Gótico tropical. Calco de Cali

 El espacio artístico “Lugar a dudas”, en la ciudad de Cali en Colombia, trabaja radicalmente bajo términos de post-producción. En su escaparate aparecen copias de obras de arte, de “nuestro” arte. Gonzalez-Torres, Kosuth o Orozco encuentran un nuevo público en la calle mediante la copia en un lugar donde, si no fuera así, sería imposible su llegada.

La advertencia de Lonely Planet me preocupaba: Cali no es una ciudad que enamore de entrada. Desde el avión intentaba rastrear ese mal augurio admirando su cuadrícula urbanística. La segunda advertencia se cumplió al salir del aeropuerto: hace calor y humedad.

Caliente y fertil es el panorama artístico de esta ciudad colombiana, desconocida para el turista cultural europeo. Una ciudad de gran población y fuerte desgaste histórico, atrapada en los vaivenes de su memoria de corrupción política. Una urbe dispersa y compleja, ruidosa y oscura para el recién llegado. Por suerte, los documentales de Carlos Mayolo y Luis Ospina me guian en su historia y contradicciones, aportando imágenes a la oscuridad del visitante de paso. Cali es la cuna del cine documental colombiano. Un lugar dañado por el proceso del narcotráfico, asolado por los demoledores y tomado por su comunidad, en especial por los jóvenes artistas que la reconstruyen como productivo lugar de dudas, como experiencia creativa y social, alejada de los grandes fastos institucionales de la capital bogotana.

En esta ciudad el combustible es caro, las calles tienen número y los taxis piden contraseña para el servicio. Sin estilo ni proporciones aúreas, sus arquitecturas se ensamblan en el delirio de las recientes magaobras que cortan los senderos de paso. La población discurre entre cimas verdes y estratos sociales, siguiendo el caudal tostado del rio Cali. Si aquí los ochenta fueron el espectáculo de las historias del narcotráfico, el crecimiento económico de un sector de la población y el catálogo más kitsch de sus arquitecturas, los noventa seran fruto de la nada y motor del Do it yourself para sortear la corrupción pública y los conflictos sociales más dispares. Un antídoto del desamor en el Valle del Cauca.

Y en medio de este panorama surgen iniciativas que dibujan un mapa artístico radical y comprometido, desde las artes, el cine y la música. Cali no es solo la ciudad de la salsa, también es la capital de la documentación de lo efímero (performance y arte en el espacio público), del cine-club, de los procesos de archivo y las estrategias creativas de la postproducción. Practicar las derivas del arte contextual y relacional, o la estética de la emergencia sin gestos doctrinales de moda, es para los artistas caleños pura supervivencia urbana.

En Cali existe un espacio llamado “Lugar a dudas”, una residencia de paredes nostálgicas donde se dan cita los jóvenes artistas para visionar programas de cine, exhibir sus obras, realizar talleres o consultar el centro de documentación. El artista Oscar Muñoz preside el enjambre del saber. Allí la filosofia de la postproducción definida por Bourriaud es innata. En el síndrome post-Duchamp, fusionando producción y consumo a partir del uso de materiales preexistentes, la posproduccion genera significado a partir del “reciclaje” y la combinación de elementos heterogéneos ya dados. En lugar a dudas se trabaja la herramienta para reflexionar sobre las relaciones estéticas sin pretender la originalidad como legitimación de la noción de arte. La materia que manipulan ya no es materia prima, se trata de producir a partir de objetos y discursos que ya están circulando en el mercado cultural. Así el arte deviene un contrapoder que reinterpreta los signos mientras usa o difumina el marco hegemónico de la modernidad, esa escena eurocéntrica siempre miope.

Un ejemplo de ello es la fotocopioteca que ofrece una selección de retazos de textos sobre teoría y crítica de las artes, elegidas y presentadas por artistas o teóricos. Un material de bajo coste que permite difundir voces y discursos fragmentarios del complejo mapa del arte, una unidad documental que trabaja desde las microlecturas y que halla en la red su negociación de intercambio. La instauración de estas formas de sociabilidad les permite compartir una verdadera crítica del patrimonio artístico y teórico de nuestra cultura y formas de vida contemporáneas.

En esta misma línea, también el proyecto Calco, que se exhibe periódicamente en el espacio de la vitrina que da a la calle, es una iniciativa de producción basada en el mecanismo de las capas de registro y significación. La idea propone elaborar un grupo representativo de copias efímeras de obras de arte contemporáneo que se encuentran diseminadas por museos y colecciones de todo el mundo con la intención de construir en la memoria de los visitantes de este espacio un museo imaginario. Así, los amantes relojes de Felix González-Torres cohabitan con la Caja Brillo de Warhol, las sillas de Kosuth, el ventilador de Orozco o los Copy-light de Superflex. A través del calco tridimensional dejan de ser objetos de museo para compartir espacio con los visitantes. Incluso la falange del dedo meñique de la mano inquierda del artista Pierre Pinoncelli, en un tarro con formol, decora una repisa. Cada uno de los calcos toma formas preexistentes, stocks de datos para manipular y reponer en escena, siguiendo la misma pauta de los artista. Unos y otros, autores y obras, producen imágenes de imágenes apropiándose de los códigos de la cultura.

En lugar a dudas los relatos del arte se encadenan rechazando todo objetivo terminal, siendo momentos de la infinita cadena de relaciones y escenarios. Cali no tiene políticas culturales bien armadas, sólo cuenta con un museo público, la Tertulia, y una única galeria, por lo tanto este espacio nutre de sociabilidad y debate a la comunidad. La falta de recursos públicos se combate con la investigación y la acción, la autogestión y el compromiso social. Así nace lugar a dudas, así se gestiona el Festival de Performance de Cali, de la misma manera operan los colectivos de artistas y los grupos de música independiente. Entre ellos, destaca el grupo de Helena Producciones, una asociación independiente destinada a la investigación y la acción, mediante la curadoria y la empresa editorial. Helena tiene nombre mítico y ánimo pacificador, su objetivo es invertir en cauces de estudio sobre la producción cultural colombiana en relación a sus territorios y contextos.

Cali, a diferencia de la capital Bogotá, es una ciudad sin monumentos. Quizás por ello la actitud de sus artistas sea crear sus propios homenajes y memoriales, sus mitos y leyendas. Uno de los artistas más referenciales de la cultura caleña es Andres Caicedo (1951-1977), desaparecido por medios propios a los veinticinco años y autor de una obra literaria y cinematogràfica de intensidad abismal que marca varias generaciones de artistas. En este mismo linaje, el cineasta Carlos Mayolo (1945-2007) inventó la marca estética de la ciudad: el Gótico Tropical. Una denominación para lo híbrido y lo exhuberante, ultrabarroco de gran poderío crítico y algo satánico que legitima la interpretación libre y el libertinaje. El Calco es también hijo de esa genealogía.

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Pilar Bonet

publicado por A Desk*


Lugares comunes, una historia de a peso

Ex-libris paisa, 2005

… “El Peso. La ‘moneda’. Una imagen portátil, manoseada, a ras del bolsillo. El arquetipo es un billete azul prusia impreso sobre un fondo tenue, rosado-salmón, emitido el 7 de agosto de 1953 en el que se declara la unidad de medida absoluta de la economía nacional: 1 Peso. Un Peso Oro que el Banco de la República “pagará al portador”.

La imagen del billete no pudo ser más patriótica: Los próceres favoritos, Bolívar y Santander. El primero de pie, con espada, presidiendo la plaza en su nombre; el otro, con la cabeza despeinada de atrás para adelante como corresponde al retrato romántico flanquean la viñeta central ocupada por el paisaje tal vez más emblemático de nuestra cartilla escolar: el Puente de Boyacá. Escenario natural en medio del cual se percibe, inocente, el minúsculo puente aderezado por un grupo discreto de árboles. Unico residuo de la decisiva y legendaria batalla que lleva su nombre, antes de haberse incorporado a la desapacible maqueta conmemorativa instalada sobre el ondulante potrero boyacense.

Así y todo, a pesar de su insistencia memorial, lo que alcanza a mostrar el billete, el momento representado, el momentum bélico, definitivamente carece de acción. Cual cortinas dialécticas los dos hombres enmarcan la escena vacía donde sucede lo que pasa en los escudos pero no en las batallas: una calma chicha, sin nadie; una sequedad de tono heráldico con la solemnidad inevitable que suelen tener los símbolos patrios. Un héroe aquí y el otro allá, cada cual en su respectivo podio conceptual, y en la mitad el agujero bucólico por donde uno se asoma el paisaje.”

Mauricio Cruz

>>La historia de a peso completa:

http://emciblog.blogspot.com/2005/12/lugares-comunes-una-historia-de-peso.html


Puente a Disneylandia en Boyacá*

“Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América
de miserias en nombre de la libertad”. Simón Bolívar.

“…Mas de 170 kilómetros de manguera luminosa dieron forma a personajes de Disney y el mundo infantil que ahora se conjugan con la historia del llamado Altar de la Patria”. ¡Se Prendió la Navidad en Tunja! Ángela Molina. RCN Noticias. (1)

Para la creciente clase media, en la época de vacaciones el tiempo pasa, se consume, dentro de lo que cabe en la reducida canasta familiar colombiana y alcanza a llenar el pequeño espacio de ocio y diversión. Después del improbable viaje principal a destinos playeros, o piscineros en su defecto, y las necesarias visitas a los centros comerciales, están además los planes económicos dentro de los que se prefieren aquellos que sirven para reafirmar los supuestos “valores sociales”. Las tradiciones navideñas en este caso parecen estar diseñadas conforme a la doble moral del católico colombiano promedio. En las primeras y últimas semanas del año salen de sus casas las familias unidas para sumarse a las procesiones que siguen la Ruta Navideña Nacional, los paseos a las poblaciones cercanas son usuales continuando con la fidelidad al lema Vive Colombia Viaja por Ella, bandera que aún se honra gracias al continuismo de la administración estatal anterior.

Lógicamente la estrategia política conoce bien estas movilizaciones y confluencia de masas, las siguen interesadamente con una mirada fija, para reconocerlas con fines de control, dentro del Aparato Estatal. Queriendo dominar ese instinto rebañero, los aspirantes a ser dirigentes públicos hallan en aquellos campos de pastoreo las mejores ocasiones de su oportunismo electoral, buscan afanosamente posicionarse y alcanzar los primeros lugares, según la dirección de la muchedumbre, para posteriormente encausarla a sus propios territorios de poder identificándolos con los lugares sagrados de peregrinación religiosa o patria. En esta “carrera política”, tomar la delantera frente a las masas se logra al mostrarse ejemplarmente, la clave está en concurrir a ella destacándose por ser, o paracer, el más normal de todos según una reconocida capacidad de verse motivado por las causas del colectivo. Son algunos requisitos para los objetivos del demagogo, especialmente en la ocasión mencionada: adaptarse al gusto folclórico, mantener una postura de hinchado orgullo patrio, actuar como poseído por el espíritu navideño, etc. Sin embargo, antes que aparentar tales conductas en este punto de la politiquería colombiana, ya posiblemente desgastado el modelo de imposición autoritaria y evidenciada la hipocresía del poder por la vía de la denuncia, según el desencadenamiento sostenimiento de escándalos de corrupción, nada puede ser más conveniente para recobrar la confianza en el supuesto “Gobierno Democrático” que la reformulación aparente de la estructura de poder mediante la obtención estratégica de cargos estatales para la proyección pública por parte de quien podría ser un máximo representante del pueblo mismo, un personaje que sea particularmente común, que encarne naturalmente los valores populares pero que ante todo se deje guiar en los asuntos de “mayor importancia”, por quienes lo rodean, al no comprometer los mayores flujos del codiciado “tesoro público”, a no ser que se establezcan detrás beneficios directos o indirectos para los poderosos implicados, según sea el caso.

Perfectamente un fenómeno político de ese tipo podría estar personificado en José Ricardo Bautista Pamplona, actual Secretario de Cultura y Turismo de Boyacá, personaje cuyos méritos “profesionales” se definen por su auténtica y manifiesta ramploneria rampante, reflejando hacia el pueblo, desde la oficialidad, una imagen que puede demostrar su falta de “artificios políticos”: Cantautor tunjano de música folclórica boyacense, “Incursiona como ganador de festivales del orden nacional como el Concurso Estrellas Juveniles de Animalandia, La Nueva Estrella de las Canciones de Jorge Barón Televisión, el Santo Domingo de Oro, entre muchos otros… Posee 3 trabajos discográficos individuales y 5 colectivos en donde ha dejado parte de su obra: Me Comprometo, Mis Obras en Tertulia, En Familia y el más reciente que lanzó en los Estados Unidos; Sin Mirar Atrás en donde incursiono en el genero del Bolero, el Son Cubano y el Danzón”. También ha sido profesor de música colombiana, creador del proyecto pedagógico “Cambio de timbre y campana por música Colombiana programa dirigido a los centros educativos de la Patria”, etc, etc, etc. (2, 3)

Pero el verdadero triunfo de esta laureada vida comienza cuando el pasado mes de diciembre un grupo de los más selectos artistas fueron convocados para la inauguración de los alumbrados navideños en el llamado Campo de Boyacá, lugar de monumentos patrios entre los cuales se destaca el más importante para la independencia nacional el Puente de Boyacá donde, el 7 de agosto de 1819, se libró la batalla definitiva para la independencia de Colombia. El coro Niños Cantores de Boyacá, el Ballet Folclórico de Boyacá y la Big Band Orquesta unieron sus originales talentos para dar un espectáculo al mejor estilo Cundi-Broadwaycense, al ritmo de la interpretación infantil del mejor repertorio de las canciones clásicas navideñas en ingles de siempre se hizo una coreografía ondeando las banderas de las naciones liberadas por Simón Bolívar, seguramente aludiendo a La Plaza de Banderas que se encuentra en ese mismo lugar y/o haciendo una interpretación libertina del ¡¿Sueño AMERICANO de El Libertador de América, el ideal de una sola gran nación?! Con la diferencia que dentro de la coreografía, al frente y en el centro destacaba la bandera de EUA. Al cierre, como sorpresa final apareció Francisco Mancipe disfrazado de Papá Noél provechando el look de cabello y barba canoso de este trompetista, orgullo de la región, maestro de música tradicional, padre y abuelo para generaciones de los mayores talentos musicales que ha dado su tierrita. El pretexto de esta gran velada fué la presentación de un magnífico decorado de luces basado en figuras tridimensionales que contorneaban graciosamente las formas del castillo de La Bella Durmiente, la carroza de La Cenicienta, Blanca Nieves y sus siete enanitos, Peter Pan, Campanita, los carros de Cars, peces de La Sirenita, etc. Motivos que conjuntamente evocaban el parque de diversiones Disneylandia. (4, 5)

En las declaraciones dadas a Noticias RCN el dirigente cultural manifiesta una premisa determinante para esta, su ilustre iniciativa: “La temática es netamente infantil, por eso todo gira en torno a la niñez”. La aplicación de aquella incipiente relación que ve sin duda alguna al gusto infantil colombiano favorablemente atado a las producciones de Disney Corporation no demuestra ninguna opinión, criterio o juicio al respecto. Se trata de una simple afirmación, producto de un proceso deductivo bastante claro, nada complicado, al contrario, es muestra del dominio de un sentido común absoluto. Tal vez por eso esta sencilla premisa llegó a definir sin mediación reflexiva o elaboración alguna una iniciativa que recibió fácilmente la acogia del pueblo, y aún más, podría confirmarse que, dentro de la estrategia política que descrimos desde el principio, correspondería al planteamiento del Consenso Democrático, pues desgraciadamente para nosotros y la crítica del presente texto, lo más seguro es que un sondeo a la opinión pública verificaría que las decisiones tomadas aquí por el susodicho ejemplar serían plausibles. Así mismo, según lo temido, un reporte en el site de la Gobernación de Boyacá reafirma el beneplácito de los dirigentes por su designarción de aquel guardián del templo de su “cultura”: “De acuerdo al reporte suministrado por la Policía de Carreteras, se conoció en las últimas horas que desde el pasado viernes 3 y hasta la noche del martes 28 de diciembre de 2010, en el Puente de Boyacá se ha registrado un ingreso histórico de 20 mil vehículos provenientes de otros lugares del departamento y el país para visitar la imponente iluminación del lugar. Durante el mismo periodo han ingresado a este Departamento por el Peaje Albarracín -ubicado en límites de Cundinamarca y Boyacá-, un total de 118.324 vehículos” (6) En definitiva, y desde todo punto de vista, un éxito más para la hoja de vida del “Mayor Gestor Cultural Colombiano”, tal como es calificado este personaje según su propio currículo.

Apesar de haber pasado, hace tiempo, la embriaguez de los días festivos y los remordimientos que traen las rezacas de fin de año. Como hemos advertido, más de un mes después del desmonte de aquel Disneylandia Criollo, no ha habido hasta hoy manifestación pública alguna que cuestione la celebración sobre lo sucedido, por el contrario, quienes alcanzaron a pasar por este punto de la Ruta Navideña se mostraron disfrutando de su pequeña alegría. Por su parte, los medios registraron el evento inaugural, tan efusivamente como se sumergen en las fiestas populares, con la objetividad de “las buenas noticias del entretenimiento”. Sin embargo, muy a pesar de la voz del pueblo y después de hacer un simple ejercicio analítico al respecto, llegaríamos inevitablemente a la conclusión que en realidad esta patética conmemoración se configura como un atentando contra la preservación de sentido de todo un grupo de los más importantes monumentos nacionales y los símbolos patrios, realizado nunca tan inoportunamente como en el año en que se celebraron los doscientos años de la independencia nacional. Desconociendo, irrespetando y de hecho subvirtiendo el sentido inicial de los símbolos entendidos como las máximas manifestaciones de la idea fundacional de la patria: Colombia es una nación libre y soberana. Todo esto con el agravante de haber sido orquestado por un Funcionario de Estado, nada menos que por el Secretario de Cultura y Turismo de Boyacá, “El Departamento Bicentenario” como se les dió apodar el año pasado, desde la misma gobernación, a su tierrita región que tradicionalmente se ha preciado por expresar la cultura autóctona y demostrar fielmente el orgullo patrio cuando se presenta la ocasión siendo, según Simón Bolívar, “Cuna y Taller de la Libertad”.

Si nos forzáramos a explicar la intención de esta iniciativa, podríamos decir que allí, al parecer, se quiso hacer sentir a los turistas internacionales, sobre todo a los gringos,como en su casa” según la reconocida hospitalidad del colombiano; la idea fué lograr que el ciudadano estadounidense se llevara una “buena impresión” al encontrarse como con algo de su territorio en Boyacá. Simultáneamente, evocando aquel antecedente de la tradición vacacional que afirma de manera burlona que Melgar es el Miami de la clase media Colombiana, para los visitantes locales se produce el efecto fantástico de Disneylandia en “la tierrita” a partir de un pirateo tercermundista, bastante exótico a la mirada del extranjero, pero apreciado como auténtico gracias a cierta predisposición a un cosmopolismo de réplicas indiferente a que este fué un “parque de diversiones” netamente visual pues sabe conformarse con aquel fotogénico fondo de maqueta ya que funciona para construir el fetiche turístico del álbum familiar de viajes. Para esta “cultura” de la redundancia del remedo, parece que fué proyectado en la navidad del 2010 que el Puente de Boyacá fuera el Disneylandia del Bicentenario Nacional de la Independencia Colombiana.

El Campo de La Batalla del 7 de Agosto, invitó a ser un paseo despreocupado, esencialmente quiso disponerse como un espacio para descansar la mente y el espíritu. El paisaje de luces logrado atrajo una mirada netamente contemplativa, indujo a una actitud apacible conforme a la puesta de una atmósfera para el sosiego promulgada en la época para la que se resa frente al pesebre, representación heterotópica en la que todo, especialmente los opuestos, quieren mostrarse conviviendo en paz y armonía. Fué el plan perfecto para la diversión pasiva que requieren los días posteriores al guayabo. No hay cabida para el cuestionamiento, análisis o la crítica en las semanas cercanas a las fechas sagradas del calendario católico, demostrando aquí que cualquier evento según la propuesta del “Emprendimiento Cooltural”, así sea la contradicción de una alabanza a los máximos iconos estadounidenses, excusada por el supuesto “fervor religioso” del momento puede sobreponerse a la importancia de cualquier otro acontecimiento o lugar, aún a la coherente conmemoración de los doscientos años la Independencia Nacional en su lugar insigne.

Así, sin más ni más, convertido por la obra y gracia del Espíritu Santo y por el arte de La Magia de Disney, en un espacio ideal, “ahistórico”, “apolítico”, en un no lugar. Como una ruina prematura, el monumento de la Batalla del 7 de Agosto es enterrado bajo la construcción de “3.200 figuras hechas con mas de 170 kilómetros de manguera luminosa”, fundándose con esta tragedia patria un campo de devastación simbólica, haciendo pensar en un proyecto de re-colonización, no extranjera, sino de un pueblo vuelto bárbaro para si mismo, en un acto invasor sobre sus primeras tierras liberadas. La soberanía del máximo terreno de las gestas independentistas es cedida para acondicionar en su lugar un medio ambiente en dónde la cultura nacional es depredada por los instintos mas bajos de un pseudo-capitalismo salvaje, erigiendo sobre él las figuras de los personajes más representativos del Imperialismo Norteamericano, como perpetrando deliberadamente un sacrilegio definitivo a la historia del campo santo donde fué derramada la sangre de los mártires de la patria.

Frente a lo señalado en el presente texto, a los funcionarios responsables se les puede exigir varias respuestas:

¿Qué concibe como cultura la Secretaría de Cultura y Turismo de Boyacá?, ¿Cómo se diferencia aquello de la diversión banal?, ¿Qué tipo de aporte a las tradiciones locales o a la cultura nacional nos deja un espectáculo de luces de este tipo y el canto en ingles y baile de canciones navideñas de origen estadounidense por parte de todo un grupo de niños locales, etc?

¿Cuál es la intención de la Secretaría de Cultura y Turismo de Boyacá con la escenificación del mayor lugar turístico estadounidense sobre el Altar de la Patria Colombiana?, ¿Debe asumirse esta decoración como un “valor agregado” al atractivo turístico de El Puente de Boyacá, y el campo de monumentos que lo acompañan, aún en contravía directa del sentido histórico de Revolución Independentista del mismo?

¿Qué nivel de lectura simbólica, cultura visual, o estudios específicos, tienen los funcionarios de la Secretaría de Cultura y Turismo de Boyacá?, ¿Qué otra experiencia tiene José Ricardo Bautista Pamplona en el campo de la gestión cultural y la administración pública más allá de la promoción de música popular?

¿Hubo un pago por uso de imagen a la multinacional The Walt Disney Company por parte de la Secretaría de Cultura y Turismo de Boyacá?, ¿Si no lo hubo, hay cabida a una demanda de su parte al estado colombiano por infracción a los derechos de autor?

José Ricardo Bautista Pamplona. Secretario de Cultura y Turismo de Boyacá.

Después de todo este tinglado podríamos concluir atestiguando lamentablemente: ¿Qué logra que un monumento histórico plausiblemente adopte la lógica visual de un parque de diversiones? En definitiva, el éxito del oportunismo electoral de la superación del demagogo facilitado por un sistema de gobierno oclocratico. Cada pueblo merece a sus gobernantes ¡Colombia parece mantener la tradición de los peores dirigentes culturales!

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Juan Bocanegra & Jorge Sarmiento.

http://donnadie.net/

Don Nadie.

1. ¡Se Prendió la Navidad en Tunja! Ángela Molina. RCN Noticias. http://www.youtube.com/watch?v=ChdTLpJY_D4

2. José Ricardo Bautista Pamplona. Cantautor – Gestor Cultural. Boyacá. http://funmusica.org/paginas_general/artistas_consulta/autores/ricardo_bautista.html

3. Eclipse. José Ricardo Bautista Pamplona. TV Hogar. Miami Estados Unidos. http://www.youtube.com/watch?v=_IVKiNBRq4U

4. Inauguración de los Alumbrados Navideños Puente de Boyacá. 2010. (Niños Cantores de Boyacá, el Ballet Folclórico de Boyacá y la Big Band Orquesta). http://www.youtube.com/watch?v=RYWKjSUJx1A

5. Inauguración de los Alumbrados Navideños Puente de Boyacá. 2010. (Francisco Mancipe). http://www.youtube.com/watch?v=qOEdRKI0SEw

6. Boyacá se convirtió en el destino preferido por todos los colombianos este fin de año. Oficina Asesora de Comunicaciones y Protocolo. Gobernación de Boyacá. http://www.boyaca.gov.co/?idcategoria=19121

 

* Versión completa de la editada y publicada por el Periódico Arteria # 27. Enero – Marzo. 2011. http://periodicoarteria.com/


Sobre “Historia de Colombia a través de la fotografía 1842-2010”

Luego de ver “Taxi Driver” (1976), película de Martin Scorcese, pienso que el heroísmo se puede llegar a basar en un asesinato “legitimo”. Es decir, que un héroe es quien, en ciertos casos, mata con el aval de la sociedad. Si llega a acabar con la vida de otro que no es considerado un problema, un paria, un traidor, un contrincante, diferente, o peligroso, el futuro del hombre virtuoso es distinto. Es señalado, acusado, escupido, juzgado, acabado, encerrado. Esta delgada línea puede hacer que algún sujeto con sed de matar se convierta en un héroe, como en la película mencionada. En Colombia los Héroes si existen, existen desde hace poco menos de ocho años tras continuas campañas publicitarias y militares. El conflicto justifica la muerte de algunos “parias” por el daño que causan, y la coronación de laureles (anónima y pública) a los asesinos que le hicieron un bien a la sociedad. Si recuerdo bien la película “Notre Musique” (2004), de Jean-Luc Godard, comienza con la siguiente frase: matar un hombre no es matar una idea, matar un hombre es matar un hombre”. Parafraseo, recuerdo y divago esa frase pues algunos héroes no defiende una ideología, simplemente asesinan.

En el Museo del Banco de la República se expone “Historia de Colombia a través de la fotografía 1842-2010”, curada por Malcolm Deas. Se explica en el texto que introduce la exposición que la muestra hace parte de una investigación del proyecto “América Latina en la historia contemporánea”, cuyo objetivo es la publicación de investigaciones de distintos países de la región.

Estas serán, seguramente, muy interesantes, pero en el lugar de exposición se confunde el objetivo del proyecto con la presentación de las fotografías. Todas las fotografías se homogenizaron en técnica y color (son impresiones en blanco y negro), a pesar de corresponder a distintas épocas. Se exponen reproducciones de las fotografías y no sus originales, ya sea por preservación o porque pertenecen a otras colecciones. Es entendible que algunas imágenes, tan frágiles como las historias que congelaron, no se expongan, pero al hacerlas todas iguales se aplana la historia.

El resultado visual que quedó plasmado en un papel, luego de procesos químicos y físicos, no es el único que atestigua algunos hechos, su soporte y técnica también lo hacen. La técnica produce que la imagen tenga cierto resultado, poca definición, poca profundidad de campo, y el soporte hace que sea frágil. Estos factores son importantes para ver la fotografía como documento histórico. Mucho se pierde cuando se digitaliza, se limpia, se imprime y se enmarca. Me pueden tildar de purista, pero hubiera sido interesante ver alguna que otra imagen “original” (lo cual es contradictorio, pues la fotografía elimina esa idea) y no su digitalización.

Algunas fotografías fueron sacadas de medios impresos, lo que se evidencia con la trama que tienen. Creo que haber expuesto el periódico o revista, de donde proviene la fotografía, hubiera sido más interesante para el espectador .Haber visto la noticia completa, u otras noticias cercanas, sería interesante, para entender que otras cosas estaban pasando (por fuera del marco teórico de la exposición). Se confunde el objetivo del proyecto con la presentación de las fotografías porque la muestra parece una publicación, como si las imágenes pertenecieran todas a un libro, y no a esa experiencia de ver una imagen “única” por técnica, soporte y paso del tiempo en una exposición.

A pesar de esto, hay unas imágenes interesantes, cada quien que visite la exposición tendrá sus favoritas. La que más llamó mi atención fue la de los asesinos de Rafael Uribe Uribe: Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal. Los hombres que veía en la foto (aún cuando estaba colgada muy arriba para poder detallarla) asesinaron al jefe del partido liberal a hachazos en el cráneo .Hacha que alguna vez vi en el Museo Nacional, lugar donde fueron recluidos los criminales cuando funcionaba como panóptico. Los dos hombre de sombrero, uno con saco otro con ruana, parecen tranquilos. Los custodia un guardia flaco de orejas prominentes, y atrás se encuentra otro policía mirando la escena (como el personaje del fondo en el cuadro de Las Meninas de Velázquez). Los tres miran hacia la cámara, aunque en el caso del hombre de ruana existan dudas, por las sombras que tiene en los ojos.

Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal abrieron el cráneo de un hombre acabndo con su humanidad, sacrifico necesario para despilfarrar en el piso sangriento sus ideas políticas. Me acordaba esta fotografía al retrato de Lewis Payne que Roland Barthes menciona en su libro “La Cámara Lucida”. El retratado, según cuenta el autor, fue condenado a la horca al intentar asesinar al secretario de Estado estadounidense en 1865. Esta imagen sirvió al teórico para hablar sobre el studium de la fotografía, término que él acoge para hablar de la noción del tiempo del objeto o sujeto fotografiado: “Yo leo al mismo tiempo: esto será y esto ha sido; observo horrorizado un futuro anterior en el que lo que ventila es la muerte (…) La fotografía me expresa la muerte en futuro”. Dice el francés que la fotografía es bella y “el muchacho también”. La idea del criminal retratado fue la que me hizo pensar en esta relación, aún cuando yo no sabía “el será” de Galarza y Carvajal después de la fotografía.

Investigando un poco más sobre este crimen, y sobre estos personajes que probablemente Barthes no hubiera encontrado bellos, encontré dos fuentes interesantes en la Revista Credencial y en la biblioteca virtual de la Luis Ángel Arango, y concluí que la pose de tranquilidad se podía deber a la impunidad. Marco Tulio Anzola Samper escribió un libro llamado ¿Quiénes son?, buscando esclarecer los hechos del asesinato y las irregularidades del juicio. Decía este autor que los dos retratados no eran los autores intelectuales sino dos sicarios que fueron bien pagos, y que otras personas “prestantes” de la sociedad, como dirigentes conservadores y algunos curas jesuitas, organizaron el atentado. Sin embargo, el juez, tras varias irregularidades expuestas por Tulio Anzola, no encontró más culpables, y los asesinos fueron “condenados a veinte años de presidio, privación de los derechos políticos, y a pagar ochenta mil pesos oro y los gastos procesales”. Estos personajes no pasaron a la historia bajo la figura del héroe por su brutal asesinato y a Rafael Uribe Uribe se le hizo un monumento en el Parque Nacional en 1940, pocas cuadras al sur de una universidad dirigida por Jesuitas, donde todos los domingos se congregan personas para hacer deporte.

Otra fotografía, esta si de héroes asesinos, muestra momentos después de la muerte de Pablo Escobar. Ya no es el “esto será y esto ha sido” de Barthes, solamente es: lo fue. Ese fue Pablo Escobar, ahora despilfarrado muerto en un techo, con 6 policías, 5 armados. Esta fotografía fue escogida para la exposición entre otras que circulan sobre este hecho. Se puede decir con cinismo que es la más correcta, aún cuando una persona este sonriendo a la cámara.

En otra, si menos correcta, posan ocho policías sonrientes y joviales junto al cuerpo sin vida, con cara ensangrentada y panza limpia; de lo que fue “el patrón”. La felicidad del asesinato se debe a todo el mal que generó ese cuerpo en vida, aunque para otros fuera un Robín Hood criollo.

En Colombia, como en muchos otros países, se genera tranquilidad, gozo, alegría, satisfacción, entusiasmo, y positivismo cuando se muestran los cuerpos y caras estallados del enemigo bajo los pies de los héroes ajusticiadores. De esos prohombres que arriesgan su vida intentando acabar otra.

En la exposición se presentan imágenes impactantes, de Armero y la toma del Palacio de Justicia, por ejemplo. Pero, aunque ésta cubre desde 1840 hasta 2010, no incluye otras recientes que hablan de la Colombia de hoy, que ayudarían a entender esta sociedad. Fotografías que no han sido decantadas por el tiempo. Probablemente serán expuestas en una “Historia de Colombia en fotografía 1842-2030”.

Andrés Pardo


El Arte como Reality Show

Con el programa “La escuela de Saatchi”, el millonario y adicto al arte contemporáneo Charles Saatchi ha llevado a la televisión lo que podría ser el heredero de los concursos y salones del arte: el reality.

Visibilidad y reconocimiento instantáneo. El modelo patético de reclusión para el éxito ha triunfado planetariamente. Eso nadie lo pone en duda. Si Sócrates quería -como toda la filosofía (uno de los más obstinados «ideales ascéticos»)- librarse de la cárcel que es el cuerpo, muchos de nuestros contemporáneos desean estar encerrados en donde sea (una casa cutre, una isla o una así llamada «Academia») porque gracias a eso conseguirán algo más importante que purificar su alma: lograrán la fama instantánea.

Unas podrán posar en pelotas, más pronto que tarde, en una revista del ramo; otros, si están versados en el arte del parloteo provocador, acudirán como «invitados» a norias y otros espacios de «salvamento» para confesar cosas cuanto más sórdidas mejor. La cámara virtual está en la cabeza de todo el mundo. «Antes -escribe Baudrillard- en la época del Big Brother, se habría vivido esto como control policial, mientras que hoy ya no es más que una especie de promoción publicitaria». Todo viene del ready made duchampiano, por más que nos cueste aceptarlo; aquéllos que entregan su psicodrama por televisión son los herederos del Portebouteilles, formas que aspiran a un estatuto especial de visibilidad (unos buscan el arte y otros, sencillamente, la fama). Estamos entrando en el arte actual en lo que denominaré una completa literalidad, donde todo tiene que ser mostrado. La estética de la obscenidad es el paradigma de una época narcolépsica.

El deseo de ver. Cada día se propaga más el culto al voyeurismo y la estética de la espontaneidad populista, esos retazos de vida, reducidos al ridículo. Nos rodea el deseo imperialista de verlo todo, la obligación mediática de encontrar «testimonios estremecedores», aunque propiamente tengan que crearlos. Hay una simulación constante de proximidad, es decir, hemos consumado la impostura de la inmediatez, pero acaso eso nos permite cobrar consciencia de que, finalmente, la pasión por lo Real supone una entrega a lo espectacularizado. El control ya es una forma del medio ambiente; el horizonte ha sido reemplazado por multitud de escaparates catódicos; aquél estado policial que Foucault analizara casi clínicamente ha mutado. El temor al Gran Hermano está abismado en la acumulación de infinitas secuencias, una parálisis que es consecuencia de la hiperactividad o, en realidad, resultado de un permanecer adormilado ante las pantallas escuchando todos los teléfonos, recopilando todas las huellas. Apenas existe una mínima resistencia frente a las estrategias del control generalizado y, por supuesto, la (des)información impone su ley sin ganga, ni desperdicio: todas las relaciones están hipercodificadas a través del imperialismo pretendidamente «comunicativo».

Un constante cacareo. Las programaciones televisivas, imponiendo un sistema represivo en el que el zapping carece prácticamente de sentido, clonan sus programaciones en torno a una estética de la gesticulación y de la (pseudo)transgresión. El panoptismo disciplinario ha terminado por entregarnos un raro deseo de ser vigilados, es decir, una lógica escópica (para sujetos entregados al sedentarismo domiciliario) en la que gana la alta definición de la transbanalidad. A falta de historias memorables, lo único que conviene recordar es que «esto está pasando». Da igual que un reportero esté metido en una cocina probando un arroz con bogavante o que un conductor acabe de saltar un ceda el paso y tengamos el placer de comprobar, en el control de alcoholemia (en directo, por supuesto), que tiene un pedo monumental. Lo decisivo es que nosotros estamos -gracias a todo el «buenrollismo mediático»- al otro lado de la «pantalla amiga». Cada cierto tiempo hay que reclutar a una tropa de cretinos para que la cosa siga en marcha.

Más de lo mismo. Como se advierte cierto cansancio de los realities por culpa de la sobredosis de streapers, transexuales, policías o maridos cornudos, algún ejecutivo «con ideas» ha planteado la posibilidad de hacer más de lo mismo sólo que con artistas. En realidad, todos los que frecuentan esos lodazales creen, en el fondo de su almita, que lo son. Pero ahora el asunto adquiere cierto nivel y no se pretende hacer un remake de Tú si que vales.


Los jurados del concurso: Kate Bush, Matthew Collins, Tracey Emin y Frank Cohen.

Charles Saatchi, un reconocido «adicto» al arte contemporáneo, ha lanzado el concurso School of Saatchi para encontrar a la nueva «estrella del arte británico»; lo bueno es que en la campaña publicitaria reconocen que no hace falta tener ninguna habilidad especial:basta con tener suficiente cara dura y estar dispuesto a ser usado como un kleenex. En realidad, el publicista, como suele ser habitual, no ha inventado nada. Su iniciativa es una copia de Art Star que se emitió desde Nueva York por el canal Films and Arts; se trataba de una competición entre ocho artistas para conseguir una exposición individual. Al frente del tinglado estaba Jeffrey Deitch, reputada salsa para todos los guisos (comisario, coleccionista, galerista…).

A lo largo ocho capítulos realizaron distintas tareas que les encomendaron: hacer una performance, exponer sus ideas, ayudar al artista Steve Powers a realizar cartelones o soportar los «consejitos» de los profesionales del sector. La primera impresión que generaba la contemplación de este reality era, lisa y llanamente, la de un aburrimiento abismal, aunque una vez superado el estadio de la fosilización mental comenzaban a percibirse singulares detalles. Resulta que la ocupación principal de los aspirantes a geniecillos del arte era perorar sin pausa sobre cuestiones pseudo-filosóficas. Aquello era una reunión tremenda de pedantes que compartían algunas divinidades, la más mentada de todas, Derrida. Si bien no tenían grandes cualidades para desplegar argumentos consistentes, no cesaban en su empeño de citar la deconstrucción o el postmodernismo sin dejar de poner cara de estar absolutamente «iniciados».

Rollo tras rollo. Pasaban -y eso era, de verdad, digno de verse- de ese estado de «tertulianismo pretencioso» a fases de febril ejecución de lo que llamaban «piezas».Por supuesto, lo que hacían no tenía nada que ver con todo el rollo que desplegaban con anterioridad.

La pose y, lo peor de todo, el servilismo abyecto eran constantes en la comuna de neófitos del «mundo del arte» americano. Bastaba que les llevaran al loft de un coleccionista para que entraran en trance. Parecía como si muchos de ellos estuvieran opositando para lameculos. Los pesimistas dirán que lo que vemos no es ni siquiera lo peor.

Nuestra cultura del karaoke, en un eterno retorno aberrante, convierte en hit aquello de «la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar». Hemos sufrido una lamentable regresión infantil, semejante a la de la agonía de Hal 9000 la computadora homicida de Odisea del Espacio. Las parodias inacabables de lo que Gérard Imbert llama «postelevisión» nos introducen en un espacio turbio; como el del arte, tenemos que añadir sin pecar de apocalípticos.

Fernando Castro Flórez


La godarria cultural


“¿A quiénes sirve el patrimonio?”, era el título de una defensa del curador José Ignacio Roca escrita a raíz de los cuestionamientos que en el 2006 se le hacían al Museo de Arte Colonial por permitir que un artista, en un Salón Nacional de Artistas, tuviera acceso a una antigua capilla y girara los cuadros ahí expuestos mostrando su revés. El texto de Roca intentaba sacar a la luz una conspiración tan tapada como los iconos religiosos: el inoficioso afán de la godarria cultural de cobrar la cabeza del director de un museo por permitir una supuesta profanación.

Por estos días, tras bambalinas, en el Ministerio de Cultura se vive un eterno retorno de lo mismo: la misma confabulación intenta meterle el palo a la bicicleta sobre la que van los curadores y directores de algunos museos. Al Museo Casa del Florero se le cobra su independencia para contar historias con independencia de la Historia escrita con pluma tricolor y tinta patriotera; al Museo Nacional se le cobran sus montajes a manera de collage que resultan en exposiciones divergentes, trasgresoras, humorísticas y que rompen la unidad de los mitos solemnes de hidalguía y progreso de la nación. Menos aún se le perdona hacer una exposición seria, pequeña pero sustanciosa, sobre Carlos Pizarro, el exguerrillero —asesinado como candidato presidencial en 1990— que buscó la paz en un camino divergente al que marcaban los fundamentalismos de la línea Moscú o Pekín.

Al Museo de Arte Colonial parece como si lo quisieran volver a convertir en iglesia donde el icono aleccione y lo religioso no permita religar: releer.

Hace poco el hijo adolescente de un economista hizo una intervención sobre una obra en la vía pública bogotana: apoyado sobre el horripilante monumento a un navegante italiano, al que el continente americano debe su nombre, el joven puso un cartón con un dibujo de perfil de un indígena precolombino al que le sale un globito de interrogación a la altura de la placa de la estatua: “Americo Vespucio 1454-1512”. No, la acción no derivó de una guachafita de viernes con juerguistas envalentonados por el alcohol evadiendo las púas que protegen a la pesada mole. Tampoco le dejaron una botella vacía de licor en la mano al personaje; pero el letrero duró ahí unos cuantos días y desapareció, vaya uno a saber si por la acción de un reciclador o de alguien molesto por la asociación.

El caso es que el adolescente profanador no adolece del mismo mal de la godarria cultural, de sus inseguridades, de su pétrea imbricación entre familia, tradición y propiedad. El joven, sin violentar el patrimonio físico, supo cómo profanar lo improfanable y respondió con enigmática elegancia a la pregunta que el curador dejó en el aire hace unos años: “¿A quienes sirve el patrimonio?”.

Entretanto, a la godarría cultural —tan ocupada censurando por aquí— se le cuela el nuevo patrimonio que “refundó la nación”, por ejemplo el “monumento a la paz” en Montería, elogiado en su momento por el infame Carlos Castaño porque “invita al ciudadano a convertirse en paramilitar”.

(Publicado en Revista Arcadia # 43)


Escribir lo que se oye y no hablar como se escribe

(De hecho, si no se tiene escritura, no se puede hablar como se escribe)

Auditorio: (micrófono)

Jesús Martín Barbero : internet…

Auditorio (otro): (no se oye)

JMB: …no es sólo escritura, internet es oralidad, es la recuperación de eso que se ha confundido siempre con analfabetismo: ¡Mentira, no es ignorancia!, la cultura oral es otra cultura y no incultura, y la inmensa mayoría de los (americanos) habitan la cultura oral, o porque no les enseñaron a escribir, o porque no tienen plata para poder comprar libros, entonces estamos despreciando con la oralidad a los habitantes de la mayoría de la cultura de América Latina. Pues bien, internet incorpora la oralidad, ahí está la maravilla del chat, en la que la oralidad se escribe pero no con la gramática de los gramáticos, piadoso recuerdo para los gramáticos del diecinueve colombiano, pero piadoso recuerdo…

Auditorio: algunas risas de consenso y complicidad

JMB: porque yo les podría contar cómo los gramáticos todavía, esos sigue, que seguían pen, queriendo que los bogotanos, que los colombianos escribieran como en Madrid, que hablaran como en Madrid, esos todavía siguen vivos… Auditorio: risas, aprobación

JMB: internet es la recuperación de lo oral, es la recuperación de lo visual, y si hay un continente visual, gestual, es América Latina (…) que hable con el sujeto, no solo con la voz, no solo con la escritura, sino, ahí esta la metáfora de la nueva, del nuevo sistema educativo, hay que meter todas las culturas en la escuela de (…), la escuela de (…) es la oralidad porque enseña a hablar como se escribe, por lo cual se pierde la limpieza del vocabulario (—) Ciudad Bolívar, en Bogotá, se ha encontrado (—) para niños de la Costa Caribe, primero están incomodísimos porque los de la Costa Caribe se están moviendo todo el tiempo, no se pueden estar quietos, los bogotanos parece que sí, los costeños no Auditorio: risas JMB: segundo tiene un vocabulario que (—) y tercero (—), pues bien, la solución que encontraron, estos pobres maestros que trabajan con las uñas en Ciudad Bolívar, pues ponerles a hablar (—) se encuentra que los niños costeños ya no se mueven, han perdido la mitad de su vocabulario, y ya no cuentan cuentos, o sea, les hemos masacrado su identidad cultural de base, a través de la (supresión) pero el sistema (—) castra (—-) al impedir que todo el saber (—) entonces la única solución es recuperar la oralidad, la corporeidad, la cultura sonora, me lo enseñó un alumno de Santiago del Estero en la Argentina, que no solo existe una cultura oral, existe una cultura sonora, la cultura sonora de la gente joven es muy distinta a la cultura sonora de los viejos, entonces, yo creo (…) la metáfora de internet, que junta, y revuelve, oralidad, visualidad, sonoridad, (—) oloridad, ya estoy buscando el meter olores, podrán pasar por internet

 Auditorio: rie, extasiado

JMB: entonces yo creo que ahí hay (—) para transformar profundamente, sobre todo para que comencemos por formar la sensibilidad, repito, una (—), o también un derecho ciudadano porque ambos tienen derecho a que algunos de sus sentidos pueda ser la base de su creatividad personal y social (hum, hem) Moderador: gracias Jesús, son muchas las preguntas que quedan ahí flotando, no sabe por dónde comenzar a (fín grabación).

Transcripción: Pablo Batelli (de un audio publicado por esferapública)