El mundo de la cultura ¿Vendidos o comprometidos?

Con la participación del crítico Fernando Castro Flórez, el poeta Neorrabioso, Filósofa frívola (@luzhilda), Nega (Los Chikos del Maíz), César Strawberry (Def Con Dos) y Miquel Ramos (Obrint Pas).

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publicado por Contraindicaciones


Manual de producción y montaje de exposiciones

Esta publicación, ofrece a los artistas, curadores, museólogos y cualquier persona interesada en la exhibición artística, una guía para el montaje y desmontaje de una exposición artística.


El mercado del arte en el 2012

Para realizar este estudio del mercado del arte mundial 2012, Artprice se ha asociado con Artron, el líder de información sobre el mercado del arte en China y en toda Asia, con el objetivo de ofrecer la visión más exacta del mercado del arte en las subastas. Desde hace años, Artpice se ha implicado plenamente en los datos del mercado del arte asiático y especialmente en los de la China grande. Sin embargo, a Artprice se le olvidó un punto clave según thierry Ehrmann, presidente director general y fundador de Artprice.com: el análisis cultural y sociológico del mayor actor AMMA (Art Market Monitor of Artron). Esta iniciativa de entablar un dialógo entre el este y el oeste permite lograr, este año, un análisis de las sensibilidades culturales que nunca han sido escritas sobre el mercado del arte, que a partir de hoy es bipolar…


Producir la escena | Seminario Modus Operandi

greene

El auge de los espacios artísticos independientes y/o alternativos, de los discursos sobre autogestión y la sostenibilidad de los proyectos obligan a una toma de conciencia sobre los procesos de producción, circulación y exhibición artísticos. Por ello, esta versión de Modus Operandi intenta, más que una revisión histórica, preguntarse qué fue de las expectativas creadas por este tipo de iniciativas y propiciar el encuentro e intercambio de ideas entre proyectos autónomos.

producir la escena | modus operandi # 9

historias y expectativas en torno a los espacios y publicaciones de artistas

La primera versión de Modus Operandi (2002) giró en torno a una serie de iniciativas que operan fuera de los procesos de intermediación y regulación que ejercen galerías comerciales, instituciones oficiales, curadores y críticos.

Se trata de proyectos artísticos que se caracterizan por defender el poder público del artista como tal, asumiendo directamente la producción de espacios de circulación y discusión, la concepción de herramientas y políticas de representación, la creación de plataformas de encuentro y otras formas de sociabilidad.

Luego de una década en la que a nivel local han surgido nuevos procesos, las instituciones del Estado se han descentralizado, inician programas de apoyo para proyectos gestionados por artistas y se ha fortalecido el circuito del mercado, esta versión de Modus Operandi intenta, más que una revisión histórica, preguntarse qué fue de las expectativas creadas por este tipo de iniciativas artísticas, propiciar el encuentro e intercambio de ideas entre proyectos autónomos y proveer herramientas prácticas que incrementen su sostenibilidad.

 

Programa

Instituir la autonomía | Miércoles 24 de abril 5 a 8 pm

En esta primera sesión se revisarán cómo surgieron, qué expectativas crearon y el papel que jugaron los artistas en experiencias “alternativas” e “independientes” de los circuitos convencionales del medio artístico en Colombia y otros países de Latinoamérica.

– Autonomía y sujeción: el arte y los artistas en el contexto de la gestión creativaElkin Rubiano

Una nueva generación de artistas piensa: “Gestiona o morirás”. Generaciones atrás no se hubiera imaginado tal cosa, pues en lugar de gestión se creía en el descubrimiento, es decir, en el ser descubierto como artista. A grandes rasgos podríamos señalar un punto de partida y uno de llegada, las puntas de la madeja: el genio creador y el proveedor de contenido creativo; y algunos tránsitos: el artista como creador, el artista como productor, el artista como gestor, es decir, el tránsito que va del genio individual (la impronta del maestro) a la comisión colectiva (los proyectos, el trabajo colaborativo y el emocional). En este contexto resulta clave comprender la configuración actual tanto del arte como de la creación artística; su estado actual no es ajeno a transformaciones mayores en los campos de la economía y la cultura: el trabajo y las identidades flexibles. El auge de los espacios artísticos independientes y/o alternativos, de los discursos sobre autogestión y la sostenibilidad de los proyectos obligan a una toma de conciencia sobre los procesos de producción, circulación y exhibición artísticos. La aparición de estos espacios en la escena artística conllevan, simultáneamente, riesgos y posibilidades: por un lado, la realización de un viejo anhelo: la autonomía artística;  por el otro, la negación de tal realización: la sujeción de la creación a los modelos establecidos en el orden global (el impacto y la sostenibilidad).

– RedistribuciónGuillermo Vanegas

Piénsese en que, a pesar de todas sus pifias y ambigüedades, aun existe una Gran Institucionalidad artística en el país. Que ésta se configura a partir de la labor que desempeñan Museos, Fundaciones, Colecciones corporativas y Espacios académicos. Que hay grupo etario que actúa de forma espontánea, esporádica y voluntarista ante/contra ella. Que los integrantes de este grupo se proponen como actores alternativos. Que, de continuar operando dentro del campo, la gran mayoría termina trabajando dentro de la Gran Institucionalidad. Que  al hacerlo olvidan su voluntarismo pero tratan de sostener su espontaneidad. Que al final terminan por perdela (la espontaneidad, no a la institción -eso nunca pasa-). Que otros continúan. Esta presentación indagará sobre las estrategias y modos de operar que han caracterizado algunas experiencias de acción parainstitucional en el campo artístico local desde la década de 1990.

– Autónomos, no independientes. Jorge Sepúlveda

Los últimos quince años de la producción artística y discursiva en Argentina están marcados por importantes innovaciones en la forma de trabajo, vinculación y circulación del arte contemporáneo. Conceptos tales como “escena local” y “gestión independiente” organizan y potencian los esfuerzos y acciones de artistas y gestores de las distintas provincias argentinas, creando y fortaleciendo vínculos, generando convenios tácticos y alianzas estratégicas que densifican el campo y exigen mayores competencias laborales, económicas y políticas a quienes participan del sistema de arte en beneficio de una relación efectiva entre el arte contemporáneo, la cultura y la sociedad.

 

Mercadito Operandi | Jueves 25 de abril 3 a 7 pm

En el hall del auditorio habrá gran tenderete montado por Mercadito & Mentidero con ocasión de este desencuentro. Habrá de todo, muestra de publicaciones hiper-independientes de esta y otras décadas, camisetas, dibujos, discos quemados, esculturas de peluche, libretas rayadas, dibujos en masmelos y tiza desmoronada.

Producir el espacio, hacer público | Jueves 25 de abril 5 a 8 pm

En esta sesión tendrán lugar presentaciones de algunos espacios creados por artistas en décadas pasadas. El formato será la conversación con los creadores de estos proyectos donde se abordarán temas relacionados con el origen y funcionamiento, formato expositivo, actividades, así como expectativas que plantearon estos espacios al irrumpir en el contexto artístico del momento.

– Casa Oramas. Los artistas Fernando Oramas y Lucas Ospina conversan en torno a las actividades de este espacio de trabajo y encuentro que funcionó en Bogotá durante los años setenta.

Galería BelarcaConversación con Eduardo Serrano en torno a este espacio creado por el artista Manolo Vellojín, Alonso Garcés, Arturo Velásquez y dirigido por posteriormente por Serrano. Allí se reunían -y exponían- representantes del llamado “arte joven” como Oscar Muñoz, Antonio Caro y Miguel Angel Rojas.

– El Bodegón. El artista Edwin Sánchez presentará las actividades de este espacio, que estuvo conformado por un grupo diverso de artistas, entre ellos, María Isabel Rueda, Alfonso Pérez, Carlos Bonil, Cindy Triana, Francisco Toquica, Gabriel Mejia, Humberto Junca, Juan Peláez, Kevin Mancera, Liliana Parra, Natalia Avila, Paola Sánchez y Víctor Albarracin

 

Mercadito Operandi | viernes 25 de abril 3 a 7 pm

Esta vez el mercadito se situará en las afueras del edificio y continuará con su muestra de publicaciones hiper-independientes de esta y otras décadas, camisetas, dibujos…

Espacios en escena | Viernes 26 de abril 5 a 8 pm.

¿Cuál es la función del artista como productor de espacios de circulación?¿Cómo se ha puesto en práctica la autonomía y se ha dado la autogestión en los eventos y actividades realizadas? ¿Qué y quien circula por ellos? Se trata de ocho presentaciones breves –cada una de 15 minutos- donde distintos proyectos que llevan de uno a dos años desarrollando actividades, abordarán la forma como hacen público su proceso en términos de lo expositivo, lo editorial, la articulación de redes (de difusión, discusión) y la relación con sus públicos.

Espacios invitados: Casa Tres Patios, La Agencia, La Quincena, La Usurpadora, Mercadito & Mentidero, Paramus y MIAMI.

 

producir la escena | modus operandi # 9

Fechas: 24, 25 y 26 de abril de 2013

Lugar: Auditorio C, Edificio Mario Laserna, Universidad de los Andes

Entrada Libre. Inscripción previa en areadeproyectos@uniandes.edu.co

 


Balada

lehder

Dibujo impreso en el cuadernillo que acompañaba la exposición Moby Dick y el Buque Gloria. Ana María Millán, Sala de exhibiciones, Lugar a Dudas. 9 de marzo-2 de abril de 2013. Cali.

1984, Antonio Caballero, Sin Remedio, novela. Además de hablar sobre la-dificultad-de-escribir-poesía, el escritor presenta la escena que podría candidatizarse como la más hermosa descripción de hermandad de clase que caracteriza a este país:

“Narciso sacó su cigarrillera de oro, ofreció coca:

-¿Un pasecito?

-¡Váyase a la mierda, maricón de mierda!-, bramó Roberto haciendo saltar de un manotazo la cigarrillera de Narciso.

-Bobby, gordo, por favor…

-Tú cállate gorda, que estoy hablando con mi primo.

Narciso se acurrucó a recoger el polvo de coca derramado en la alfombra. El Chinche Urrita lo ayudó. Miguel Francisco quizo intervenir.

-Caray, Bobby, no sea marica, este tipo me está financiando un negocio que usted no se imagina…

-Mire, Miguel Francisco: estoy hablando con mi primo Ignacio Escobar, usted cállese si no quiere que le rompa la jeta.”

Narciso integraba ese segmento poblacional con el que la clase media emprendedora de este país trató de relacionarse para participar de los dividendos que dejaba un cuestionado negocio a partir de la década de 1970. Los investigadores Adolfo Atehortúa y Diana Rojas, recuerdan que esa atracción llegó a ser tan fuerte que acrecentó la creatividad de todo el mundo. Hasta del gobierno. Cuando se trató de marihuana, los recursos aportados por su tráfico “… fueron cambiados legalmente a través de la llamada “ventanilla siniestra” del Banco de la República, un mecanismo creado por el gobierno de Alfonso López Michelsen (1974-1978) que permitió la captación de moneda extranjera sin ningún tipo de preguntas. La baja tasa de cambio en el mercado negro influía sobre la revaluación del peso y perjudicaba a los exportadores. El Banco salió en su ayuda.”

1987, Carlos Lehder Rivas, extraditado. Mientras se desempeñó como intermediario en el traslado de cocaína hacia los Estados Unidos arrendó una isla de Las Bahamas, para permitr el aterrizaje de las aeronaves que usaba en su comercio. También organizó el Movimiento Latino Nacional, un partido dedicado a luchar contra la extradición y a partir del cual propuso un programa de repoblamiento del campo mediante la asignación de créditos para comprar fincas sin cuota inicial.

2013, Ana María Millán retorna sobre este asunto. No descuida la nacionalidad de pastillaje que considera un deber mandarse hacer monumentos para demostrar su soberanía. Ni al personaje que trató de organizarse políticamente para evitar su enjuiciamiento en una corte fuera del país. Ya quien(es) firma(n) como El Burro y la paja, reseñaron esta presentación, recordándonos la manera en que Millán trabajó alrededor del interesante vínculo entre tráfico de narcóticos y política visual.

En Lugar a Dudas, la artista reunió La balada de Carlos Lehder y Moby Dick y el Buque Gloria, ambas de 2012. La primera es un trabajo de dos partes: tres videos concentrados en la isla que arrendó Lehder y una grabación de músicos que viven en Londres reinterpretando una canción que se compuso en su honor. La segunda, es una grabación audiovisual donde tres cadetes recluidos en entrenamiento dentro de la nave insignia de este país leen el apartado de la novela de Melville que narra la debacle de los proyectos del capitán Ahab.

Una de las características de la sociedad colombiana es su afán por minimizar el contacto entre miembros de clases diferentes. Cuando hay necesidad de esos encuentros, no se supera la idea que se trata de hechos tolerados a medias. Aquí la ficción es de ayuda. La imagen del Chinche Urrutia de rodillas recogiendo la cocaína que un energúmeno consumidor botó al piso en un apartamento de Bogotá resulta notoriamente familiar a la diligencia de algunos funcionarios de Estado tratando de regularizar un enorme flujo de divisas procedentes de fuentes no legales. La transitoriedad del pragmatismo es preferible a la solidaridad. Y eso genera graves problemas éticos, por ejemplo ¿cómo incorporar las propuestas de distribución de ingreso provenientes de un traficante? ¿cómo legitimar la existencia de su inicativa capitalista en medio de un contexto empobrecido, reacio al estímulo de la propia empresa e incapaz de sostener sus industrias más prometedoras? ¿cómo adornar la discoteca de un hotel?

Dentro de la presentación de Millán había un elemento que respondía esta última pregunta sin competir visualmente con las piezas principales. El dibujo que da apertura a este post habla del encuentro furtivo entre las áreas económicas del arte y el narcotráfico, recordándonos que un maestro consagrado del arte colombiano realizó una obra para ser instalada en el área común de la discoteca de un reconocido narcotraficante. A pesar de la solución obvia que plantearía una fotografía, Millán decidió dibujarlo sin atenerse demasiado al canon. Importa sobre todo ver en él la figura de un varón erguido, de pelo largo y con gafas oscuras, que sostiene una guitarra en su mano derecha, mientras en la otra se le desparraman las letras que conforman la palabra PAZ. No tiene fondo, ni piso. Flota

Como lo reconoce la artista, su señalamiento evita trasegar por la ironía para recordarnos la importancia de este vínculo cuando toquemos ciertos acontecimientos de la historia reciente del país. Si es importante decorar los espacios públicos de los hoteles del país, si es vital que sea con obras de arte, si es necesario estimular la producción de los artistas locales bajo el mecanismo del mecenazgo, esta pieza señalaba de manera sutil que hubo una dinamización del mercado artístico colombiano que coincidió más o menos con las bonanzas del contrabando y el narcotráfico. Fin, ni chismes, ni doble sentido.

De hecho, esa imagen nos indica incluso que ese asunto no se puede tratar en las facultades de arte abiertamente. ¿Alguien podría iniciar una investigación para optar al título de Maestro en Artes Plásticas o Visuales o Bellas Artes sin caer en una red de amenazas por mencionar a sujetos que podrían verse implicados? Si nos fijamos bien, si lo hacemos a partir de recordatorios como el de Millán, evitaremos esa peligrosa alternativa. Es una salida: ilustrar hechos reales, no darle cabida a comentarios soterrados, nunca comprobables o a documentos firmados por personas poco dispuestas a sostener su participación en ciertos negocios. Esta clase de estrategia podría ser la contrapartida de aquellas obras que abundan en las consecuencias sociales del tráfico ilegal sin ahondar en su economía política. Junto con Millán, algunos trabajos de artistas como Alberto Baraya o Edinson Quiñones nos ponen en la misma ruta. Hacer lo contrario del periodismo colombiano actual, que cuando se interesa en el tema apenas explora el nivel de escándalo que pueda despertar, jugando a ser el Chinche Urrutia del momento, que recoge los sobrantes de una cocaína repudiada.

El vínculo de dependencia que muchos artistas visuales tienen respecto al tratamiento exclusivamente noticioso del problema -la retórica de informercial que se ha impuesto como única herramienta discursiva para interpretar este fenómeno-, ha llevado a que resulte cada vez más difícil  comprender la complejidad de los mecanismos de producción, circulación y construcción de legitimidad que desarrollan los grupos ilegales dentro del contexto actual. Quizá para comprender mejor las tácticas jurídicas de los más avezados defensores de los emprendedores del delito resulte mejor ver el performance de  un personaje como Saul Goodman, que oir los interminables reclamos de virtud que decoran nuestras mañanas en la radio.

Un artista puede hacer eso, enumerar una serie de signos visuales producidos por el narcotráfico, constatables y altamente significativos en la configuración de gran parte del  paisaje cultural de este país. No dedicarse a acosar los límites de la moral diciendo qué es éticamente aceptable y qué no. De hecho, el problema sería que uno de los implicados o representados adquiriera una de sus obras. Pero no nos preocupemos por eso. No por ahora ¿Todos los señalados son inocentes, no?

 

–Guillermo Vanegas


Crónica de la marcha por la paz

La marcha por la paz realizada el 9 de abril fue una movilización histórica que puso  a palpitar con esperanza  el corazón de todos los  colombianos. “Marchando  el pueblo dio su voto de confianza a los diálogos de paz que adelanta el Gobierno de Juan Manuel Santos con la guerrilla de las FARC y rindió homenaje a la memoria de los millones de víctimas del conflicto armado”

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MEMORIA DE LA MARCHA POR LA PAZ

Sin identificarme con  ninguna consigna política, y con el ánimo y   compromiso de ayudar a crear la paz apoyando los diálogos de la Habana, salgo del campus de la Universidad Nacional a las 9:00am y me pego a la marcha blanca y roja que viene subiendo  desde  el CAN  por la Avenida el Dorado. Los estudiantes de la  Universidad no marcharán. La mayoría solo piensa en  recuperar el tiempo perdido durante el paro de los trabajadores. Este brazo de la  marcha es excepcional pues lo conforman cientos de   empleados públicos que portan banderas y camisetas blancas con letreros de “Mi aporte es creer, yo creo en la paz” y “Bogotá, territorio de paz”.  También circulan mujeres y hombres con chaquetas marcadas con el colorido logo de Bogotá Humana. Los  funcionarios liberales visten camisetas rojas y verdes, y vienen  protegidos por policías uniformados y guardaespaldas que  caminan entre los manifestantes. Con ellos marcha el Fiscal General, Eduardo Montealegre. Escuché  que detrás de las pancartas con su nombre en rojo viene el Presidente Juan Manuel Santos empujando la silla de ruedas de un soldado herido en combate. Mientras tanto, por  la calle 45 sube la arrolladora marcha del pueblo, gente que salió de casa  hace dos días en canoa y bus desde la selva del Chocó, Cauca, los Santanderes, Meta y del Eje cafetero. Me pongo la capucha de la chaqueta pues el sol pega muy fuerte. Todo el mundo tiene gorra, visera, sombrero o sombrilla, la cara embadurnada de protector solar, y llevan botella de agua.  Traigo una pequeña cámara y disparo hacia donde el ojo me avisa.

A la entrada  del parque Renacimiento, encuentro un trancón de carros blindados y un nutrido grupo de hombres  de seguridad reforzado  por mujeres policías trepadas en  corpulentos caballos. Detrás del caballo gordo y su jinete de bronce del maestro Fernando  Botero se agrupa tímidamente un grupo de indígenas guambianos con sus trajes tradicionales, algunas mujeres representantes de las víctimas de la violencia, muchos líderes políticos y  funcionarios del gobierno nacional y distrital. Todos esperan  la llegada del Presidente de la Republica, el exvicepresidente Humberto de  la Calle, y el comisionado de paz Sergio Jaramillo. Allí al lado,  en el Centro de Memoria Paz y Reconciliación -contiguo al  Cementerio Central- entre la tierra traída de todas partes del  país por las victimas del conflicto armado, el presidente  Juan Manuel Santos y el alcalde Gustavo Petro sembrarán una palma de cera como símbolo de paz y  reconciliación. Sobre el frontis de los columbarios, donde están las lápidas con las miles de siluetas negras de hombres que transportan cadáveres, Auras anónimas, obra serigráfica de Beatriz González y Doris Salcedo, sobrevive un desteñido letrero ideado por el exalcalde Antanas Mockus: “La vida es sagrada”.

A lo largo de  la avenida, decorada con todo tipo de  coloridos  grafitis y las consignas de las recientes marchas estudiantiles contra la Ley 30,  me encuentro con varios colegas de la academia, también asombrados por la multitudinaria respuesta a marchar para pedir a gritos un alto a  la guerra que vive  Colombia. Entre el tumulto de  la carrera séptima hallo a Blanca Riascos, querida amiga a quien  conocí en Pekín hace unos 30 años, que  también marcha visiblemente conmovida.  En este cruce de caminos se unen  los brazos de la marcha que son como el agua y el aceite. La gubernamental  que subió desde el Dorado, con  los que vienen del Campin y los que arriban  desde la calle 72. El gigantesco enredo lo arma gente de todos los sectores políticos y sociales: funcionarios, campesinos, indígenas, comunidades negras, trabajadores, estudiantes, y variados gremios y asociaciones venidos de todas las regiones del país. Resalta la participación masiva de las mujeres “La paz sin las mujeres ¡no va!” rezan sus camisetas, pasacalles y banderas.   Todos agitan el tricolor colombiano y  sus banderas blancas, entre las que sobresale  una amarilla con el icono negro del Che Guevara.  Pero no hay  choque; la masa se funde y se mueve armónicamente. Entre cantos, arengas y comparsas, los cuerpos se estrechan amorosamente para entrar juntos a la carrera séptima rumbo a la plaza de Bolívar. En ese momento, mi cámara pide pila con un titilante letrero rojo y se apaga. Me siento frustrado.

Durante el lento caminar entre el apretujado río humano veo amigos de vieja guardia y saludo a estudiantes y conocidos que también salieron a marchar. Llevando el ritmo de las bandas, entre las piernas de los zanqueros, al lado de  las mujeres que reclaman con fotos a sus familiares desaparecidos, arribamos a la plaza alrededor del mediodía. Trabajosamente logro subir con Blanca   las escalinatas de la Catedral y nos acomodamos en el costado norte del atrio,  donde  encontramos a nuestro común amigo Guillermo González. Su  padre,  Sady González,  estuvo con su cámara en este  mismo sitio  hace 65 años, en tiempos del tranvía, para ser testigo y reportero gráfico  de los más terribles sucesos del Bogotazo. Fue precisamente él quien tomó la foto del caudillo  Jorge Eliécer Gaitán herido de muerte tres cuadras más allá, asesinato que desató una masacre, la destrucción del centro de Bogotá y la violencia que aún no termina. Sus fotografías de este terrible hecho, que abrió una profunda herida en la historia de Colombia, flotan hoy como espíritus en blanco y negro  en la memoria colectiva, y traen hasta esta marcha  un recuerdo de  sangre y ceniza. Mi tía, para conjurar que no pase otra vez, tocó madera.

He estado en casi todas las marchas estudiantiles durante 40 años y jamás vi una manifestación más gigantesca y   pacífica que ésta. En el ambiente flota un gran murmullo que tiene el sentimiento  de  una oración elevada con fe y esperanza rogando por el fin del conflicto. Recordé la imagen implorante de  las ánimas del purgatorio que había en mi casa paterna, se me hizo un nudo en la garganta  y asomó la lágrima. Colombia es un paraíso convertido por la violencia en un infierno, donde miles de desplazados buscan regresar a  su tierra para levantar un techo y sembrar maíz, mientras cientos  imploran la libertad de sus familiares  secuestrados, otros miles buscan a sus desaparecidos y piden justicia y reparación para las víctimas. El resto levantamos los brazos en  este purgatorio.

Llegamos a tiempo para ver con perspectiva  privilegiada  el apeñuscado arribo de la multitud de hombres y mujeres, niños  y  ancianos, portando  miles de banderas blancas con la imagen del Bolívar desnudo de Pereira,  que tomó como insignia la Marcha Patriótica; y las que traen estampado el perfil en blanco y negro del  rostro  de Gaitán. También ondean las añejas banderas rusas con la hoz y el martillo del PC, los banderines de  la Juco, la negra y roja del ELN, la tricolor del M-19, la bandera  de Cuba, una amarilla que desobedeció la orden  del Polo Democrático, las azules del Mira, la de los Progresistas y las del Poder Ciudadano. Pasa   la bandera de Israel con  la estrella de David, el banderín de  Fecode, la A de los anarkos, y banderas regionales de  variados  movimientos políticos, gremiales  y cívicos. Se destaca la valla grande de los “Animalistas” con más de 60 vistosos logos de distintas organizaciones  que protegen la fauna y protestan contra el maltrato animal. Vienen los carteles contra la minería y en favor del agua limpia,  las camisetas  moradas de las lesbianas, la bandera multicolor de la comunidad LGBT, la negra de un grupo de jóvenes punkeros, la  amarilla de los estudiantes rebeldes, y la  bandera blanca de la “Virgen del café”, que debió aparecer durante el pasado paro cafetero. Resaltan por todos lados los rombos rojos de “Paz a bordo”, los iconos de puños cerrados, palmas abiertas, toda clase de palomas, y un croquis del mapa de  Colombia por llenar. Entre el gentío  sobresale el torso en icopor de una mujer sin cabeza rodeada por los  enmascarados cachacos de  anonimus, y florecen por todos lados los cartelitos de “llamadas  a celular”. Circulan las  fotos de los asesinados y desaparecidos, entre ellas  la  de Jaime Pardo Leal y la del docente Darío Betancourt Echeverry. También traen en alto la cara de Fidel Castro, a Camilo Torres, una inmensa  foto en colores del rostro del comandante Chávez, y una de Kelium  Zeus, el gurú de barba blanca que dirige la comunidad  Tao.

Crece la audiencia frente a las escalinatas y miles se acomodan hombro a hombro en la plaza. Entre gritos, arengas y aplausos  creo escuchar a mis espaldas las palabras de Jorge Zalamea llamando  fuerte y claro a los creyentes en su Sueño de las escalinatas. Su  voz se eleva  entre el vuelo de los cientos de palomas y  las miles de  bombas blancas con letreros de PAZ arrojadas hacia  las nubes,  y  se confunde con las palabras exaltadas  del alcalde Gustavo Petro,  quien desde  la tarima entona un largo discurso y recita con voz temblorosa una desconocida estrofa del Himno Nacional, aquella que fue cantada  por los soldados que defendieron la soberanía nacional  durante el conflicto fronterizo con el Perú :

“Hoy que la patria se haya herida

hoy que debemos todos combatir,  combatir

demos por ella nuestra vida

que morir por la patria no es morir, es vivir”

Durante mi servicio militar no conocí esta estrofa; como éramos un pelotón de bajitos con voz aflautada un teniente nos enseñó  a entonar la canción alemana Lili Marlene.  Pero una señora, muy aseñorada,  que estaba delante se pone una mano en el pecho y  levanta el puño cerrado para entonarla  con voz emocionada, seguramente rememorando otros tiempos de militancia.  La gran pantalla de Canal Capital, instalada allí mismo, trasmite imágenes de la Filarmónica de Bogotá tocando folclor para acompañar a Toto La Momposina  y a un cantante de  joropo.  Entre gritos de los simpatizantes aparece en tarima y pantalla  Piedad Córdoba, para criticar con voz segura  a los enemigos de la paz y  exaltar el espíritu de lucha del sufrido pueblo que marchó hasta aquí para exigir  una paz definitiva y estable. Finalmente, lee la oración por la paz del escritor William Ospina:

“…La paz parece una palabra pero en realidad es un mundo. Un mundo de respeto, de    generosidad, de oportunidades para todos. Y hay que saber que lo que rompe primero la paz es el egoísmo. El egoísmo que se apodera de la tierra de todos para beneficio de unos cuantos, que se apodera de la ley de todos para hacer la riqueza de unos cuantos, que se apodera del futuro de todos para hacer la felicidad de unos cuantos. De ahí nacen las rebeliones violentas, y de ahí nacen los delitos y los crímenes…”

Un mar de gente continúa entrando a la plaza: políticos,  funcionarios, empleados,   obreros,  amas de casa,  estudiantes,  desocupados,  desplazados, suplicantes, los sin nada, y el espíritu de las víctimas. También las comparsas multicolores, grupos de danza, murgas,  bandas,  batucadas de jóvenes, zanqueros, payasos, y  vivarachas mujeres  de pecho desnudo y pintado.  Un grupo de muchachos  en  performance trae  extendida sobre  un anda el tricolor nacional y encima varios calambombos de vaca ensangrentados entre pétalos de rosa, mientras mujeres jóvenes vestidas de luto se arrodillan portando sobre el pecho  fotos de desaparecidos. Cuatro personas levantan una mesa de madera sobre la cual hay dos cubos de cartón blanco con la palabra paz escrita con letras mayúsculas de molde. También llegan los artistas plásticos, los teatreros, los escritores y  poetas, mimos y funámbulos, los maromeros de semáforo, y el alegre pibe Valderrama perseguido por su melena amarilla y  sus fanáticos. “! Por la paz, todo bien!” dice sonriente.

Y, entre la multitud, se rebuscan el billete los vendedores de pitos, gorras y sombrillas, de la gafa oscura y la visera, del sombrero vueltiao en cartulina;  de agua en botella, avena, jugo de mandarina y naranja, coco y mango con sal, algodón de azúcar y cocadas, chontaduro, pera y durazno chileno, de manzana, churros, almojábanas y buñuelos, del platanito y las papas fritas. También  “se le tiene” el cigarrillo, los dulces, la  bolsa de chitos, el  chorizo y el chicharrón carnudo. Aunque la mayoría de  almacenes cerraron  sus puertas y protegieron  sus vitrinas con mallas metálicas sospechando el vandalismo, la marcha transcurre en perfecta calma. No hay encapuchados, solo algunos moderados grafiteros,  y un grupo de muchachos que pega con engrudo afiches con el esténcil del rostro de Jaime Bateman.   Los árboles están llenos de jóvenes y niños que entre sus ramas  agitan globos.

Miro hacia arriba y veo la estatua de un  santo agobiado y cagado por las palomas, que están nerviosas porque no pueden aterrizar en la plaza a comer los puñados de maíz pira que diariamente  les tiran los fotógrafos  y los turistas. Veo entre  la guardia de policías de chaqueta verde fluorescente y los “robocop” del Esmad, marchar  tranquilamente  algunos  compañeros de estudio de los años 70 en la Nacional, ahora barbados y canosos,  otrora jóvenes revolucionarios “de todos los pelambres” antiguos militantes del Moir, la Juco, la Jupa, socialistas, maoístas  y  trotskistas, anarquistas, gnósticos y católicos del Alfa y Omega, también  algunos guardias rojos, y uno  con aura de monte. Distingo entre la muchedumbre la boina negra del filósofo Fernando Urbina, veo pasar sonriente al maestro  Umberto Giangrandi,   al colega Juan Sánchez comiendo coco, a  dos actores del  Teatro la Candelaria, uno del Teatro Libre, y  a una bonita actriz de telenovela.   Guillermo identifica  a varios políticos, entre ellos al conservador Juan Manuel Ospina, y al director del Centro de la Memoria, Camilo González;  la señora del canto comenta que esos hombres serán claves para los tiempos de paz. Entre la sopa humana de pueblo se mueven  también modelos con sus pintas de moda, punks, mimos de cara blanca, hombres de cuerpo pintado y colgandejos de latas, indígenas cogidos de la mano para no perderse en esta otra selva, hermosas mujeres negras con bellos peinados, parejas disfrazadas de zombis, hombres y mujeres con una colección de tatuajes, jóvenes extranjeros con morral, reporteros gráficos, un enmascarado de lucha libre;  también mucha señora encopetada y hombres de chaqueta de gamuza y sombrero blanco aguadeño. Las manos de todos se levantan para gritar,  y para tomar la foto con el celular o la tableta. Las cámaras fotográficas  y las  filmadoras se mueven en todas las direcciones. También veo al  nadaísta Jotamario Arbeláez, quien pide  prestada a un joven la escoba  en cuyo palo enarbola  una cartelera con el poema Manos Unidas del profeta  Gonzalo Arango:

“Una mano

más una mano

no son dos manos;

Son manos unidas

Une tu mano

a nuestras manos

para que el mundo no este

en pocas manos

sino en todas las manos”

Todas las  personas que entran a la plaza con sus banderas, carteles y pancartas, cargan también el cansancio pero traen la  cara alegre y el corazón  esperanzado. Desde el balcón de La Casa del Florero un grupo de jóvenes agita globos y pañuelos blancos. Cada cinco minutos la enorme bandada de   palomas vuela  desde la torre de la Catedral al Capitolio, y entre el edificio Liévano y la Fiscalía, ese cajón frío  de piedra amarilla a  quien la mayoría mira con la desconfianza que se le tiene a un hueco negro que oculta una  terrible memoria. El libertador Simón  Bolívar, desde su pedestal en el centro de la plaza, escucha aplausos repetidos, gritos y arengas, oraciones y pedidos, y el llanto de varias madres dolientes. Y ve escurrirse  por las cuatro esquinas la marea  de pueblo, que sube por el lado de la iglesia y baja por la calle de los sombreros, cansada de una marcha de más de 5 horas, y de  los dos o tres días de camino desde su tierra.

Sorpresivamente  escucho a mi lado el clik de la cámara de mi colega y amigo Ricardo Arcos y también el del maestro Jorge Mora, quienes llegan acompañados de otro artista,  Mauricio  Carrasquilla. A los tres  les veo reflejado en los ojos  y en la lente de sus cámaras la memoria de las antiguas marchas estudiantiles y de las acciones  de teatro y performance. Sonreímos y  celebramos esta marcha histórica sin precedentes, que seguramente desatará múltiples controversias y profundas reflexiones, y obligará  a mover la escenografía y replantear el discurso de los actores  políticos de derecha e izquierda. En la puerta de la universidad  ya hay un cartel firmado por un frente estudiantil que dice: “Si no pudieron cambiar el país con las armas, mucho menos podrán hacerlo desde la burocracia oficial”.  Pero tengo la certeza que esta marcha no terminará abruptamente, como sucede con la mayoría de las    jornadas de protesta: en una estampida hacia la carrera décima, entre explosiones  de papas bomba y el humo irritante del gas lacrimógeno.

Cuando empieza la tarde, empujamos fuerte en contravía y dejamos  la plaza a la que  sigue llegando pueblo.  Subimos a  La Candelaria, nos tomamos una sopa de pescado, y  deshacemos el camino por la séptima hasta la calle 26. En calles y carreras vemos  a los hombres y mujeres  que vinieron de otras ciudades, mirando asombrados la capital o tumbados  en los andenes con sus cajas de icopor devorando con apetito el  almuerzo. Muchos, completamente agotados, duermen la siesta y esperan los buses para retornar a casa. En el  área del Eje Ambiental, el transporte urbano está detenido: el  Transmilenio no  circula por el Museo del Oro ni en Las Aguas. A la orilla del río San Francisco  hay un numeroso  escuadrón de hombres de negro del Esmad. Están  sentados, sin sus cascos, con los escudos y los bolillos relajados, cansados de estar quietos, seguramente extrañan la batalla y piensan  en  lo que les dijo esta semana  su comandante: “Debemos  prepararnos  para los tiempos de paz”.

El pueblo se ha tomado el ancho de las calles. A pesar de la tragedia que se conmemora,  el centro de Bogotá tiene un aire de  carnaval favorecido por un hermoso cielo azul y sol picante, clima que contradice a “abril lluvias mil”. Esperemos que en verdad  “los astros están alineados” para este proceso  de paz, como anunció el presidente Santos, sin que todavía lo contradiga el astrologo German Puerta.  Por todos los  lados circula gente, se levanta el humo y el olor de la mazorca y la carne en chuzo,  los vendedores de lotería ofrecen el número ganador y el chance, circulan hombres empujando carretas con montañas  de fresas, huevos plásticos con sorpresa adentro,  y vendedores de bufandas y chucherías chinas. Una pantalla gigante instalada en la puerta de la Iglesia de San Francisco sigue mostrando lo que sucede en la plaza de Bolívar. Al lado los vendedores callejeros de esmeraldas siguen moviendo con el índice las piedritas verdes sobre los papelitos blancos, ajenos a los rumores  de guerra en las minas.  Desde la azotea del edificio de El Tiempo cuelgan largas tiras de tela blanca. Al frente, donde cayó herido de muerte Gaitán, bajo una corona de flores amarillas, unos altoparlantes negros echan al aire un exaltado discurso del caudillo cuya  voz dura y vibrante pone la piel de gallina. En todos los sitios se escucha música: la filarmónica en la plaza a ritmo de salsa, joropo y vallenato en  el camino, y sobre  una tarima en el parque Santander canta un ronco grupo de metal.  En el andén del Banco de la República, donde el que firma los billetes hace ingentes esfuerzos por subirle  el precio al dólar, una  chapolera color oro, un extraterrestre de piel verdosa, un santo color plata, un militar embadurnado de pantano, todos estatuas humanas, esperan el sonido de la moneda en su tarro de lata para moverse, saludar, bendecir,  disparar.

Sobre la carrera séptima va y viene gente y ciclistas. Los jóvenes auxiliares distritales  de uniforme rojo detienen sus bicicletas para ayudar  a una mujer desmayada en media calle. Más allá de la calle 19, sobre  los andenes, con cuerdas templadas entre postes y árboles, cuelgan fotografías  y  pancartas reclamando secuestrados y desaparecidos,  y denuncias de los asesinados en los “falsos positivos”.  Se pide justicia, reparación y restitución de tierras. Los bancos tienen las puertas cerradas. Los casinos, cafeterías y restaurantes están abiertos. Don Arturo Calle no cerró su almacén y ahora dos empleados le tiran trapo y thiner a un letrero en  la vitrina.  La iglesia de Las Nieves está llena de devotos. Adelante, los dibujantes callejeros  tienen varios clientes posando para sus retratos a  carboncillo. Un indígena boliviano, disfrazado con penacho de indio piel roja,  toca El cóndor pasa en su flauta de caña y ofrece un cedé con su  concierto, un peruano vende saxofones hechos con un tubo de PVC. En el hall del teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán retumban varios bafles con la mejor salsa caleña y un corrillo observa complacido a un habitante de la calle que tira paso,  con un tumbao que solo tienen los  nacidos en Juanchito.

Desde el Centro Internacional  viene  ya un grupo de  “escobitas verdes” limpiando  mugre,  y los recicladores recogiendo arrumes  de papel, botellas, cajas de  cartón e icopor,  listones de madera,  tubos de plástico,  banderas y  pancartas.  Bajo la horrible estructura  de concreto,   que amordaza al Museo de Arte Moderno de Bogotá y que apuñala al Parque de la Independencia,  veo  un andamio y a tres obreros retirando a martillazos  una formaleta de madera. El teleférico sube lentamente hacia el cerro de Monserrate llevando turistas.  Muchos caminantes entran al  Planetario, que en estos días  ofrece al público un cosmos renovado. A lado y lado  de las barandas amarillas del puente de la séptima hacen calle de honor más de cien policías. Por un momento dudamos si pasar entre ellos, pero sonreímos y cruzamos. Recordamos que  después de una manifestación universitaria acercarse  ingenuamente a la policía es terminar molido a bolillo dentro de la jaula.  Los ciudadanos también debemos prepararnos para los tiempos de  paz, como comunidad y aportar cada quien desde su lado. Los maestros sembrándola en el corazón de sus alumnos. Los artistas, en particular, inventándonos un arte terapia, una forma de sanar con imágenes el cuerpo y especialmente el espíritu, usando el dibujo, el color y el sonido, con palabra poética, danza, caricias y gestos, también con taichi, yoga, respiración, meditación y silencio. Frente a la Iglesia de San Diego abrazo a  Blanca y me despido de Guillermo que van al norte.  Cae la tarde, el sol ya está en Mosquera. Me duelen los pies y me  tiembla el espíritu. Camino y rememoro mi época de  estudiante cuando todos queríamos construir un mundo mejor y protestábamos a pedradas. Cuando soñaba con un campo cultivado en comunidad como las terrazas de arroz en China, en la colorida rebelión de Pepperland desde el Submarino Amarillo de los Beatles, en la vida extraterrestre anunciada en  2001 Odisea del Espacio por Stanley Kubrick, mientras dibujaba cíclopes, ángeles y monstruos  escuchando el sonido brillante de Led Zeppelin.

Sentado en el bus que me lleva a la Universidad Nacional, regreso al ahora y pienso que  eran necesarios  cuatro ojos para ver todo lo sucedido en esta gigantesca marcha, y una cabuya para amarrar las memorias desatadas. Palpo mi cámara sin pilas en el bolso y confirmo que también llevo la billetera. Cierro los ojos, respiro profundo y me relajo. Saltando la registradora del bus, sube un joven que  echa un discurso de testimonio sobre su mala vida  de atracador y drogadicto y su proceso de regeneración, y pide que le ayuden comprándole sus bombones para “vivir a lo bien” Son ¡tres en quinientos!   Creo que la presencia y el clamor de  las miles de personas que por diversos motivos y deseos marchamos hoy  aquí y en otras ciudades del país  para  apoyar el proceso de paz,  es un buen augurio  y debe  convertirse en  un mandato obligatorio para que los actores de la mesa de negociaciones concreten  la firma de un acuerdo. Y la voluntad de hacerlo debería empezar por atender el llamado urgente del pueblo a un cese bilateral al fuego.  ¡No más niños en la guerra! ¡No más secuestros, no más bombardeos, no más tatucos, no más balas!  ¡No más minas antipersona!

Cuando el bus pasa por el Cementerio Central y  veo  sobre el frontispicio de la puerta la imagen del anciano  Cronos dormitando  con su guadaña quieta, escucho de nuevo las palabras del poeta  Zalamea en  su Sueño de las escalinatas y  pienso que esta  marcha de banderas blancas debe convertirse también en un  conjuro, “…como ahuyenta el huracán a una bandada de pájaros de mal agüero.”…  “¡No más cólera!/ ¡No más odio!/  ¡Sólo el amor, el viril amor del hombre por su especie y por su semejanza!”.

 

Dioscórides

Profesor Titular. Escuela de Artes Plásticas

Universidad Nacional de Colombia.

Abril 9 de 2013

 

Fotografía de Dioscórides.


A favor de Saatchi

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— ¿Por qué exponer a artistas rusos, estos artistas rusos, y por qué ahora? ¿Qué ocurría en Rusia entre los sesenta y los ochenta? Es que, cuando las cosas me parecen muy obvias, por si acaso sospecho.

— Mientras hablábais, he buscado en Internet quién patrocina la exposición. Y uno de los que pone dinero es una familia petrolera rusa.

—Ajá. ¿Y qué pieza conserva Saatchi desde casi sus inicios como coleccionista, y ha vuelto a exponer ahora?

— El tanque lleno de petróleo.

— Si es que… Es empezar a buscar conexiones, y encontrarlas.

Esta coversación a varias voces tuvo lugar en un hotel de Londres hace un par de semanas. Y desde entonces, vuelvo recurrentemente a ella. Me incomoda la sospecha constante. Me cansa. La exposición a la que hacían referencia es la doble muestra de la Saatchi Gallery: Breaking the ice: Moscow art 1960-1980 y Gaiety is the most outstanding feature of the Soviet Union: New art from Russia. El sponsor del último proyecto de Charles Saatchi es la familia Tsukanov, a través de la Tsukanov Family Foundation—hay quien acusa a su representante legal, Igor Tsukanov, también fundador de Business Centre Investment Group, grupo inversor interesado en “los sectores más estratégicos” de Rusia, léase energía y petróleo, de pertenecer a la mafia rusa. Ambas exposiciones se suman a la atención que ha despertado el arte ruso—y el dinero ruso— en los últimos años. El último asalto de éste en las subastas de Christie’s y Sotheby’s alcanzaron cotas de 37 millones de libras. Así que Saatchi no podía ser menos. Y por si acaso, es más. El que más material ha reunido.

Es imposible obviar los orígenes de Saatchi. Su cuna es la publicidad, una profesión que se vale de diversos medios para divulgar un anuncio de carácter comercial con el objetivo de atraer a posibles espectadores, compradores. Incluso la directora de la Saatchi Gallery parece no haberlo olvidado. “Los oligarcas rusos están gastando mucho dinero en los grandes nombres del arte occidental, pero no están comprando obras rusas”, explicó Rebecca Wilson al Telegraph a raíz de la doble exposición —aunque después quiso borrar toda sombra comercial con un “no existen muchas galerías en Moscú en las que estos artistas podrían exponer”. La doble propuesta del antiguo palacio del duque de York, además, confirma el sello Charles Saatchi, su aproximación al arte mediante el uso de los grandes formatos y el impacto como herramientas de seducción. El espacio de la Sloane Square le favorece: 14 salas, blancas y austeras, whitecube, luz cenital clara y suelo de madera natural, acentúan las obras, haciéndolas más deseables e incluso valoradas.

Sin embargo, y aunque los títulos escogidos tengan mucho de eslogan, Breaking the ice está lejos de Labour isn´t working, aquella ingeniosa frase que inventara Saatchi&Saatchi para el Partido Conservador en las elecciones de 1979. Ni siquiera Gaiety is the most outstanding feature of the Soviet Union, un juego de palabras a partir de lo que dijera Joseph Stalin en 1935 (“La alegría es la característica más sorprendente de la Unión Soviética) tiene aquél gancho. Y es que parece que al supercoleccionista, al hombre-anuncio, se le está acabando el fuelle. Puede que sea porque el marketing está muerto, como dice el actual CEO de Saatchi&Saatchi Kevin Roberts, pero parece que su último libro, el recién publicado Babble, no ha suscitado la curiosidad de los anteriores. Quizá ha faltado margen—vió la luz el 5 de marzo—, pero no es fácil encontrar reseñas sobre éste en Google. Sobre My name is Saatchi and I am an artoholic, hay más de 8.000, y 190.000 sobre Be the worst you can be, obra de la que se han vendido más de 20.000 copias según The Guardian Book Shop. Sin embargo, Amazon España aún te ofrece la oportunidad de ser el primero en comentar Babble. Quizá por eso, porque Saatchi ya no es tan sensacional como cuando Sensations, porque los YBA están trasnochados o son miembros de la Royal Academy, o más bien porque a veces me da pereza buscarle la teoría de la conspiración a todo, he decidido mirarle con menos reservas. Como la periodista Laura Cumming, de The Observer, que decidió en el artículo sobre las exposiciones otorgar “todo el crédito a Saatchi por mostrar toda esta obra al público británico y hacer crecer—inevitablemente—su perfil en el mercado”. Al fin y al cabo, es la primera vez que una exposición tan extensa de arte ruso tiene lugar. Y es que hay en Saatchi cierta voluntad de democratización y desmitificación. ¿Por qué estás obras y no otras? ¿Por qué no? Todo comisario selecciona. A Saatchi se le atribuye—o atribuía—, además, el poder de lanzar carreras. Pero también lo pretende Robin Klassnik, el director de Matt’s Gallery, “una galería no comercial”, como él mismo suele puntualizar.

El tanque lleno de petróleo de la planta baja de la Saatchi Gallery, la obra 20:50 de Richard Wilson, la produjo Matt’s Gallery en 1987. (Gracias, Antonio, por el dato). Es que, si se empiezan a buscar conexiones, se encuentran.

 

Leire Ventas

 

publicado por A Desk*