Leo Matiz: Mirando al infinito

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Letrero que hacia parte del antiguo estudio del artista.

Desde el 4 de Abril hasta el 19 de Mayo de 2013, el Museo Nacional expone la exhibición Leo Matiz: mirando al infinito. Al ingresar a la muestra lo primero que encontré fue un letrero de tubos fluorescentes que me daba la bienvenida. El letrero, bastante internacional por lo cierto, hacia parte de la fachada del antiguo estudio del artista, y así mismo invitaba a dar el recorrido por la exhibición.

Luego de mi encuentro con el letrero del estudio, me dispuse a recorrer la exhibición, de una manera “descuidada” ya que sólo me acerqué a aquellas fotografías que me llamaban la atención, sin tener en cuenta las fichas bibliográficas ni los textos curatoriales. En esta primera impresión de la exposición me logré deleitar con las obras mismas. Esas fotografías de alto contraste, en donde se observan desde rostros de campesinos hasta los tubos de una fábrica, me lograron cautivar. Dos de mis fotografías preferidas fueron coincidencialmente de atardeceres, uno de 1963 en Cartagena de Indias y otro de 1960 en Taganga. Estas dos fotografías, en donde los personajes se convierten en unas manchas más del cielo y así mismo se reflejan sobre el agua, fueron a mí parecer los más grandes deleites de la exhibición. Claro está que no fueron las únicas fotografías que vale la pena rescatar. Por el contrario, no puedo negar el excelente trabajo que se presentó del artista, ya que en su mayoría las obras exhibidas son de gran calidad, es sólo que dentro de las 128 fotografías estas dos se quedaron en mi mente.

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“Atardecer” (1963). Tomada en Cartagena de Indias, Colombia por Leo Matiz.

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“Atardecer”  (1960). Tomada en Taganga, Colombia por Leo Matiz.

Ya para el segundo recorrido decidí ser un poco más prolija, o tediosa si se quiere, así que al igual que los demás asistentes presentes en la sala, me dispuse a leer el primer texto adherido sobre la pared. De este texto me llamó la atención la manera como se muestra a Matiz. Es decir, por mi parte no cabe duda de lo importante que fue para la fotografía colombiana, pero por qué esa necesidad de mostrarlo como el artista héroe, el hombre prodigio y casi que perfecto. Es chistoso, mientras leía el texto no podía dejar de pensar en Pollock y en cómo los medios y la crítica hicieron de éste el artista norteamericano ejemplar; y aunque sí, ésta comparación puede ser general, esa imagen del “súper” artista estaba claramente evidenciada en el texto.

La exposición está, además, divida en cinco secciones: agua, tierra, ciudad, vanguardia y arte. Es curiosa esa manera de organizar la exposición, pero teniendo en cuenta el público que recibe el Museo Nacional se puede entender ésta manera didáctica de presentar las obras. Claro está que a mí personalmente me molestó esa división, pero, bueno, puede que sea la costumbre a visitar exposiciones con pésimo trabajo curatorial en donde, por mucho, dicen quién es el artista de la obra.

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Andrea Rodríguez



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