La política del emoticón

Minutos después del cierre de las urnas de votación el pasado 27 de mayo, las redes sociales empezaron a incendiarse. La puja de caritas felices y rojas respondiendo a cada uno de los informes de la Registraduría evidenciaban cómo las redes sociales han sido asumidas como el espacio de discusión sobre lo político. Sin embargo, ¿cuál es la profundidad de dichas discusiones llenas de emoticones? El Emoteismo es un montaje teatral que intenta reflexionar al respecto.

Santo emoji de la carita feliz ¡Gran Espíritu originario! tú, que fuiste la imagen del LSD en los 80s, te pido que más allá de lo evidente, me permitas ver (…) Santo emoji del silencio cómplice, ¡grita! Santo emoji de la selfie, de la importancia personal y la necesidad de figurar, exímeme. Que no tema a la soledad, ni al caos, ni al abismo, ni al misterio para que mi cerebro no sea fácil de manipular y mi espíritu alcance la libertad. ¡Mamén!

¿Cuál emoticón para el reporte del asesinato de otro líder social? El ciudadano digital se devana los sesos intentando establecer si la notica lo asombra (cara amarilla con boca de abierta), lo entristece (cara amarilla con lágrima) o lo enoja (cara radicalmente roja con algunas huellas de amarillo). Se inquieta porque no sabe responder rápidamente a la cuestión y, una vez más, se desgarra las vestiduras y clama al cielo preguntándose por qué Facebook no ha habilitado el emoticón de manito con índice apuntando hacia abajo. Discursos políticos de 280 caracteres y argumentos redondos de color amarillo o manos con el índice levantado. Desde que las redes sociales se tomaron el poder, se cree que la esfera pública tiene lugar en la pantalla, donde los argumentos desaparecen tras los emoticones ahora convertidos en dioses. Este es el nuevo espacio sagrado, donde se rinde culto a la selfie y el emoticon.

Con su obra Emoteismo, Verónica Ochoa y Felipe Vergara reflexionan sobre esa falsa idea de discusión política de las redes sociales y crean una sátira, a medio camino entre el teatro y el performance, que lleva al espectador a preguntarse, de otro modo, sobre el funcionamiento de la política en el país. La obra retoma la estructura de misa católica para rendir homenaje a estos nuevos dioses posmodernos de caritas felices y corazones en los ojos, puesto que el espacio de lo sagrado se encuentra allí donde todos proyectan el simulacro de su vida por medio de millones de selfies, estampitas sagradas subidas a diario. Al igual que los bufones shakespearianos, este equipo de dramaturgos hace cantera de la aparente superficialidad de la pantalla y, a partir de la hipérbole, la ironía y la sátira, inyectan dosis de verdad. Los actores guiñan el ojo mientras recuperan aquello que nos ha sido arrebatado: el humor y la risa sardónica.

La entrada ritual

Para ingresar a este nuevo culto es necesario atravesar un umbral de confirmación de la conversión a la nueva religión: la puerta es un enorme emoticón contradictorio, ojos de corazón y boca que vomita verde. Luego, el nuevo fiel es recibido por los brazos, bocas y ojos abiertos de peluches sexualizados de pechos, culos y penes afelpados. Saludos, abrazos y gritos son el cortejo de entrada a ese espacio antitético, donde los significados están dislocados. En el centro se encuentra un atrio circular con rodachines, rodeado de piñatas colgantes que exhalan sahumerios pegajosos y afresados, todo al ritmo edulcorado de la música de iglesia tradicional.

El rito inicia con un canto de invocación y del cielo llegan cuatro divinidades, bufónicas e hilarantes. Los dioses cantantes invitan a la alabanza del Santo Emoji con el cuerpo, a lo que sigue el ritmo frenético de peluches y dioses sexuados ebrios de coito. Mas, como todo en Colombia, el movimiento queda reducido a un simple coitus interruptus, el cuerpo es callado para llamar el pensamiento por medio del salmo responsorial: Que mi pensamiento tenga las fauces de una vagina dentada. Pero el pensamiento, también acontece en el cuerpo que se retuerce y constriñe, en un esfuerzo excrementicio, casi idéntico al cagar.

Liturgia de la palabra: ¿De qué hablamos cuando hablamos de democracia?

Al estilo de Raymond Carver, se da inicio a la celebración de la palabra. Se escucha la voz de la diosa del culo revelado que declara que la democracia es una maquinita llena de maricaditas, consensos aceptados por todos que funciona perfectamente para que todo siempre esté condenado rumbo a peor. Entonces ¿por qué seguimos creyendo en el mismo sistema y en los mismos dirigentes que por generaciones han asegurado que todo permanezca exactamente igual, en un orden que sólo favorece a unos pocos? La palabra se toma el escenario por medio de discursos que no temen decir lo incorrecto. Oraciones sin puntuación, palabras-sonido que se acumulan sin sentido hasta invitar al gesto constreñido de pensar.

Antes de que esas palabras ahorquen a los espectadores con la decepción, este sentimiento es extendido hasta el melodrama, allí donde pese a la seriedad del asunto, se puede explotar en una risa nerviosa para eludir que todo lo dicho es crudamente serio –especialmente cuando se hace referencia a los líderes sociales asesinados. De ese modo, el montaje se resiste a retomar la solemnidad del teatro de denuncia política al que estábamos acostumbrados y, aunque refracta la realidad, no deja perder la identidad de ese mundo de peluche y masmelo que ha sido creado como espacio seguro para tener la posibilidad de pensar de otra forma el estado de la política en el país. Así, antes de que el espectador inicie su acostumbrada mea culpa, el ritual continúa con los cuerpos palpitantes de los actores, mientras la palabra se eclipsa en una verborrea excesiva e incomprensible, hasta que las dos puntas del lazo se encuentran y todo termina en una advocación mockusiana: Levantemos el orto al señor, signo en honor a nuestras decisiones políticas tomadas con las tripas y las emociones. En esta obra nada está mal ni tampoco bien, pues tan solo se exponen nuestras formas corporales de hacer política, como indicios de otra posibilidad.

El espectador se encuentra ante otro teatro, aquel de las Artes Vivas. El escenario no representa un atrio, sino que es un elemento significante cuyo mecanismo, una máquina con mecanismos de giro interno, es alegoría de la democracia. El espacio se tensa por esa espiral que se mueve en sentido contrario al de las divinidades. El espacio, el cuerpo de los actores y el escenario son una presencia física que significan por sí misma, no como simples decorados. La democracia es un escenario giratorio demasiado bien engrasado del que hacemos parte todos: los políticos, los medios de comunicación y cada uno de los espectadores en nuestras redes sociales.

El rito continúa, uno de los peluches de pecho descubierto confiesa que ha pecado: ha deglutido cada segundo de televisión y ha prestado atención a periodistas que se solazan en la destrucción, ese juego constante de anulación y odio del otro, el enemigo. Entonces, del cielo caen indistintamente políticos y periodistas, muñecos demasiado blancos con órganos sexuales hiperbólicos cuyos discursos no han hecho más que perpetuar el odio y la sinrazón. Pasa Julito, Kike Peñalosa, las marionetas de Uribe y otros tantos que no se nombran pero que todos recordamos. Cada espectador reconoce sus pecados, todos hemos contribuido al escuchar y reproducir las voces que hemos asumido como legítimas cuando, sin importar el lugar de su enunciación, se trata del mismo juego de manitas calientes de rojos y azules, cachiporros y chulavitas, uribistas y todo lo que no sea uribista. La frustración pareciera condenarnos de nuevo a los cilicios del cuerpo privado, pero con esta obra se abre la posibilidad a la exposición de un cuerpo colectivo doliente. A modo de acto de contrición, los espectadores son invitados a golpear una bolsa de arena suave y acolchonada. Es el momento de un arrepentimiento colectivo y ridículo, en el que todos sabemos que no es suficiente con golpear algo la superficie, pues no se puede resolver la impotencia y la desazón aunque queramos disfrazarlos con animadas caritas rojas, en nuestro comportamiento emoticonero.

Foto: Luigi Sáenz

El rito de la comunión: la fiesta

La única posibilidad de redención es la disidencia, el quiebre de las estructuras existentes con nuestra participación en ellas. No se trata de la repetición de otro llamado a las armas, sino una invitación a la fiesta, en una especie de descubrimiento de la biopolítica que nos permita asesinar a los policías que nos han puesto en la cabeza. La música ha cambiado, se trata de una celebración. Los peluches sexuales entregan masmelos de colores para dar inicio a la comunión, un baile en el que se celebra la posibilidad del otro, el desorden y el caos. Se invita a una celebración anárquica, donde todo es posible y no hay ninguna regla que no pueda quebrantarse, la fiesta de la hermandad en el caos, puesto que el orden no ha hecho otra cosa que asfixiar los impulsos puros del goce y la alegría.

En oposición a la crítica fácil que niega y desprecia las prácticas culturales tradicionales, desde la Maestría en Teatro y Artes Vivas de la Universidad Nacional de Colombia, desde hace varios años, se ha iniciado una reflexión sobre la fiesta y sus posibilidades como dispositivo político y performático. Tanto las investigaciones realizadas por Paolo Vignolo alrededor del carnaval, como el tríptico Anatomía de la violencia en Colombia de Mapa Teatro han evidenciado la riqueza de la fiesta como espacio de creación y posibilidad de disidencia, en la construcción de otras lógicas, experiencias y ciudadanías.

Esta obra es una incisiva sátira política en la que, a diferencia del teatro político al que estamos acostumbrados, el humor y la ironía constituyen el tono alegre de la presentación, en la que todo significa y nada es accesorio. El cuerpo de los actores y de los espectadores está presente, pues se trata de una obra que se aprecia con los sentidos, no sólo con la razón.  Por medio de un mecanismo barroco, una imagen de espejo deja filtrar las preguntas y discusiones de lo político, burlándose de esa esfera pública del emoticón. Si bien la obra invita a reflexionar sobre el estado de las cosas en vísperas a la elección de un nuevo presidente, no abandona al espectador a la sensación de impotencia, sino que lo invita a continuar la lógica de ese mundo hiperbólico, por fuera de la sala de teatro, por medio de Acciones Disruptivas que evidencien el carácter absurdo de los consensos asumidos como normalidad. Entonces, de forma inmediata se recuerdan los Actos Pánico realizados por los jóvenes Nadaístas en la década del sesenta, en un contexto aún más polarizado, cuando invitaron a las personas a votar en una letrina portátil.

Foto: Luigi Sáenz

Así, ante la impotencia del estado de las cosas, cuando se duda de la izquierda y la derecha, se propone el exceso y el regreso al cuerpo, como posibilidad mínima de libertad que le puede quebrar el cuello al orden. Al final de la obra, los espectadores son invitados a continuar esta nueva religión: hacer una revolución por medio de la fiesta, pero no aquella domesticada de los viernes, sino la furiosa, sin límites ni determinaciones susceptible de acontecer en la ciudad, sin hora ni fecha, tan solo en la libertad de cuestionar el orden con y desde el cuerpo. Esta obra es un grito de rebeldía que enuncia la anarquía de la imaginación como única posibilidad de lo político, un desorden del cuerpo, una biopolítica que pretende irrumpir en las calles, no como discursividad, sino como corporeidad. Ni derecha ni izquierda, solo renuncia a la estructura política establecida para inaugurar una nueva forma de hacer política.  Con este montaje se comprueba que es posible ofrecer una perspectiva crítica, seria y contundente. Esta obra es una antesala deliciosa a un contexto de elecciones demasiado polarizado en el que fácilmente brotan emociones y emoticones, pero difícilmente se construyen argumentos y conciliaciones. Si bien el culto a la selfie y los emoticones continuará perpetuándose hasta la llegada de una nueva tecnología de las emociones, lo importante no es verla con desprecio, sino observar lo que de profundo revela de nosotros como sociedad, así tengamos que reventar de un cinismo carcajeante lleno de lágrimas y en blanco. La obra-ritual finaliza y desde el atrio se escucha un nuevo canto de lucha: Podéis ir en caos… masmelizaos los unos a otros. Mamén.

 

Laura Rubio León

Nota adicional:
Cierre apocalíptico Emoteísta:
Lunes 18 – 21 de junio a las seis de la tarde en
Carrera 5 #12C-73



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