Otro malestar sobre los Imaginarios urbanos

Entre los videos y fotografías de la exposición del semiólogo Armando Silva: Archivos de ciudad, Imaginarios urbanos, que se presenta en la Biblioteca Luis Ángel Arango, hay un video en que se oye de la propia voz de los entrevistados, por ejemplo, que en Bogotá una persona le tiene miedo a los policías y los rateros, otra a la noche, y otra a que tiemble. En otro video, otro ciudadano, esta vez un boliviano, se imagina que Chile les devuelva el mar “que nos tiene cautivo”. Entre las fotografías llama la atención un mosaico de varias capitales latinoamericanas en el cual cada ciudad se presenta en respuesta a las mismas cuatro preguntas: personaje identificativo, lo que más le gusta de la ciudad, color con el cual la identifica y calle más peligrosa. Considerando la velocidad con la que desaparecen los mosaicos, el hecho de responder a las mismas preguntas y que las respuestas escritas sean cortas, permite leerlas dentro del tiempo asignado y darle sentido a las fotografías.

Así, antes de ver las imágenes correspondientes, uno sabe que la identificación de lo más representativo de su ciudad para un boliviano de La Paz recae sobre las polleras de las cholas. También que así como en varias ciudades lo que más le gusta a su gente se afirma que es el clima, la gente, el paisaje o una calle; al bogotano entrevistado lo que más le gusta es “la diversidad cultural”; o que mientras el “personaje más notable” en Caracas es Simón Bolívar, en Lima Francisco Pizarro y en Santiago Pedro Valdivia; en Bogotá es el alcalde. Como diría en “buen bogotano” de esos casi extintos ¿El alcalde y la diversidad cultural? ¡hágame el favor! Además, para sorpresa precisamente de un bogotano, en el mosaico de Quito aparece una foto de la Plaza de Bolívar tomada desde la esquina sur de la carrera octava hacia Monserrate. Se trata seguramente de un error de carpintería, pero dadas las circunstancias, un error lamentable.

Reconociendo que las entrevistas son de hace varios años, como ciudadano que no comparte tal aprecio por el alcalde de turno y mucho menos la percepción de la diversidad de Bogotá como una de sus virtudes, sospecho que tras los pases mágicos del lenguaje de esta supuesta imagen de lo diverso, se esconde el esfuerzo por ver con buenos ojos lo que de otro modo no sería muy atractivo. Y como bogotano asalariado del estrato cuatro, habitante por decisión del Catastro Distrital del estrato cinco, y que en su lejana infancia perteneció al estrato seis, me parece que los imaginarios urbanos bogotanos de la exposición están sesgados hacia los estratos uno, dos y tres. Con lo cual, digamos que arrastran un clasismo a la inversa.

La analogía obligatoria con las ciudades que uno no conoce le brinda una visión renovada y singular de la propia ciudad y eso es un gran mérito. Sin embargo, una cosa es adquirir una representación renovada de Bogotá, y otra pensar que lo que se está adquiriendo es una visión de Latinoamérica. Si la exposición insiste en estar representando a Latinoamérica, yo insistiría que este nominalismo ya tan habitual se tome como una testarudez. Personalmente me contentaría con una visión más amplia de Bogotá –que no se da– y una medianamente amplia visión de Colombia –que tampoco se da– y agradecería una somera visión de otras ciudades –lo cual sí ocurre – siempre y cuando se eliminara la pretensión de estar representando a Latinoamérica. Pero considerando que Bogotá no puede siquiera representar a Colombia, sin falsear el país, latinoamericanizar el enfoque induciendo a pensar que Bogotá es Colombia ante Latinoamérica, insisto, me parece una testarudez hecha de representaciones incompletas y episódicas; lo cual no sería inconveniente si tan sólo se presentaran como anécdotas. Tal como las representaciones elegidas por el turismo para dar una imagen positiva de la ciudad y el país. Meras anécdotas que se complacen con la buena imagen y que no dan cuenta, por ejemplo, del Bogotá formalmente estratificado de uno a seis.

Así como los textos de los mosaicos son indispensables para entender los mosaicos, el texto de presentación general de la exposición es indispensable para entender el espíritu y contenidos de la muestra. Es demasiado largo para leerlo de pié sin perder la atención, pero hay que hacer el esfuerzo porque instruye sobre cómo aproximarse al concepto de imaginario urbano. Lo más relevante lo constituye la advertencia de no encasillarlo, dado que los imaginarios “se resisten” a la definición y a la imagen única:

Cada fragmento del archivo se convierte en una invitación crítica y compleja de lo que los imaginarios son…Pueden rastrearse en los objetos, las arquitecturas y las formas urbanas…Pueden sedimentarse en el habla o en los rituales ciudadanos y aparecer en los grafitos (grafitis), en las fotografías domésticas y familiares, en los escaparates, o a través de los medios, pero difícilmente se les puede asignar una imagen única. Se resisten a ella y se modelan escapando a cualquier representación única y concluyente de sí mismos.[1]

De modo que no se pueden definir pero es cierto que uno los va entendiendo, digamos que por gotas y por ósmosis, en la medida que va observando los diferentes fragmentos que constituyen la exposición: una serie de representaciones de la ciudad que provienen de memorias presentes y pasadas de diferentes ciudades latinoamericanas. Presentes y pasadas –no presentes, pasadas y futuras– porque como anota Adrián Gorelik: “nunca se habló tanto de imaginarios urbanos, al mismo tiempo que el horizonte de la imaginación urbana nunca estuvo tan clausurado en su capacidad proyectiva”. Tal vez sea pedir demasiado que un instrumento construido para potenciar la imaginación retrospectiva, no sea al mismo tiempo un potenciador de la ciudad como proyecto a través de la imaginación prospectiva; pero esa es la crítica de Gorelik y creo que es pertinente. Adem&aacut
e;s, tengo otra crítica que para el caso funciona como un segundo malestar: el malestar de lo latinoamericano.

El texto de Gorelik empieza de modo similar a Las palabras y las cosas: “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude al leerlo…”[2]. De manera análoga pero a la inversa, dice Gorelik: “Este artículo surge de un malestar sobre el derrotero seguido por los estudios sobre los “imaginarios urbanos” como modo de aproximación a la comprensión de la ciudad”.[3] En un sentido diferente al de Gorelik, la intención de representar Latinoamérica me lleva a pedir que aproximaciones como esta se vean como síntoma de una actitud rancia. Considero que la exposición de los imaginarios urbanos presenta una visión recortada, como cualquier visión; pero además, un recorte simplista que refleja la pretensión recurrente pero innecesaria por representar Latinoamérica bajo la apariencia de estar representando un hecho, en vez de una cosa soñada: la prolongación de una ideología de los años 60, deudora del concepto de autenticidad. En mi opinión, un proyecto tan meritorio como anacrónico, que Silva, como todo buen latinoamericanista, se resiste a abandonar.

De modo que así tan interesantes como incompletos me resultan estos imaginarios bogotano-latinoamericanos. La voluntad regional como encuadre general para la exposición hace que Bogotá se diluya entre la nostalgia y lo pintoresco. No sería lo mismo si el encuadre fuera, por ejemplo, Ciudades del mundo o incluso Capitales latinoamericanas y bastaría aclarar que no se trata de vender a Bogotá como la embajadora de Colombia ante Latinoamérica y tampoco de lavar la imagen de ciudad corrupta y peligrosa que tanto ofende al turismo y a los que creen que una imagen negativa se contrarresta con ideas, actitudes e imágenes positivas.

O como en el turismo local, denunciar una problemática a medias puede llevar a la  condescendencia y embellecimiento de lo autóctono, al modo que lo hacen las fondas típicas. Así, del interés por la representación de lo real se pasa sin filtros al interés por lo propio, entendido como autóctono, y de aquí a la construcción de los imaginarios de unos individuos sobre sí mismos, más parecidos a la construcción intelectual de unos ciudadanos sobre otros, que de unos ciudadanos sobre sí mismos.

 

Juan Luis Rodríguez


[1] …falta el nombre del autor del texto…no es de Armando Silva…

[2] Michel Foucault. Las palabras y las cosas (1966). Siglo XXI, Bogotá, 1990, pág-1.

[3] Adrián Gorelik. Miradas sobre Buenos Aires. Historia cultural y crítica urbana. Capítulo 12: Razones de un malestar. Siglo XXI, Buenos Aires, 2004, pág-259.


cierran museo de la tertulia

María Paula Álvarez, directora de La Tertulia, explica la situación del museo >

[audio:http://esferapublica.org/tertulia.MP3%5D


Cerrado museo La Tertulia de Cali; deudas por servicios públicos motivaron la decisión

“El cierre es un evento más de un conjunto de complicaciones”, agregó la directora, por considerar que lo sucedido obstruye enormemente la ejecución de diferentes proyectos como la continuación de cursos dictados en convenio con la Escuela de Bellas Artes, y el montaje de una exposición de carteles cinematográficos, además de las actividades habituales de la Tertulia.

“Y lo más importante es que tenemos pendiente el Proyecto de Renovación y Reestructuración del Museo la Tertulia fase 1: el montaje de la colección permanente, con el que queremos montar una colección de arte de pintores suramericanos, para ponerla al alcance de toda la población caleña, quitando el estigma de que el arte es elitista, y permitiendo que los niños tengan acceso libre a este tipo de obras”

Este cierre se presenta 15 días después de realizarse en la capital del Valle el Salón Nacional de Artistas, evento cultural que proyectaba a Cali como un importante centro para las artes plásticas en Colombia.

Originalmente en El Tiempo


La idiotez de no saber por qué

Hace ya mucho que, cuando visito un museo, mi paso se acelera al llegar a las salas de lo que se suele llamar “arte contemporáneo”, es decir, a grandes rasgos, el producido entre 1965 y la actualidad. Rara es la obra de este ya largo periodo que me invita a detenerme ante ella más de un minuto, incluidas las que me agradan, que algunas hay. Pero la mayoría me parecen lisas como el futuro y casi ninguna rugosa como el pasado. Me aburro mirándolas, porque apenas hay nada que desentrañar. A lo sumo son “bonitas”, pero de la misma o parecida manera en que resulta bonito un mueble al que se echa un complacido vistazo y nada más. Si aún visito esas salas, es sobre todo por un autoimpuesto sentido del deber y por un afán de respeto hacia quienes han colgado allí esos cuadros o artefactos. “Algo habrán visto los responsables, para otorgarles tan distinguido lugar”, pienso, “y que yo difícilmente lo vea no significa que ese algo no esté. Me voy a esforzar”. Miro y me suelo quedar como estaba. Debo añadir que eso no me causa complejo ni preocupación. Al contrario, salgo con la conciencia doblemente tranquila: he hecho el intento y, si no he logrado interesarme, considero que no es culpa mía sino de la obra en cuestión. He visto suficiente arte a lo largo de mi vida como para crearme ahora inseguridades.

Por supuesto, no me molesta en modo alguno la exhibición de “arte contemporáneo” en dichas salas. Allá los dueños de cada museo, y nadie me obliga a entrar en ellos. Sí me molestan, en cambio, y mucho, las supuestas obras artísticas que se me fuerza a contemplar: las que instalan las autoridades en las calles y las que pintan los grafiteros en un muro, una fachada, un vagón de metro o donde quiera que se les ocurra. Hoy existe una infinita comprensión hacia estos “artistas espontáneos”, cuando no se los alienta directamente desde la prensa y las instituciones, que temen no parecer lo bastante “democráticas”. Yo no lo entiendo, ya que los grafiteros no sólo están imponiendo su imaginería particular a los demás, en un espacio común del que no se puede escapar, sino que también están tachando la limpieza o desnudez de un edificio, su mera neutralidad. ¿Se imaginan que entraran en sus casas y les pintaran las paredes para “dar rienda suelta a su creatividad”, y ustedes tuvieran que ver sus chorradas a diario o borrarlas repetidamente? La situación no es muy distinta en la ciudad, ya que éstas son extensiones de nuestros hogares, sitios por los que nos movemos, sólo que, al ser de todos, ni nosotros ni nadie podemos decidir cómo decorarlos. Las autoridades sí deciden, y a menudo me pregunto con qué potestad.

Hay tres o cuatro artistas actuales que siempre “necesitan” las ciudades y a los que, incomprensiblemente, los ayuntamientos del mundo dan sus permisos y beneplácitos. Uno es ese individuo, creo que búlgaro, que lleva un montón de años envolviendo edificios emblemáticos con lonas, nunca he sabido con qué objetivo ni le he visto el interés. Otro es un americano que reúne a masas de personas en una plaza o explanada, las convence de desnudarse todas a la vez y les hace unas espantosas fotografías, tampoco se sabe con qué fin ni interés, más allá de los del voyeur. El tercero es un escultor colombiano que de vez en cuando invade las ciudades con sus figuras monótonamente gordas y artísticamente planas. El cuarto es un suizo que ideó lo que se conoce como Cow Parade: sus horrendas vacas de fibra de vidrio he tenido la mala suerte de topármelas en el pasado en Edimburgo, Berlín y Dublín, y ahora, con descomunal retraso, las han puesto en Madrid: ciento cinco vacas sin ningún atractivo, decoradas por artistas locales y a cual más chafarrinosa. Bueno, ya digo que maldita la gracia que me hace encontrarme con las lonas imbéciles, las masas empelotadas, las esculturas paquidérmicas o las vacas pintarrajeadas. Personalmente no creo que nada de eso sea buen arte, pero admito que otros lo crean y me aguanto mientras duran el “experimento” o la “exposición”.

No es el caso de parte de mis conciudadanos, que el primer fin de semana que tuvieron a las vacas bobas diseminadas por Madrid, robaron una (tras desatornillarla), se montaron sobre varias y dañaron a propósito la mayoría. Y me temo que no fue porque no les gustaran, como a mí, sino porque están acostumbrados a que cualquier objeto que esté en la calle se pueda robar o destrozar impunemente. Son los mismos sujetos, no se olvide, que se abalanzaron con tijeras a cortar trozos de alfombras durante la boda de los Príncipes de Asturias, y que se llevaron a sus casas hasta el último adorno de aquella ocasión. Son los que dejan arrasadas la Puerta del Sol y la Plaza Mayor tras cualquier celebración, que roban o destruyen papeleras no se sabe por qué, que mean y vomitan en los portales cercanos a las zonas de copas o de botellón. Estoy convencido de que si a cualquiera de esos individuos se le preguntara, fuera de la situación, por qué había hecho esto o lo otro, respondería “No lo sé” o, en el mejor de los casos, “Por diversión”. Y de que a la siguiente pregunta -“¿Por qué eso es divertido?”- contestaría igualmente “No lo sé”. Hacer cosas sin saber por qué es una de las mayores pruebas de idiotez, y la plaga va más allá de Madrid. Nuestras autoridades llevan decenios permitiendo -más bien fomentando- una ciudadanía dominada por esa idiotez. Claro que es probable que a la pregunta “¿Por qué nos colocan ustedes las lonas, las muchedumbres en bolas, los obesos y las vacas feas?”, también ellas supieran sólo responder: “No lo sé”.

Javier Marías
http://www.elpais.com/articulo/portada/idiotez/saber/elpepusoceps/20090208elpepspor_12/Tes


construir en lo construido

Cuando Aldo Rossi el gran arquitecto italiano argumentó que el lema de Louis Sullivan “la forma sigue a la función”, carecía de vigencia ya que un edificio del siglo XVIII que había sido un palacio al dejar de serlo había perdido su función y su forma significado. Sullivan fundamentó los principios de la arquitectura moderna bajo las premisas impuestas por el desarrollo tecnológico y tenía razón: si la forma de un avión no responde a un diseño pertinente se viene a tierra.

El edificio en altura corresponde a la tipología de una sociedad industrial bajo el capitalismo. Así nace el concepto norteamericano del rascacielos. De este mismo modo el siglo XV creó tipologías pertinentes a esa sociedad, el palacete, el hospital, la villa. ¿Qué sucede cuando esos espacios se vacían de sus antiguos contenidos? ¿Cuánto dinero se necesita para sostener diariamente un palacete republicano bajo los actuales costos del impuesto predial? Los ultraconservaduristas congelan esos edificios y los declaran “Patrimonio cultural”. Pero Viollet Le Duc el verdadero fundamentador de este concepto en Francia nunca fue un conservacionista a ultranza. Alberti a comienzos del Renacimiento odiaba tanto el fanatismo religioso del medioevo que solo conservó-como cita- una parte del frontis de la iglesia gótica de Rímini. Adolf Loos en pleno centro histórico de Viena derribó una fea edificación y construyó un soberbio edificio respetando, eso sí, la escala del lugar y eludiendo caer en lo que más detestaba: el historicismo.

“Construir en lo construido” es un lúcido texto de Francisco de Gracia donde ilustra con claridad el proceso que debe seguirse para renovar un barrio antiguo, un antiguo edificio, concediéndoles nuevas funciones, nuevos significados. Los ejemplos de viejas iglesias convertidas en centros comerciales que dieron vida a sectores degradados se multiplican en Inglaterra sin que esto suponga una agresión a la historia en nombre del capitalismo. ¿Dar vida o congelar un edificio, un barrio, contar con una arquitectura y un espacio renovados o imponer a la brava un “monumento” que es siempre la presencia de un poder económico y social? ¿Qué haríamos en Medellín con el edificio del antiguo seminario si no lo hubiera rescatado su nueva función?

Digo esto porque me llama la atención la rasgada de vestiduras de Antonio Caballero ante el hecho de que la Curia bogotana haya dado licencias para convertir el antiguo edificio del seminario en un edificio de oficinas y se vayan a construir dos torres adyacentes con un proyecto urbanístico que renueva el sector. El valor de este edificio desde el punto de vista estético no pasa de ser un remake de cierta arquitectura francesa de comienzos del siglo XIX en la tipología de Durand y que si es una marca urbana reconocida no es pues, repito, un monumento intocable que impide el derecho a la creatividad de un arquitecto actual. Curioso que un crítico de vanguardia, un comentarista de izquierda caiga en posiciones tan reaccionarias como ésta, donde lo único que le faltaría seria reivindicar la capa castiza como un patrimonio cultural de la inteligencia bogotana.

Darío Ruiz Gómez


sobre la marcha

Se trata de un Café donde todos están a la vista de todos, un espacio abierto donde las reglas de conversación no están predeterminadas, se hacen sobre la marcha. Ciro Roldán hace un recuento de Los Turcos y sus modos de conversación desde la década de los setenta.

[audio:http://museofueradelugar.org/archivolosturcos/ciroroldan01.mp3%5D

(se recomienda escuchar con audifonos)

puede bajar el archivo pulsando aquí

archivo los turcos


monumentos en santander

Sacrificar la hermosura de esa montaña para hacer allí un monumento que promete ser un atropello estético, es una insensatez Y un acto de contaminación visual.

En gracia de discusión aceptemos lo que muchos santandereanos afirman con tremendo orgullo cuando se les habla de la imponencia irresistible que ofrece a su paso el Cañón del Chicamocha. “Es la versión criolla del Cañón del Colorado”, suelen decirle a uno, como para que se entienda que en esa zona los santandereanos tienen planificado un mega proyecto turístico que busca convertir a este cañón en un referente turístico mundial como hoy lo es el del Colorado. Así se concibió el parque Panachi, un parque de diversiones cuya temática es el viento, un elemento esencial que le imprime una magia especial a esta región.

Hasta aquí no habría nada reprochable. En donde sí tendría que haber una gran controversia es con un esperpento que ha empezado a liderar Jaime Guevara, un desconocido pintor santandereano quien anda con la idea de hacer un “proyecto cultural” en la Meseta de los Santos, una de las montañas que forman el Cañón del Chicamocha. Él quiere hacer allí un monumento a imagen y semejanza del que hizo un escultor acaso tan desconocido como él, a mediados de los 40 en el Monte Rushmore, en Dakota del Sur. El monumento fue sufragado por los políticos de la región que vieron en esta idea una oportunidad de abrir un nuevo polo turístico, a pesar de que se trataba de un monte sagrado para la tribu Dakota. Fue así como terminaron esculpidas en esa montaña las caras de cuatro ex presidentes norteamericanos, —la de George Washington, la de Thomas Jefferson, la de Theodore Roosvelt y la de Abraham Lincoln— en representación de los primeros 150 años de independencia norteamericana. Hasta hoy la controversia con esa tribu indígena sigue sin solucionarse y muchos son los pobladores que consideran el monumento un acto lesivo contra esas minorías nativas, además de que su baja calidad estética lo ha convertido en la mejor prueba de lo irreparable que puede resultar la contaminación visual cuando se le roba a la montaña sus formas naturales.

La versión criolla que el desconocido pintor santandereano propone de este monumento gringo es aun más ambiciosa, o más oprobiosa, según se le mire. Guevara plantea esculpir no ya cuatro caras, sino siete. Y quiere que esas siete no sean caras de ex presidentes colombianos sino de héroes y heroínas de la independencia…¡y de la independencia no sólo colombiana sino latinoamericana! El costo del proyecto sería de 42 millones de dólares, dinero que piensan recaudar a través de donaciones nacionales e internacionales, tanto privadas como públicas.

Guevara, cuya hoja de vida como escultor es tan desconocida como la que tiene de pintor, ya ha armado a dedo la lista de los nombres escogidos para este proyecto cultural bautizado por él mismo,”Grito de libertad”. Por Colombia irían la heroína de la independencia santandereana Antonia Santos y José Antonio Galán. El tercero sería el cacique Guanentá, —pensado me imagino, en evitar controversias como las que se sucedieron en el monte Rushmore con los Dakotas—. Qué importa que la construcción de este monumento termine profanando muchas tumbas de los indios guanes, ni que este proyecto termine destruyendo secretos de nuestro pasado indígena. Pero, sigamos con la lista de Guevara: por Cuba, iría Jose Martí, y por las negritudes, Alejandro Petión de Haití. Por México, el cacique Moctezuma y Emiliano Zapata. Por Argentina, José de San Martín, por Perú, Tupac Amaru y finalmente por Venezuela, Bolívar, El Libertador.

Sacrificar la hermosura de esa montaña para hacer allí un monumento esculpido por un pintor que nadie conoce y que promete ser un atropello estético, no sólo es una insensatez sino un acto de contaminación visual que difícilmente lo perdonaría la comunidad internacional que se preocupa por la preservación del medio ambiente. Pero hay más razones para oponerse a este esperpento. Una de ellas es que esta contaminación visual terminaría siendo aun más calamitosa para los miles de colombianos que transitan esa carretera ya que muy probablemente los esculpidos terminarían siendo otros, como suele suceder en estos monumentos que se hacen a dedo, y como resultado de los intereses políticos más que de los culturales. Correríamos entonces el riesgo de que en lugar de la cara de Bolívar quede la de Chávez y que en lugar de la cara de José Antonio Galán, quede esculpido el perfil de Álvaro Uribe, como refundador de la patria. Siguiendo esa misma línea, es bastante probable que en lugar del cacique Guanentá acabe apareciendo el cacique Tiberio Villareal o Norberto Morales Ballesteros o Rodolfo González, por no hablar de un Eduardo Mestre o del investigado ex gobernador Hugo Aguilar de quien se dice es el cerebro detrás de este”proyecto cultural”. Sólo falta que la gobernación de Santander, aún reticente a apoyar esta monstruosidad, decida finalmente bendecirlo para que los bigotes de Horacio Serpa terminen esculpidos por el pintor Guevara.

No nos hace falta un Chicamocha Rushmore. Bastaría con que arreglaran la carretera.

María Jimena Duzán*

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A propósito del texto de Lucas Ospina sobre los atentados al paisaje y al arte en Santander. ¿Que pueden hacer los artistas frente a estas calamidades? / Efren Morales

* Tomado de la Revista Semana


como si 67 y 31 años no hubieran pasado

Lucas Caballero Calderón, más conocido como Klim, fue un reconocido columnista bogotano que escribió por cerca de 45 años para los dos periódicos más importantes del país. Dos de sus columnas, la primera “¡Nos fregamos!, dijo la lora” publicada el 7 de Noviembre de 1942 y “¿Por fin el Metro?” publicada el 6 de octubre de 1978 se adaptan perfectamente a la situación actual del transporte bogotano.

¡Nos fregamos!, dijo la lora

Lina Castañeda

7 de Noviembre de 1942

Donde usted, caballero, viva corrido de Chapinero hacia el Norte, y no tenga automóvil, es inútil que trate de explicarnos qué es lo que le pasa. Créanos que lo admiramos mucho más de la cuenta por el hecho de no estar más pálido ni tener las ojeras más grandes, y que para explicar su situación en sociedad todavía no se ha inventado una palabra adecuada, a no ser que se eche mano de las que solía emplear la lora del diluvio.
Embutirse cuatro veces diarias en un tranvía, después de haber caminado unas veinte cuadras a pie, es un hecho que tal vez se justificaría si usted no tratara de ir su oficina sino al cielo. Evidentemente, como compensación por cobrarle el pasaje mucho más de una vez, el conductor procura acomodarle varias señoras encima. Pero.?por qué, Dios Santo, por qué las señoras que montan en los tranvías serán tan feas? Es un arcano. El viaje de la Avenida de Chila a Bogotá es sencillamente interminable, eterno, pero realmente por sólo cinco centavos resulta bastante aceptable permanecer metido por espacio de tres horas en cualquier parte. Tenemos la certeza de que la conformidad será con usted si se pone a pensar en que, aunque le falta poco, aún no está en el caso del señor que se pasó a vivir cerca del Nogal hace algún tiempo. Pues bien: a ese señor todavía hoy le persevera el desconcierto inicial en tal forma que de lo único que da razón es de que trabaja en Bogotá, duerme en el tranvía y se alimenta precariamente de chocolatines. A ese pobre señor, en efecto, no le alcanza el tiempo para nada.
La realidad de las cosas es, mi querido amigo, que usted tiene que viajar todos los días en un tranvía para que la sirvienta y el mercado puedan viajar todos los jueves en taxi. Si usted siguiera el consejo de sus desalmados amigotes y se movilizara en taxímetro, con el mercado debidamente condimentado entre el estomago, obraría no solamente de acuerdo a la lógica sino con sus amigotes, pero sería tan desalmado como ellos. Y es que con buenos sentimientos en el corazón es completamente imposible dejar morir de hambre a dos tías, tres sirvientas, dos arrendajos, una lora que es una caja de música, y tres gatos. A pesar de todo, si los buenos sentimientos se pudieran cambiar por un automóvil, nosotros le aconsejamos que cambiara inmediatamente los suyos por un Chevrolet de año 24. Por desgracia, mi querido amigo, nos ha tocado vivir en una época en que los automóviles valen más que la fe, cualquier cosa más que la esperanza y la caridad mucho menos que una caja de galletas. Eso es lo que los italianos llamarían “!Oh tampora, oh mores!”, y lo que la gente de hoy, tan huérfana de sabiduría, llama paladinamente “!una vaina!”.
Por el momento, querido amigo, consuélese con no tener las ojeras más grandes ni el semblante más pálido. Y si lo que viene le sirve de panacea, mientras adquiere un automóvil, siéntese cada vez que le sea posible a la orilla de la estaca en donde se ventila la lora y escuche lo que ella, entre sopa y sopa de chocolate, repite. Pero si carece de una animalito tan útil y brillante, diga sencillamente nos fregamos, que es más o menos, con una pequeña variación lo que en situaciones semejantes han dicho todas las loras inteligentes del mundo desde el diluvio hasta nuestros días.

¿Por fin el Metro?

6 de octubre de 1978

Todo induce a creer que esta vez sí se está pensando seriamente en el Metro para Bogotá. Es decir, que no se trata, como en ocasiones anteriores, de un simple tema ocasional para alcaldes recién posesionados.
Eso fue lo que pasó, como todos lo recuerdan, con Bruno Bernardo. Bruno Bernardo hizo de entrada toda suerte de declaraciones cantinflescas sobre este tipo de transporte, sin saber en qué consiste, porque en Caparrapí, de donde él es oriundo, toda la movilización se hace el alpargate o en burro. Bruno Bernardo, pues, como era obvio, no salió con nada. Le pareció más fácil impedir que las parejas se hicieran el amor en los moteles, como si toda la ciudadanía estuviera sometida también a su santa regla. A su santa regla cartuja se comprende. Pero esto ya es historia antigua.
Hon el alcalde es Durán Dussán, un político y electorero de fortuna, más aterrizado que Bruno Bernardo pero mucho menos agradable. Es fachendoso y ha dicho que está dispuesto a cabalgar en todos los problemas de la ciudad y a dominarlos, para lo cual, pienso yo, van a serle de mucha utilidad sus experiencias como mayordomo y chalán en su próspero hato de Matupa. Durán dice, además que él desea hacer algo grande por su ciudad natal que es, aunque no se le note, Bogotá. Cuando Durán habla de esto forma un lío. La versión suya para la prensa es la de que él nació aquí, pero que siendo muy niño lo llevaron a educar a Neiva y que más tarde, para hacer dinero y política, se trasladó al Llano. Los llaneros admiten que Durán está vinculado a esa región, pero comentan que no saben exactamente cómo ocurrió y que en todo caso a ellos no pueden culparlos de nada. Los opitas, por su parte, declaran que Durán vivió en Neiva pero que su educación, si la tiene, debió adquirirla en otra parte. Y Bogotá tiene ya demasiados problemas como para que le preocupe el de haber sido también la cuna de Durán.
En todo caso, hay que reconocer que Durán se muestra sinceramente interesado en la construcción del Metro. Parece confirmarlo así el hecho de que ha estado recorriendo en un autoferro, puesto a órdenes suyas por la señora directora de los Ferrocarriles Nacionales, los tramos de carrilera que pueden utilizarse, verbigracia el trayecto que une a Bogotá con Bosa. La TV, llamada por Durán para publicitarse y perennizar el momento, nos lo ha mostrado en todos los noticieros habidos y por haber comentando con la ilustre dama de la belleza desolada de los alrededores de Soacha, qué digo, de Bosa. La trepidación peculiar del vehiculo le sacudía graciosamente los abundantes cachetes, como dos moldes de Gelatina Royal, mientras el autoferro avanzaba y se iba rezagando el paisaje. Y claro, en el sitio destinado a os equipajes, no se sabe si como invitado de honor o como colocado especial, asomaba la cabeza de nuestro máximo experto y teorizante en transportes, Fernando Restrepo Maldonado. Tengo la esperanza, como bogotano, de que Durán no se conforme con esto. Y que del Metro no solo nos quede a los bogotanos, grabado en video-tape, el recuerdo de esta folclórica escena de sabana, autoferro y trepidantes cachetes.
Quiero ser sincero. Yo no conozco personalmente a Durán Dussán ni falta que me hace. Pero tengo de él una idea nada buena. Como funcionario, porque hizo como tal un funesto Ministerio de Educación, y el concepto no es mío sino de los estudiantes y maestros. Esa vez Durán se limitó a pasar por ese despacho repartiendo alegremente carnets de periodismo entre quienes no eran periodistas, sino validos y recomendados del gobierno. Y como persona, porque fue el mandadero del presidente de entonces, interesado en distraer la atención nacional de sus pingües negocios, para ir al Senado a infamar torpemente la memoria de gente ya muerta y muy cercana a mi afecto. Puedo estar equivocado, pero un papel así me parece sencillamente repugnante, impropio de señores y de personas decentes. Esto, desde luego, no es obstáculo para hacer la obra del Metro.
El cual es tan indispensable para la ciudad que lo importante es que se haga, no la persona encargada de hacerlo. Además dentro del mundo del transporte bogotano, parece ser que nunca está de más cierta dosis de patanería.


el museo detenido

No sé por qué milagro hay aquí un Museo Nacional. También me parece milagroso que sobreviva todavía el viejo Panóptico que lo alberga, en la carrera séptima con calle 28, a la vasta sombra de los cauchos monumentales: un severo edificio de piedra y calicanto de mediados del siglo XIX, con gruesos muros ciegos de cárcel y una honda puerta negra abierta como la caverna de un cíclope. Y es un tercer milagro que tenga cosas que exponer: huacas de los indios, cuadros de la Colonia, sables de la guerra de Independencia. Lo normal, en Colombia, sería que nada de eso existiera: que el Museo hubiera sido clausurado como los hospitales públicos, que sus piezas hubieran sido saqueadas y vendidas en el exterior, que el soberbio edificio hubiera sido demolido para hacer un centro comercial, o, en el mejor de los casos, transformado en un hotel de lujo como cualquier convento (para allá va el Seminario Mayor, y sus jardines: tierra para la especulación inmobiliaria).

Existe, pues, el Museo Nacional, y es un milagro. Con 185 años encima, debe de ser la institución más antigua de Colombia que se conserva incólume. Ha sobrevivido saltando matones, mudándose de casa en casa -de la Casa Botánica al antiguo convento que hoy es el Museo de Arte Colonial; de ahí al Pasaje Rufino Cuervo, echado abajo para abrir paso a galerías comerciales; de ahí al quebrado Banco Pedro A. López; de ahí a donde hoy está, en el viejo Panóptico. Y no sólo existe el Museo sino que además funciona. Tiene diecisiete salas de exposiciones permanentes de etnología, de pintura, de historia, y organiza exposiciones temporales tan variadas como la de Picasso y la del Señor precolombino de Sipán, la de los guerreros chinos de arcilla y la que exhibe actualmente las láminas de la Expedición Botánica del sabio Mutis. Se trata, coincidencialmente, de un retorno a las raíces: el Museo fue inaugurado en 1824 por el vicepresidente general Santander con una muestra de los trabajos de Historia Natural de Mutis. Lo que ahora puede verse en la exposición vuelve de España, a donde se lo llevó el Pacificador Morillo tras fusilar a sus autores, los discípulos de Mutis: “España no necesita sabios”, dijo.

Y si no quemó esas láminas que hoy vienen del Jardín Botánico de Madrid fue, una vez más, de puro milagro. Pues si en Colombia somos dados a destruir o feriar el patrimonio es por seguir el ejemplo que dieron los españoles cuando llegaron aquí: fundir el oro para volverlo plata, y así poder gastarla.

(Por eso es también un milagro notable que exista el Museo del Oro).

Digo que el Museo Nacional se instaló en donde hoy está hace 62 años, en 1946. Pero desde hace 20 años ya no cabe, y viene tratando de expandirse para que puedan ser expuestas las más de veinte mil piezas que tiene guardadas en los sótanos. Y el caso es que los últimos directores habían logrado por fin un compromiso en firme por parte de las autoridades nacionales y distritales para ampliar sus instalaciones a espaldas del Panóptico, en el magnífico lote que va hasta la carrera quinta en La Perseverancia y que hoy ocupan el Colegio Distrital Policarpa Salavarrieta y el Colegio Mayor de Cundinamarca. Ya tenían a donde irse: el Policarpa a un edificio diseñado por Rogelio Salmona en la carrera tercera con 26, y el de Cundinamarca al antiguo Matadero Distrital, la Aduanilla de Paiba.

Pero entonces el alcalde Samuel Moreno decidió venderle el lote del Matadero a la Universidad Distrital para su nueva sede.

La Distrital, claro está, podría construir su nueva sede en cualquier otro sitio: para eso es nueva. El Museo, en cambio, no puede ampliarse sino ahí en donde ya está. No permitir que lo haga, obligar a que sigan ocultas sus piezas guardadas en los sótanos en vez de que salgan a la luz para dar una visión más completa de la historia de Colombia, sería…

Iba a decir que sería absurdo. Pero no sé. Tal vez en el fondo no sea mala la idea de la alcaldada. Dejar el Museo incompleto, a medio terminar, con varilla de hierro brotando de los muros para el sueño de una expansión imaginaria impedida por los caprichos burocráticos y la miopía politiquera de las autoridades, es sin duda la mejor imagen que puede darse de lo que ha sido la historia de Colombia. Basta con el Museo interrumpido. No se necesitan las otras veinte mil piezas.

(Que además así se pueden privatizar como es debido ¿no).

Así que adelante, alcalde Moreno: atrévase. La historia de Colombia se lo agradecerá.

Antonio Caballero
http://www.semana.com/noticias-opinion/museo-detenido/118943.aspx

(enviado a esferapública por Iris Greenberg)


debates del año


Eldorado 4

el dorado

Si usted es de los que se pregunta qué es lo que ven ciertos arquitectos en un edificio tan simple como lo sala principal del aeropuerto Eldorado, basta con pararse dentro del espacio y dejarse llevar por la idea de que es en la simpleza donde radican su principal virtud, y el espíritu de Gabriel Serrano, el arquitecto diseñador de la firma que lo proyectó. Si se tienen los ojos para verla, un espacio como este tiene unos valores arquitectónicos fácilmente perceptibles.

Mire la proporción. Sin necesidad de saber las medidas o de aplicar algún sistema de proporciones, pregúntese si sería mejor que el espacio fuera más alto, más ancho o más largo. No para soportar la carga actual de pasajeros sino como espacio. Ante sus ojos está un amplio hall cuyas dimensiones (largo, ancho y alto) lo convierten en un espacio monumental dentro del cual el cuerpo esta “a gusto”. Si le parece que esto es así y que esencialmente “está bien”, entonces comparte el sentido espacial de Serrano. Eso se debe a una virtud arquitectónica, comparable con la sensación del cuerpo dentro de la Plaza de Bolívar.

Mire ahora hacia el arriba y fíjese en las vigas. Recuerde las vigas de concreto que se ven por lo general en puentes y edificios y note lo angostas que son las de la sala de Eldorado. Los ingenieros le llaman a esta característica “esbeltez” y la logran con una técnica llamada “pretensado”. Esto significa que antes de verter el concreto tensionan el acero con unos gatos hidráulicos, los cuales se quitan una vez “fragua” el concreto. Las vigas quedan trabajando como cuando se sostiene unos libros en sentido horizontal y con las manos se le hace presión por los lados: entre más presión, más cantidad de libros se pueden sostener; entre más tensión en los cables de acero, mayor distancia sin apoyos entre columnas.
Observe además que la altura de las vigas aumenta hacia el centro (o se reduce hacia los extremos). En lenguaje de ingenieros, esto se debe a los “esfuerzos de corte” de la viga. Con esta reducción se logra que cada viga tenga únicamente la cantidad de material que necesita para hacer su trabajo, ni un centímetro más. Si a usted le parece que estas vigas están “bien” también compartirá el sentido estético de Cuellar, Serrano, Gómez; y de paso, la esencia de la estética del funcionalismo arquitectónico.

Antes de dirigir la mirada en otra dirección, Imagínese lo que sería este espacio con un cielorraso que cubriera la estructura. Aún si usted lo prefiere, podría pensar que no es necesario; entonces su sentido de lo que está bien como está tiene prelación sobre sus preferencias personales.

Para terminar la prueba, mire las ventanas y la franja de luz cenital que atraviesa todo el espacio. Como lo muestran las fotos, las ventanas han cambiado con respecto al momento inaugural. Lo importante, sin embargo, consiste en comprender que el arquitecto optó de manera consciente por evitar un ventanal hacia el oriente y eligió una franja cenital a lo largo de todo el edificio. Imagine primero la franja cenital dos o tres veces más ancha ¿Sería mejor o está bien así? Ahora, deténgase en las ventanas verticales que coinciden con las puertas, e imagine una relación inversa en la que todo lo que está abierto se cierra, y todo lo que está cerrado se abre. Sólo con hacerlo y sin necesidad de estar de acuerdo, estaría pensando como piensan ciertos arquitectos.

Aún después de las modificaciones que eliminaron las ventanas y materas de la parte inferior, el espacio todavía conserva una calidad lumínica-natural, a la vez suficiente y mesurada. Sobre todo, está comprendiendo la concepción de luminosidad espacial que tuvo Serrano; un arquitecto para la cual los criterios de claridad, sobriedad y economía de medios, guiaron una práctica arquitectónica de cuarenta y siete años (1933-1981).

A pesar de las intervenciones, esta sala conserva todavía su singular excelencia arquitectónica; una calidad a la cual se le conoce en arquitectura como espacialidad. En el caso particular de este singular espacio, la espacialidad la definen las tres características ya mencionadas: proporción, luminosidad y estructura. Patrimonialmente se podrían conservar dos de estas cualidades: proporción y estructura. La tercera, la luminosidad, o iluminación natural, a pesar de la calidad arquitectónica que confiere al edificio, debería asumirse como “disponible”. Es importante comprender que fue pensada para cualificar un uso específico del espacio, pero sin embargo, podría variar en beneficio del nuevo destino de la sala, quedando a disposición de los proyectistas como medio para cualificar el nuevo uso.

Adicional a los tres cualificadores de la espacialidad –proporción, luminosidad y estructura– en esta sala se presentan de manera ejemplar, tres principios proyectuales que durante muchos guiaron la cultura arquitectónica nacional: claridad, sobriedad y economía de medios. Como la nueva iluminación natural, la inclusión de estos principios como parte del nuevo proyecto dependería del criterio y habilidad de los proyectistas. Dado que éstos serán extranjeros, conviene recordárselos para que tengan presente que la mesura sería, desde un punto de vista cultural, una actitud prudente.

* * *

Terminada la prueba, considere que este espacio va a desaparecer. El nuevo concesionario lo propuso y los políticos lo aceptaron, esencialmente porque unos arquitectos se quedaron esperando que otros arquitectos lo impidieran; la mayoría con la convicción de que un espacio tan representativo y de tal calidad no estaba en discusión. Para la mayoría de arquitectos, si algo era parte del patrimonio arquitectónico “moderno”, era Eldorado.

Pero el edificio no es patrimonio porque para serlo tiene que estar nombrado como tal; tiene que haber un papel firmado por una autoridad competente que diga “esto es patrimonio”. Para algunos conservarlo es tan evidente como la conservación de la espada de Bolívar o el Puente de Boyacá, sólo porque todos arrastran la memoria de unos eventos culturalmente importantes. Desafortunadamente, parece que se trata de una memoria todavía demasiado cercana: antes que de vejez, Eldorado padece de juventud.

Recordemos un episodio de cambio de decisión. La muralla de Cartagena “comenzaron” a demolerla hasta que alguien reaccionó y dijo “eso no se debería hacer”. Entonces, una autoridad competente emitió un juicio diciendo “eso es patrimonio”, y la demolición se suspendió. Parece cosa de documentos y palabras pero empieza por asuntos de convicción.

Si usted cree que la enunciación “Eldorado es patrimonio” tiene sentido, basta con que hablar de eso con otras personas. A menos que usted tenga poder, en cuyo caso lo que debería hacer es otra cosa.

Juan Luis Rodríguez