43SNA: Un modelo moderno en la era de la decolonialidad

juanfernandoherran

La Vuelta, Juan Fernando Herrán

(Aquellas preguntas que todos nos formulamos y que, vergonzosamente, evitamos responder)

Cuando de controversias se trata hay que generar todas las categorías posibles para entender por qué hablamos de una forma y no de otra, por qué nos defendemos con ciertos argumentos y no con otros:

Mirar al otro, mirarse a sí mismo, mirar lo externo, lo propio, las esencialidades, lo extremo, lo extraño, lo interno, volver a lo nuestro; mirar las protuberancias de lo nacional, las proximidades, las perdidas, lo internacional, las discrepancias; mirar las condiciones hegemónicas, la periferia, los flujos, los recorridos, las transiciones; mirar lo categórico, lo alterno, lo primero, lo tercero, las no-categorías,  las tradiciones.

Mirar y mirar sin cuestionar lo que no hay más allá. Mirar sin mirar. No saber mirar; conformarse con el modelo exotista reproducido por una mirada de lo nuestro en función de lo otro, volver a una modernidad que ha sido valorada y sobrevalorada por nuevas formas de revisar la territorialidad, la hibridez, los flujos de información atiborrados de lenguajes y códigos que van mas allá de mirar lo propio a través de lo extraño.

Volvimos a las categorías taxonómicas de los gabinetes de curiosidades del siglo XVIII sin preguntarnos lo que es urgente y necesario: ¿Será que sufrimos esa eterna y mediatizada necesidad de evaluar, valorar, suponer y “reinventar” una auto-colonización desde las categorías euro-céntricas que construyen la mirada del otro? Las respuestas podrían ser muchas, y sin embargo existe la certeza de que no estamos haciendo un reconocimiento de lo que es nuestro, sino imponiendo una y otra vez las categorías enfermizas y sistemáticas sobre las formas como entendemos nuestra producción artística. Nos estamos avasallando a las condiciones centro-periferia que una y otra vez nos imponemos como formas de ver.

¿Por qué un salón nacional de artistas con una mirada eurocéntrica en el cual podemos particpar en tanto que hay otros que nos “permiten” cuestionar nuestra mirada de sí mismos? ¿Por qué simplificar las lecturas de las practicas y creaciones artísticas locales en función de una aceptación casi involuntaria de lo otro? ¿Cuáles podrían ser las ventajas de una reflexión visual de lo cotidiano, de lo propio, de lo interno filtrada por las referencias amilanadas de lo internacional? ¿Qué podría esto permitir para definir lo nacional? ¿Lo que no se parece a ellos? ¿Lo que no cabe en sus categorías? ¿Lo que se establece en las condiciones periféricas en las que ellos nunca van a entrar?

Así, las preguntas —más densas y difíciles— podrían seguir y oscurecer aun más el panorama primaveral del reciente inaugurado salón nacional (Medellín brilla en estos días). No obstante, además de los cuestionamientos y las amenazas de incongruencia conceptual y ontológica, habría que decir que este tipo de mirada que se le está dando al salón nacional es tan problemática como pretender defender las fronteras de un arte de la región pacifica, Orinoquia o del centro. Problemática por dos circunstancias: primero, porque siguen imponiéndose categorías conceptuales en procesos de creación que cada vez más están revisando las formas de descolonización de nuestro territorio; y segundo, porque tales categorías nos imprimen una existencia en el mundo del arte en la medida que seguimos sujetos a los formatos que validan una producción visual. Estamos rotulando y poniendo filtros categóricos peligrosos y pasivos, que parecieran no atragantarnos pero que no deben masticarse como cualquier historia canoníca de los modos en que los otros han entendido “nuestra” periferia.

Aun así, no podemos tampoco desechar del todo lo otro, en cambio, debemos cuestionar lo nacional desde lo propio, desde lo que se ha hecho y lo que se sigue inventando. No podemos pretender un cosmopolita-ismo ridículo cuando no optamos por otras vías de acceso a nuestros procesos sino a través de las implantadas por el centro. ¿No es ridículo seguir visitando esa absurda dicotomía del centro y la periferia? Creo que eso es lo que propone esta versión del Salón Nacional de Artistas: retroceder casi dos décadas para sugerir “una nueva mirada” del arte local, mirada que advierte: “reconozcámonos en la medida que el otro existe y se nos contrapone en su existencia” ¡Mentira! Lo otro debería ser una posibilidad para expandir nuestra reflexión hacia él y no hacia nosotros; reinventar la esencia de eso otro en tanto poseemos una visualidad local, propia, problemática y rica en ambigüedades locales, igualmente poéticas y potencialmente contenidas no dentro de lo que esa otredad supone, sino dentro de nuestras subjetividades. Por eso existe el solipsismo, no para controvertir nuestra mirada “en desarrollo y tercermundista” sino para  cuestionar lo que esas otras miradas no pueden decir ni jamás dirán sobre lo que es nuestro.

¿Necesitamos del otro para controvertirnos? Tal vez sí. Lo suponemos. Empero, debemos rechazar radicalmente esa respuesta. El otro no es más que un reflejo de lo que esa misma otredad siempre nos está reprochando. El otro es una construcción psíquica, social e histórica que también ha sido implantada por toda una tradición filosófica (adivinen de dónde proviene) que valida todo el discurso colonial. El otro es un sistema de relaciones de poder que imposibilitan la construcción de las identidades que también necesitan descolonizarse. El otro es un velo denso y empolvado que nunca nos ha permitido ver nuestros propios procesos. Por eso no pueden pretender que esta vez la mirada sea distinta: saber desconocerse. NO, la mirada será sintomáticamente calculada y acostumbrada: saber marginalizarse; porque no somos nosotros, ni somos ellos, ni somos lo demás que queda.

Por eso aún sigue flotando la pregunta en nuestra indeleble (endeble) forma de entendernos: ¿Se debe posponer la tarea de repensar y entender el salón nacional de artistas desde lo que se pretende hacer y jamás se ha hecho (descolonizarse)?

 

Katherine Parrado



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