Luz de un nuevo cielo?

Del 19 de noviembre de 2008 al 30 de enero de 2009 se desarrolló en Cali el 41 Salón Nacional de Artistas. Pretexto para que el autor de esta crónica regrese a su ciudad natal y la recorra, convertida ahora en la gran instalación de sus recuerdos.

Turista de recuerdos

El Colegio de La Sagrada Familia en la ciudad de Santiago de Cali, república de Colombia, frente al parque del tradicional barrio El Peñón, era un claustro de señoritas de la llamada clase media-media, señoritas de medias hasta la rodilla y uniforme matapasión. Todas las mañanas, las alumnas desfilaban hacia la puerta principal, donde eran recibidas por un ejército de monjas estrictas. El colegio de la Sagrada Familia quedó inmortalizado como lo que era en la película A la salida nos vemos del director colombo-tulueño Carlos Palau, realizada en 1986. El colegio de la Sagrada Familia dejó de ser colegio y pasó a ser un edificio ad portas de la ruina. Se dijo que iba a ser comprado por una cadena hotelera. Se dijo también que iba a ser convertido en un centro comercial. Por lo pronto, no ha sido ni una cosa ni la otra. El colegio de la Sagrada Familia dejó de ser un posible centro comercial para convertirse en un centro cultural. “Si la vida de Cali girara menos alrededor de los centros comerciales y más alrededor de los centros culturales, estaríamos salvados”, dijo mi tío Alfredo Rey, cuando regresó a su ciudad natal hace pocos meses. El 41 Salón Nacional de Artistas, bajo el alarmante eslogan “Urgente: Cali”, ha tomado como epicentro de sus obras el citado claustro.

La Sagrada Familia ya no es un colegio: es un edificio que puede ser cualquier cosa. Centro comercial, hotel, centro cultural. Pero sigue siendo hermoso. Por dentro y por fuera. Como Cali. Cali es como el Colegio de La Sagrada Familia. Ya no es lo que era antes, pero sigue siendo hermoso (o hermosa, depende de las circunstancias). Para todos los que crecimos en el Cali de los años sesenta y setenta, nos cuesta trabajo reconocer estas calles y este aire como propios. Sí. La culpa es nuestra, por habernos ido. Pero también hemos aprendido a regresar. Y a emocionarnos con el regreso. Y a desconcertarnos con las resurrecciones. “Por eso yo regreso a mi ciudad”, se llamaba un relato de Andrés Caicedo y así se llamó el discurso para recibir el Doctorado Honoris Causa (“Rebelde con Honoris Causa”, según sus palabras) del director de cine Luis Ospina. Todos tenemos razones para volver.

Durante los días en que transcurrieron los preparativos y la inauguración del Salón Nacional de Artistas se vivía en Cali una excitación que hacía tiempos no se percibía en sus calles. Bueno. Cali es ahora una ciudad demasiado grande como para generalizar. El éxtasis sucedía entre el centro cultural denominado Lugar a Dudas, el Edificio de Bellas Artes (antiguo Conservatorio, conocido por muchos como “el aire acondicionado”), el Museo La Tertulia, la Cámara de Comercio, el Edificio de Proartes (antigua sede de la Universidad Santiago de Cali), el Museo de La Merced y un par de recintos más. Es decir, el centro de la ciudad. Con mucha frecuencia el centro deja de ser el epicentro. Éste no era el caso. Para completar la ceremonia, como el ave fénix, gracias a la curaduría sin afanes del crítico Miguel González se reconstruyó lo que fue el templo de la contracultura caleña de los años setenta: Ciudad Solar. No. No era gratuito que todo esto sucediera de manera simultánea. Y que el colofón fuese la resurrección de esa vieja casa derruida, propiedad del fotógrafo Hernando Guerrero, quien, con la complicidad de una decena de jóvenes de largos cabellos y bellas ganas de llevar la contraria (de nuevo Caicedo, Carlos Mayolo, Pakiko Ordóñez, el mismo Miguel González y otros cuantos), fundó este sitio que fue sala de exposiciones, oficina de producción, sede del Cine Club de Cali, residencia de artistas sin amparo y fumadero de grandes idearios estéticos. Ciudad Solar duró muy poco, cambió de casa, cambió de propósitos y cambió de militancia. Desapareció cinco años después del golpe a la revolución chilena y solo quedaría la leyenda local. Gracias a la reconstrucción de 2008 podemos observar las verdaderas dimensiones de Ciudad Solar, los artistas que acogió (Óscar Muñoz, Fernell Franco, Édgar Negret, Pedro Alcántara, Feliza Bursztyn, Carlos Rojas, entre otros) y los sueños que estimuló.

La casa de la calle 6ª N° 5-51 no es, no era, Ciudad Solar. Se adaptaron dos espacios de la entrada (“inspirados en el Cabaret Voltaire de Zürich”, según reza en el texto de presentación del lugar), donde se expusieron recuerdos, más que obras originales. Gracias a la investigadora Katia González, quien prepara un extenso estudio sobre la fiesta creativa de Ciudad Solar, habíamos comenzado a recuperar el recuerdo. Ahora, siguiendo los azares fantásticos del Destino, pude volver a Ciudad Solar, como cuando iba de la mano de mis padres. Ciudad Solar es ahora un set, pero fiel a los recuerdos. Todo lo contrario de la reconstrucción fatal (tan fatal que se volvió divertimento) realizada en la miniserie de Caracol Televisión titulada La sucursal del cielo, donde unos jovencitos despistados trataban de representar a la tropa anárquica de la Ciudad. En fin. Mitos o personajes típicos. Ya no se sabe. Pero volvamos.

Volver a Cali, para mí, era volver a una gran Ciudad Solar, donde se estimularon los sentimientos pasados. Y aunque la nostalgia es peligrosa, el regreso fue como un buen estimulante. Después de tantos excesos en vidas pasadas, ver a Cali “en sano juicio” era más, mucho más que un redescubrimiento. Ver, volver a Cali, me dejó aún muchas preguntas, las cuales trataré de responder a lo largo de estas líneas. Por supuesto, serán respuestas todas enmarcadas en nuevos signos de interrogación. Dejemos, de todas formas, que la luz Solar siga brillando. Y que tengamos fuerzas y paciencia para hacer balance de un evento que trasciende, por las circunstancias, sus propios límites y sus propias consecuencias.

Calinstalación

Al entrar al Colegio de La Sagrada Familia, a mano izquierda, donde antes quedaba la recepción del claustro, podemos ver, a través de un vidrio, una lluvia de arena del río Cauca que cae infinitamente sobre restos de escritorios y pupitres de la antigua oficina de las monjas. Es una instalación de la artista María Elvira Escallón (Filtración de arena del río Cauca en la sala de espera del colegio). El miércoles 19 de noviembre, desde las seis de la tarde, hordas de caleños se agolpaban en cada uno de los salones de la laberíntica Sagrada Familia, tratando de ver alguna cosa. Tratando de ver obras de arte. Había tensión en el ambiente. No se esperaban tantos visitantes. La casa abierta estaba demasiado abierta. Y p ara una ciudad en la que estos asuntos se mantenían tradicionalmente entre pocos, el riesgo de “colapsar”, como se dice ahora, en estos tiempos tan temblorosos, era más que probable. Pero el primer día logró salir avante.

No se percibía lo mismo el fin de semana anterior. “En Cali nadie trabaja los puentes”, se quejaban los encargados de la logística, quienes trataban de dejar a punto el aparente caos de un salón nacional de artistas. Yo había llegado desde el 16 de noviembre, fecha mágica, en un avión cargado de tumbos, de vacíos y de una decena de artistas traviesos. “En esta maleta traigo el Goya”, me dijo uno de los artistas, refiriéndose al célebre grabado del pintor español que había desaparecido y que luego fue recuperado en la complicada confusión bogotana (dicen que estuvo discretamente colgado en el cuarto del artista Pedro Manrique Figueroa, en la Terminal de Transportes. Pero ésa es otra historia).

Cali estaba gris y lluviosa y los preparativos del Salón Nacional se confundían con los del Séptimo Festival de Performance y los tempranos arreglos navideños. Un inmenso cable de ropa vieja colgaba del puente de la Calle Quinta y la policía mandó quitarlo porque “ensuciaba” la ciudad. Luego se supo que se trataba de una instalación de uno de los artistas invitados. Cali convertido en museo, en galería provocadora.

La impresión que me dio, una vez acomodado en el Hotel Casa Republicana (última morada caleña del director de cine Carlos Mayolo), es que la gente en la capital vallecaucana vive en su pequeño microcosmos y es difícil que los de un gueto se comuniquen con los de otro. “Así es en todas partes”, se me dirá. Pero en Cali lo sentí con más vehemencia, pues aún conservo amigos en muchas partes, entre los maestros de la Universidad del Valle y los profesores de Bellas Artes, entre los escritores independientes y los desocupados dependientes, entre las aristócratas lánguidas y los emboladores comunicativos. “¿Salón de Artistas? Ah, el de los performances”, me dijo un distraído hombre de las tablas. “¿Y viniste a ver esas cosas espantosas que ahora llaman arte?” fue el saludo con el que me recibió un antiguo cómplice que ahora trabaja en el Mío, el nuevo sistema integrado de transporte que lentamente se decide a arrancar. No. No había muchas expectativas con respecto al Salón Nacional, a juzgar por la poca curiosidad externa. Pero cuando me interné en sus intestinos, la energía era otra, muy diferente. Voy a tratar de explicarme.

Salí del hotel, situado entre el Teatro Municipal, ahora llamado “Enrique Buenaventura”, y el Teatro Experimental de Cali (TEC), ahora llamado “Enrique Buenaventura”. A falta de un Enrique, ahora hay dos. Allí, en la mitad de los dos teatros (en ésas me la pasé toda mi adolescencia, entre ser del Teatro Municipal o ser del TEC), respiré profundo y salí a caminar, Calle Séptima arriba, buscando lo que no se me había perdido. Pero sí. Ya mucho se ha perdido, o al menos se ve perdido. “Eso pasa en todas partes”, me repetían mis amigos. Y claro. Eso pasa en todas partes, pero yo no podía dejar de pensar, de sentir, que Cali era una ciudad desalojada, como las ruinas de mi memoria, como si sus antiguos habitantes se hubieran ido y ahora la ocupasen otros nuevos. De otra parte, estábamos a punto de convertirnos, como en la novela El mar del escritor Germán Cuervo, en una ciudad inundada, convertida en una suerte de Venecia surreal y tropical. Llovía y llovía, como no paró de llover en este noviembre, hijo de la canción de Guns n’ Roses.

Caminé por la Calle Séptima, por la Carrera Cuarta, por la orilla del río, frente al Hotel Intercontinental atravesé el puente astral de La Estaca (el único de los pequeños puentes de mi infancia que permanece en pie); pasé frente a mi antigua casa del barrio Centenario, donde vivió sus últimos días el fotógrafo Fernell Franco junto con su familia; respiré profundo, al ritmo de la agitada congestión de tráfico y di media vuelta. Las montañas, el aire tibio, el río inquieto. El puente del Peñón, el gato gigante del escultor Hernando Tejada, protegido por traviesas y coquetas gaticas multicolores, las desaparecidas empanadas del Estadero del Charco del Burro, hoy convertido en hotel galante, hasta llegar a las intactas columnas del Museo de Arte Moderno La Tertulia. Allí sigue la escultura de Édgar Negret que lo acoge, el teatro al aire libre, protegido por la montaña. Y un ampliado edificio aún deja ver la antigua entrada de la Cinemateca, donde dimos nuestros segundos pasos hacia el universo de la cinefilia.

En el Museo, al contrario de la Sagrada Familia, todo estaba listo. Recordé los salones y los cientos de exposiciones de otros tiempos, las Camas de Feliza Bursztyn y el políptico de Luis Caballero, la colección que flota intermitente en sus paredes y las adustas presencias de Maritza Uribe y Gloria Delgado, rectoras imperturbables del colegio de la creación. No. No todo había cambiado. Poco a poco, Cali volvía a recuperar en mi memoria el fascinante secreto de su vida artística y, como en una extraña pirueta de los nuevos tiempos, el Salón Nacional estaba devolvi&eacute
;ndome a ese mundo en el que todo funcionaba, en el que sacábamos la cabeza más allá de la salsa y el fútbol para sentir que el mundo de la creación era posible. Pero aún no podíamos cantar victoria. “Ese salón va a ser un desastre”, me habían anticipado en Bogotá. A mí me cuesta mucho trabajo hablar mal de algo que representa esfuerzo. Y, peor, hablar mal de algo que no he visto. Así que necesitaba untarme de pintura… Bueno, pintura ya casi no hay en los salones de artistas. Necesitaba untarme de, no sé, de videos, de instalaciones, de transgresiones, para poder arriesgar un comentario.

Lo urgente y lo importante

El lunes llegó desde Atlanta la pintora Karen Lamassonne Medina. Venía a acompañar la obra que presentaría en uno de los salones de la Sagrada Familia. Se trataba del storyboard de la película Pura sangre, realizado a mano, en tinta, plano a plano, guía imprescindible para el rodaje del primer largometraje de su eterno cómplice: Luis Ospina. Volver a ver a Karen en Cali era otra de las travesuras del tiempo. A lo largo de la década del ochenta, cuando los excesos caliwoodenses los vivimos en todo su esplendor, Karen fue una discreta pero activa protagonista de nuestras aventuras audiovisuales. No solo expuso en varias ocasiones (sus célebres Baños fueron censurados en la galería del Club de Ejecutivos), sino que fue directora artística, actriz, editora, videísta y cantante de la banda de rock Band-Aids. La acompañé a la Sagrada Familia, un poco para que me sirviera de cicerone en el laberinto de sus corredores sin monjas.

Al llegar, el caos era apenas soportable. “Es normal”, me consoló la siempre optimista Lamassonne. “Es peor que un rodaje”, le dije. “Es igual, pero peor. Es como un trasteo, pero con doscientos dueños”. La Sagrada Familia parecía en obra negra. Andamios, tierra, polvo insoportable, obreros, charcos, tarros de pintura, escaleras, cortocircuitos, cables infinitos, agitado desorden. Entre sala y sala, muy calmados, los curadores Óscar Muñoz y José Horacio Martínez (también figuraban en la lista Wilson Díaz, Victoria Noorthoorn y Bernardo Ortiz, a quienes no conocí) hacían discretas recomendaciones.

El cuarto donde ubicarían la obra de Karen estaba identificado con el número 1-11. No habían llegado los estantes, los vidrios de las ventanas estaban rotos y el piso sin lavar. Frente a su espacio estaba el salón con la obra de Fernell Franco, organizado por una de sus hijas y tres colaboradores más. Un poco más lejos, las siluetas del dibujante Ever Astudillo nos acompañaban y nos ayudaban a tranquilizarnos. “Por lo menos Karen tiene los mismos vecinos de antaño”, pensé. Todas estas obras formaban parte del conjunto denominado Núcleo 1. Imagen en cuestión, que combinaba la presencia de reconocidos artistas como Johanna Calle y Luis Camnitzer, Santiago Cárdenas y Beatriz González, Fabio Kacero de Argentina y Sarah Rapson de Inglaterra, José Antonio Suárez y Rosario López, entre otros. Los demás núcleos conceptuales del Salón Nacional de Artistas se denominaban Presentación y representación y Participación y poética. En el primer núcleo, los curadores anunciaban a los artistas con la siguiente afirmación: “bajo la temática de este Núcleo expondrán artistas que se detienen con urgencia a cuestionar el estatus mismo de la imagen –arquitectura básica de las artes visuales– explorando, entre otras, posibilidades por los caminos de la negación, el vacío y el blanco”. No había entonces por qué preocuparse. Estábamos todos dentro de las reglas del juego. Pero el tiempo avanzaba y parecía como si la realidad se mantuviese entre la negación, el vacío y el blanco.

Pero el asunto no pasó a mayores. A las dos de la mañana la Sagrada Familia parecía una familia demasiado disfuncional para mi gusto. Traté de quejarme, pero me recibieron con una frase aún más alarmante: “Y mañana llega la ministra de Cultura a las once de la mañana para dar la rueda de prensa que inaugura este desastre”. Como no quería que me diese angustia ajena, me despedí de Karen y decidí regresar a la Casa Republicana. “Es mejor que pida un taxi”, me advirtió el portero. “Acaban de atracar a alguien en el parque”. Seguí sus sabios consejos.

Un poco más lejos del claustro, la casa que dicen fue de Jorge Isaacs permanece intacta entre sus ruinas. Allí se proyectarían, como parte del Salón Nacional, las imágenes que se conservan de la película María, primer largometraje colombiano realizado en 1920 por Máximo Calvo y Alfredo del Diestro. Pensé en En busca de “María”, el cortometraje de Ospina y Jorge Nieto en el que actué, en 1986. “Deberían pasarlo”, especulé, perdido en la neblina de mi propio sueño. “Es mucho más largo que los veinte segundos que quedan del original desaparecido”. La casa de Jorge Isaacs parece irremediablemente perdida. Un fiero edificio la vigila sin vergüenza y nadie apuesta cinco centavos por su permanencia futura. Pero de repente todo formaba parte ya de mis tempranas pesadillas. Soñé con aguaceros. Un grupo de niños del barrio Aguablanca cantaba la Oda a la alegría de Beethoven-Schiller combinándola con “Another Brick in the Wall (Part II)” de Pink Floyd, acompañados por una orquesta de cuerdas y una banda de vientos de la Fuerza Aérea, en el noveno piso del Hotel Intercontinental. ¿Lo había soñado? No. Lo había vivido, pero ya las piezas de mis recuerdos no casaban. Cali era un calidoscopio de sensaciones, lisérgica inmersión en el túnel de otro tiempo. Mejor regresar a la realidad.

Al día siguiente, muy temprano, llegué a las oficinas de Proartes, para sumergirme de verdad en el asunto. Las amenazas de lluvia continuaban y yo me estaba imaginando lo peor. Sin embargo, cuando regresé a la Sagrada Familia, el asunto era a otro precio. El colegio parec&iacute
;a diseñado para un Salón Nacional. A las once y treinta de la mañana llegó la ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, acompañada del alcalde de Cali y los secretarios de Cultura del municipio y del departamento. Con ellos, doña Amparo Sinisterra de Carvajal, otra de las grandes damas del arte local. El Salón se presentó como un evento esencial en la vida de la capital del Valle del Cauca y nadie tocó, ni por asomo, el desastre del que yo había sido testigo la noche anterior. “Es normal”, me había dicho mi amiga Karen. De repente, el que no estaba normal era yo. Los corredores de la Sagrada Familia comenzaban a brillar. Aunque, en algunos rincones, aún se arremolinaban algunos detalles del caos.

Me alejé discretamente de la rueda de prensa, luego de que la señora ministra me sonriera con sus ojos inmensos. Le di una rápida vuelta al colegio y comencé a encontrarme con las sorpresas de las artes plásticas del nuevo milenio. “La pintura de caballete ha muerto”, le oí decir al crítico argentino Jorge Romero Brest en alguna conferencia caleña, en los años setenta. Y claro. En 2008 la pintura de caballete no solo había muerto sino que estaba enterrada. Las artes visuales eran más “una cuestión de actitud” que de otra cosa. Lo increíble, lo desconcertante y, al mismo tiempo, lo estimulante, es que todavía se producían sentimientos de escándalo. El “espanto” al que aludía mi amigo dos días atrás seguía siendo parte del asunto. Y había que establecer con pinzas dónde terminaba el territorio de la reflexión y dónde comenzaba el terreno de la especulación. Traté de guiarme por los catálogos, traté de seguir las muestras de todas y cada una de las obras de las distintas regiones del país (Bamba 45 del Pacífico, Museo Iberoamericano de Arte Moderno de Popayán, Orinoquia, Confluencias Arte y Ciudad, Territorios Invisibles y Territorios Ignorados de la Región Surcolombiana, Región Imaginada, Voces, Acciones y Silencios, Eje[s] Imaginario[s], Ahí está pintado el Chocó…) pero la curiosidad no me dio tiempo. Preferí dejarme llevar por los impulsos del instante, más que por la visión sistemática y “científica” de todo el asunto. Seguí mi instinto.

Lo primero que me llamó la atención fue descubrir que había un cuarto con la obra de Alicia Barney, una de nuestras primeras artistas conceptuales. La puerta que escondía su trabajo estaba cerrada, sin embargo la empujé. No había nada. Solo algunas personas que me pidieron, me exigieron, que me saliera. “¿Y Alicia?”, alcancé a preguntar. “Ella no está aquí”. Alicia ya no vive aquí. Y me cerraron la puerta en las narices. Recordé los trabajos de Alicia Barney, a comienzos de los ochenta, en los que “enfrascaba” el aire contaminado de Yumbo, y pensé que todo el cuarto era una gran obra de Alicia Barney. Aire contaminado. Pero no insistí. Seguí dando vueltas y revueltas.

Me encontré con un salón del segundo piso donde habían subido un impecable Renault 4 blanco (Uno de nosotros, entre nosotros, con nosotros, de Nicolás Consuegra). A un extremo, una sala acogía la obra de Pablo Van Wong, hecha de hilos y figuras militares (De la serie Obrepción con decoración). En la capilla central del colegio los íconos del Santo Job en video de José Alejandro Restrepo. Un poco más lejos, las proyecciones de Ana María Millán con las legendarias grabaciones de Eduardo Carvajal de la película Aquel 19. En la nave central del colegio, una instalación estrepitosa de Danilo Dueñas, collage en tercera dimensión del Colegio convertido en desastre. Fascinante. Seguí perdiéndome, entre corredores y fantasmas, hasta que ya no encontré ni la ruta de entrada ni la ruta de salida. En un momento creí encontrarme en el cielo, frente a la delicada obra de Elías Heim compuesta de cientos de copas y hermosos vidrios astillados. Traté de buscar un baño, pero volví a encontrarme con Karen Lamassonne, quien estaba organizando a un grupo de jóvenes colaboradores, con los que pensaba extender un telón de diez metros, donde había pintado el Taj Mahal, encima del Puente Ortiz. “¿Estás segura de lo que vas a hacer, Karen?”, alcancé a decirle. Pero los jóvenes colaboradores se veían tan entusiasmados que no quise dañarles la fiesta. Preferí entonces guardar fuerzas para las horas de la tarde, cuando se inauguraría oficialmente todo el asunto.

Almorcé en el restaurante Los Turcos, el epicentro de buena parte de nuestras especulaciones creativas. El restaurante Los Turcos, como la Sagrada Familia, como Cali, ya no era el restaurante Los Turcos. Pero vendían la misma carne encebollada y la misma ensalada con aguacate y el mismo jugo de mandarina, y para mí era más que suficiente, era la instalación de mi memoria. Cuando vi que empezaban a llegar grupos de artistas, dispuestos a comenzar el ritual que yo ya había terminado, me escapé discretamente hacia el Paseo Bolívar.

Caminé con rumbo fijo y entré, después de más de veinticinco años, al Edificio de Bellas Artes, donde se preparaba otra parte del Salón y se anunciaba la proyección de Agarrando pueblo de Luis Ospina y Carlos Mayolo, “por el cuestionamiento que el filme postula a las dudosas manipulaciones de la población con menores recursos”. La proyección debería ser en la antigua sala Julio Valencia, donde había comenzado mis estudios teatrales en mi ya lejanísima infancia. Pero la sala Julio Valencia, como la Sagrada Familia, como Cali, como el restaurante Los Turcos, no era ya la sala Julio Valencia. Era ahora un auditorio oscuro, donde los estudiantes de artes escénicas saltaban en ropa de trabajo, ante la mirada atenta de sus maestros. No quise esperar la proyección de Agarrando pueblo y seguí mi camino. Lo mejor sería prepararse para la ceremonia vespertina. Cerré los ojos. Un grupo de estudiantes de teatro de la Universidad del Valle me invitó a un ensayo de una obra sobre Andrés Caicedo titulada Todo tiene su final (todo tiene su final, menos Andrés Caicedo y su muerte sin sosiego…). Una masajista trató de arreglar las tensiones irreparables de mi cuello con esencias florales. Un periodista me bombardeó con preguntas sobre las relaciones del rock con la ciudad de Cali. No. No podía
organizar mis asuntos. La tarde cayó sin prisa y el stage fright apenas comenzaba.

La ciudad-salón

A las cinco y treinta de la tarde no cabía un alma en el Museo de Arte Moderno La Tertulia. A la entrada, frente a la Avenida del Río, en el mismo cruce donde se había filmado Angelita y Miguel Ángel, un camión descapotaba su carpa y exhibía trabajos de un colectivo de artistas. De nuevo la ministra de los ojos inmensos, ahora de blanco hasta los pies vestida, volvía a inaugurar el evento. La pequeña gran artista Lucy Tejada recibía un diploma, por toda su inmensa obra pictórica. De igual forma, Amparo Sinisterra de Carvajal, como cabeza de Proartes, aceptaba las bendiciones ministeriales. El público entraba y salía del auditorio de la Cinemateca, esperando que se abrieran las puertas del arte. Hubo que contenerse casi hasta las siete de la noche. Hasta que los meseros avanzaron con sus bandejas de vino y el Salón se nos vino encima con un estrépito de desconcierto. Bajé, bajamos las escaleras a la galería de La Tertulia. Obras de Leonardo Herrera, de Luis Molina Pantín, de Miguel Ángel Rojas. Fotos a color de la estética traqueta. Fotos a color del cielo, desde el punto de vista de los muertos. Al centro, el video mudo del artista François Bucher con los primeros planos de Ernesto Samper (La raíz de la raíz–todo pueblo tiene su historia, 2008). Un poco más arriba, la instalación de la artista norteamericana Kara Walker, sobre la explotación generada por la esclavitud en Estados Unidos. ¿O me estaba confundiendo? Salí de allí. Me fui a curiosear a la sala central del museo, donde estaban los inmensos dibujos de Pedro Alcántara. Con ellos, las obras de Antonio Caro, de Adolfo Bernal, de León Ferrari, de Bernardo Salcedo (la Primera lección de 1970…). El asunto era demasiado grande. Decidí tomarme entonces el viacrucis muy en serio y apretar el paso. No quise saludar a nadie, aunque por allí rondaban muchos fantasmas conocidos. Pero yo estaba en retiros espirituales y no quise distraer el paso con las apetecibles atracciones de la realidad.

De La Tertulia volví a la Sagrada Familia. Cientos de niños correteaban por los salones. Un grupo de ellos se había tomado por asalto la instalación de racimos de plátanos de Minerva Cuevas y huía feliz con su botín. El Salón brillaba con su propia elegancia y no quise darle más vueltas al asunto. Apuré el paso hacia el Museo de Arte Religioso, al lado de la capilla de La Merced, donde la obra de Rosenberg Sandoval, una vez más, me escupió en la cara, con su obra titulada Emberá-Chamí 2008. Instalación-Intervención. Botas pantaneras Venus, astillas de hueso humano y bombillo de poco voltaje. En medio de un salón religioso y solitario, a prudente distancia de la colección de arte religioso, la obra de Rosenberg aterraba y sobrecogía.

Huí al frente, a la antigua Sociedad de Mejoras Públicas, donde mi papá había expuesto alguna vez. Más instalaciones: murciélagos voladores en el patio del fondo resultaron siendo pájaros reales, colgados con pinzas para la ropa. Fotos en tamaño real de policías antidisturbios de frente y desnudos por detrás, tituladas Heridas urbanas, del artista Alejandro Alzate. Una nevera con tetas y vaginas de silicona: Carne en exhibición (2007) de Fernando Arroyave. “Menos mal que mi amigo que trabaja en el Mío no vino al Salón Nacional”, pensé. O, de repente, hubiera sido mejor que hubiese venido: el asunto no era tan simple. Una cuadra más abajo, en la sede de Proartes, un grupo de jóvenes, borrachos y felices, bailaban, con botellas de cerveza en la mano, balbuceando canciones italianas. La escultura de un perro que trataba de entrar por la puerta principal los curioseaba (se trataba del colectivo Artescultura del Eje Cafetero, Nueve Andariegos). Caminé por la Calle Octava y, en la galería de la Cámara de Comercio, exaltados artistas de la Costa Caribe continuaban explicando sus trabajos a la intemperie. Atravesé el río y busqué la sede de Lugar a Dudas. Las puertas ya estaban cerradas.

A la medianoche, una fiesta en el Hotel Aristi, donde se inauguraba el Festival de Performance. La alegría general. Hasta altas horas de la madrugada, los jóvenes y los viejos, los trascendentales y los discretos, los generosos y los indiferentes, los arrogantes y los modestos, todos, tuvieron, tuvimos, su espacio de libertad y de goce en la nueva ciudad de Cali. No sé hasta cuándo durará esta rumba de la creación, pero puedo dar fe, quizás por un tiempo demasiado breve, de que en la ciudad de Santiago de Cali, la ciudad fundada por don Sebastián de Belalcázar, la ciudad que me vio nacer una mala noche de 1959, se podía respirar un nuevo aire.

Al día siguiente regresé a Bogotá. El Salón Nacional había quedado atrás y se venía encima el Festival de Performance. Mi amiga Karen Lamassonne logró extender su Taj Majal en la Sagrada Familia, en el Festival de Performance y, por fin, sobre el Puente Ortiz. Por algunos minutos desordenó el curso del centro de Cali. Muy pronto, cuando las aguas se calmen, tendré que volver a mi ciudad, porque la vida cada cierto tiempo viene, cachetea, y nos da nuevas razones para, felizmente, seguir dudando.

Coda. El saloon nacional

“Pero, ¿qué te pareció?”. Con esa pregunta me recibieron mis amigos en Bogotá, y yo, en realidad, no tenía una respuesta. Quiero decir, no tenía una sola respuesta. Tenía muchas respuestas, porque el Salón Nacional me había parecido muchas cosas y me había revuelto sensaciones. Sin embargo, me da la impresión desde hace tiempos que en los asuntos del Arte, así, con mayúsculas, si éstos no generan polémica, si no son beligerantes, si no son materia de debate, si no son conflictivos, simplemente no son importantes. El Salón debe convertirse entonces en un Saloon, como los del viejo Oeste, donde se bebe trago, se juega a las cartas, hay mujeres a disposición y, sobre todo, hay grandes peleas. ¿Debo formar parte de algún bando?

De todas maneras, no dejo de pensar en las artes plásticas “de antes” y en las artes visuales “de ahora” y no dejo de sentir cierto tufillo de nostalgia. No quisiera convertirme en el niño del relato “El nuevo traje del Emperador” de H. C. Andersen, pero a veces siento que las obras expuestas, como el Emperador de la historia, simplemente no tienen nada ni por encima ni por debajo. Ni siquiera están en calzoncillos. ¿Así debe ser? Así debe ser, porque la pintura de caballete ha muerto y porque desde que la rueda de bicicleta de Duchamp y porque desde la Merda d’artista de Piero Manzoni y porque desde los videos de Nam June Paik. Y porque y porque y porque. Pero uno no deja de preocuparse por tanto afán por el escándalo si, como dijo André Breton el siglo pasado, “el escándalo ya no existe”.

Hace algún tiempo oí decirle a un prestigioso director de teatro colombiano que uno ya no se emociona en las galerías de arte como se emociona en los museos. “Lo que uno siente por Goya o por Velázquez ya no puede experimentarse con el arte de nuestro tiempo, y es una verdadera pena”. Recuerdo también a mi mamá que me contaba que, a comienzos de los años sesenta, cuando vio por primera vez el Guernica de Picasso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, había llorado. Yo traté de llorar en el Salón Nacional de Artistas frente a la instalación de Danilo Dueñas, frente al Renault 4 de Nicolás Consuegra, frente al storyboard de mi amiga Karen, pero todos los que me rodeaban me miraron mal. Es de muy mal gusto llorar ahora en las exposiciones de arte. De repente en el cine aún se puede llorar. En la ópera, muy pasito. Pero en el Colegio de La Sagrada Familia no está muy bien visto. ¿Los grabados de Goya, el Cristo de Velázquez, se hicieron para emocionarse? ¿Qué es, a todas éstas, emocionarse en el mundo del arte? ¿El Guernica de Picasso fue pintado para que mi mamá llorara en el MOMA? ¿Cómo debo mirar la arena del río Cauca en la sala de espera de la Sagrada Familia? ¿O a los artistas que bailaban ebrios en el patio de Proartes alrededor de sus ropas solares?

Por supuesto que el concepto de la percepción ha cambiado. Y el concepto del gusto. Y el concepto del placer. Y el concepto del aburrimiento. Y el concepto del rechazo. Y el concepto de la indiferencia. Cuando me preguntan cómo me pareció el Salón Nacional de Artistas debo aceptar que salí muy contento, que me encantó ver a la gente desconcertada y que me corroboró que existe hoy un modelo del arte para ser vendido y otro para ser visto in situ. Nadie compra la instalación de Danilo Dueñas, como nadie compra la Gioconda. Son obras para ser vistas en espacios específicos, no en la sala de la casa de un coleccionista, ni en la finca de un nuevo rico.

El Salón Nacional corrobora que las obras de arte hoy son piezas múltiples, sin tendencias específicas, que se abren y se cierran en ellas mismas, que tienen un afán, quizás desmesurado, por gritar, por denunciar, por criticar, por escandalizar. Las obras de arte son hoy ensayos sobre el arte. Es muy probable que, antes de que se acabe el año, este texto, romántico, anacrónico, hijo de nocivas nostalgias, termine colgado en el baño que no encontré en el Colegio de La Sagrada Familia. Sería la mejor forma de vengar la censura a mi amiga Karen Lamassonne, cuando sus sanitarios metafísicos fueron descolgados del Club de Ejecutivos de mi pujante ciudad.

 

Sandro Romero Rey*

 
 
*Publicado originalmente en EL malpensante
 



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