Arte y opresión

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La trifulca empezó en febrero de 2012, durante la feria de arte ARCO, en Madrid. Allí, el artista español Eugenio Merino expuso una obra titulada Always Franco, una escultura en poliéster del caricaturesco dictador español, encerrada en un dispensador de Coca-Cola. Con ella, Merino quería mostrar que la imagen de Franco sigue congelada en el cerebro de los españoles. Pero ni la interpretación ni la obra gustaron a la Fundación Francisco Franco, para quienes la escultura era un simple atentado contra el arte y la estética, además de una afrenta al honor. La tensión fue en ascenso hasta que el asunto acabó en los tribunales. Como era previsible, los jueces le dieron la razón a Merino, privilegiando la libertad de expresión y la independencia creativa sobre el recelo que pueda suscitar una obra de arte entre las cenizas del franquismo. Los filofascistas han amenazado con apelar y seguir dando pelea, pero dudo que su berrinche dé resultado. Merino está amparado por una serie de libertades a las que nadie está dispuesto a renunciar, así el precio a pagar sean opiniones o sátiras que resulten desagradables para esta o aquella sensibilidad.

Lo que pone en evidencia este singular episodio no es, como piensa Merino, la persistencia del franquismo en la España contemporánea, sino el dilema en el que se encuentran los creadores plásticos en las democracias liberales. El artista contemporáneo pretende desafiar al poder, pero en una sociedad abierta no sabe muy bien contra quien enristrar su lanza. Si Merino hubiera hecho Always Franco hace 40 años, cuando el franquismo estaba vivo, su obra hubiera sido realmente provocadora. Pero luego de la Transición, la sucesión democrática, la Movida Madrileña y la integración europea, la escultura de Merino expresa más una nostalgia por algo superado que una amenaza real. Burlarse de Franco hoy en día no sólo es fácil, es de sentido común. Claro, también es rentable: antes del escándalo la escultura valía 30.000 euros.

Compárese el caso de Merino con los artistas críticos y satíricos de países como Siria, Zimbabue, China o Rusia. Por burlarse de Bashar al Asad, al caricaturista sirio Alí Farzat le fracturaron las dos manos. El zimbabuense Owen Maseko acabó en la cárcel por pintar una serie de cuadros sobre la masacre de los ndebele, que el sempiterno Mugabe prefería olvidar. Ai Weiwei fue secuestrado por autoridades del Estado chino poco proclives a su sentido del humor. Y algunas de las Pussy Riot, el grupo femenino de punk ruso, acabaron en la cárcel por profanar una iglesia ortodoxa y burlarse del todopoderoso Putin. Los artistas que demandan mayores libertades en estos países dan una lucha real. Allá el arte parece conservar ese poder que ha perdido en Occidente, en donde la irreverencia, el escándalo y la provocación, en lugar de entrañar peligro, reportan notoriedad y dinero. Es una de las paradojas de nuestro tiempo. Las conquistas libertarias impulsadas por los artistas occidentales han terminado por restarle poder al arte. Merino juega, pues no va en busca de nada; Farzat y compañía se juegan el pellejo, porque van en busca de la libertad.

 

Carlos Granés

 

publicado por El Espectador

 

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