Deli

pobreza

Intervención fotográfica ubicada en la exposición Pobre Pobreza: varias miradas, un día después de su inauguración. Curaduría: Escuela de Gobierno Alberto Lleras y Departamento de arte, Universidad de los Andes, edificio Santodomingo, 10-24 de febrero. Bogotá 

Siempre que un crítico de los medios se concentra en el cubrimiento periodístico de la pobreza y/o la guerra, rescata la equívoca noción del “mínimo-de-respeto” para enmarcar la relación entre entrevistado(s) y entrevistador(a). A pesar de que el cubrimiento sea sesgado, paternalista, hiperventilado o dramático; usar la ración necesaria de mínimo-de-respeto, aporta carta blanca para cebarse en la cotidianidad de los desposeídos de turno. En arte, esta actitud es clásica.

Pero ese arte no está aquí. Y el que aun no ha podido ser expatriado es ultracostoso o está hiperprotegido. Ya Halim Badawi lo comentó sobre la obra de un autor canónico en un excelente artículo que malogró con cuña publicitaria de cierre:

“En el caso de Obregón, mientras sus pinturas ‘no políticas’ circularon libremente a través del mercado del arte y algunas terminaron tempranamente en museos de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y Cartagena, sus obras ‘políticas’ terminaron en manos de corporaciones financieras, organismos multilaterales y en las casas de las personas más influyentes de la política nacional, lejos del alcance de las masas, tal vez en un intento de los poderosos por apropiarse silenciosamente de los símbolos y presentarse del lado de los oprimidos, una actitud utilizada en otros momentos de la historia para apaciguar todo tipo de revoluciones sociales…”

Avaricia elemental: para ver las mejores representaciones de la pobreza hay que tener conexiones con los menos pobres.

Como ejemplo museográfico de arte conceptual, esta exposición hace uso de la autoconciencia de ser pobre. Carece de las más grandes obras de artistas doctorados en mesarse los cabellos (haciéndose millonarios) con el sufrimiento ajeno. Así evita ser otra muestra-zapping de obras reconocidas de artistas conocidos con moralejas conocidas, acompañados por neovalores a quienes la Escuela Nacional de Curaduría incluirá una sola vez y nunca más.

Cuenta con cinco dispositivos curatoriales: facsimilares de caricaturas y fotografías canónicas de pobres; los resultados de una convocatoria donde se invitaba a los participantes “a mirar a su alrededor y retratar aquello que se considera pobreza”; infografías escalofriantes; textos extractados de entrevistas indignantes; expresiones de autofotografía.

El conjunto revela más un interés académico que un inventario de divas retratando aquello que consideran pobreza –donde vinieron a aparecer dos variables: los retratos defraudados de quienes íbamos con la esperanza de ver clásicos sociales del arte contemporáneo nativo y la ausencia de retratos de pobres del barrio que flanquea al edificio sede de la exposición. En este sentido, la muestra sería una experiencia a medias. Lo que en gentrifiqués significaría que no ofreció oportunidades para la especulación.

De ahí que resulte eficaz. Transmite información. Versiones desde la economía, la administración de empresas amateur o con MBA, las ciencias políticas, la televisión argentina, ese canal de videos de conferencias irrealizables, escuelas de gobierno donde puede que se estén formando quienes diseñarán el país que sufriremos en una década o dos. Y ello se revela de hecho, en el fondo de la sala, donde la gran mayoría de fotógrafos no se editó a sí misma y se ahogó en lugares comunes que, por fortuna, se superaban por etapas al leer las respuestas que daban los protagonistas de sus imágenes. Un pobre sabe qué necesita y lo caro que le va a salir la caridad del altruista que le acosará con bondad.

Sin grandilocuencia y con parqueaderos escasos en el sector puede que le canse sólo pensar en ir. No lo haga. Además, deberá leer. Mucho. De lo contario, la experiencia será, paradójicamente, redituable. Entonces, sí, “una exposición sobre la pobreza [puede] ser una rica experiencia”.

 

–Guillermo Vanegas



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