El que a Cristo se mete termina crucificado

“Antes se hablaba de arte, ahora se habla de arte de Cali, de Medellín, de la Costa, haciendo eco así al clientelismo cultural del Ministerio de Cultura. Ese fenómeno regional hay que desconocerlo totalmente.”
—Bernardo Salcedo

El debate del Salón Nacional de Artistas estaría entre la demagogia participativa y el despotismo ilustrado, la curaduría sería el fusible que tiene que lidiar con los cambios repentinos de electricidad que se dan entre estos dos flujos de corriente: la demagogia participativa demanda que los artistas, la ciudad, la región y la nación sean representados; el despotismo ilustrado en aras de alcanzar un “arte de calidad internacional” lo hace “todo para el pueblo, todo por el pueblo, pero sin el pueblo”, no se apoya en la estadística, discrimina obras y artistas, a unos los expone en espacios cuidados y a otros en lugares descuidados, a unos los invita y los financia y a otros quisiera “desinvitarlos” (son los parientes pobres).

El riesgo de morir electrocutado es inmenso, y si se trata de la curaduría de este 41 Salón Nacional de Artistas el deceso parece inevitable. La autoridad de esta curaduría no ha venido de la presencia, la provocación, la ironía o el debate, sino de la varita mágica del “Misterio de la Cultura” que convierte por decreto a artistas, burócratas y gestores en curadores impúberes. Tal vez algo se logró en la plataforma inicial de este Salón, un texto redactado a cinco manos bajo los buenos auspicios que propicia todo comienzo, pero que luego, con la escabrosa logística del evento y la fricción de la crítica, se apagó, quedó huérfano, y de plataforma pasó a pendón, de teoría a diseño, un astuto sambenito que se colgaba a cada obra y exposición. Ante la baja de tensión, la brillantez de las ideas de los artistas que jugaron a ser curadores (y de la curadora-paracaidista que vino desde Argentina) no alcanzó más resplandor que el de un bombillo de 20W, luego la curaduría hizo corto circuito.

El futuro dirá si algo se aprendió de esta chamusquina. Este debate es recurrente, pero ahora, con la entronización definitiva del modelo curatorial, uno esperaría que la polémica tuviera más alcance que en las ediciones pasadas, que el diálogo alcanzara esferas diferentes al rifirrafe político-cultural y la cultura de la queja… pero tal vez hay algo de atávico en esto del Salón, un termómetro que hay que insertarle por donde le quepa a unos autistas impacientes, un megaevento que genera a la brava indicadores positivos de gestión para las instituciones vinculadas, un ritual de crucifixión que antes sacrificaba a un Artista-Ganador y que ahora no soporta ser religión parca y correcta, añora las masacres del pasado y sacrifica lo que se le ponga enfrente.

Quedan 15 o 20 obras que como arte validan el evento.

—Lucas Ospina


2 comentarios on “El que a Cristo se mete termina crucificado”

  1. Ivan Rickenmann dice:

    Lucas habla de 15 o 20 artistas que validan el evento (el 41º Salón). Dice también que la “curaduría” sería el fusible que lidia entre la demagogia participativa y el despotismo ilustrado, que “no se apoya en la estadística, discrimina obras y artistas, a unos los expone en lugares cuidados, y a otros en lugares descuidados”…

    Digo yo, ¿No es esta la labor de la curaduría? La “curaduría” no sólo escoge, sino que sesga. Y predispone. En términos más coloquiales, ENCARGA (Y sabemos que la “curaduría” YA es un encargo en sí) No sé entonces en qué estas obras validan el evento…:¿lograron entregar el encargo? O decidieron, por mutuo propio, evadirlo o apersonarse de él? ¿Se independizaron? ¿Se revelaron?…¿Tienen valor intrínseco? Puede que sí. Porque sabemos que es más difícil ser original DENTRO de los parámetros que FUERA de ellos.

    Pero sabemos que lo que queda de “La Institución” en Colombia tiene las baterías enfiladas a la “internacionalización del Arte colombiano” para justificar su existencia (de la Institución). Aunque se le olvida un poquito al ARTISTA en sí (quien es el instrumento, a fín de cuentas, pero también su finalidad -en una última instancia-…).

    En un siglo, pasamos de un ámbito tribal, provincial y déspota muy Marta Traba (que dependía del artista en sí, pero lo escogía a conveniencia, lo que alimentaba aquella “autoridad”), a un ámbito igual de tribal y provincial, pero que, en vez de escogerlo, ahora lo moldea (No he visto al primer “curador” que realmente visite los talleres de artistas bogotanos indiscriminadamente, ni sus exposiciones… El “curador” escoge lo ya escogido).

    Igual de triste. Igual de tribal. La misma ceguera de siempre. En Colombia hay un real desperdicio de artistas. Al igual que hay desperdicio de agua, de recursos naturales.

    Recordemos también que somos líderes en contaminación de estos recursos naturales: contaminamos los ríos desde su nacimiento hasta su desembocadura, y más allá. Descendemos de la cultura del colono: “saco de aquí y, cuando se acabe, pues saco de más allá”.

    La conclusión es la siguiente: 1) El “debate” sobre el SALÓN se ha quedado en Esférica Pública. 2) El SALÓN es completamente intrascendente. 3) Quisiéramos entonces que EL SALÓN fuera algo trascendente, puesto no lo es. 4) Sigo sin entender la validez de estos 15 o 20 artistas que salvaron el SALÓN (Tampoco sé quiénes son, pero los respeto). 5) Aquí, todos somos “colonos”. Veamos quién se desprende de esto. …Y quién limpia el Río Bogotá. 6) El artista inquieta, sugiere, propone… pero no es ni ingeniero, ni politólogo, ni antropólogo. Pretender serlo, es una mentira cobarde aunque institucionalmente respaldada. Quizás sea político (profitólogo).

    Ya no se sabe qué es ser artista. Pero sabemos qué es ser CURADOR.

  2. Lucas Ospina dice:

    Arte y oficios: curaduría y gestión cultural (en XXXIII tesis):

    http://esferapublica.org/portal/index.php?option=com_content&task=view&id=474&Itemid=79

    …y la XXXIV (inspirada por I. Rickenmann):

    XXXIV. Los curadores hacen de parteros: reciben las obras al nacer, visitan estudios, exposiciones de grado y muestras individuales / Los gestores culturales conocen las obras solo por el registro civil que da un catálogo: escogen lo ya escogido.


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