"y si lo logra, definitivamente estaremos frente a una gran obra de Arte”

Elías Heim, Gulgolet. Museo de Arte Moderno de Medellín. Marzo 2011. En la imagen de la izquierda, la parte superior del cráneo apuntaba a la salida de emergencia del edificio, mientras en la de la derecha, en su montaje final, giró 180 grados. De la mitad de esa sala hacia el fondo había muchas sillas, un estrado y una tela puesta para proyectar video. Ésta parecía otra instalación, pero no de Elías Heim, sino de Hans Haacke.

En principio, la exposición sonaba bien: un título con reminiscencias de instalación en una sala de turbinas de un país muy, muy lejano, y un artista que pocas veces defrauda a sus seguidores. Además, la cosa prometía porque la entidad que organizaba esto era, ni más ni menos, uno de los museos con mayor proyección de Colombia –sobre todo gracias a un denodado esfuerzo de autopromoción. Sobre esto hay que lanzar desde ahora un juicio moral y decidirse a  reír y llorar pensando que en Medellín hay un museo de arte moderno que no está muerto y que en ese buen sitio (bueno pero caro, y por lo mismo agresivamente acogedor, como una silla de diseñador de seis millones de pesos), se exponen obras de artistas contemporáneos vivos.

Ahora, sobre esta exposición habría que hacer otros dos juicios morales y reír y llorar también. El primero: que su obra principal, Gulgolet, “obra inédita que se presenta al público por primera vez en esta ocasión (¿algo inédito no es eso que se presenta por primera vez?)”, era una instalación de dos pisos que funcionaba a media marcha. El primer piso, conformado por mesas y sillas altas, como de bar, trabajaba a la perfección. Simplemente estaba ahí, para que la gente se reuniera, se acomodara, hablara y mirara. El otro piso, como los techos de las construcciones improvisadas de la clase media que quiere “ampliar” la casa, era una estructura de ángulos que sostenía luces de neón y que al momento de la apertura de la muestra no sirvió. Pero luego sí.

Como esos techos improvisados de la clase media, la cosa terminó por ser útil,  a pesar de las goteras.  Y a quien más le sirvió fue al curador del Museo, quien pidió al público asistente que se reuniera en el fondo de la sala (donde las sillas blancas ocupaban la mitad de todo el lugar), porque había que hacer unos ajustes y era necesario permitir que el equipo de operarios trabajara con comodidad. Eso fue sincero. Que bien.

Sin embargo, de ahí parte el segundo juicio moral, aquel donde uno sabe que está obligado a reír. Como ahora parece que toda exposición necesita o de un comunicado de prensa que lleve de la mano o de un conversatorio que permita reconocer “la dimensión humana del creador (de la obra)”, en este caso, el inconveniente técnico se condimentó con una charla en torno a la vida y milagros de Elías Heim, donde el curador demostró que conocía bastante del artista pero no a su contexto de origen. Me explico, mientras repetía y repetía que para esa exposición habían trabajado juntos –recordar: las virtudes de la autopromoción-, en algún momento se le salió una pregunta respecto a la llegada de la familia Heim a Colombia y a la cábala, que nadie, ni él mismo, entendió. Es fácil comprender esta confusión: la presión de la inauguración, los nervios de tener a un persona prestante al lado y tratar de parecer casi tan interesante como ella, etc. Pero lo que resulta menos claro es que ese conversatorio parecía más una rendición de cuentas  del curador del museo que una charla con el artista.

 

Elías Heim y Óscar Roldán Alzate, mientras un equipo de trabajadores intenta solucionar los problemas técnicos que presentaba Gulgolet. Roldán Alzate señala con su brazo el estante donde se podrían comprar cositas –pañuelitos, agendas, una Hoja de sala, etc.- alusivas a la exposición. (Pésima) fotografía: Guillermo Vanegas

Entonces: conclusión del segundo juicio moral: Que vaina, si de pronto no se hubieran extendido hasta mencionar a los abuelos de Heim y su odisea para llegar a Buenaventura durante el siglo pasado y, de pronto, sólo de pronto, hubieran comenzado por decirle al público porqué reunían esas obras de ese autor en ese museo o porqué se había desarrollado la pieza principal o con base en qué presupuesto se volvía a montar allí una pieza bastante exitosa del antepasado Salón Nacional de Artistas, quizá la situación hubiera sido más soportable. Pero como la anécdota personal terminó por imponerse sobre el diálogo en torno a lo que había llevado a tantas personas hasta allí, pues el interés caía y caía cada vez más, hasta que los menos avezados nos fuimos de allí. Hay que resaltar la idiotez de este segundo juicio moral en mi caso: como juzgué que me estaban mamando gallo con esa charla, decidí irme del Museo, y terminé metido en una llovizna cuyo recuerdo me ha acompañado todo este tiempo con tos y estornudos. Bueno, creo que eso me pasa por ser tan cicatero y puritano. Como dirían los críticos de mente abierta, “castigo de mi dios”.

En fin, por largarme de allí en ese momento me perdí algo que luego me contaron: que hubo DJs y que el cráneo prendió, que la gente joven se tomó el Museo y que se logró reunir a casi 1500 personas. Eso sí, por más autopromoción que implique, si un museo de arte moderno junta a tal cantidad de gente para la apertura de una exposición, quizá signifique que allí está pasando algo. Bueno, y que alguien obtendrá beneficio de eso. Es decir, que si un curador con ansias de visibilidad trata de explicar sus decisiones interrogando a su artista interlocutor más que hablando sobre las obras reunidas, seguramente terminará por ser reconocido como un gran experto. Ese es uno de los modelos más utilizados en el gremio curatorial colombiano. Ahora, si sirve de algo, que entren los críticos moralistas y descalifiquen, porque las relaciones públicas son un mal necesarísimo en entornos como éste, ¿quién podría negarlo? Yo no, pues vivo gracias a eso.

 

Guillermo Vanegas


One Comment on “"y si lo logra, definitivamente estaremos frente a una gran obra de Arte””

  1. antonio diez dice:

    Eso se llama PROVINCIANISMO PURO:

    Tratarse públicamente de tú a tú, como si se viviera en un villorrio donde se conocen todas las personas entre sí.


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