El búnker de Sodoma: se dice que ha caído el símbolo de la muerte y el terror en Colombia

I.

En mi sueño podía caminar sin problema alguno hasta encontrar las botas especiales para guerrillero diabético que usaba el Mono Jojoy, negras y brillantes, encima de una mesa. Él estaba al otro lado, único sobreviviente de una operación de tinte religioso y reformista: Sodoma. Yo me senté con él, frente a él, con un taleguito lleno de jeringuillas e insulina, y pensé en la bolsita que una mujer a la que conozco había tenido que preparar a principios de los noventa para acompañar a su esposo, diabético también, a una reunión con comandantes guerrilleros, sin saber exactamente si iban a volver a ver a su familia.

Pasaron varias horas, que podían ser segundos en mi sueño, y llegó el momento de comer. Le serví al Mono un pocillo generoso de agua de panela cargada y con bastante limón, queso campesino con bocadillo, un roscón con arequipe, plátano maduro asado al carbón con leche entera y miel, una lechona bien rica, un jugo de las naranjas más dulces que haya probado en mi vida y puse un tinto a reposar en la olla, endulzado con panela y aromatizado con canela para tomar con el postre: cuajada con melao.

Me senté y puse nuevamente el taleguito, sellado hasta que me fui, entre mis piernas, para poder verlo comer.

II.

He seguido con el detenimiento que mi cuerpo me permite la manera en la cual se ha informado en la prensa colombiana sobre la muerte del ‘Símbolo del terror en Colombia’, como lo ha definido el actual Presidente colombiano Juan Manuel Santos. El ‘Mono Jojoy’, antiguo miembro del secretariado de las Farc, murió en la madrugada del 22 de Septiembre de 2010 en la Operación Sodoma. Esta operación forma parte de una ofensiva militar que el Ejército colombiano viene desarrollando hace varios años ya, para acabar con el flagelo de la guerrilla en Colombia. Todos los que hemos seguido estas actividades con mayor o menor interés, podemos recordar momentos claves que han generado gran entusiasmo colectivo y un profundo sentimiento nacionalista: el bombardeo en el cual cayó Raúl Reyes (Operación Fenix, 2008), la Operación Jaque (2008), la Operación Camaleón (2010) y la no menos memorable traición a alias ‘Iván Ríos’, guerrillero visto muchas veces al lado de Tirofijo en el Caguán, en la época de la zona de distensión, por parte de su jefe de seguridad ‘Rojas’ (2008), y la contundente prueba ofrecida por este último a las autoridades: la mano del guerrillero para que pudiesen tomar las huellas dactilares, comprobar que lo que decía era cierto, y darle su merecida recompensa: 2.400 millones de pesos. Mano entregada, vida asegurada.

Supe de la muerte de Jojoy por un mensaje de texto entusiasmado, aliviado, esperanzado, al cual se sumaron otros tantos en el que me felicitaban por tan buena noticia: ‘a ver si se acaba esta lacra de una buena vez. Besos!’, cerraba uno, y otro era el popular corresponsal del Mundial de Fútbol Suráfrica 2010, Ricardo Jorge, anunciando que ‘en vista de las circunstancias las Farc vuelven a repartir papelitos de amigo secreto’. Entré a la página web de varios periódicos y revistas colombianas para confirmar la noticia, no porque me pareciese imposible —antes, predecible. La gente que va a la guerra debe saber que puede morir en ella.— si no para precisar detalles. Luego entré a mi cuenta de Facebook y empecé a ver otro bombardeo: el de la revista ‘Semana’ con toda serie de información relacionada a la vida y muerte del guerrillero y la actualización de estados de distintos usuarios de Facebook que celebraban la muerte de ‘Jojoy’ y anunciaban que los colombianos estábamos un paso más cerca de la paz gracias a la muerte de ese ‘gamín con escopeta’. ‘Como si el narcotráfico se hubiese acabado con la muerte de Pablo Escobar’ leí en un comentario que hacía alguien en ‘Semana’, y me reí horrorizada ante la evidente inocencia y realidad de la frase.

Se ha comparado la muerte de Jojoy con la posibilidad de ‘bajarse al Bin Laden’. Se dice que es igualmente importante: Osama Bin Laden se convirtió en la cara del terror después del 11 de Septiembre de 2001, es un símbolo, y ‘Jojoy’ al igual que ‘Reyes’, al igual que ‘El Patrón’, como todo símbolo, son reemplazables. ¿Que la desaparición de un símbolo puede generar alivio? Sí, lo creo, pero con la misma velocidad con la que han aparecido y desaparecido las imágenes del cadáver de alias ‘Jojoy’ en los medios electrónicos, también se han anunciado los posibles herederos de la ‘línea dura de las Farc’. Es un golpe, sí, pero los reinos tienen herederos y la Sodoma de la selva colombiana, desafortunadamente, no es la excepción.

Horas después de los primeros anuncios se repitió la historia de otros momentos en los cuales se ha dado de baja a otros símbolos de la guerra —¿las guerras?— en Colombia: aparecieron las fotos de un cuerpo hinchado, morado, cubierto en sangre —propia, ajena, ¿ambas?—, envuelto en una especie de fieltro de color trigo quemado y apretado con una cuerda que hacía aparecer la parte superior del paquete como un envuelto decorado con tela camuflada que rodea la cabeza y los hombros del cadáver, cuyo rostro pareciera estar a punto de reventar para ensuciar a las autoridades que lo transportan, que lo observan, que se protegen del olor putrefacto con tapabocas y las manos con guantes de látex. Un cadáver absolutamente irreconocible, con el rostro deformado, apareció ante los ojos de miles, de millones de personas, en la prensa escrita, en los noticieros, como prueba del que ha pasado a la historia, en palabras del presidente Santos, como el golpe más contundente a la guerrilla de las Farc: la muerte del ‘Mono Jojoy’, no sin antes, los medios tener la delicadeza con el espectador de advertir que las imágenes son explícitas y ‘pueden herir su suceptibilidad’ o ‘despertar sensibilidades’: usted puede vomitar. Un cuerpo que aún no había podido ser identificado y era absolutamente no-identificable para el espectador, era la prueba que el Ministerio de Defensa sintió la necesidad de ofrecer a todos los espectadores en este nuevo capítulo de tan largo espectáculo. El 24 de Septiembre el Instituto de Medicina Legal afirmó que el estado de descomposición del cuerpo de ‘Jojoy’ hacía dificil su identificación: “De manera oficial y fehaciente, no ha sido identificado”[1] declararon, pero ya las imágenes del cadáver estaban circulando en distintos medios nacionales e internacionales. ¿Dónde están y quién pone los límites de la manera como circulan las imágenes de la guerra en Colombia?

III.

La fotografía, en principio, es un irrefutable testimonio de que algo ha sido, es una prueba de que algo ha acontecido en un momento y un lugar específicos: es la evidencia del pasado sobre la cual confiamos desde la mirada presente. A pesar de todas las posibles alteraciones a las cuales pueden ser sometidas las fotos, se imprime en ellas una fe extraordinaria, se les atribuye como objetos certeros de lo que acontece frente al sujeto que decide hacer uso de su cámara para apropiarse de un instante. En el contexto de la guerra en Colombia, las imágenes que circulan de la misma aparecen como prueba contundente, otra vez, de los acontecimientos que forman parte de esta: son ventanas que se abren para quienes nos encontramos a cierta distancia de la batalla, tengamos acceso a ella. ¿Para qué? Para saber que es cierto lo que pasa, que no nos dicen mentiras, porque ya las palabras no son suficientes y ante la imposibilidad de tocar las llagas, como Santo Tomás, tenemos que ver para creer. Para saber que el familiar o amigo secuestrado sigue vivo, para saber que sí mataron a los que decían y como decían y no a cualquier personaje disfrazado por ahí, para que los demás sepan que las masacres no son una cosa inventada, que si es verdad que a los cuerpos los pican a tal punto que pueden ser carne de cerdo. Es por eso que hoy, cuando la fotografía es evidencia, objeto de culto y monumento a la vez, decir que el ‘Mono Jojoy’ ha caído en un bombardeo, ya no es suficiente. Después de tantos años de los mismo, ya no es suficiente.

El Ministerio de Defensa de Colombia ha hecho una selección de imágenes que se pusieron a circular en los medios, imágenes del campamento y del cadáver de ‘Jojoy’. La prensa escrita y los noticieros colombianos procedieron a hacer públicas las imágenes de cortesía, sin que la identificación plena del cadáver haya tenido lugar. Luego, con las pruebas dactilares, se pudo confirmar que el cuerpo que había sido presentado como el del Mono Jojoy sí era el del guerrillero ¿Por qué pasa esto? ¿Será que nuestro callo se ha hecho tan grueso que la foto de un cadáver más es indiferente, que lo que ha sido enunciado como la ‘degradación de la guerra’ ha excedido el campo de batalla? ¿Será que a el juego de los niños a ‘los guerrilleros y los paramilitares‘ se le debe dar nuevo material, un toque fresco, actual, interesante?  ¿Será que nuestras ansias de morbo son tan fuertes que no nos importa saber si algo es cierto o no, si no que lo que queremos ver es un muerto, y entre más degradante, mucho mejor? ¿Será que ya hemos pedido la vergüenza, la capacidad de ofendernos ante ‘Los desastres de la guerra’? ¿Es que la fotografía no hiere? ¿La muerte no nos hiere?

Si las fotografías son un registro de lo acontecido y funcionan como material de archivo, ¿es necesario entonces que los archivos de proceso se hagan públicos en su totalidad?  ¿Tengo que entrar yo a la panadería de mi barrio para ver al lado de la caja las fotos de un hombre reventado? ¿Tengo el derecho a escoger?

La prensa colombiana es avergonzante y es absolutamente avergonzante la manera en la cual se hace cargo de la circulación de las imágenes de nuestro conflicto. No hay diferencia alguna entre ustedes, amarillistas panfletarios, y los que celebran sus masacres con toques de Millo entre cada muerto, ni los que lanzan cilindros dentro de una iglesia llena de civiles y luego se van a tomar cerveza como si nada hubiera pasado. Me gustaría que pudiesen decir qué los hace diferentes, cuando ustedes han hecho una gran fiesta de la muerte violenta en varias ocasiones, con nombres conocidos y otros no tanto, y ha sido un grupo de periodistas emocionados los que le dieron material a las Farc para que puedan argumentar en su primer comunicado sobre la muerte de ‘Jojoy’  que la prensa ‘acuciosa ha desplegado ediciones especiales, no para lamentar la violencia y clamar por la paz, como demandan los colombianos, sino para cantar una falsa y victoriosa aniquilación de la insurgencia.’, y tienen toda la razón. También les dieron la gran oportunidad de abogar por una superioridad moral al decir ‘Finalmente queremos corroborar que no nos alegra la muerte de nuestro adversario. Jamás la revista y la emisora Resistencia, órganos informativos de las Farc-EP, han celebrado muerte alguna.’ [2] y seguramente ha sido así, porque por algo tienen al mundo convencido de su lucha revolucionaria que hace más de dos décadas perdió todo norte: las Farc saben hacer uso de los medios, entienden como funciona la esfera de lo público. Han sido los más hábiles reyes de la mentira durante mucho tiempo, pero todo rey de la mentira está convencido de su verdad. Fueron ustedes periodistas los que dejaron que las Farc hicieran referencia a la manera como se han publicado con un simplismo pornográfico las fotografías de lo que bien podría ser un cerdo hinchado. Es de las cosas más estúpidas que he visto, el efecto boomerang de la prensa en Colombia: en su afán por informar han usado sus documentos como si fueran medias para colgar en el patio y les han dado por detrás con una habilidad acojonante. Quien quiera revisar la prensa en torno a la operación Sodoma donde cayó el ‘Mono Jojoy’ para ver si el comunicado de las Farc que ha publicado ‘El Espectador’ es cierto, puede salir convencido de que sí lo es. Vergüenza debería darle a los jefes de redacción de los más prestigiosos medios cuando terminen cada día y puedan hacer memoria sobre su labor, tonta, estúpida, corta de visión, ineficiente. ¿Dónde están los límites de quienes hacen circular las imágenes de la guerra en Colombia y qué quieren lograr con estas estrategias? ¿De qué manera quieren formar e informar a la gente?

Desafortunadamente que una persona muera por causas violentas no es algo extraordinario en Colombia, como tampoco lo es ya que estos muertos sean los miembros del secretariado de las Farc. Que las personas sientan alivio ante la desaparición de estos símbolos tampoco es extraño, es apenas comprensible que se crea, como quizá lo cree y lo dice en una intervención desde Nueva York, nuestro Presidente Santos, que con la muerte de ‘Jojoy’ terminó también ‘la pesadilla que quiso imponernos a los colombianos’. Yo no le creo al presidente, porque la caída de un símbolo es la caída de algo reemplazable no la finalización de una guerra que de tan larga se va haciendo cada vez más absurda, más denigrante para todos, to-dos. Entiendo que en sus palabras se haga tangible el deseo de la finalización de la guerra, de la pesadilla en Colombia, la desaparición de todo mal. Santos está haciendo lo que le corresponde aquí: ser un Mesías, para citar a Agamben, que pone en palabras lo que deseamos y que de tanto desearlo es difícil poder decirlo. ‘Jojoy era el símbolo del terror en Colombia’ ha dicho Santos, y estoy de acuerdo y reconozco la entrega, la valentía de quienes se exponen cada día en esta lucha, pero el terror y la pesadilla bajo la cual viven muchos colombianos no mueren con él, y si lo que digo no es cierto que los soldados vuelvan a sus casas esta misma noche. En el lenguaje, haciendo un uso adecuado del lenguaje verbal y visual muchas cosas son posibles, a todos nos gusta poder escuchar y creer que las cosas buenas son posibles y esto es algo que nuestro presidente sabe muy bien.

Hoy, 25 de Septiembre de 2010, la imagen del horror de la muerte que invadió la prensa ha sido reemplazada por la de los héroes: los soldados del glorioso ejército colombiano (como muchos ex-secuestrados los han llamado). Días después del atentado del 11 de Septiembre del 2001 en Nueva York, pasó algo similar: la imagen de las Torres Gemelas en llamas, cayendo, o de la gente flotando en el aire que en medio de la desesperación decidían saltar, fueron reemplazadas por las imágenes de los bomberos y los policías que trabajaron en labores de rescate, muchos de los cuales perdieron su vida ese día. Luego apareció la cara del horror, Osama Bin Laden, y empezó una polarización ideológica definida así: “O estas conmigo o estás en mi contra”. Algo similar ocurre en Colombia, ya que nos gustan tanto las comparaciones con los símbolos de la Guerra Contra el Terror que empezó en 2001: no hay manera de decir que de lo que se está en contra es de la continuación de las prácticas violentas, de la celebración de los actos de violencia, de que se use la guerra como estrategia de integración nacionalista y que se crea que la muerte y solo la muerte acaba los problemas. ‘Reina, pero dígame de una buena vez: usted está en favor o en contra de la guerra. Es que tiene que definirse, hay que tener una posición, ¿me entiende?’ Pues yo lo que estoy es cansada. Ni en favor ni en contra, simplemente cansada, y con acontecimientos e imágenes como la de estos días, muy desesperanzada.

La Operación Sodoma y la histeria colectiva que se ha generado a partir de la misma son también una invitación a hacer memoria, es decir, a pensar en el pasado en función del presente y la manera en la que se puede proyectar el futuro.  A recordar momentos similares. ¿Cómo nos presentamos, cómo nos representamos, cómo recordamos?

‘Jojoy’ fue un suspiro demasiado largo y doloroso en la historia de Colombia, nuestra vida sigue sin él, pero esto no quiere decir que no haya otros como él. Lo que se escribió, lo que se publicó, lo que se transmitió sobre su muerte queda en los archivos, y luego viene alguien a visitarlos, a hacer ejercicios de memoria.

María Estrada Fuentes

25.09.2010

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Referencias

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Pizarro, Eduardo; Valencia, León. ‘Ley de Justicia y Paz’. Gripo Editorial Norma :

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Villamarín Pulido, Luis Alberto. ‘El Cartel de las FARC’. Panamericana formas

e Impresos : Bogotá. 2007.

González, Fernán E. Editor. ‘Hacia la reconstrucción del país: Desarrollo,

Política y Territorio en regiones afectadas por el conflicto armado’. Cinep, Bogotá 2008.

Uribe Alarcón, María Victoria. ‘Antropología de la Inhumanidad. Un ensayo

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Warner, Michael. ‘Publics and Counterpublics’ Public Culture – Volume 14,

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Butler, Judith. ‘Frames of War. When is Life Grievable?’. London; New York :

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Sontag, Susan. ‘Ante el dolor de los demás’. Trans. Aurelio Major. Madrid :

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—,‘On photography’. London : Penguin, 2002.

Taylor, Diana. ‘The Archive and the Repertoire : Performing Cultural Memory

in the Americas’. Durham : Duke University Press, 2003.

‘Santos: Jojoy era el símbolo del terror en Colombia.’. http://www.youtube.com/watch?v=kmwlMqsr_I4&feature=related

‘¿Quién hereda la ‘línea dura’ de las Farc?’. Visto el 25 de Septiembre de 2010. http://www.semana.com/noticias-nacion/quien-hereda-linea-dura-farc/145009.aspx

‘Las Farc piden una “oportunidad para la paz” y le dicen “no” a la rendición. Primer pronunciamiento del grupo guerrillero tras la caída del líder Mono Jojoy.’. Visto el 25 de Septiembre de 2010. http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-226034-farc-piden-una-oportunidad-paz-y-le-dicen-no-rendicion

‘Estado de descomposición dificulta identificación legal del Mono Jojoy.’. Visto el 25 de Septiembre de 2010. http://www.radiosantafe.com/2010/09/24/estado-de-descomposicion-dificulta-identificacion-legal-del-mono-jojoy/


[1] http://www.radiosantafe.com/2010/09/24/estado-de-descomposicion-dificulta-identificacion-legal-del-mono-jojoy/ Visitada el 25 de Septiembre de 2010.

[2] Ver http://www.elespectador.com/noticias/judicial/articulo-226034-farc-piden-una-oportunidad-paz-y-le-dicen-no-rendicion Visitada el 25 de Septiembre de 2010.


4 comentarios on “El búnker de Sodoma: se dice que ha caído el símbolo de la muerte y el terror en Colombia”

  1. Miguel de León dice:

    Por más trillada y vergonzosa que sea la campaña mediática, no les sirve para intentar ocultar los graves crímenes cometidos durante los últimos 30 años usando de fachada la lucha contra la subversión. Igualmente, son otros los problemas que a los actuales gobernantes les preocupa. El ajuste que el gobierno prepara en el terreno económico, el re-direccionamiento de los recursos de las regalías petroleras y mineras para enmascarar el déficit presupuestal, la reforma de la salud que urgen para cubrir la grave crisis financiera de ese sector, el apretón en impuestos que van a tener que aplicar dada la situación fiscal que tiene el gobierno, el crecimiento del desempleo. Tal vez por eso, la insistencia en mostrar esas fotos, esa noticia. Bienvenido ese primer análisis de Maria Estrada, alejado de la bacanal de los medios. No se puede negar que la estrategia de degradación de la guerra acudiendo a la economía del narcotráfico no ha tenido una respuesta política e inteligente de parte de la insurgencia. No es posible ocultar la crueldad y la brutalidad de muchas de las acciones de la guerrilla. Por ello, ni celebramos ni justificamos la muerte de campesinos a los que les tocó ser sujetos de una guerra atroz, impuesta, manejada y manipulada desde el exterior. Pero tampoco nos alegra la muerte de un hombre. Creo que el análisis tiene que estar orientado a quitar el velo que nos impide ver la realidad. La muerte de Jojoy nada soluciona.

  2. María Estrada Fuentes. dice:

    Gracias por su comentario, Miguel, pero vámonos con cuidado que aquí no se ha hablado de “intentar ocultar los graves crímenes cometidos durante los últimos 30 años usando de fachada la lucha contra la subversión.”

    Esta no es una teoría de la conspiración.

    Un saludo, y nuevamente, gracias por su comentario.

    María.

  3. Jorge Peñuela dice:

    Elegía a “Desquite”

    Sí, nada más que una rosa, pero de sangre. Y bien roja como a él le gustaba: roja, liberal y asesina. Porque él era un malhechor, un poeta de la muerte. Hacía del crimen una de las más bellas artes. Mataba, se desquitaba, lo mataron. Se llamaba “Desquite”. De tanto huir había olvidado su verdadero nombre. O de tanto matar había terminado por odiarlo.

    Lo mataron porque era un bandido y tenía que morir. Merecía morir sin duda, pero no más que los bandidos del poder.

    Al ver en los diarios su cadáver acribillado, uno descubría en su rostro cierta decencia, una autenticidad, la del perfecto bandido: flaco, nervioso, alucinado, un místico del terror. O sea, la dignidad de un bandolero que no quería ser sino eso: bandolero. Pero lo era con toda el alma, con toda la ferocidad de su alma enigmática, de su satanismo devastador.

    Con un ideal, esa fuerza tenebrosa invertida en el crimen, se habría podido encarnar en un líder al estilo Bolívar, Zapata, o Fidel Castro.

    Sin ningún ideal, no pudo ser sino un asesino que mataba por matar. Pero este bandido tenía cara de no serlo. Quiero decir, había un hálito de pulcritud en su cadáver, de limpieza. No dudo que tal vez bajo otro cielo que no fuera el siniestro cielo de su patria, este bandolero habría podido ser un misionero, o un auténtico revolucionario.

    Siempre me pareció trágico el destino de ciertos hombres que equivocaron su camino, que perdieron la posibilidad de dirigir la Historia, o su propio Destino.

    “Desquite” era uno de esos: era uno de los colombianos que más valía: 160 mil pesos. Otros no se venden tan caro, se entregan por un voto. “Desquite” no se vendió. Lo que valía lo pagaron después de muerto, al delator. Esa fiera no cabía en ninguna jaula. Su odio era irracional, ateo, fiero, y como una fiera tenía que morir: acorralado.

    Aún después de muerto, los soldados temieron acercársele por miedo a su fantasma. Su leyenda roja lo había hecho temible, invencible.

    No me interesa la versión que de este hombre dieron los comandos militares. Lo que me interesa de él es la imagen que hay detrás del espejo, la que yacía oculta en el fondo oscuro y enigmático de su biología.

    ¿Quién era en verdad?

    Su filosofía, por llamarla así, eran la violencia y la muerte. Me habría gustado preguntarle en qué escuela se la enseñaron. El habría dicho: Yo no tuve escuela, la aprendí en la violencia, a los 17 años. Allá hice mis primeras letras, mejor dicho, mis primeras armas.

    Con razón… Se había hecho guerrillero siendo casi un niño. No para matar sino para que no lo mataran, para defender su derecho a vivir, que, en su tiempo, era la única causa que quedaba por defender en Colombia: la vida.

    En adelante, este hombre, o mejor, este niño, no tendrá más ley que el asesinato. Su patria, su gobierno, lo despojan, lo vuelven asesino, le dan una sicología de asesino. Seguirá matando hasta el fin porque es lo único que sabe: matar para vivir (no vivir para matar). Sólo le enseñaron esta lección amarga y mortal, y la hará una filosofía aplicable a todos los actos de su existencia. El terror ha devenido su naturaleza, y todos sabemos que no es fácil luchar contra el Destino. El crimen fue su conocimiento, en adelante sólo podrá pensar en términos de sangre.

    Yo, un poeta, en las mismas circunstancias de opresión, miseria, miedo y persecución, también habría sido bandolero. Creo que hoy me llamaría “General Exterminio”.

    Por eso le hago esta elegía a “Desquite”, porque con las mismas posibilidades que yo tuve, él se habría podido llamar Gonzalo Arango, y ser un poeta con la dignidad que confiere Rimbaud a la poesía: la mano que maneja la pluma vale tanto como la que conduce el arado. Pero la vida es a veces asesina.

    ¿Estoy contento de que lo hayan matado?

    Sí.

    Y también estoy muy triste.

    Porque vivió la vida que no merecía, porque vivió muriendo, errante y aterrado, despreciándolo todo y despreciándose a sí mismo, pues no hay crimen más grande que el desprecio a uno mismo.

    Dentro de su extraña y delictiva filosofía, este hombre no reconocía más culpa, ni más remordimiento que el de dejarse matar por su enemigo: toda la sociedad.

    ¿Tendrá alguna relación con él aquello de que la libertad es el terror?

    Un poco sí. Pero, ¿era culpable realmente? Sí, porque era libre de elegir el asesinato y lo eligió. Pero también era inocente en la medida en que el asesinato lo eligió a él.

    Por eso, en uno de los ocho agujeros que abalearon el cuerpo del bandido, deposito mi rosa de sangre. Uno de esos disparos mató a un inocente que no tuvo la posibilidad de serlo. Los otros siete mataron al asesino que fue.

    ¿Qué le dirá a Dios este bandido?

    Nada que Dios no sepa: que los hombres no matan porque nacieron asesinos, sino que son asesinos porque la sociedad en que nacieron les negó el derecho a ser hombres.

    Menos mal que Desquite no irá al Infierno, pues él ya pagó sus culpas en el infierno sin esperanzas de su patria.

    Pero tampoco irá al Cielo porque su ideal de salvación fue inhumano, y descargó sus odios eligiendo las víctimas entre inocentes.

    Entonces, ¿adónde irá Desquite?

    Pues a la tierra que manchó con su sangre y la de sus víctimas. La tierra, que no es vengativa, lo cubrirá de cieno, silencio y olvido.

    Los campesinos y los pájaros podrán ahora dormir sin zozobra. El hombre que erraba por las montañas como un condenado, ya no existe.

    Los soldados que lo mataron en cumplimiento del deber le capturaron su arma en cuya culata se leía una inscripción grabada con filo de puñal. Sólo decía: “Esta es mi vida”.

    Nunca la vida fue tan mortal para un hombre.

    Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?

    Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.

    Gonzalo Arango

    Fuente:

    Arango, Gonzalo. “Elegía a ‘Desquite’”. Obra negra. Santa Fe de Bogotá, Plaza & Janés, primera edición en Colombia, abril de 1993, p.p.: 42 – 44. Publicado en Prosas para leer en la silla eléctrica (crónicas, ensayos, artículos), Bogotá, Editorial Iqueima, 1966.

    Tomado de:

    http://www.otraparte.org/corporacion/boletin/20100923-bol-95.html

    Consultado el 25 de septiembre de 2010.

    * * *

    Texto en la voz de Gonzalo Arango:

    http://www.gonzaloarango.com/voz/

    * * *


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