Arte y política: en el melancólico callejón de las aporías

Recientemente he leído tres textos que hablan de la política que sufrimos, de la que nos viene, o de la que ya nos ha dejado para siempre. Tres textos políticos, en resumen. El primero, una especie de decálogo publicado por Marcelo Expósito en la revista Errata: La potencia de la cooperación. Diez tesis sobre el arte politizado en la nueva onda global de los movimientos (1). Me ha parecido pretencioso, quizás algo tramposo y un poco aburrido, aunque el autor dispone sin duda de una buena artillería teórica y hay ideas que tomar en cuenta. A pesar de eso creo que se distancia de otros escritos suyos, en mi opinión más rigurosos. El segundo, compartido precisamente por Marcelo en Facebook, del italiano Marco Revelli, catedrático de ciencias políticas, es el retrato más conmovedor y lúcido que he leído hasta ahora sobre la transformación que está sufriendo la sociedad europea: El invisible pueblo de los nuevos pobres (2). No se trata sólo del empobrecimiento de las clases medias, de la corrupción de los poderes tradicionales o del desmantelamiento del Estado, sino que estamos asistiendo al disgregamiento de la sociedad. Cada vez somos más los que vemos con temor el caldo de cultivo que se está formando para un ascenso del fascismo que ya es constatable. El tercer texto es un artículo de opinión de La Jornada: Las nuevas preguntas, de Gustavo Esteva (3). De este me voy a quedar con la advertencia tan explícita de que en realidad el Estado no desparece, no se retrae. Es que ya no es el mismo Estado en que hemos confiado, más o menos, a lo largo del siglo XX. El Estado sigue siendo fuerte y avanza en el desarrollo de sus instituciones, pero es otro y al servicio de otros. Nuestros análisis, dice Esteva, siguen sin embargo atrapados en la red de conceptos y en las propensiones de una era que ya terminó. Lo que tenemos por tanto son preguntas, nuevas preguntas.

Forconi

Manifestación de Forconi. Foto Mirko Isaia, www.diagonalperiodico.net

Lo que más me ha gustado del segundo y tercer artículo es la modestia, la duda, la sencillez con que se asume y expresa la incertidumbre sobre los tiempos que vienen, que podemos adivinar sombríos, pero cuyas claves aún no conseguimos descifrar. Todo lo contrario del mesianismo revolucionario de Expósito, que a estas alturas apuesta por demoler las instituciones y no duda en recurrir a la retórica de “una era que ya terminó”, en las palabras de Esteva, trufándola de ejemplos de prácticas artísticas que se han dado en momentos y contextos que tienen muy poco que ver con el actual.

Sin embargo los contextos y los momentos lo son todo en la política y por ende en el arte político. Mientras que en Europa se vive y padece el fin del Estado de Bienestar, es muy posible que desde otras latitudes lo que se esté viendo sea el fin del Estado Colonial, substituido ahora por megacorporaciones no menos crueles, pero que a diferencia de las instituciones políticas de aquella modernidad, van a estrangular a los trabajadores sin hacer diferencias por raza y origen. En Suramérica , incluso en Centroamérica y México, donde las cosas no están siendo fáciles, no se perciben tiempos apocalípticos, como en el sur de Europa, sino momentos de esperanza y oportunidad. Hay muchas luces entre tantas amenazas. Y tampoco nos cabe duda de que en este proceso la respuesta de la sociedad europea va a ser muy distinta de la norteamericana, donde empresas del tamaño de McDonald’s o Wallmart se permiten recomendar a sus empleados que soliciten al Estado cupones de comida para alimentar a sus hijos, ya que el sueldo que les pagan obviamente no alcanza para tanto (4).

Anti_wallmart

Poster Anti-Wallmart. Source: http://artistsvswalmart.tumblr.com

Además en América latina (por recomendación del artista Felipe Ehrenberg uso el adjetivo en minúsculas) la política ha adquirido una complejidad que hace sólo un par de generaciones – en la época de los movimientos revolucionarios marxistas – era inimaginable. La dicotomía de la lucha de clases en su acepción más tradicional se ha visto desbordada por las cuestiones que afectan a los derechos e identidad de los pueblos originarios, por la ecología, que ocupa un lugar central en todos los discursos y se extiende a los derechos alimentarios, por la expansión de la economía informal, aquel lumpen proletariat despreciado por Marx, pero que supone hasta el 70% de las horas de trabajo en algunos países; y más recientemente por la emergencia de nuevos feminismos, que van a jugar, o al menos eso espero, un papel importante en una profunda reconfiguración de la política en toda la región. El enemigo sigue siendo el mismo, se podría argüir. Sin duda, pero las luchas son otras. Y creo que en general todos estamos mirando más hacia un horizonte de convivencia y diversidad que de demolición de las instituciones e instauración de proyectos universalistas. La revolución, término que ya se apropiaron los neoliberales en los años 80, parece que ha quedado más para el lucimiento de diletantes, como el Centre for the Aesthetic Revolution (5) de Pablo León de la Barra, que para programas políticos que realmente puedan construir un futuro.

A veces temo que lo que se nos escapa es precisamente el futuro. Fue la posesión más preciada de la Europa decimonónica, de Norteamérica de mitad de aquel siglo a mitad del siguiente, de América latina sobre todo en el XX, pero ahora posiblemente pertenece a África. Nosotros ya no lo tenemos más. Perdón por la digresión.

En cualquier caso en estos tiempos revueltos el arte político, sea lo que esto sea, ha recuperado el protagonismo. Tras décadas de estar arrinconado en el cuarto de escobas del mundo del arte, las urgencias actuales vuelven a abrir el debate inconcluso sobre lo político en el arte, al menos en Europa. A mí la verdad es que cada vez me resulta más difícil pontificar sobre la transcendencia política de obras de arte en particular, o de algunos “tipos” de arte. No sé cuales van a contribuir a la formación de nuevos sujetos, en realidad no me interesa demasiado trabajar desde estas categorías del arte – obra, ismo, autor –  y creo que quien presuma de saberlo o miente o es muy tonto. Entre otras cosas porque dependerá de hegemonías futuras, fruto de los actuales conflictos, y adivinar el porvenir es oficio de necios. Y visto con la perspectiva de la historia, siempre han ganado los malos, pero es que el mal tiene su origen en la victoria.

La discusión sobre el arte político discurre por varias zonas pantanosas que casi nadie quiere hollar. Una está en la idea de que lo político pueda ser una cualidad inherente a determinado tipo de trabajos, cuando en el arte toda definición, incluida la básica de ser arte, es contingente. Otra en la obstinación en torno a la figura del artista, como agente que carga o detenta todo el potencial emancipador, cuando éste es en realidad una institución, otra, cuyos márgenes de acción están delimitados por el sistema a que pertenece, lo que llamamos coloquialmente mundo del arte. Claro que esto supone que sin un sistema, sin institución, no hay objeto ni sujeto artístico. No hay un afuera.

Marcelo hace notar, con acierto, que toda innovación es fruto del general intellect, de una inteligencia y un esfuerzo colectivos, y que es dentro de nuestro sistema donde se personaliza cada hito, pequeño o grande, en obras e individuos aislados. Pero no se distancia demasiado de los discursos convencionales cuando habla de “su técnica de inserción articulada en un proceso general – supraartístico- que la sobrepasa.” ¿De quién, a quién? ¿La obra? ¿Qué obra?It’s the institution, stupid! (6)

Hace tiempo que alguien dijo que no debemos preguntarnos qué es arte, sino cuándo es arte. Con más razón si ese arte requiere un atributo tan contingente como el ser político. ¿Cuándo es político? Quizás cuando no es arte.

Dicho de otra manera, así como no hay un objeto que sea artístico per se, por cualidades intrínsecas e inalienables, no hay un objeto artístico que sea político por cualidades intrínsecas e inalienables. Lo político es una situación, una activación, un cuando. Una función de otros discursos o un posicionamiento concreto dentro de la institución. La obra de arte carece de un signo progresista o reaccionario, proletario o burgués , porque como todos deberíamos saber, el significado lo produce el receptor. Pensar que podemos dotar de un contenido político a un objeto o a un gesto es ingenuo, porque el significado se va a producir en función del espacio de circulación donde se socialice esa obra de arte, y del público a quien se esté interpelando: en la institución. Desde esta perspectiva toda la discusión sobre el arte político es bastante superflua, y no parece tener más sentido que establecer determinadas legitimaciones dentro del sector correspondiente del sistema, que en unos casos puede ser el mercado, y en otros el mundo académico, cada uno de ellos con su set de reglas y condiciones particulares.

Todavía se podría plantear otro debate, entre la representación y la acción. Hay obras que representan una situación de conflicto, o el conflicto como algo abstracto, y se exponen en espacios dedicados al arte, que se distinguen sobre todo por la ausencia de conflicto en ellos. Otras en cambio se trasladan al mismo espacio del conflicto, involucrando a las personas que viven sometidas a distintas formas de violencia. ¿Se puede canonizar una de las dos prácticas en detrimento de la otra? Tengo preferencias, pero no una respuesta.

Creo que detrás de los repetitivos debates sobre el arte político (¿y cuál no lo es?) hay tres preguntas que no acaban de formularse por completo:

Primera: Si las prácticas estético-políticas de la sociedad son arte. Los fotomontajes de los activistas, las acciones en la calle, las distintas formas de performatividad que se dan en las ocupaciones y manifestaciones… Si son el verdadero y legítimo arte [político] de nuestra era. Y en tal caso si las instituciones deberían reconocerlo como tal. Aquí no está de más recordar que la ocupación de espacios públicos con carácter más o menos permanente ha sido una constante en la protesta política mexicana, mucho antes de que las ocupaciones de Wall Street, la Puerta del Sol o las plazas Tahir y Sintagma hiciesen correr ríos de tinta. También podemos pensar que la sociedad cada vez necesita menos de esos personajes que son los artistas institucionalmente asumidos como tales, porque la capacidad de producir y reproducir imágenes se ha democratizado. Cada suceso político de relieve tiene como respuesta una oleada de fotomontajes, videos e iconografía producidos por una mayoría creativa que es ajena al mundo del arte. En 2003, en el Ojo Atómico, reunimos más de 300 carteles contra la invasión de Irak, todos ellos producto de esa creatividad anónima y colectiva que se difunde por Internet.

Dontdoit

Imagen cotra la invasión de Iraq. Source http://art-bunker.blogspot.mx

Segunda: si el arte como lo conocemos es o puede ser político (y de nuevo, ¿cuál no lo es?). Ésta es una discusión que casi invariablemente nos conduce a una aporía: si el arte se materializa en forma de obras (objetos), y estos objetos tienen su principal espacio de circulación en un mercado (son mercancías), el arte [político] no puede ser político, porque la mercancía es un fetiche que no tiene más contenido que la trasposición de todas su cualidades al valor. Quizás si superamos el pensamiento binario, con sus dicotomías hombre/mujer, burgués/proletario, centro/periferia… lleguemos a un punto en que podamos comprender una realidad compuesta de múltiples capas, donde un mismo fenómeno puede adquirir significados contradictorios. El arte contemporáneo no deja de producir sentido para nuestra sociedad, con independencia de que su distribución esté vinculada a la de la mercancía, e incluso a pesar de que haya una relación directa entre el crecimiento de la desigualdad social y el del mercado del arte (7). Pero es que el arte no son las obras de arte ni los artistas, sino que es una de las instituciones centrales en nuestra cultura y tiene un papel relevante en la producción de imaginarios, de relatos históricos y de sujetos. Incluso en la producción del espacio, aunque esto es ya otra historia. Y es precisamente en este sentido donde podemos decir que se trata de un campo de batalla. Es el único espacio que queda en nuestra sociedad que funciona a partir de la anomia – la falta de reglas como regla principal – y de la desarticulación de sus propias legitimidades.

Tercera: si alguien debe dictaminar lo que es arte, su legitimación política y sus formas de activación. O incluso sus lenguajes. Es decir, si debe haber una autoridad que vele por la pureza política del arte. Suena muy antiguo, pero en una ocasión yo tuve que abandonar un seminario en el Reina Sofía, precisamente el que dio lugar a la Fundación del Procomún, que disfruta de un apoyo institucional que en mi opinión debería corresponder a las escenas artísticas de base que hay en toda España, porque el odio hacia el arte y los artistas era tan intenso que hasta yo, que veo las cosas con bastante distancia, llegué a sentirme incómodo. ¿De qué y desde dónde estamos hablando en realidad? Aunque sé que no debo hacerlo, porque la crítica está siendo erradicada del mundo del arte, me gustaría añadir que he percibido ese tufillo prospectivo incluso en la exposición Perder la forma humana (8). Pese al elegante display, con paredes marengo como los restaurantes finos de la década pasada, que resulta chocante para trabajos destinados a la dureza de las calles latinoamericanos, se trata sin duda un encomiable trabajo de investigación histórica y de revisión de los conceptualismos latinoamericanos. Encuentro el tema apasionante. Pero hay una nostalgia de ciertos lenguajes del arte político que se han ido para no volver, y que presentados como modelo actual, no como referente histórico, se pueden convertir en algo bastante grotesco. Sólo habría que comparar aquellos lenguajes con los de colectivos involucrados en temas políticos hoy en día – ASARO en Oaxaca, Brigada Muralista de Perú, incluso la gráfica de Just Seeds…, por poner algunos ejemplos ­– para comprender lo que estoy diciendo. Pero los museos no son buenos sitios para rozarse con el presente.

ReinaSofia

Una vista de la exposición Perder la Forma Humana, en el Museo Reina Sofía de Madrid.

Creo que lo que es difícil es hacer arte [político] desde las instituciones existentes, ya que el sentido lo producen ellas de acuerdo a sus intereses y lógicas internas. No se trata de entrar y salir, sino de reinventarlas, porque en el juego del mete-saca siempre ganan ellas. Es sintomático que discursos como los que desarrolla Marcelo, independientemente de su valor intrínseco, tengan hoy su espacio de circulación en el Museo Reina Sofía, o que lleguen a México al SITAC, un foro organizado por un grupo de mecenas, y no a las sedes del SME, el SNTE o incluso a los Faros, donde se supone que estarían sus interlocutores naturales. Si no somos capaces de inventar otros espacios y otros públicos, ya sabemos cual es el destino de las inflamadas proclamas y de las invocaciones a Brecht y Benjamin.

 

Tomás Ruiz-Rivas

 

publicado por VALF

  1. https://www.academia.edu/5513016/La_potencia_de_la_cooperacion.
  2. http://encampoabierto.wordpress.com/2013/12/20/el-invisible-pueblo-de-los-nuevos-pobres/
  3. http://www.jornada.unam.mx/2013/12/23/opinion/024a2pol
  4. Ver Pardo, Pablo. Una sociedad de camareros pagados por el Estado,www.elmundo.es/economia/2013/12/23/52b75fdf22601db6728b458a.html
  5. http://centrefortheaestheticrevolution.blogspot.mx
  6. He pretendido hacer un juego de palabras a partir del conocido slogan de la campaña de Clinton en 1992,  It’s the economy, stupid. Obviamente no pretendo insultar a Marcelo.
  7. Es un tema apasionante. Los economistas han realizado muchos estudios para desarrollar herramientas de predicción del mercado del arte, como de cualquier otro. Uno de ellos, Art and Money (Goetzmann, Renneboog y Spaenjeurs, 2010) llega a la conclusión de que los precios del arte ascienden cuando crece la desigualdad, con independencia de que la Bolsa u otros indicadores bajen. Una introducción accesible en Esfera Pública, en el comentario de Guillermo Villamizar al final de su artículo sobre el premio Luis Caballerohttp://esferapublica.org/nfblog/?p=64628 También es muy esclarecedor el perfil del galerista David Zwirner publicado por el New Yorker a principios del pasado mes de diciembre:http://www.newyorker.com/reporting/2013/12/02/131202fa_fact_paumgarten?currentPage=all
  8. http://www.museoreinasofia.es/exposiciones/perder-forma-humana-imagen-sismica-anos-ochenta-america-latina El PDF se encuentra con facilidad en Internet. El catálogo es un conjunto un tanto desigual de textos, pero sin duda se trata de un documento de referencia, cuya lectura se puede complementar muy bien con el libro Dialéctica de la liberación. Arte conceptualista latinoamericano de Luis Camnitzer.http://www.4shared.com/zip/_3BKV7cd/Perder_la_Forma_humana_Una_ima.html

 


3 comentarios on “Arte y política: en el melancólico callejón de las aporías”

  1. hola tomás. me sorprende tu publicación de este artículo que encuentro demasiado apresurado e impulsivo. no entiendo la conexión entre los tres textos que citas porque no tienen nada que ver unos con otros, a no ser porque comparten ‘clima epocal’. pero ensayo el responderte apenas cuatro puntos con respecto a los comentarios que dedicas a mi texto. 1) no recuerdo dónde he escrito que haya que destruir las instituciones; más bien al contrario, llevo años postulando la necesidad de trabajar políticamente en las articulaciones entre crítica institucional y desbordamientos activistas; es por eso que trabajo simultáneamente pej en espacios de movimientos y en el museo reina sofía (porque para mí este último constituye un buen ejemplo de proyecto en proceso de reinvención institucional) – ello no obsta para que 1a) no trabajo en cualquier institución (de hecho, no colaboro con casi ninguna), y 1b) la parte más importante de mi trabajo opera ahora mismo más bien fuera que dentro – ya estoy aburrido de aclarar este aspecto de mi diagrama de trabajo y me sorprende que tú en particular que me conoces vuelvas a plantear una interpretación sesgada de mi supuesto perfil institucional / 2) calificas mi posición de mesianismo revolucionario… a mí me parece que habiendo ya experimentado *dos* olas de movimiento global en apenas una década, y a la luz en especial de la fuerza del ciclo de insurrecciones democráticas del 2011 (en el norte de áfrica, en españa, en norteamérica y en américa latina), andar mareando la perdiz con qué es y no es arte, que si tú colaboras con un museo y yo no lo hago, y banalidades por el estilo, constituye una pérdida de tiempo irresponsable / 3) coincido contigo en que resulta estúpido pontificar con respecto a qué prácticas artísticas son políticas y cuáles no; por eso yo nunca lo he hecho – sí me parece que hay que ser más claros con respecto a qué prácticas cada cual defiende, en cuáles uno se involucra, y desde la diversidad intentar sumar sinergias o bien entrar en discusiones siempre y cuando no constituyan la enésima paja mental de artistas (porque luego, quienes arriman el hombro construyendo política desde los movimientos desprecian el arte y se cachondean de los artistas, ante lo cual algunos artistas van y se cabrean); estamos en un momento histórico en el que no hay mucho tiempo que perder ni energías que distraer: yo estoy por los debates que impulsen las articulaciones entre arte y política hacia adelante, no en ensimismarme con debates artísticos, como dicen en argentina, al pedo / 4) un último comentario a propósito del trabajo de la red conceptualismos del sur: se trata de una red de, por así decir, investigación historiográfica con perfil político y activista; por tanto, trabajamos sobre prácticas ‘pasadas’, de tal manera que buscamos tanto visibilizar zonas de oscuridad como actualizar y reactivar el pasado para hacerlo resonar en el presente; yo creo que eso está clarísimo en un proyecto como ‘perder la forma humana’; se trata de una tarea diferente de trabajar directamente con prácticas contemporáneas, algo que no obstante hacen/hacemos muchos investigadores de la rcs por otras vías – te pego en ese sentido el vínculo a una acción que realizamos en oaxaca cuya parte final estuvo vinculada, por cierto, precisamente con los compas de asaro: http://www.youtube.com/watch?v=hGoYa6yDYvc / te mando muchos abrazos

  2. Querido Marcelo

    La relación entre los artículos que cito es subjetiva, no he pretendido sugerir otra cosa. La lectura de los tres con pocos días de diferencia detonó la reflexión que has leído. Nada más.

    En realidad tu aproximación al arte, si la hay, no me interesa mucho. Pero no es algo personal ni de posicionamientos políticos: es que hay muy pocas cosas que me interesen, pero las que sí, lo hacen con intensidad. He estado siempre a caballo entre el trabajo teórico y la práctica artística, y la parcialidad en mis puntos de vista es un precio que pago gustosamente.

    Lo que me llama la atención es que no comprendas nada de lo que digo, y que lo refutes desde la legitimidad de tu acción política, lo cual me confirma la idea de que andas en una “vanguardia” como las de antes, prefigurando el mundo futuro. Tu verás. Pero como también dejas claro que no tienes tiempo para discutir de arte, o peor, que es una irresponsabilidad entrar en estas discusiones, mejor me callo mis argumentos. El diálogo exige la aceptación de un otro, y ya he comprobado lo difícil que es ser ese otro entre los activistas que pones como ejemplo. Lo viví en aquel seminario sobre el procomún en el Centro de ARTE Reina Sofía, de donde me tuve que ir con la cabeza hinchada de oír lugares comunes y tópicos de la vieja escuela marxista contra el arte y los artistas. Y perdóname que te diga esto, expresados por esos “compañeros” que yo también conozco desde hace años con la superioridad moral de quien posee la verdad y de quien se cree en el derecho de condenar a los demás. Creo que tenemos más o menos la misma edad, ¿no recuerdas a los camaradas de la LCR y similares en la universidad a final de los 70? En cualquier caso no me ofende que me llamen burgués, nunca he negado que amo la ópera, a Proust y que aprendí a cocinar con el libro de la marquesa de Parabere. Mi déclassement y mi desarraigo quizás me dan perspectivas que desde esa atrincherada identidad de clase son difíciles de imaginar.

    Si en el futuro tus intereses se amplían, con gusto debatiré contigo sobre el museo, el territorio y los límites de la institución, que son los temas que trabajo, desde siempre y con plena consciencia de mis limitaciones. Yo no minusvaloro tu experiencia y tus conocimientos, por lo que creo que la confrontación de nuestras conclusiones será siempre enriquecedora.

    Lo de demoler las instituciones lo inferí de este párrafo:

    …(d)el arte del último siglo como un diagrama de las heterogéneas tentativas de desbordamiento, concatenación y agenciamiento del arte como activismo transversal que no busca ampliar el campo de lo estético, sino que aspira a demoler el actual estado de cosas (…)

    Si lo he interpretado mal lo siento, pero es que si propugnas un arte que aspira a demoler el estado de cosas actual…

    Respecto a lo de despreciar el arte y reírse de los artistas – “quienes arriman el hombro construyendo política desde los movimientos desprecian el arte y se cachondean de los artistas” – no es un privilegio de los movimientos. Lo hizo el Movimiento cuando pretendió imponernos un arte moderno-nacional-católico (románico-cubista lo llamaba Umbral), lo hace el gobierno de España cuando baja el IVA de los artistas para apoyar las Fallas, lo hacen los curas cuando enseñan en sus colegios que Picasso no sabía pintar, lo hacen los militares cuando recuerdan a los artistas fusilados en las dictaduras de acá y de allá, lo hace el alcalde de Madrid cuando gasta más en la cabalgata de reyes que en espacios, festivales o publicaciones de arte independientes, lo hacen los demagogos cuando llaman mamandurrias a las subvenciones para artistas – en Madrid llegaron a 600.000 euros sumando las tres administraciones públicas – pero callándose que sólo el Partido Popular se llevó 125 millones el año pasado, o que financiamos a Peugeot con 60 millones al año, y eso sin contar la broma del rescate bancario. Todo el mundo en España desprecia el arte y se ríe de los artistas. ¿Estás orgulloso de eso? Enhorabuena, el odio a la cultura es el más profundo legado que Franco dejó a la sociedad española. Por eso yo he puesto 10.000 kilómetros entre tus risas y mi persona. Pero no sin antes haber soportado vacíos, silencios, rechazos y amenazas durante 20 años de trabajo de los cuales sólo puedo sentirme orgulloso. Pese a tu desprecio. Por cierto, la última vez que recibí amenazas en Madrid – “las cosas irán mucho mejor si dejas de escribir esos artículos” me dijeron más o menos, en una llamada al teléfono de mi casa, no al del Ojo Atómico de entonces – fue por exigir que las instituciones del Estado (en sus tres niveles de administración) asignen los fondos a los que accede la sociedad civil por medio de convocatorias públicas y transparentes. ¿Sabes cómo te digo? ¿O este cuento no va contigo? ¿Es otra pérdida de tiempo discutir quién y cómo se lleva el dinero de la cultura?

    En fin, me alegro mucho de que estés cambiando el Reina Sofía desde dentro, seguro que te va muy bien, y te felicito por haber conseguido meter la cuchara en un cazo tan estrecho.

  3. a ver tomás: ignoro por qué has decidido incluirme entre tus enemigos por vía de una declaración pública en el tiempo que ha mediado desde la última vez que pudimos conversar, cuando se me invitó a presentar juntos vuestro vídeo, fíjate por dónde, en el museo reina sofía. si tienes algún problema con el museo explícaselo a ellos o publica sobre sus programas o políticas donde consideres conveniente, pero por favor entabla una discusión directa con la institución: yo no tengo responsabilidades institucionales ni el mérito de estar transformando nada, soy un modesto colaborador externo; en definitiva, no me utilices de chivo expiatorio. en cuanto a mi trabajo: lástima no haber sabido antes que no te interesa, me lo habrías tenido que explicar antes de que participase en las exposiciones a las que me has invitado. sabes cuál es uno de los problemas de discutir con los artistas a propósito de arte (y política)? justamente éste que estamos escenificando: que los artistas, los críticos y curadores, habitualmente, hablan en realidad demasiado de sí mismos, y es un síntoma del que cuesta mucho escapar… aunque uno ponga miles de km geográficos de distancia con sus fantasmas. por acabar intentando decir algo atinado: el 15m, entre otros epicentros de las revoluciones democráticas del 2011 a las que te gusta referirte, supone sobre todo a mi modo de ver dos lecciones. una lección de humildad: los procesos colectivos son más importantes que las pequeñas miserias que afectan a nuestros egos de clase; si quieres amplificar una mala experiencia personal tomando la parte por el todo, creo que estás equivocado y sobre todo confundiendo a otros con tu argumentación. una cosa son los problemas para gestionar la distribución de los bocadillos en la ocupación de sol, la decepción de una asamblea o lo mal que te hayas sentido en un seminario, y otra la dimensión del proceso de cambio colectivo que el movimiento imprime. si uno elige victimizarse o resentirse es una decisión propia, que yo lamento. y una segunda lección es ésta: hay que tener altura de miras. cuando los regímenes bajo los que vivimos están empujando a nuestras sociedades al desastre y ello se contesta desde la masiva demostración de resistencia y dignidad a la que estamos asistiendo, preguntarse la minucia de si una manifestación o los carteles de occupy son o no arte constituye a mi modo de ver un grave error de perspectiva. eso no quiere decir que no me interese hablar de arte: quiere decir que no quiero perder mi tiempo enfocándolo de esas maneras. de nuevo te mando abrazos y espero que algún día podamos restablecer el diálogo. hubiera sido respetuoso que tus diferencias para conmigo o el encabronamiento que tengas ignoro por qué, me lo hubieras expresado personalmente antes adoptar el gesto prepotente de soltar cuatro patadas al aire en público.


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