Reducción

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Cristian Camilo Rodríguez, Imposibilidades contenidas (s. f.). Vecindad, curaduría: Adrián Gómez, Verónica Lehner y Óscar Moreno. Galería Santa Fe. Bogotá. 19-22 de noviembre de 2014 (!?!)

Esta exposición estrena en las instituciones culturales de Bogotá la interesantísima modalidad curatorial de organizar muestras colectivas con duración tipo feria. Además de este avance, reúne obras o proyectos de artistas o colectivos que hayan hecho sus carreras en los tres simulacros de campus con facultad de arte que hay en el centro de esta ciudad: Academia Superior de Artes de Bogotá, Universidad de los Andes, Universidad Jorge Tadeo Lozano. Se ubica en la actual sede temporal de la Galería Santa Fe. Incluye reflexiones visuales sobre los problemas causados por el urbanismo planificado, muestras gratis de genes egoístas acaparadores de espacios comunes, un intento para distribuir semillas a domicilio, música que suena en las calles.

El contenido de las obras va desde la poesía celeste (pancartas de nubes) al simulacro de interacción crapulosa entre obra de arte y peatones o conductores (bolardos puestos arbitrariamente en salidas de parqueaderos o cruces de avenidas); de la realización espiritual de no pagar arriendo jamás (carteles con registro en video) a la interacción entre mobiliario de supermercados y camas (carro de compras sobre recorte de pasto redondo llevando una columna de estera); de la miniretrospectiva (variaciones de la forma piñata) a la readaptación performática (personas disfrazadas de vegetales posando sobre guacales frente a tres caballetes). Del exceso de obras (en la sección inicial) a la presencia de aire en (el fondo de) la sala.

El grupo total de obras presenta dos enfoques: voluminosa presencia de registros de obras y performances, valga decirlo, en vivo. Sobre estos últimos hubo múltiples reacciones. Por ejemplo, la versión de #tuitrova, que presentó Juan Obando cayó súper-mal en parte de la audiencia. La obra es una sesión de fraseo entre trovadores profesionales y tweets seleccionados que se proyectan en una pared, donde los primeros replican al contenido, el género o las fotografías de los responsables de cada mensaje. Entre los detractores había facciones que reclamaban por la manipulación pornomisérica de los cantantes, los comentarios sexistas hacia las abuelas de los cantantes, las metáforas místicas sobre la evacuación intestinal de los cantantes (y de personajes imaginarios), la ausencia de apuntes políticos sobre un escandalito que toca –otra vez- a la familia de alguien que twitea muchísimo, o el regodeo descalificador sobre las decisiones de construcción de vivienda popular de Gustavo Petro en guetos de ricos bogotanos.

Al volver sobre esas reacciones, es posible notar que la retórica del texto de la curaduría puede ir más allá de la idealización del artista que sale a la ciudad para ilustrarla o vampirizarla, y pone dentro de los escenarios de arte algo más que fotos de gente tomando fotos. Asuntos como la tensión y las caras de actitud de mano en la barbilla pensando “¿esto-es-en-serio?” ante pésimos chistes de descalificación vía la asignación de una condición mental (la trova donde se ponía en duda la cordura del actual alcalde de Bogotá). O la ausencia de contacto entre una audiencia conformada por artistas, docentes o estudiantes de arte y dos cantantes haciendo sonar tiples en un Ipod mini. La constatación de que la idea de la ciudad no es sólo la inspiración de sus almas más iluminadas (los artistas), sino el choque frontal entre aspiraciones culturales (en este caso, las de los artistas). La pregunta por creencias como, por ejemplo, la de que uno puede cantar terrible en un karaoke pero cuando otro lo hace –con muchísima mayor calidad- en una galería y exhibiendo sus condiciones culturales de origen, entonces algo no se acepta y las cejas se arquean. Es decir, performances sí, pero de esos no. La aglomeración de humanos en casas cuesta. Mucho. Una buena educación, por ejemplo. O un buen paquete de buenas intenciones que nunca se cumplen. O miles de buenos propósitos de ser tolerante. Pero en el mundo real a veces eso no funciona. Somos groseros, ambiciosos y clasistas, generalmente. Y eso a veces sucede en galerías no comerciales. Bueno, sucedía, ahora cada vez más no.

 

–Guillermo Vanegas

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En torno al Laboratorio Cano

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El miércoles 24 de abril se inauguró la exposición del Laboratorio Cano: Un evento gestionado y curado por estudiantes para estudiantes, sean ellos expositores o espectadores.

¡UN MOMENTO POR FAVOR!

Ya no quiero usar el término ‘estudiante’ al continuar este artículo. Lo sustituiré por‘artista en formación‘, un término que he utilizado para mí misma y que considero más acertado que ‘estudiante de artes’ llevando en cuenta el perfil de escuela de la U. Nacional que, aunque nunca se deja claro cual es (ojalá así fuera para que uno al entrar supiera a qué juega) he sentido es un perfil de formación hacia la práctica artística del artista, aunque no sepamos a consciencia qué significa eso. Sí,  del que hace arte: no tanto del curador ni del gestor, tampoco del critico o historiador, muchísimo menos del restaurador y ni se diga del periodista de arte.

Con el Laboratorio Cano existe la incipiente posibilidad de unas “pinceladas” de curaduría en nuestra formación, asi sea una iniciativa no tan bien recibida y llevada a cabo a pesar de los inconvenientes que son a amplios rasgos trabas de la propia institución y de los propios colegas. Basada en la autonomía y el autoaprendizaje, el miércoles 24 de abril en la noche asistimos a una exposición de altísimo nivel.

Los artistas en formación que aprendieron de curaduría de la manera más efectiva posible -haciendo una exposición- son los que convocan a los ya establecidos profesionales del área para que les cuenten en qué consiste eso que apenas empiezan a conocer, que convocan a la participación de sus colegas -nosotros, otros artistas en formación – y sacan adelante esta muestra tras un año de trabajo.

Con el paro de trabajadores, se dio la ‘toma al museo’ dónde más artistas en formación, no-expositores, pasaron a habitar el museo empezando un proceso aun vigente, que a mi modo de ver va más allá de pensar el museo y se transfiere a pensar la educación artística de esta prestigiosa institución de educación superior pública que solicita ser realmente pública y tener pedagogías menos mediocres. Palabras de ellos parafraseadas por mí, dichas en el día de la inauguración mientras una acción colectiva de pintar el piso del museo de amarillo – color de alerta, por cierto – son más que pertinentes a lo que veo sucede a mi alrededor, sí, en la escuela, pero más allá: en el museo que, de repente, se transformó en el reflejo de nuestra educación.

Foto: Juan Pimienta

Foto: Juan Pimienta

¡ALGO OCURRE! EL ESTADO DEL ARTE AQUI, SE NOS MUESTRA AHORA, SIN TAPUJOS.

¿Estamos estudiando una carrera de mentiras? ¿De imágenes pero imágenes fantasmas? ¡Vayase a saber! Yo ahora me pregunto algo importante y si alguien me puede responder, por favor hágalo: ¿De qué sirve tener la carrera ‘artes plásticas y visuales’ adentro de una Universidad como una disciplina más, como un área del conocimiento absolutamente válida? Es que yo siento que el aprendizaje del arte no se toma en serio y su enseñanza tampoco. Ahora, nuestro espejo-museo nos muestra el retrato de Dorian Grey, porque, ¡Oh sorpresa! Una exelente muestra de arte estudiantil tampoco es tomada en serio por los propios estudiantes que van a verla.

El tono burlón al decir la palabra ‘obra’ no es nada comparado con el tono burlón de las “intervenciones” sin permiso (vandalismo) que ví el viernes en obras de compañeros míos. ¿Todo arte es participativo? No creo, aunque esa sea una tendencia actual. ¿Será el museo un lugar dónde buscar experiencias? Y, ¿qué tipo de experiencias?  Hay arte pensado para ser contemplado, aunque hoy por hoy pocos estén dispuestos a contemplar.

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Dedos por todas partes: no creo que la obra deba presentarse asi a los que vengan, a los que no estuvieron el día de la inauguración.

“Es que yo estudio artes acá” no es una excusa para destruir las obras de los otros cuando éstas no invitan explícitamente a la participación. Es fundamental el respeto y la seriedad frente al trabajo de un compañero. Claro que si no hay respeto por lo propio, ¿cómo puede haberlo por lo ajeno?

El arte perdió su aura porque nosotros mismos nos encargamos de eso. ¡Hay una desazón grandísima frente al arte contemporáneo y su práctica!  Es que no me dan ganas de ser artista si ser artista es ser cualquier cosa por descarte; por ser rebelde y no estudiar una carrera “de verdad” que dentro de la jerarquía del conocimiento (hecha por el modelo económico) esté más valorada y tenga más seriedad. Pero, ¿qué es “estar más valorada y tener más seriedad”? Tanto el valor como la seriedad nos lo damos nosotros mismos antes que cualquier otro. Nos toca a nosotros mismos valorarnos y tomarnos en serio antes de exigirle a nadie que lo haga, mucho menos al sistema educativo, social, económico, etc. Somos lo que hacemos: ¿cuántas veces la obra habla más del artista que él mismo? Claro que ahora pienso otra cosa: también somos el CÓMO lo hacemos.

Estos hilos, al inaugurar no estaban enredados así.

Estos hilos al inaugurar la exposición no estaban enredados.

¿Cómo estamos estudiando artes? Así, en espacios mal cuidados dónde desaparecen las obras, se roban los materiales y los equipos.

Estudiamos algo en lo que no creemos y por ende no apreciamos nuestro trabajo: lo entregamos sin el debido cuidado, sucio, de cualquier manera. ¿Subvaloramos lo que hacemos al pensar que el arte está sobrevalorado?

Dicen que para ser buen artista no se necesita la academia. ¡Mentiras! A mí sí que me ha ayudado a subir el nivel de mi obra y el de mis reflexiones, porque más que cualquier otra cosa es un lugar de encuentro donde hay gente talentosa e inteligente dispuesta a compartir miradas singulares. La academia tendrá sus vicios, defectos, paradigmas y tradiciones obsoletas pero si se les pasa por alto puede ser una experiencia lo más de enriquecedora. No podemos permitir dinámicas malsanas en nuestro entorno de aprendizaje. Y eso empieza por nosotros mismos: reitero que algo de seriedad vendría bien.

No les pido que se encorbaten, amigos mios: no hay nada más serio para un niño que un juego y ellos no usan corbata.

Eso sí, déjenme recordarles que todo juego tiene sus reglas. Se ha vuelto costumbre incumplir acuerdos, los fallos comunicacionales son abismales y ponerse en el lugar del otro se nos ha olvidado. “Respeto” y “dignidad” parecen ser palabras usadas solamente para exigir y no tanto para sentir desde adentro: Váyase a saber si se usan tanto por la carencia que tenemos de dichos principios.

Somos el futuro, ¿no? Pues déjenme decirles que en el presente la cosa no pinta muy bien que digamos. No sabemos qué hacemos, no sabemos porqué ni para qué, y lo más grave: no nos preguntamos cómo. Andamos a ciegas: ciegos a guiar otros ciegos aplaudiendo a cada tropiezo.

Son cuatro lineas curatoriales de las cuales una es “Zona de Recuperación”: es la ÚNICA que a mi juicio tiene ARTE PARTICIPATIVO. El resto de las curadurías tienen un carácter más contemplativo que debe ser respetado.

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Fragmento del Tablero de la Eru-dicción. Zona de Recuperación. 

¿A tal punto llegó nuestra enfermedad de la sensibilidad que no sabemos qué hacer frente a una obra de arte, estudiando arte? Sí, dije obra de arte, que si usted está estudiando artes, mi querido artista en formación, significa que usted está aprendiendo a hacer obras de arte y la mejor manera de aprender es haciendo. Si usted no está dispuesto a hacer arte, ¿para qué pierde su tiempo estudiando esta carrera? ¿Lo hace por descarte? ¿O tiene el preconcepto de que estudiar otra cosa le exigiría más actividad neuronal? Y si lo que usted hace no es arte, ¿qué hace adentro de un museo?

Foto Beatriz Travieso

Foto Beatriz Travieso

No sé que pensar de aquellos que van a un museo a dañar la obra de su compañero. Si no se pueden poner en el lugar del otro, un otro que le ha dedicado tiempo, recursos y neuronas a lo que hace, debo decir que hay un problema grave. ¿Qué tan altos son nuestros niveles de burla, insolencia y frustración? El aprendizaje-enseñanza del arte hoy, aqui, está en crisis.

Y después pretender que nos den el museo…Reclamamos que sea realmente universitario y cuando hay una exposición universitaria (dónde el público es de la propia universidad y más que todo de artes) queda en evidencia la falacia de educación que construimos. Vivimos en una época y en un territorio dónde los principios están en crisis, la comunicación a pesar de las facilidades técnologicas es ineficiente y la educación no es más que una preocupación de pocos.

 

“NADA DE ESTO ES ARTE

SI NO LE DIVIERTE

NO PIERDA EL TIEMPO MIRANDO”

 

– Frase sacada del muro interno del museo de arte de la U. Nacional.

 

publicado por SingularBlogdeNotas


En qué está, querido profesor?

Recibí por Facebook la invitación de un estudiante de otras épocas a contestar la encuesta que a continuación transcribo. Al enviarle mis respuestas caí en cuenta que alguien me felicitaba por ser el día del profesor. Sé que en Esfera Pública la población docente es significativa, así que pensé en enviar el mismo texto como celebración y regalo.

1. ¿Qué opinas respecto a la Autonomía académica y la autonomía como artista?

En ambos casos el concepto de autonomía se presta para las distracciones más patéticas. Garroteras (no sólo en el sentido de peleas sino también, y más bien, en el sentido chespiriano de parálisis contrahecha) de izquierdista holgazán, rezagado en su tarea o en su época. Qué es lo que podemos señalar y quiénes son los que tienen el poder para señalar más definitivamente como lo académico y lo artístico, es otro asunto. O por lo menos son preguntas que se prestan más fácilmente para llevar directamente a la experimentación y la acción, independientemente de la posición en la que uno se encuentre con respecto a las instancias de poder institucional o para-institucional. Creo que esa experimentación sería la única manera de responder seriamente a la pregunta por la autonomía. Tal como son a su vez teóricas y experimentales las preguntas sobre el sí mismo y la soberanía, a veces confundidas con las preguntas sobre el individuo, la identidad y el poder.

2. ¿Qué piensas acerca de la dinámica en los talleres, cómo han influenciado en tu proceso como artista en formación?

Los talleres en lo que aprendí algo fueron aquellos en los que los profesores desarrollaban sus dinámicas haciendo atravesar los programas por sus propias experiencias, por sus cuerpos, y en constante atención y relación con respecto a lo que sus estudiantes experimentaban o habían experimentad en su cotidianidad académica, es decir, tratando de percibir lo que estaba pasando en otros talleres. Cosa que fue la excepción y no la regla. Como estudiante siempre pensé que la comunidad docente era un entramado orgánico pero como profesor constaté que es muy poco lo que cada profesor sabe sobre lo que hacen sus colegas. Se crean alianzas transitorias y generalmente mezquinas. Acaba uno cayendo en eso. Cuando suenan las alarmas al respecto (cosa que sucede de vez en cuando, especialmente bajo presiones externas a la institución) la actitud general es el tradicional recurso a la formalidad escrita. En el papel las cosas quedan muy bonitas, diagramas coloridos y nombres resonantes, pero no es el lugar en el que se construye la vida de una comunidad.

Yo estudié en la época en que los talleres se adjudicaban por grupo de estudiantes y no por asignatura o medio específico. Constantemente los profesores se quejaban de que los talleres eran lugares vacíos. Pero aquello era una generalidad grosera. Lo que más aprendí en esos talleres se lo debo a los compañeros que se propusieron habitar esos espacios con sus experimentos de ser, así no fueran muchos. Para eso están esos espacios, incluso si se están cayendo.

3. ¿Qué opinas del modelo de educación actual en la escuela de artes plásticas?

Siento que hay un retroceso tremendo. No en el sentido en que habría de verificar su alcance en alguna línea de progreso. Si ese fuera el caso se podría decir que el estado actual de la escuela es tremendamente saludable y que el modelo se ajusta cada vez mejor. Pero al decir retroceso me refiero a que la escuela parece un animalito arrinconado que ya no tiene para donde pensar precisamente eso, sus modelos. Es muy pequeño el grupo de docentes que carga con esa responsabilidad desde hace tiempo y, aunque lo hace de manera juiciosa y autocrítica, la eficiencia que tienen aquellos docentes más interesados en traspasar, sin mayor reflexión compartida, los modelos bajo los cuáles ellos mismos se formaron en el exterior se adecua de una manera mucho mejor a los ritmos e intereses del Estado: mayor definición de los roles y capacidades performativas de cada clase social.

El punto más álgido de esta situación lo viví como jurado de admisión, situación en que mi colega de salón, una de las principales directivas de uno de los programas de maestría de la facultad, claramente describió el principal criterio de selección para nuevos estudiantes en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, sede Bogotá: que sean capaces de terminar la carrera. A continuación listó los elementos de juicio: el apoyo intelectual y la capacidad económica de sus padres, el nombre del colegio del que salieron.

Recuerdo también que los colegas docentes solían usar una frase repetitivamente: qué tan ubicado está tal o cual estudiante. Aunque podría referirse al hambre de conocimiento de ese estudiante, entendí después de un tiempo que correspondía en el caso de cada profesor a la manera en que el pensamiento de ese estudiante se ajustaba en potencia a la particular definición de lo que ese docente consideraba que debía definirse como arte. Suena a algo obvio y normal. Recuerdo incluso un profesor que consideraba este asunto como algo propio de una pluralidad de pensamientos. Con jocosidad decía “una fauna variopinta”.  Pero desde un punto de vista pedagógico, en relación a una pregunta por el modelo, sería algo sospechoso. Desde una perspectiva comunitaria sería algo mediocre. En la siguiente pregunta intentaré decir brevemente cómo desde un punto de vista (est)ético esto es simplemente escandaloso.

4. ¿Qué aporto la academia para tu proceso, y como percibes la academia hoy siendo egresado?

Es una respuesta imposible de contestar cabalmente en una encuesta. Por el lado positivo creo que la Universidad Nacional me aportó y sigue aportando a la dimensión crítica de sus estudiantes. Creo firmemente que esto lo logra de una manera sencilla, a través de la diversidad sociocultural que la habita y que es su mayor riqueza. Pero por el lado negativo la misma Universidad convierte esa dimensión crítica en un obstáculo para la acción efectiva. Tuve la oportunidad de ser profesor en diferentes universidades privadas y el caso es diametralmente opuesto. Más ahora, viviendo en un país tremendamente pragmático como los Estados Unidos, percibo que lo mismo sucede en mayor escala, como si fuese el fractal de un artesanado colonial. Creo que la Universidad Nacional tendría la oportunidad de considerar esa riqueza multicultural para encontrar maneras de ritmar la reflexión y la acción, sobre todo si se superaran las fronteras disciplinares en algo más concreto e incluyente que los discursos inter, multi, trans, disciplinares, cuyos títulos nada agregan a esos pequeños momentos que pude presenciar en los que la sede Bogotá conversaba con sus vecinos, con su Jardín Infantil o el Colegio, con fugaces visitantes (la minga o los estudiantes de San Andrés, Antioquía, el Pacífico, el Amazonas…).  Así, el aporte específico que la academia, como comunidad, me dio está más allá de lo positivo o lo negativo, es una confusión que me mantiene activo.

Sobre la segunda parte de la pregunta, siendo hoy egresado en doble sentido, ex profesor y varias veces estudiante, creo que la academia es tremendamente hipócrita y solapada. No creo que sea un problema de la academia en la Universidad Nacional sino de la función del arte y la educación en la sociedad contemporánea. El sistema laboral es un sistema de atenuación y exclusión. La Universidad se presta para ser su mejor filtro. Nada nuevo. Pero los niveles de sofisticación que esa dinámica alcanza en la academia son insospechados. Invisibles para casi la totalidad de los estudiantes que allí ingresan, para una gran cantidad de los que de allí egresamos y obviamente para el público general. A la mayor parte de los profesores, comprometidos con la posición que han alcanzado en ese sistema económico, público, les corresponde mantener una veladura sobre los procesos generales de esa economía e instruir a sus apadrinados en mantener ese acto de reserva. Es un pobre juego de toma y dame (económico, sexual) que tiene una increíble importancia (en la manera en que se cotiza el concepto de libertad) para aquello que solemos llamar el contrato social.

Antes los profesores solían ocultar sus técnicas artesanales. Con la propulsión que el internet le ha dado al auto aprendizaje y la circulación de los sustratos técnicos ese secreto dejó de ser relevante. Ahora los profesores de arte mantienen bajo reserva sus técnicas políticas y publicitarias. Creo que no es gratuito el hecho de que en la Universidad Nacional no exista la carrera de comunicación social y publicidad. En las universidades privadas estas últimas tienen mucho mayor desarrollo que las facultades de arte. En la Universidad Nacional, donde la Facultad de Arte mantiene de manera óptima su poder institucional, sería muy difícil sostener la necesidad de mantener diferenciadas ambas disciplinas.

Solo quisiera agregar, a fe del sistema tabulador de esta encuesta, que he dicho todo lo anterior sin ingenuidad, ni resentimiento. Con mucha gratitud.

 

Esteban Rey

 


El día que el arte abandonó la universidad

En el prefacio de Doris Lessing a su libro El cuaderno dorado la escritora hace un recorrido por su formación como artista y muestra su escepticismo con lo que sucede en los centros de enseñanza. Cuenta, entre cosas, que abandonó la escuela a los catorce años; al comienzo pensó que había perdido una oportunidad valiosa, luego, las experiencias de leer por interés, nunca por obligación, de escribir como exploración, nunca como asignatura, la adentraron en las profundidades de su actividad, le mostraron que para aprender a escribir tenía que dedicarse a leer el mundo como escritora y a escribir como una lectora insaciable.

Lessing comenta el caso de un estudiante que para pasar a “cursos superiores” hace un ensayo sobre Antonio y Cleopatra que rebosa de “originalidad y entusiasmo”, dice que este es el sentimiento que una “enseñanza real de la literatura debería causar”, pero comenta que el texto fue devuelto por el profesor con el siguiente comentario: “No puedo calificar su trabajo; usted no ha citado a los expertos”. Lessing comenta lacónicamente: “Pocos maestros considerarían esto triste y ridículo…”. Y escribe, “es posible que los estudiantes de literatura empleen más tiempo leyendo críticas y críticas de críticas del que invierten en la lectura de poesía, novela, biografías, narraciones… muchísima gente contempla este estado de cosas como normal y no como triste y ridículo…”

Tal vez el punto álgido de su prefacio es donde reclama “por lo menos describir correctamente las cosas,  llamarlas por su nombre” y sugiere un discurso que los profesores deberían decir y repetir a todo niño a “través de su vida estudiantil”. Dice así:

“Ustedes están siendo indoctrinados. Todavía no hemos encontrado un sistema educativo que no sea de indoctrinación. Lo sentimos mucho, pero es lo mejor que podemos hacer. Lo que aquí les estamos enseñando es una amalgama de los prejuicios en cur­so y las selecciones de esta cultura en particular. La más ligera ojeada a la historia les hará ver lo transitorios que pueden ser. A ustedes los educan personas que han sido capaces de habituarse a un régimen de pensamiento ya formulado por sus predecesores. Se trata de un sistema de autoperpetuación. A aquellos de ustedes que sean más fuertes e individualistas que los otros, les animaremos para que se vayan y encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio. Los que se queden deben recordar, siempre y constantemente, que están siendo modelados y ajustados para encajar en las necesidades particulares y estrechas de esta sociedad concreta”.

Este extracto del texto de Lessing debería estar grabado en piedra a la entrada de escuelas y colegios, pero sobre todo de las universidades, o al menos donde puede tener más eco: a la entrada de cualquier departamento o facultad que pretenda enseñar arte. Es claro que muchos de los parámetros de Lessing no aplican en un sector amplio del campus académico, y con razón, la retahíla de Leesing es una sinrazón, una quejumbre que no entra a ese lugar solemne y consagrado a responder al llamado de la razón, a esa pirámide centenaria construida a punta de tesis sobre tesis y de filtros de valoración que garantizan la calidad intelectual. Ahí, en la universidad, la razón da cuenta de sí misma, pero, ¿qué pasa con el arte?, ¿cómo se mide su valor académico?, ¿es la razón del arte capaz de dar cuenta de su propia sinrazón?

Estas preguntas son unos fantasmas que rondan incesantemente a todo departamento o facultad de arte (y espantan a sus profesores), y son apariciones cada vez más frecuentes ahora que el estado de excepción de las manualidades de las antiguas escuelas de Bellas Artes ha terminado y el arte, y sus integrantes, deben justificar su presencia en la universidad —de ello pende su “autoperpetuación”—. Y lo deben hacer de igual manera a como lo hacen el resto de los programas universitarios: con indicadores de investigación, comités de pares, publicaciones indexadas, acreditándose una y otra vez.

Parece que para lidiar con estos espectros académicos el proceso de inclusión del arte en la universidad solo puede tomar una vía: un camino purgativo y culposo que adopta sin recelo y con afán los métodos de investigación y medición de otras disciplinas. Hay que, por ejemplo, buscar en la filosofía un sustento teórico, buscar en la antropología una manera de actuar en lo social, buscar en la arquitectura un modelo para las clases de taller y, en resumen, hacer un salpicón interdisciplinario que sirva para traducir cualquier actividad de arte a la neolengua académica. La herencia más clara de esto es la manera en que los artistas de universidad ahora hablan de lo que hacen: lo llaman “investigación”, “mi investigación consiste en…”, dicen.

Esta vía obliga al arte a jugar sin recato y de forma mendicante el juego de las otras disciplinas, asume, con razón, que puede haber áreas dentro del arte que responden a indicadores de valor académico, por ejemplo, ciertas investigaciones dentro de la Historia del Arte, o ciertas pautas editoriales que —como lo hace cualquier editorial— con algo de crítica y contracrítica mejoran sustancialmente el carácter de una publicación. Pero los programas de arte carecen de un criterio de autonomía, o al menos de honestidad, o incluso de escepticismo ante lo académico, y no se atreven a señalar zonas donde la medición es un ejercicio superfluo, un juego efectista de indicadores donde los nominadores solo se nominan a sí mismos. Una nota, o un proceso de pares, garantizan que hubo evaluación, pero estos indicadores son incapaces de sopesar el proceso incierto de todo arte y, muchas veces, convertirse en crítico implacable, no garantiza un logro creativo, si así fuera los críticos serían mejores artistas que los artistas mismos.

Este malentendido genera una perversión: el efecto reemplaza a la causa, la retórica a la acción y, como lo señala Lessing con los estudiantes de literatura, los de arte pasan más tiempo en clase leyendo sobre arte que viendo o haciendo arte. Muchos estudiantes adquieren la crítica sin el peso que da la experiencia, emulan con simpleza y candidez lo dicho por sus profesores: el reino de la clase es el de la palabra, el de la explicación. Pero si todo tiene que ser explicado, si de todo hecho hay que rendir razón, entonces todo aquello que se dificulte para ser explicado y ser puesto en palabras queda por fuera de la creación, de ahí que el arte que se hace hoy en día sea cada vez más ilustrativo, más social, más literal; de ahí que el reino del profesor tenga su émulo verbal en la esfera exterior: el curador.

En la vida cotidiana es bastante improbable que un artista muestre bocetos de una obra en proceso a una cantidad ingente de personas y que todos den su opinión para, una vez aprobado el anteproyecto, proceder a la acción; a lo sumo, un artista muestra su trabajo antes de ser expuesto a una o dos personas, y muchas veces hace una exposición para forzar una fecha límite que le de término a un proceso que de otra manera nunca estaría completo. Así las cosas, resulta un caso digno para el estudio de la esquizofrenia ver cómo hay artistas que son profesores y en su trabajo docente no implantan lo que hacen en su trabajo como artistas: la misma contingencia que se permiten para la creación, se la niegan a los estudiantes en sus clases, y cuando son interpelados por esta peculiar dualidad, la respuesta es ventajosa, resalta su jerarquía como profesores: “es que ellos todavía son estudiantes”.

A esta vía se suma el teatro de las clases, donde la mediación de la nota hace de este un terreno minado para la improvisación entre actores. Hay momentos de diletancia, expresión y autoconfrontación, pero es la nota final lo que cifra la experiencia, y ante cualquier divergencia, las jerarquías —que parecen diluirse gracias a la fluidez de la conversación y al placer de querer saber más— retornan en lo disciplinario con acelerada precisión: el estudiante se lee de cabo a rabo el programa y el reglamento estudiantil —incluso mejor que cuando lee cualquier otro texto— y querella como un cliente disgustado a causa de un producto defectuoso; el profesor, molesto por ser cuestionado, revisa notas, reglamentos e intenta mantener todo el tiempo una supuesta distancia cognitiva que lo destaca como docente. Al final, se confirme o no la nota, la relación es signada por un indicador, y bastan unos cuantos casos de reclamo para que la comunidad universitaria se torne rencillosa ante la espada de Damocles que pende sobre todos.

La que signa Lessing es una vía diferente, más propicia para el arte, cuando pide a todos aquellos que sean “más fuertes e individualistas que los otros” que encuentren medios de educación por sí mismos, educando su propio juicio”. Esto, aunque totalmente posible, y en muchos casos deseable, implica que el arte abandone la universidad, ese lugar pródigo para pensar cosas que nadie más tiene el tiempo de pensar, donde hay más recursos que en otros espacios, donde hay un ocio creativo que la vida laboral niega de tajo, donde algunas conversaciones, muchas de ellas “extra-académicas”, son determinantes para el proceso de creación. Es por eso que, antes de tomar la opción del desvío, antes de que el arte abandone la universidad, conviene que los que valoran su inclusión hagan una cosa natural al arte: digan mentiras. Sí, hagan ejercicios de “contabilidad creativa”, aprovechen el capital académico que generan unos cuantos indicadores para proteger bajo su sombrilla nominal lo que no tiene valor. El Phd no es incompatible con los maestros sin maestría, las revistas indexadas no excluyen a las publicaciones sin indexación, la acreditación de un programa debe incluir crédito de tiempo libre para que sus profesores y estudiantes puedan hacer todo ese arte que no pueden evitar hacer.

El arte no da para profesión, los daños que genera una mala formación en medicina, ingeniería, derecho o economía no se comparan con el dolo mínimo que genera un mal obrar artístico. Una mala obra de arte a lo sumo incide solo sobre el artista mismo, incluso es beneficiosa para su espectador, que usará la pieza malograda como referente en su escala de valores. Además, en muchos de los programas de arte con una formación incipiente, donde el pensum es desordenado o los profesores enseñan pero no dejan aprender,  se “gradúan” mejores artistas, ¿por qué?, porque en estos centros donde el arte parece académicamente inviable algunos estudiantes maduran más pronto una verdad: nadie les va a enseñar lo que tienen que aprender, el espacio para crear siempre está ahí, solo hay que habitarlo por cuenta propia; y esa debería ser la consigna de cualquier programa de creación artística y el contrato bajo el que el arte habita una universidad.

(Publicado en Revista Errata #4 “Pedagogía y Educación Artística)

 


Examen de arte

1. Si Rene Magritte evoca a una persona en este cuadro, la afirmación más real respecto a ella es:

A. No tiene zapatos, ya que éstos son falsos.

B. No desea usar por ahora esos zapatos.

C. No puede caminar porque le faltan los pies.

D. No tiene pies, pues los dejó abandonados.

La respuesta es B.

 

2. Una situación que definitivamente reduce las posibilidades de interpretación de esta obra surrealista es:

A. Un hombre estuvo trabajando todo el día, llegó muy temprano a casa y deseó poder quitarse los pies como si fueran zapatos.

B. Un hombre con una gran sensibilidad deseó poder tocar el suelo y sentir su textura con unos zapatos tan sutiles como pies.

C. Un pintor partió de la idea de que hay cosas inútiles que deben existir y representó sus propias necesidades cotidianas.

D. Un hombre decidió que era necesario transformar el arte a partir de las necesidades humanas e hizo este bosquejo.

La respuesta es C.

 

3. El cuadro El modelo rojo, como toda obra de arte, puede remitir a
 quien la contempla a múltiples significados, pero si se piensa que estos 
zapatos acaban de ser usados por alguien, una posible causa de que
hayan sido dejados al lado de una construcción de madera es que para
esta persona:

A. Sentir las piedras del camino es más agradable que usar zapatos.

B. Un lugar a donde ingresó está sucio y no desea dañar sus zapatos.

C. El camino que va a recorrer es suave y no necesita zapatos.

D. El suelo que va a pisar ya no exige el uso de zapatos.

La respuesta es D.

 

5. De las siguientes expresiones, aquella que resulta más adecuada al sentido del cuadro es:

A. Para qué zapatos si no tengo pies.

B. Mis pies sienten aun con zapatos.

C. Pies sobre los pies y ¡adiós, zapatos!

D. Sin zapatos me libero de caminar.”

La respuesta es B.

 

Aunque parezca inverosímil estas preguntas hicieron parte de un examen escolar del Estado ¿Quién las redactó? ¿Un artista inspirado? ¿Un burócrata infatuado? ¿Un administrador de la rutina? ¿Un funcionario de la repetición? ¿La ministra de educación en su tiempo de ocio en medio del revolcón estudiantil? Quizá este mismo tipo de pruebas sean las que encuentren los estudiantes en los próximos exámenes “Saber Pro” con que el ICFES pretende evaluar el arte a nivel de profesión. En el colegio el gran potencial del arte ha sido dilapidado, las clases son determinadas por “indicadores de logros” que nominan al alumno y al profesor en pos de una buena calificación, pruebas de arte sin arte, placebos de la imaginación. ¿Es la universidad la próxima víctima de este celo por la medición?

¿Por qué evaluar el arte? Detrás de estas mediciones destacan de lejos dos intereses: el de los profesores que para autoperpetuarse en la institución educativa deben demostrar con notas que sí enseñan lo que todos saben que no se puede aprender, y el del contratista estatal encargado de medir que los estudiantes aprenden lo que nadie les puede enseñar.

Mientras en algunas disciplinas creativas el lema motivacional es “no hay problemas, solo soluciones”, en arte debería imperar un credo más escéptico: “no hay soluciones, solo problemas”.

 

(Publicado en Revista Arcadia #75)

 


Carta abierta a Gustavo Petro

Fotografía editada a partir de esta.

Estimado Alcalde electo,

En primer lugar me permito decirle que voté por usted sin tener la menor idea de qué va a hacer ni cuándo va a empezar a inaugurar tanta obra tan bien hecha, excelentemente planeada y mejor denunciada. Fui feliz cuando escuché su discurso de ganador. Pero no le escribo para comentarle que tenía pavor de ver a los dos títeres de JJ Rendón reprimiendo juiciosamente desde el Palacio Liévano cualquier tipo de oposición en la ciudad capital, concentrados en hablar pestes de cualquier gobierno local anterior y tratando de repartir el presupuesto de la ciudad entre tanta gente impoluta.

No, de eso no le voy a hablar. En cambio, aprovecho la oportunidad para contarle de un minisector de poca incidencia y pésima proyección dentro del panorama de minorías que pueblan esta ciudad, para que, por lo menos, sepa que existe. Entonces, esta carta tiene un interés lagartístico-informativo.

Veamos, hay una población de artistas visuales formad@s en academia universitaria con una alta necesidad de ocupación profesional (como todo el mundo), que optan por detectar y dominar ese deseo incontrolado que algunos llaman talento (pagando matrículas caras en muchas facultades) y que miran con buenos ojos la política de estímulos que ofrece una Gerencia de Artes Visuales regida hasta hace muy poquito tiempo por el inconmovible dictamen de una brillante hija de dirigiente conservador. Estos artistas, de rebeldes y bohemios tienen muy poco, les gusta el patrocinio (como a todo el mundo), y lo buscan con ansia (como todo el mundo). Yo también he optado por ese camino: soy adicto a postularme para cuanta beca existe, más si proviene del Distrito.

Por eso, cuando ví en una entrevista que usted respondía “???????” cuando le preguntaron por su artista y su escritor bogotano favorito sentí un escalofrío y pensé:

1.- “Este candidato es super-inteligente, niega conocer a cualquier artista o escritor de la ciudad, para no sesgar la ejecución de políticas hacia los representantes de una generación u otra, pues ¿qué señal enviaría si hubiera dicho que le fascinaba el mural de Manuel Hernández, en el Congreso, la poética pictórica y vacilante de Luis Luna -¿quién se acuerda de Luis Luna?-, o que admiraba los videos de Edwin Sánchez?”

2.- “Este candidato, se cuida de mencionar su preferencia por alguna de las bellas artes. Interesante, pues si demostrara una erudición sobre la producción escrita o visual de Bogotá, inmediatamente los trabajadores de otras áreas dirían, ‘pero claro, es que como al alcalde sólo el gusta la _________________, por eso el Festival Internacional de ________________, salió tan mal.’”

3.- “Este candidato, como el director, la subdirectora y la gerente de artes plásticas, en la Secretaría de Cultura de Bogotá, no tiene idea de que existen un campo artístico y literario en la ciudad.”

Estimado Alcalde electo, con todo respeto, me incliné por la opción 3, la de la ignorancia. Entonces medité mucho mi asesoría ad honorem.

Un día en que por desgracia no pude ir, se hizo una reunión donde Santiago Trujillo, Bertha Quintero y Marta Bustos presentaban sus planes para el fortalecimiento, la apertura, la profesionalización, la internacionalización y la bla, bla, bla del sector de las artes visuales en la ciudad. Según se escucha en la grabación colgada en este blog –sí, yo también le doy crédito a las grabaciones.-, los funcionarios se dedicaron a mostrar sus propuestas para las artes visuales en el próximo período, a decirnos cuántas casas habían visto para arrendar y otros asuntos. Fue bueno saber que estaban buscando un techo para las artes. Previsible, pero bueno. (Aunque habría sido mejor que se hubieran quejado en público de las críticas que reciben desde este sector y de tanta gente que cuestiona su gestión, para hacer menos aburrida su asustadísima charla, pero… perdón, me desvío, no vamos a hablar de pánico escénico por olvido de guión, esta carta no es sobre teatro).

En fin, ante la  soberana echada de globos de director, subdirectora y gerente de artes plásticas, me permito preguntarle: ¿Estas personas, director, subdirectora y gerente de artes plásticas, continuarán en sus cargos durante su gobierno?

Si sí, excelente, ya sabemos quién va a cuidar una casa en Teusaquillo (con parqueadero ¡para cinco carros!). Pero, si no, ¿Estos personajes fundamentales para las artes de Bogotá, que sufrieron recorriendo el barrio Teusaquillo (y de pronto el Park Way o Chapinero Alto), para arriba y para abajo buscando una casita con condiciones y muchos cuartitos para mostrar arte contemporáneo, no la van a disfrutar? ¡Qué injusticia!

Pero bueno, los nombramientos vienen y van. Ahora, más que el futuro de gente tan promisoria, me preocupa el porvenir de sus planteamientos. Estimado alcalde electo, ¿conoce la propuesta de apoyo a las artes visuales de director, subdirectora y gerente? Si lo sabe, muy bien. Si no, creo que debería preguntarles antes de que termine el año. De pronto vea que se debe hacer uno que otro ajuste, pues más que ponerle dry-wall a una casita de un antiguo barrio de gente ultrabien, quizá existan otras situaciones que le resulten de interés. No le estoy pidiendo que asuma un rol de Mesías y que intervenga en la totalidad de este panorama. No. Le pido por favor que se ilustre sobre algunas discusiones que hace la gente que se graduó de artista o que medra a su alrededor (nosotros, los gestores) y que trate de comprender cómo queremos ser gobernados y de qué forma nos gusta recibir dinero y apoyo. De pronto, si nos conoce, seamos felices. Felices y amorosos.

Otra cosa, ¿sabe que el plan de promoción para imponer a Bogotá en el mapa de las artes visuales internacionales se concentra en dos meses del año? Si lo sabe, bien. Pero si no, le comento: se inauguran una Feria de arte, una Feria de arte alternativa, otra Feria de arte más exclusiva y privada que las otras dos –y, que según los loguitos, cuenta con el apoyo de una iniciativa de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, institución del orden cultural que recibe recursos del Distrito Capital ¿sabía?-, un recorrido por talleres y galerías de presupuesto menor –devoradas en el mapa que imprimió el periódico Arteria el mes pasado-, fiestas, charlas y Hal Foster.

Vea lo interesante de este salto hacia delante. Hace ya muchísimo tiempo que el Museo de Arte Moderno de Bogotá – institución del orden cultural que recibe recursos del Distrito Capital ¿sabía también? Vaya y visítelo, se entristecerá-, estranguló un evento que se llamaba Bienal de arte de Bogotá. Entonces, la ciudad se quedó de un momento a otro sin su megaevento. Llegó entonces ArtBo, la primera feria de que le hablaba y allí, una curadora –que también tuvo que ver con unas críticas a las que respondió rapidísimo, todo hay que decirlo– trabajó denodadamente por promover (su visión de) el arte joven del país. Hizo muchas cosas allí, básicamente promoverse. Pero, más allá de eso, esta curadora y su proyecto en la feria, pasaron a reemplazar simbólicamente la Bienal de que le hablaba, la que murió sin pena ni Gloria. Ya la gente joven no quería pensar en Bienales desaparecidas, ¡ahora estaba Artecámara!

Pero, me estoy extendiendo, mil disculpas. La cosa es que junto a la feria y su espacio para las ‘manifestaciones más vanguardistas y experimentales del arte vanguardista y experimental’, empezaron a aparecer otras iniciativas y el sector se alegró. El problema que teníamos los fans era que, como en las versiones antiguas de Rock al Parque, la lluvia se cebaba en nuestras ansias de ver arte malo y comercial y muchos terminamos enfermos. Por favor, señor Alcalde electo, trate de intervenir para que ese proyecto de apuntalamiento turístico se haga en épocas más beneficiosas, de pronto en simultánea con Rock al Parque, en abril ¿No le parece? Un arte popular (la música) y otro elitista (el arte de vender arte) juntos. Como dicen en la política “sería un gana-gana”. Y, bueno, sobre lo que importa, por favor no trate de intervenir en ningún tipo de apoyo presupuestal desde el Distrito para estas ferias. Como todo el mundo ellas lo necesitan, ¡quizá más que nosotros!

Sobre los espacios de arte de bajo presupuesto no quiero extenderme. Ni siquiera cuentan con una categoría dentro del esquema de la gerencia de artes del Distrito. ¿Alternativos? ¿Independientes (de qué)? ¿Disidentes? (¿En serio disidentes?) ¿Circulares? ¿Baratos pero que pagan arriendo caro (como el de la casita de Teusaquillo)? Sólo le pido que les de un nombre –pero luego de someterlo a votación- y que si les dan dinero, nadie intervenga en la forma como lo dilapidan. Pero, bueno, estoy tratando con un curtido y sagaz vigilante de los recursos públicos a quien no debería recordarle su experiencia denunciando malos manejos a todo nivel. En este caso, sé que su alcaldía no dudará en retirarle el apoyo económico a quienes no demuestren administrarlo con claridad o a quienes patrocinen expresiones que no vayan en sintonía con la Política del amor. Bueno, esto último es censura, y de seguro en su gobierno no la habrá. Ojalá.

Lo último que quiero decirle es que, por favor, visite las exposiciones de arte que hace esta población de artistas academizados. De pronto algo le guste y termine como su colega César Gaviria, con galería. Vaya y mire qué es lo que hace la gente con el dinero del Distrito, supervise, por favor, la producción visual de Bogotá. De pronto encuentre una –usando el cliché- “nueva forma de ver”.

Perdón. Una última cosa. La gerencia de artes de la Secretaría de Cultura hace mucho producto editorial. Muchísimo, no se imagina cuánto. Por favor, haga que se lance por concurso el diseño de tanta cosa tan interesante. Es que ver a la misma empresa de siempre haciendo sus mismas cajas de texto de siempre y utilizando su tipografía sin serifas de siempre, cansa.

Agradeciendo su atención,

 

Guillermo Vanegas


Muchachos, muchachas: tareas por hacer

Doña Marion es mi vecina en un barrio venido a menos. Tiene 84 años y tan campante. Todos los días en la calle, despabilada como ninguna otra de mis vecinas. Cocina de maravilla: compra las frutas y las verduras donde las compro yo. Vende almuerzos a algunos estudiantes que viven en su edificio. Es una abuela risueña, graciosa, amable y muy buena conversadora. Todo el mundo le corre porque pararse a hablar con ella significa retrasar la agenda diaria por lo menos una media hora. Su responsabilidad principal durante los últimos diez años ha sido sacar a caminar a su perrita pequinesa por la carrera séptima; lo hace tres veces al día porque “ella” así se lo exige. No recuerdo el nombre de la perrita, sólo sé que siempre se refiera a ella como a su “niña”. Contra viento y marea, me ha contado en varias oportunidades, se ha sostenido en que no permitirá que su “niña” pase por la crueldad de un embarazo, como algunos “malvados” le han propuesto.

Pues bien, ayer viernes 11 de noviembre, el día después de la gran gesta universitaria y día de la Independencia de Cartagena, me vio a distancia y más pronto de lo que yo alcance a prever, estaba ya haciéndome la siguiente pregunta: ¿por qué están protestando los estudiantes en la calle? ¿Es que les dejan muchas tareas? Le conté que era el caso contrario. Le expliqué que los ambientes de aprendizaje en las universidades públicas era cada vez peor; –que los “profes” ya no dejaban tareas porque el Estado sólo les paga por dar la clase; que son muchos los estudiantes que no pueden llegar a sus universidades por qué les falta los cuatro mil infelices pesos del transporte, entre otras cosas. Pese a su edad, Doña Marion comprendió que la marcha de los estudiantes era justa. El movimiento estudiantil previamente ya había ganado su corazón; sólo quería refrendar su intuición con el testimonio del “vecinito”, como con cariño me llama. El logro de los estudiantes colombianos en estas jornadas de emancipación, consistió menos en haber hecho retroceder la tecnocracia liberal que se ha apoderado de la educación colombiana, y más el haberse ganado el corazón de los ciudadanos y ciudadanas de a pié.

Les queda una tarea a los estudiantes de Colombia. Como doña Marion, todavía son muchos los colombianos y colombianas que no saben por qué marchan los estudiantes. Nuestro pueblo entiende a cabalidad nuestros problemas, si las estrategias de comunicación se cualifican. Esto es lo que han venido realizando los estudiantes. Ojalá, cuando ya hayan regresado a clases, no se olviden que el aprendizaje significativo es aquel que logramos relacionar con los problemas que acucian a miles de nuestros compatriotas. Ojalá recuerden que los estudiantes es lo poco que aún nos merece respecto en este país de cafres.