El archivo de Gabriel García Márquez: anotaciones para un proyecto de repatriación

En este pueblo no hay ladrones-1

Por: Halim Badawi

La muerte reciente de los escritores Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, permite poner sobre el tapete una discusión que todavía no se ha dado públicamente en Colombia: el destino de los archivos personales de los escritores y artistas nacionales. ¿Qué papel ha cumplido el Ministerio de Cultura en la adquisición y preservación de este patrimonio? ¿Existe una política pública de adquisición de archivos privados? ¿Los homenajes a García Márquez, a causa de su fallecimiento, incluyen la adquisición de los manuscritos de sus obras por parte del gobierno? Aquí, una revisión al asunto.

 

Y es entonces cuando peso mi exilio

y miro la irrescatable soledad de lo perdido

por lo que de anticipada muerte me corresponde

en cada hora, en cada día de ausencia

que lleno con asuntos y con seres

cuya extranjera condición me empuja

hacia la cal definitiva 

de un sueño que roerá sus propias vestiduras,

hechas de una corteza de materias

desterradas por los años y el olvido.

[Fragmento del poema Exilio, del escritor colombiano Álvaro Mutis].

 

I. El mercado de los manuscritos de Gabriel García Márquez.

Antes de entrar en materia, vale la pena revisar la situación actual de los manuscritos de Gabriel García Márquez y la forma como estos han circulado. Es altamente probable que la profesionalización del mercado de los manuscritos de García Márquez iniciara en 1994, circunstancia a la que fue ajena la Biblioteca Nacional de Colombia y el Archivo General de la Nación, abierto al público apenas dos años antes. En el artículo “Papeles de oro”, publicado en la revista Semana el 18 de julio de 1994, se cuenta que el librero y periodista Mauricio Pombo, entonces propietario de la librería-anticuario El Carnero, compró un paquete de manuscritos de García Márquez que habían sido propiedad de su hermana Ligia García Márquez, y luego de su primo en segundo grado, el poeta José Luis Díaz-Granados. El paquete incluía el manuscrito original de Los funerales de la mamá grande, así como “un borrador de La siesta del martes, copias al carbón de tres relatos más y una sinopsis de La mala hora”. Según la revista, por necesidades económicas, Díaz-Granados vendió el lote a la Librería El Carnero en un millón de pesos de la época (aproximadamente 1242 dólares de 1994 ó 1922 dólares de 2013).

El comprador, Mauricio Pombo, revendería el paquete de manuscritos (junto con algunas primeras ediciones firmadas) a un coleccionista y librero estadounidense, Ken López, quien aún tiene, en Hadley (Massachusetts), una librería especializada en primeras ediciones literarias modernas. La reventa se llevó a cabo por la suma de 16 mil dólares. Luego, hubo otra reventa realizada directamente por el librero norteamericano. Según Semana:

El original de Los funerales de la mamá grande lo vendió hace poco [Ken López] a un coleccionista privado en 15.000 dólares, mientras los demás están cotizados cada uno por encima de los 8.000 dólares. Además, la primera edición de Cien años de soledad, que en el mercado estadounidense se consigue por un promedio de 2.000 dólares, López la tiene tasada en su catálogo en 7.500. La razón es sencilla: el ejemplar que Pombo le vendió al librero está firmado por Gabo y dedicado a un amigo. 

El artículo concluye haciendo un análisis sobre los precios de los manuscritos de García Márquez y cierra con una afirmación significativa: “el mismo López considera que el original a máquina de Cien años de soledad puede llegar a valer igual que unos manuscritos de Proust o Joyce, es decir, unos 100.000 dólares”. Sin embargo, el boom económico de finales de los noventa depararía grandes sorpresas al mercado internacional de libros raros y manuscritos. El manuscrito de Por el camino de Swann, la primera parte de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, con correcciones a mano del autor, sería vendido en Christie’s en julio de 2000 por la suma 663.750 dólares; y en diciembre del mismo año, la misma casa de subastas vendería un capítulo manuscrito del Ulises, de James Joyce, de 27 páginas, por 1,57 millones de dólares.

Unos meses después, el mercado internacional decidiría tantear a las instituciones y coleccionistas latinoamericanos. El 21 de septiembre de 2001, se subastaron en España las galeradas de Cien años de soledad, obra maestra del nobel de literatura Gabriel García Márquez. Por “galerada”, se entiende la primera prueba impresa de un texto original, sobre la cual el autor y los impresores hacen correcciones antes de la impresión definitiva. Estas galeradas contaban con 180 folios y 1026 correcciones hechas a mano por García Márquez y constituían una de las pocas pruebas de la evolución creativa de la obra cumbre del Nobel. Según El País de España (del 20 de noviembre de 2002), estas galeradas eran “lo más cercano al original de Cien años de soledad, cuyo verdadero manuscrito, acribillado de correcciones, fue roto por Gabo y su esposa, Mercedes Barcha, en mayo de 1967”.

En una narración publicada por García Márquez, también en El País (el 15 de julio de 2001), titulada “La odisea literaria de un manuscrito”, el Nobel explica la razón por la que estas galeradas quedaron en su poder y no en poder de la Editorial Sudamericana de Buenos Aires, que publicó la primera edición de la novela:

Lo que ha desconcertado a algunos es por qué las galeradas originales estaban en mi poder, si debía haberlas devuelto a Buenos Aires para que introdujeran las correcciones finales en la primera edición. La verdad es que nunca las devolví corregidas de mi puño y letra, sino que mandé por correo la lista de las correcciones copiadas a máquina línea por línea, por temor de que el mamotreto se perdiera en la vuelta.

Luego de conservar las galeradas en su poder, el escritor decidió obsequiarlas, en 1967, al matrimonio conformado por Luis Alcoriza y Janet Riesenfeld. Alcoriza había sido un director de cine español establecido en México, conocido especialmente por su colaboración en los guiones de Luis Buñuel, director de cine español. Su esposa, la austríaca Janet Riesenfeld, había sido escritora y actriz, menos conocida. Alcoriza murió el 3 de diciembre de 1992 y su esposa el 12 de noviembre de 1998, ambos en su casa de Cuernavaca (México). Un heredero y amigo fiel de la pareja, Héctor Delgado, las ofreció en venta en la Casa Velásquez de Barcelona, en 2001, con un precio de salida de 500 mil dólares. En su momento, el dueño avisó de la subasta a la Embajada de Colombia en España y el periódico El Tiempo (del 6 de julio de 2001) exhortó a las autoridades nacionales y coleccionistas privados a adquirir esta joya literaria:

La noticia de la venta no llega en el mejor momento de la economía nacional, pero el esfuerzo hay que hacerlo. Si no se puede comprar con dineros públicos, habría que buscar una iniciativa privada, a través de los grandes grupos financieros, quienes posteriormente se comprometan a donar el documento. El ideal es presentar una propuesta concertada, que permita competir con las millonarias ofertas que llegarán de todas partes.

Sin embargo, a pesar de la importancia del manuscrito, en un vergonzoso comunicado divulgado por la prensa nacional e internacional, el gobierno de Colombia, presidido por Andrés Pastrana Arango, decidió no comprarlas. Entonces, la noticia tuvo eco en la revista Cambio y en un medio costarricense, que el 17 de julio de 2001 publicó:

La ministra de Cultura colombiana, Aracely Morales, dijo, sencillamente, en un comunicado, que, el Gobierno “no tiene presupuesto” […]. La ministra Morales indicó que valoraba “profundamente” el material que pondrá en venta la casa de Subastas Velázquez, pero que el Gobierno, “vistas las condiciones económicas en que el país se encuentra y las grandes demandas del sector cultural, no podrá hacer presencia en la subasta”[1].

Según un comunicado de la agencia EFE, la subasta contaba con varios posibles compradores, incluyendo “un coleccionista privado francés, otros dos españoles y un par de universidades estadounidenses [que] estaban interesados en conseguir las pruebas de uno de los textos en castellano más leídos del siglo XX”[2]. Sin embargo, a la falta de iniciativa del Ministerio de Cultura, se sumaron los atentados del 11 de septiembre de 2001, luego de los cuales se evaporaron todos los postores. A pesar de la importancia de las galeradas y del llamado de los medios de comunicación, el manuscrito terminaría sin comprador. Si el gobierno de Colombia hubiera participado en la subasta, hubiera podido comprar las galeradas por el precio de salida, sin competidor alguno, una ganga que no fue dimensionada por las autoridades locales encargadas de la cultura.

A raíz de esta situación, las galeradas tuvieron un intento de reventa en la casa Christie’s de Londres a finales de 2002, con una salida de 320 mil euros, significativamente inferior al valor original. Sin embargo, ni el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, ni la Embajada de Colombia en Londres, ni la entonces ministra de cultura, Adriana Mejía, se pronunciaron sobre el tema. En esta ocasión, las galeradas tampoco encontraron comprador y su paradero actual es desconocido.

Una década después de este lamentable episodio, que pone en evidencia la falta de interés del gobierno colombiano (en cabeza del Ministerio de Cultura) por los manuscritos literarios y por los archivos personales de escritores y artistas, ocurrió otro desafortunado incidente patrimonial. El 21 de noviembre de 2012, la casa Christie’s subastó el manuscrito a máquina del cuento En este pueblo no hay ladrones, de 33 páginas, que incluía una sección revisada de la novela La mala hora, con un estimado entre 50.000 y 80.000 libras (ó 62.070-99.310 euros)[3]. Sobre este suceso, el periódico El Espectador del 21 de noviembre de 2012, publicó un artículo anunciando que el manuscrito de García Márquez había quedado sin comprador, en una puja en la que tampoco participó el gobierno de Colombia, en cabeza del actual presidente de la república Juan Manuel Santos. De nuevo, es necesario anotar que, si el gobierno hubiera participado en la subasta, hubiera podido adquirir el manuscrito por el precio de salida.

 

II. Hacia un archivo imaginario: La reunión de una colección dispersa.

La saga trágica de los manuscritos de Gabriel García Márquez y el desdén del gobierno nacional, continúan presentes a pesar del fallecimiento del escritor, ocurrido el pasado 17 de abril de 2014. El 22 de abril, el presidente del Senado Juan Fernando Cristo, radicó ante el Congreso de la República un proyecto de ley de honores a García Márquez. Según Cristo, “se van a decretar varios homenajes, bustos, estampillas, billete del Banco de la República y también [se va] a plantear que el edificio que se conoce como Edificio Nuevo del Congreso, lleve el nombre de Gabriel García Márquez”. Así mismo, según El Espectador del día siguiente, “la ley de honores incluye que el edificio nuevo del legislativo tenga […] un busto con su imagen [la de García Márquez], y que se realicen cátedras en las instituciones educativas con sus obras”.

Sin duda, la ley de honores que tramitará el Congreso de la República se parece mucho a leyes similares tramitadas durante los gobiernos de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro en tiempos de La Regeneración (1886-1902), encargando bustos, estatuas y retratos de raigambre academicista a artistas como Francisco Antonio Cano y Ricardo Acevedo Bernal, así como estampillas, lutos nacionales y minutos de silencio. La nueva ley pide hacer un busto (¿?) del Nobel para la entrada del Congreso, tal vez la medida más anacrónica de todas, seguramente lo último que habría querido el escritor y el último encargo que querría cumplir un artista contemporáneo; así como estampillas, billetes y homenajes solemnes, seguramente como el de la Catedral Primada, un homenaje que dista del elegante y sobrio laicismo de la ceremonia del Palacio de Bellas Artes de México. El homenaje de la Catedral, lejos del pueblo y del Caribe, cercano a la burocracia y al clero que tanto criticaba el Nobel en sus escritos, parece una afrenta a su memoria, un tipo de homenaje que seguramente el estado colombiano repetirá animosamente para salvar el alma del escritor Fernando Vallejo luego de su muerte.

Mientras esto ocurre, la Biblioteca Nacional de Colombia, templo del pensamiento ilustrado y refugio de la literatura colombiana de todos los tiempos, no es el epicentro de los grandes homenajes nacionales, físicos o simbólicos, y mucho menos lo será la Biblioteca de Aracataca Remedios La Bella. Por el contrario, la Catedral Primada y el edificio del Congreso se han llevado todos los honores: el clero y la burocracia han capitalizado políticamente la muerte de Gabo, todo un despropósito, más aún teniendo en cuenta el exilio del que fue víctima y su crítica pugnaz frente a las instituciones que hoy pretenden reivindicar públicamente su legado.

Entonces, como hemos visto, ni el proyecto de ley del Congreso, ni el Ministerio de Cultura, le prestaron atención al legado material más importante de García Márquez: su archivo de manuscritos, el que va camino a convertirse en objeto de culto e investigación, como ocurrió con otros escritores latinoamericanos como Jorge Luis Borges y Pablo Neruda. Seguramente, el archivo de Gabo incluye correspondencia personal con artistas, políticos e intelectuales, borradores de textos, correcciones, galeradas, anotaciones, obras inéditas, fotografías y libros anotados. Si extendemos el concepto de archivo literario al patrimonio digital, este incluiría, además, el disco duro de su computador personal y el cruce de correspondencia de su cuenta de correo electrónico, que viene a reemplazar, en el mundo contemporáneo, a los polvorientos archivos en papel, bits que, en el futuro, constituirán el principal repositorio de la memoria literaria e histórica. Estos elementos, que cualquier biblioteca patrimonial podría recibir estableciendo algunas cláusulas de privacidad de largo aliento, constituyen, de lejos, las fuentes primarias para la historia de García Márquez y de una parte significativa de la literatura moderna colombiana y latinoamericana, imprescindibles para cualquier estudio póstumo sobre su vida y obra, un archivo que ya podría estarse peleando más de una universidad norteamericana y europea, y que, en el contexto colombiano, parece no importarle a nadie.

Según algunos medios de comunicación, la familia del escritor entregará en donación a la Biblioteca Nacional la máquina con la que García Márquez escribió Cien años de soledad, así como la medalla y el diploma que recibió con el Premio Nobel en 1982. Estos objetos vienen a sumarse a la máquina de escribir Underwood que Gabo usó durante su trabajo en El Heraldo de Barranquilla y con la que escribió La hojarasca (publicada en 1955), máquina que había sido donada hace ya varios años al Museo Romántico de Barranquilla. Y también, se suma a otra pequeña donación realizada al Museo Nacional en 2003, con motivo de los 180 años de la institución, que incluyó el liki liki con el que Gabo recibió el Nobel y varios libros de su biblioteca personal con anotaciones de su puño y letra. Aunque la nueva donación es digna de admiración, estos objetos no trascienden su carácter de fragmento de un conjunto mucho mayor, constituido por un archivo que hoy se encuentra disperso, cuyo núcleo principal es conservado por los herederos del escritor en México. Así, estos objetos sueltos, sin contexto, no aportarán nada a la comprensión de la vida y obra de García Márquez, aunque sin duda, cobrarían otra dimensión si estuvieran en compañía del resto de su archivo personal.

Aunque es posible que una gran parte del archivo esté en poder de sus herederos cercanos, lo cierto es que reunirlo será una tarea mucho más compleja. Implica la adquisición (con dinero) por parte del Ministerio de Cultura o del Banco de la República de los manuscritos que se encuentren en manos de otros particulares, así como los manuscritos que ofrezca eventualmente el mercado nacional e internacional. Así mismo, en este archivo imaginario deben contarse los documentos en poder de parientes cercanos al escritor, los archivos de otros escritores amigos (como el de Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas o José Félix Fuenmayor, en Barranquilla) y archivos fotográficos independientes que den cuenta de la vida del Nobel, como el de Hernán Díaz, conservado en Bogotá por su heredero, un acervo que contiene 990 negativos relacionados con Gabo y su familia, fechados entre 1961 y 2000, tomados en México, Nueva York y Colombia.

Mientras la tendencia de los ministerios encargados de la cultura (en países europeos y americanos), universidades, archivos y bibliotecas patrimoniales, es negociar con los escritores antes de su muerte (o con sus descendientes, luego de la muerte) la custodia de sus archivos personales, esta tendencia parece ser bastante marginal dentro de las dinámicas institucionales del Ministerio de Cultura de Colombia. De esto dan cuenta los numerosos archivos particulares que se han perdido o que aún se encuentran en el exilio, como la biblioteca y archivo de Bernardo Mendel y Camilo Mutis Daza, los archivos de artistas que vivieron gran parte de su vida fuera del país (como Rómulo Rozo, Marco Ospina y Andrés de Santa María), el archivo de la violencia en Colombia reunido por monseñor Germán Guzmán Campos en la década del 60, o el archivo de Álvaro Mutis, escritor colombiano también fallecido en México el 22 de septiembre de 2013.

Otros archivos de escritores de los que apenas se conocen fragmentos son los de José Eustasio Rivera y Jorge Isaacs, que cuentan con pequeñas porciones en la Biblioteca Nacional de Colombia. Sería interesante plantear una alianza institucional entre el Ministerio de Cultura y el Banco de la República, que podría estar financiada con fondos obtenidos mediante una verdadera ley de homenajes (no como la que entrará a estudio del Congreso), teniendo en cuenta que la Subgerencia Cultural del Banco ha demostrado capacidad de compra, gestión e interés por este tipo de proyectos, una alianza que buscaría dar inicio a los trámites para incorporar este valioso fondo documental al patrimonio cultural de los colombianos.

Aunque, literalmente, Gabriel García Márquez no regresó al país “ni muerto”, su prolongado exilio no puede ser eterno. Colombia tiene una deuda histórica con su Nobel amado, expulsado del país en medio de una horrenda persecución política, un país que desterró a sus más valiosos hijos, artistas como Feliza Bursztyn, quien murió frente a García Márquez en un café parisino, o la crítica Marta Traba, hija adoptiva de Colombia, expulsada en 1967 por el presidente Carlos Lleras. La mejor forma de saldar la deuda de Colombia con García Márquez, no es mediante homenajes demodé, es mejorando el nivel educativo, la investigación y la capacidad lectora de los colombianos, es rescatando y difundiendo la memoria de García Márquez no mediante discursos bienpensantes y burocracia conmemorativa, sino con hechos concretos y efectivos como la adquisición, repatriación y conservación de su archivo personal en la misma tierra que decretó su expulsión. Si su cuerpo no regresa al país, lo más importante será recuperar su memoria de los brazos de la muerte.

 

[1]Revista Viva, San José de Costa Rica, 17 de julio de 2001.

[2] Publicado en Caracol. Bogotá: 20 de septiembre de 2001.

[3] Cf. ABC. Madrid, 16 de noviembre de 2012.



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