Pequeña

azote

En primer plano, Juan Manuel Blanco, “Los Captchas” (¿2013?); Ana María Montenegro, “Las Serigrafías” (¿2013?); Catalina Mejía, “El cuadro con borrones” (¿2013?); Víctor Albarracín, “Lo del papel higiénico”, (¿2013?); Martín Rico, “La Piedra” (¿2013?); Carlos Ovalle, “Lo del cartón” (¿2013?); Juan Mejía, “La Placa” (¿2013?). El azote del culo (Recetario apócrifo/ Escritura sediciosa). La Quincena. 22 de agosto-5 de septiembre. Fotografía: La Quincena.

El texto de presentación de la muestra insistía en que hablar era causa de males. Parecía recomendar la mesura. Medir las consecuencias del decir y encaminar hacia el buen decir. Por su parte, la exposición mostraba los resultados de la voz decantada. Lo suyo era la materialidad. Incluía recomendaciones sobre la paciencia, el cuidado en la observación y el comentario en voz baja. Así mismo, iba de la literalidad a la recolección de las palabras finales de una película mítica. Recuperaba chistes y anotaciones escritas con detenimiento. Recorría, el camino que comienza en la prudencia y termina en la intoxicación. Trataba de parecer menos una exhibición-wanabí-de-espacio-expositivo-grande,-elegante,-de-sonrisa-fácil y más una colectiva articulada en torno a la siempre efectiva idea de organizar obras de arte alrededor de algo. En este caso, voz y texto como lados de un mismo problema: la necesidad de modificar el entorno circundante.

Alguien preguntaba por el número de exposiciones organizadas en torno a la escritura, su recurrencia en el campo artístico local, la cantidad de personas que repetían en ese tipo de curadurías, la ausencia de literatos y diseñadores gráficos en ellas. Alguien hablando solo. ¿Quién hace ese tipo de preguntas? Sin embargo, sí. La reunión de trabajos se ubicaba a varios niveles. Apreciables también en muestras similares. Uno de ellos era el del texto realizado a mano pero mal hecho (letra torcida, temblorosa). Otro, el del texto destruido (letras sometidas al influjo de la presión ambiental, sin intención de durar en el tiempo). Otro, el del texto sentencioso en tipografía (letra de molde que hacía comentarios). Otro, el del texto de borde indefinido (letras que no saben dónde comienzan ni dónde terminan). Otro, el del texto arrojadizo (letras sobre formatos para apuntar a blancos específicos).  Hace falta ver la reunión de estos trabajos en una edición de páginas grandes. Para comparar y darse cuenta que, también, esta muestra no sólo se limitaba a ser un muestrario de tipos de escritura.

Se lee de izquierda a derecha, de Ana María Montenegro optaba por ese desvío. Una pequeña edición impresa a blanco y negro sobre papel bond que lograba insertarse mejor en el hecho de recorrer esa exposición en el momento en que se estaba haciendo. Más allá de la preocupación formal, al observar las fotografías de graffiti impresos al revés, interpretados al derecho en la página posterior, y recordar las noticias que nos hablaban de un tal paro agrario, recordábamos que no es tanto la lengua como la memoria la que azota. Como efecto de una afirmación sólo queda el recuerdo. Si queda. Con esta obra se daba una superposición de realidades. Al recordar la manera en que fueron disueltas las protestas de esa movilización, los intentos de hermandad generacional y de clase que allí se vieron, y, sobre todo, las burlas por el silencio intempestivo de las voces de disenso que poco antes habían hecho su aparición, las fotografías de reclamos de protestas anteriores contra la reforma a una ley de administración educativa no dejaban de ponernos sobre aviso respecto a la necesidad de mostrar aquello que va y viene. El control político chambón, por ejemplo. O el enojo constante. Y lo que hizo Montenegro aquí no fue ni escribir chueco (los encuadres de sus fotos eran claros), ni simular otro extraño caso de analfabetismo súbito (no intervenía las imágenes con errores ortográficos), ni reírse del quejoso (minimizando la causa de sus reclamos). Sólo documentó coincidiendo, de paso, con este remate sin firma: “… perplejos ante los grafismos ininteligibles que se nos plantean, teniendo por seguro que ambas decisiones acarrearán consecuencias.” Una de ellas, quizá, la de no leer lo que escribe la gente.

*

Sobre la autogestión: decía Zygmunt Bauman sobre el Estado de bienestar que prefería hablar de su reemplazo por un “planeta social [donde las] organizaciones no gubernamentales [cubren] los huecos que va dejando” ese Estado. El problema es que éstas comenzaron a tapar huecos cada vez mayores, y el dinero no les llegó de ninguna parte. En el caso bogotano, tratándose de La Quincena y entidades parecidas, va siendo hora de que la pregunta por su sostenibilidad material integre la de sus trabajadores. Es decir, se pagan costos de producción, pero las actividades corresponden a humanos cualificados (que comen y hacen cosas pero, magia-magia, no devengan por ello).

 

–Guillermo Vanegas

 



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