneo” y “el arte más provocativo a nivel internacional”, como el texto curatorial de ¡Urgente! lo sugiere, llevándonos a preguntar: ¿Era el Salón Nacional el espacio indicado para excluir los Salones Regionales, base misma del evento que contaba con procesos investigativos iniciados por los menos 2 años antes?

Sólo observando el material impreso que produjo el Salón (las postales de invitación, el periódico ¡Urgente!, la Guía general, etc.), se hace evidente la invisibilización que sufrieron los Regionales, donde tan sólo los artistas de la Nueva Curaduría tuvieron la posibilidad de ser nombrados, mientras que, a manera de apéndice, se hizo referencia al título de cada Salón Regional y a su curador. Si a esto se suma la precariedad de los espacios asignados, la limitación presupuestal, el tardío inicio del montaje, la carencia de requerimientos mínimos para realizar un montaje sencillo (cintas doble faz, clavos, etc.), la situación se agrava, contrastando de forma radical con la Nueva Exposición que comenzó su producción y montaje por lo menos una semana antes, que contó con múltiples asistentes y disponibilidad de equipos; sin dejar de lado las bolsas de trabajo para los artistas invitados, la realización de algunas residencias artísticas y los generosos viáticos con que estos artistas contaron.

 

El caso concreto de la curaduría Confluencias. Arte –Ciudad en ¡Urgente!

Tanto la curaduría del Regional de Antioquia como los artistas hicieron un trabajo serio e intentaron presentar sus proyectos de la manera más apropiada, teniendo en cuenta el carácter del Salón Nacional de Artistas. En este sentido, a pesar de  observar los primeros inconvenientes decidimos continuar, tratando de adaptarnos a las difíciles circunstancias, pero estas finalmente desbordaron las posibilidades de resolverlas:

El espacio asignado -el Museo de Arte Religioso-, no era un espacio adecuado para instalar las obras de 33 artistas, que finalmente se presentaron “hacinadas” (extraño señalar esto después de observar la infraestructura con la que contó el evento central, es decir, la Nueva Curaduría). Además el Museo en su condición de patrimonio histórico, no facilitaba el proceso de montaje (por los cuidados que había que tener con sus muros, techos y espacio en general que complicaba muchísimo el montaje de una muestra de arte contemporáneo), más aún cuando el tiempo que asignó la organización fue tan sólo de dos días para terminar de adecuar el espacio y realizar el trabajo museográfico.

La inmensa confusión en la producción, la logística y las comunicaciones del evento se reflejaron en los problemas que no se subsanaron para la apertura, en particular con equipos y plotters de presentación de cada sala -que aún no sabemos si se pusieron o no-. La ausencia de la persona encargada de la producción general del Salón Nacional, durante prácticamente todo el montaje de
la curaduría Confluencias. Arte-Ciudad, fue incomprensible, dado que su presencia en muchos momentos se hizo fundamental con miras a solucionar las dificultades que se presentaron. No obstante todas estas dificultades, resaltamos

la labor de personas competentes y comprometidas como: Joao, Jonathan, Andrés, Daniela, Alexander y Giovanni, quienes con muy buena voluntad trataron de ayudarnos en todo lo que pudieron aunque los recursos y la cadena de las comunicaciones en todo el Salón Nacional fue muy complicada, y por lo tanto, llenar los huecos dejados por otras personas fue casi imposible. Asimismo, por la complejidad de todo el Salón, este equipo tenía que itinerar por muchas sedes.    

Desde nuestra experiencia percibimos un escaso, por no decir nulo apoyo logístico para las intervenciones en espacio público, quedándonos sin saber si los encargados de coordinar esto en Cali informaron a las autoridades locales para la necesaria colaboración y seguridad de los artistas y de sus intervenciones, duda particularmente generada por lo ocurrido con la artista Laura Barrientos, quien tenía los permisos respectivos para la realización de su obra “Trapitos al sol” que  fue tirada al Río Cali por la fuerza pública.

Por otro lado, el presupuesto al parecer no fue equitativamente invertido entre todas las curadurías y sus respectivos montajes, por lo cual sería muy importante, en aras de la transparencia, saber cómo se manejaron los recursos del evento que, creemos, evidenciaría el trasfondo real de todos los intereses que estuvieron en juego y a su vez demostraría la desorganización de este evento al cual se le quiso dar una gran envergadura internacional.

Los artistas participantes en la curaduría Confluencias. Arte-Ciudad fuimos seleccionados con el riguroso criterio de la artista y curadora Gloria Posada, que obedeció a los lineamientos trazados en su investigación realizada desde años anteriores sobre las relaciones Arte-Ciudad. Consideramos que el Regional de Antioquia hizo una convocatoria amplia que incluyó artistas emergentes con obras y proyectos de factible realización, invitó artistas de trayectoria que han trabajado lo urbano desde hace 30 años, y asimismo, participaron universidades con curadurías autónomas, y todo se hizo con un sentido de respeto, equidad y diálogo, sin concesiones facilistas, generando un cruce y una confrontación real entre los artistas.

Respecto al debate generado sobre el Salón Nacional, nos unimos a lo dicho por Rafael Ortiz y preguntamos: ¿Fue acaso el 41 Salón Nacional de Artistas o la Primera Bienal de Cali? porque es aquí donde se evidencia el trasfondo político que tiene el evento, con miras a posicionar a Cali en el panorama internacional, interés válido para la ciudad, pero ¿de qué forma? El error de la Organización se manifiesta precisamente en la cuestión nominal, ya que no entendemos por qué continuó designándose como Salón Nacional de Artistas, si en realidad el único interés de su Comité Curatorial era el de promocionar de forma ambiciosa la Nueva Exposición, sin importar lo que sucediera con los Salones Regionales, que como ya lo hemos planteado era su base misma. Surgen nuevamente preguntas como ¿Tan sólo se conservó la denominación “Salón Nacional de Artistas” para acceder a unos dineros oficiales y a una plataforma institucional que permitiera  difundir y gestionar el nuevo evento?

Creemos también que tanto los curadores como los artistas que participamos de los Salones Regionales cometimos un error: haber hecho parte de esa falacia denominada 41 Salón Nacional de Artistas, y validar su realización. Tal vez, nos dimos cuenta tarde porque ya nos encontrábamos en Cali y todo se nos presentó sobre la marcha, sin tiempo para detenernos a pensar y tomar otra decisión. No olvidemos también que a esa altura ya los curadores habían firmado contrato y de no haber participado estarían, con seguridad, enfrentando un problema legal.

En resumen, el 41 Salón Nacional de Artistas fue sumamente excluyente por parte de sus organizadores y directivos, donde vemos que este híbrido, Salón Nacional con invitados extranjeros, quedó sin digerir, se convirtió en un experimento fallido. Aunque es importante, como ya los hemos dicho, el diálogo con los artistas invitados, nacionales e internacionales, siempre y cuando exista una real confrontación e interlocución en igualdad de condiciones, que sea enriquecedora del proceso artístico tanto para Cali como para el resto del país, como estaba propuesto en las mesas redondas con los invitados, convocadas en el programa para el 20 y 21 de noviembre (“Mesas redondas con artistas invitados. Mayor información en  http://www.urgentecali.org”), evento que nunca se realizó y que fue re-programado cuando los artistas y curadores ya habían viajado a sus respectivas ciudades. Finalmente, mesas redondas de las cuales se sigue excluyendo a los artistas y curadores de los Salones Regionales ¿O acaso se ha programado alguna mesa redonda con ellos?  

 

Fernando Arroyave, Nadir Figueroa, Patricia Londoño, Albany Henao, John Mario Ortiz, Jonathan Carvajal, Luz María Piedrahita, Laura Barrientos, Mauricio Carmona, Lina Duque, Andrés Vélez, Sergio Giraldo.


Debate Salón Nacional

para leer las demás participaciones, pulse aquí


los penetrados (sexo y poder)

Es, entre los de la generación de los sesenta, el artista español más conocido internacionalmente. Su obra, siempre polémica, se difunde desde los rotativos al papel couché y la televisión, para la que recientemente ha protagonizado un capítulo de “Art Safari”, la última serie sobre arte contemporáneo de la BBC. Ahora la novedad está en Madrid. La obra promete levantar escándalo y, aunque escabrosa, quizá volver a dar la vuelta al mundo, inundando los media. Como los prismas de defecaciones humanas exhibidos hace poco en Londres, a partir de la recolecta de unas mujeres de Nueva Delhi y Jaipur, cuya casta sólo les permite trabajar en la limpieza de baños públicos; o también como Los castigados: voluntariosos espectadores cara a la pared en la feria de Frankfurt, que necesitaban exorcizar la culpa del genocidio nazi. Otras veces son hombres cubanos pagados para masturbarse o españoles a los que se les impide la entrada al Pabellón español en la Bienal de Venecia tras mostrar su documento de identidad. En el fondo, toda la basura y el bochorno son intercambiables. Sierra (Madrid, 1966) consigue esta notoriedad, la máxima rentabilidad global a partir de planteamientos ajustados a situaciones locales, gracias a su contundencia. Como un geómetra, trabaja aplicando estructuras modulares, sin embargo, sobre cuerpos y traumas históricos. El resultado suele ser brutal.

Efectista y a conciencia. En tiempos de economía y estadísticas sociológicas, todo en su obra va medido en metros, en volúmenes, en números. Esta vez ha partido del 10: diez hombres blancos, diez hombres negros y otras tantas mujeres blancas y negras para celebrar el Día de la Hispanidad dejándose penetrar analmente en las ocho permutaciones posibles, que componen los capítulos de una película de 45 minutos, con plano fijo y en blanco y negro. El atrezzo es muy escueto: unas mantas “de rescatados” –a lo beuys– y un espejo en vértice que multiplica a los participantes –¿nuevas versiones de célibataires duchampianos?– y amplía los puntos de vista sobre las parejas. El casting impecable: se excluyó a los profesionales porno. Nadie es reconocible, sus rostros han sido pixelados. Por lo demás, la acción se repite bajo una estructura mecánica, desde el comienzo colectivo hasta el término de la penetración de la última pareja. Sin embargo, por diferentes causas durante el rodaje, los ocho episodios cuentan distinto número de acoplamientos. Las mantas vacías aluden a tabúes, convicciones ideológicas, culturales o religiosas.

Como un hachazo. La película tiene algo de mantra. Pero el recorrido visual por cada gesto corporal corta la mecánica colectiva y repetitiva. Y en las fotos cenitales hay otros detalles. Esto tiene poco que ver con el Ars erotica Universalis catalogado por Gilles Néret. Y aunque la postura de exabrupto radical del artista pueda llevar a simplificar su sentido al conocido insulto en muchas lenguas, también la nuestra, el hecho es que juega con símbolos ancestrales: el 1 –varón– y el 0 –hembra–; y el 10 y el 8 –perfección, ley natural e igualdad, según los pitagóricos–, para entrar en otro juego de fuerte impronta moderna. Desde las enseñanzas libertinas del Marqués de Sade hemos aprendido mucho de S/M. Por ejemplo, que no es una práctica sexual más, por animal o pervertida que parezca. Sino el índice –como diría Barthes– del gran juego del poder. De ahí las proclamas sexuales, desde el surrealismo de Artaud y Bataille a los jóvenes de los 60, como emblemas de revolución. Pero también las máquinas deseantes de Deleuze y Guattari, sometidas al deseo incesante del capital (y del fascismo), pero también promesas del sujeto sin identidad, abierto por el otro.

Rocio de la Villa
http://www.elcultural.es/Historico_articulo.asp?c=24602


Salón Nacional de Autistas

ministra

El político que inauguró el Salón Nacional de Artistas dijo en su discurso:

“…la exposición […] logra provocar en torno a ella una sana agitación que reintegre, dentro de nuestra incipiente vida espiritual, la preocupación estética al plano eminente que por derecho le corresponde”.

“La intervención del pueblo en este episodio no debe circunscribirse a la situación pasiva de mero espectador […] su función esencial debe ser la de juez de conciencia que tiene que decidir, en última instancia, si hay o no, un arte propio.”

“En la imposibilidad de someter a un canon estético determinado la obra de distintos expositores que han concurrido a este Salón […], el juicio popular apreciará seguramente cada una de estas obras como el lanzamiento de algo personal, es decir que, para su instintiva sabiduría habrá tantas personalidades como tipos de arte y que para su juicio definitivo desaparecerá el denominador común. En consecuencia, ningún expositor tendrá razones suficientes para considerarse inadvertido o defraudado, porque cada una de las obras expuestas en este salón hallará su resonancia en espectadores de afinidad seleccionada.”

“…otro de los fines […] es el de crear en el artista una conciencia del valor de su obra, que además de estimularlo en la creación estética personal, lo habrá de capacitar para juzgar y para estimar con meridiana imparcialidad y sin prejuicio de escuela o tendencia, el arte de los demás”

En otras palabras:

El Salón Nacional de Artistas debe ser “sana agitación”, no el ritual que año a año crucificó a un artista ganador, ni la religión políticamente correcta que ahora, una vez suprimidos los premios, se debate entre la demagogia participativa de la Cultura y el despotismo ilustrado de la curaduría.

No más “pueblo”, sí espectador, un juez que duda: ¿”arte propio”? ¿arte internacional?¿arte del sistema solar?…

Hay tantos tipos de arte como personalidades.

El Estado no dicta un “canon estético determinado”, si lo hace convierte el arte en propaganda: “Colombia es pasión”.

Los artistas, más allá de la cultura de la queja, piensan, olvidan diferencias, se reconocen críticamente en el “arte de los demás”: no más “Salón Nacional de Autistas”.

Profecías rimbombantes del entonces Ministro de Educación Jorge Eliécer Gaitán (1940), ecos que retumban y despojan al 41 Salón Nacional de Artistas de su inocuo protocolo: hoy, en Cali, entre muchas obras, hay 15 o 20 que trascienden el rifirrafe político-cultural, los hechos (las obras, el arte) validan el evento.

—Lucas Ospina

http://lucasospina.blogspot.com/

Gaitán jugando tejo

maria elvira escallón