NO a la Censura en el Centro Nacional de Memoria Histórica

Las últimas elecciones no solo son un indicador de un viraje en el mapa político colombiano, también resulta ser un reclamo al gobierno nacional frente a políticas que han resultado complejas como la reforma tributaria (plan de financiamiento), el desgaste del país y las instituciones del Estado alrededor de las objeciones a la JEP (Justicia Especial para la Paz), la desfinanciación del Sistema de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición surgido de los Acuerdos de Paz con la exguerrilla de las FARC –EP y la frustración de las expectativas de la ciudadanía en general, así como de las víctimas del conflicto armado en particular sobre aquella búsqueda de la paz y la reconciliación.

Miramos con gran preocupación que las palabras paz y reconciliación desaparezcan de los discursos oficiales y en cambio palabras que atizan la polarización y el odio entre los colombianos estén al orden del día.

Como ciudadanos colombianos queremos llamar la atención que en instituciones como el Centro Nacional de Memoria Histórica, creado por la Ley 1448 de 2011 o Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, el señor Dario Acevedo, su director desde principio de 2019, oriente la entidad con sus sesgos ideológicos, manejando a su antojo un espacio que como pocos fue y representó escenario de dialogo, debate, encuentros, desencuentros y disensos importantes, aun así, un lugar de orden investigativo y acompañamiento a las víctimas, que se acercaba a las formas de democracia participativa alrededor de la puesta en marcha de las políticas de memoria y reparación en el país.

Pedimos que se investigue un mal manejo de dicha institución bajo la dirección de Darío Acevedo por los siguientes motivos:

Administrativamente sus recursos están subejecutados, por ello la baja producción de calidad durante 2019, a diferencia de la realizada en años anteriores, de hecho, lo único para mostrar para este año fueron compromisos y productos dejados de la dirección anterior en cabeza de Gonzalo Sánchez.

El señor Acevedo de manera irresponsable e irrespetuosa ha querido hacer borrón y cuenta nueva de lo dejado en años anteriores, juzgando sin mayores argumentos la producción, trabajo y cercanía a las regiones, organizaciones y comunidades de años anteriores. Basta recordar sus pretensiones de cancelar u obstaculizar parte de los compromisos generados por el CNMH antes de su llegada:

La ralentización que Acevedo aplicó al lanzamiento del Informe A la vida por fin daremos todo, so pretexto de complementar con otras versiones los contenidos del informe, sin embargo, hasta el momento no se conocen esas otras versiones, finalmente el informe fue lanzado con apoyo de la Universidad de los Andes.

La animosidad e intenciones de censura con que dirigió cartas a los rectores de algunas Universidades del país reclamando por las inquietudes presentadas por algunos de sus docentes, preocupados por los sesgos que podrían afectar la marcha del CNMH, lo que está siendo comprobado en las acciones de censura que ha adelantado el señor Acevedo durante el 2019.

La inequidad de participación de las víctimas en el CNMH frente a la participación de las Fuerzas Militares, que no es más que otro indicador de las preferencias ideológicas del nuevo director y de las exclusiones que ha generado.

El intento de cancelación de la exposición Voces para transformar a Colombia en la ciudad de Cali, y de lo que tuvo que recular dado los compromisos ya adquiridos por el CNMH en 2018.

Como se sabe, esta es una muestra piloto de lo que será el contenido museográfico del futuro Museo de Memoria de Colombia, un espacio de dignificación de las víctimas del conflicto armado en el país, víctimas que en el discurso de los últimos tres presidentes son el centro de los procesos de justicia transicional. No obstante, una contundente evidencia es divulgada por la revista ARCADIA en su edición número 68 titulada Censura en el Centro Nacional de Memoria Histórica, donde señala:

“Acevedo eliminó los textos introductorios de la exposición, cambió el contenido del folleto impreso y suprimió palabras como “guerra”, “despojo”, “resistencia” y “resiliencia”. En Cali pretendía borrar el capítulo entero sobre la Unión Patriótica. Eso finalmente no pasó, porque el equipo [del área de Museos del CNMH] se opuso con fuerza”

¿Si esto no es negacionismo qué lo es? Como bien se sabe en una guerra lo primero que se pierde es la verdad, lo mismo podría decirse de las actitudes negacionistas de Acevedo, pues la censura va en contravía de la verdad y la memoria. Sus decisiones arbitrarias e individuales no tienen respaldo de la Academia y se basan solamente en sus posturas ideológicas y la intención manifiesta de modificación del guion museológico y los lineamientos conceptuales del museo.

Ello debe ser rechazado en honor de la dignificación de las víctimas quienes deberían ser el centro de las políticas de memoria y reparación en Colombia. Pero además debe ser rechazado porque los enormes recursos que la Nación invirtió en el diseño de ese guion museológico se estarían desperdiciando y exigirían al CNMH y a la Nación una nueva inversión en otro nuevo guion museológico, lo que va contra le ley.

Como organizaciones defensoras de Derechos Humanos, organizaciones de víctimas, Red Colombiana de Lugares de Memoria y organizaciones de la sociedad civil consideramos un negacionismo que Darío Acevedo censure en dicho guion museológico palabras como guerra, despojo, lucha, resistencia y resiliencia.

Por lo anterior ratificamos nuestra resistencia a aceptar como director del CNMH al señor Dario Acevedo, él no representa a las víctimas en el país. Nos preocupa su permanencia en el cargo y la influencia sobre lo que sería el Museo de Memoria de Colombia, este no debe ser un lugar de medias verdades y lenguajes suprimidos y silenciados. La discusión aun está abierta sobre la composición de la junta directiva del Museo y la participación de las víctimas que se definirá en el Plan Museológico y en la ley regulatoria del museo que está próxima a discutirse en el Congreso. Pedimos a los congresistas que la Junta Directiva de ese museo esté compuesta en un 50% +1 por organizaciones de víctimas y lugares de memoria para evitar una memoria de Estado.

Al señor presidente de la República Iván Duque Marquez, le instamos a revisar con tesón y sin miramientos ideológicos cuál debe ser la dirección del CNMH, una dirección legítima y que cumpla con sus deberes legales de colocar a las víctimas, comunidades y organizaciones sociales victimizadas en el centro de la política de memoria y reparación.

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Defendamos la libertad de expresión: NO a la censura al Salón Nacional de Artistas

El lunes 23 de septiembre una directiva del Centro Colombo Americano de Bogotá atacó el arte: ordenó tapar con pintura blanca un mural hecho a mano por dos artistas del 45 Salón Nacional de Artistas, el programa estatal con mayor tradición para el arte en Colombia y que en la actualidad es organizado cada tres años por el Ministerio de Cultura.

Este acto de censura ejecutado por la directiva del Centro Colombo Americano se hizo sin mediar palabra con los artistas y destruyó una obra que todavía estaba sin terminar y abierta al diálogo. Dos días luego de este acto de censura, el Centro Colombo Americano, bajo la dirección de Janet Van Deren, emitió un comunicado falaz que no ha tenido una réplica firme por parte del Ministerio de Cultura.

El equipo curatorial del  Salón Nacional de Artistas interpuso un derecho de petición ante el Ministerio de Cultura para obtener una respuesta en firme contra este acto de censura: Amalia de Pombo, Directora de Artes, se desentendió de esa responsabilidad. El Ministerio de Cultura justificó su evasiva bajo el sistema de contratación usado y transfirió la responsabilidad a un tercero: la Fundación Arteria, una entidad que recibe recursos públicos por su labor de intermediación en la ejecución presupuestal. Hasta ahora la Fundación Arteria tampoco ha querido admitir que hubo un acto de censura y ha sido evasiva con respecto a una de sus obligaciones legales con los artistas: “velar por el cuidado en la exhibición de la(s) pieza(s)”.

Mediante esta petición le pedimos al Ministerio de Cultura y a la Fundación Arteria se pronuncien de forma inequívoca en contra de este acto de censura a la obra de los artistas Power Paola y Lucas Ospina. De igual manera le pedimos a la directiva del Centro Colombo Americana que rectifique su posición, admita que se equivocó, y emita una declaración inequívoca en contra de la censura con la que haga honor a la misión educativa y cultural que la directiva de esa institución traicionó.

Este caso hace parte ya de una historia de censuras al arte en Colombia. A la luz de los hechos tres casos cobran relevancia: en 2009, el mural del Harold Trujillo, “Chocolo”, en el Salón Regional de Artistas del eje cafetero, fue censurado por una directiva ante una visita del Ministerio de Comunicaciones. En 2010 una directiva del Centro Colombo Americano de Medellín ordenó tapar de blanco un mural hecho en su fachada por el artista Carlos Uribe y lo censuró. En 2018, el alcalde de Villa de Leyva, Victor Hugo Forero, rompió el acuerdo de exhibición que tenía con la curaduría del Salón Regional Zona Centro y censuró las obras de Edgar Guzmanruiz, Carlos Castro, José Alejandro Restrepo y el Colectivo Interferencia.

La libertad de expresión es un derecho garante de otros derechos: el silencio, la omisión y tergiversación de los hechos, hacen cómplices al Ministerio de Cultura, la Fundación Arteria y el Centro Colombo Americano de un estado de cosas que alimenta el miedo y la violencia. Normalizar la censura tiene consecuencias directas en el arte y en la vida de los artistas activos en la esfera pública en todo el país.

Este caso puede ser un aprendizaje colectivo que fortalezca las instituciones, los lazos de comunicación y solidaridad entre artistas, y permita que las próximas versiones de estos eventos y demás expresiones artísticas se beneficien de la memoria que deja este revés en la trama del Salón Nacional de Artistas. Pedimos que el Ministerio de Cultura y la Fundación Arteria se pronuncien, como es su deber misional hacerlo, y que el Centro Colombo Americano emita una disculpa. El artículo 20 de la Constitución Política de Colombia dice: “No habrá censura”.

―Equipo Curatorial del 45 Salón Nacional de Artistas

Luisa Ungar
María Isabel Rueda y Mario Llanos (La Usurpadora)
María Sol Barón y Camilo Ordóñez. ( Equipo Trans(H)istoria)
Alejandro Martín
Ana María Montenegro
Manuel Kalmanovitz
Adriana Pineda
María Buenaventura
Carolina Cerón
William Contreras-Alfonso

Para apoyar esta petición, firme aquí


El Despropósito del Arte. Salón de Artistas Censurados y Enclosetados

Veo al arte enfrentar de nuevo una de esas situaciones que lo saca de su zona de confort, si es que existe hoy un confort para el arte en Colombia.

Luego de los acontecimientos relacionados a la reciente censura del mural en el exterior del Centro Colombo Americano en Bogotá en donde voluntariosamente se pinta de blanco sobre los dibujos hechos por los artistas Lucas Ospina Y Power Paola en el marco del 45 Salón Nacional de Artistas, me hace inquietar sobre el propósito y el despropósito del arte en la ciudad y el país.

Está bien saber que cuando algo sucede o sale a la luz, no era ni la primera ni sería la única vez que sucedería. Una situación sale a la luz en el momento en que necesita detonar acumulados. Como un autollamado, una señal de alerta. Es el resultado de una situación posiblemente corriente, en este caso la participación de dos artistas en el 45 Salón de Nacional de Artistas, la cual se intermedia y se rosa con la institucionalidad del país y por ende con el poder. Todo está muy bonito para el arte, pero allá, donde no lo vea nadie y donde no incomode; allá metido en los salones que muy poco público externo sino el mismo gremio visita, museos y grandes montajes parte de un circuito de artistas para artistas, para artistas de talla gorda y también para los “skinny” artistas que van a antojarse de otros artistas top y élites, para ver si un día son como ellos. Los curadores del momento, los alternativos de antes que se convierten en importantes directores de entidades, se transforman a lo público, luego se vuelven vedettes, o cadettes invitados por doquier a múltiples actos, conferencias, inauguraciones, cenas, desayunos y hoteles. Y así el propósito se olvida y el despropósito del arte queda en un primer nivel. Sin embargo nadie puede afirmar hasta el momento que el arte deba tener un propósito. Igual.

A que me refiero con esto, a que el arte es poderoso mientras se encuentre silencioso, a salvo, encerrado y custodiado. Oscilando en medio de su propia esferita pública, navegando en zonas de confort donde está seguro, donde no lo rasguñen, donde al contrario lo feliciten, lo premien, lo admiren, lo adulen y hasta le paguen por existir. El sueño de todo artista. Los presupuestos del Ministerio de Cultura, de la Secretaría de Cultura y del Idartes, los de las alcaldías locales y gobernaciones son repartidos por funcionarios y hacedores por medio de convocatorias y proyectos. Todo se queda en casa, lo cual no “debería” molestar ni incomodar a nadie, no es el punto de este escrito hablar del gran pastel del arte, de cómo se reparte y de quienes por ejemplo no se logran beneficiar ni con las moronas del estado ni con la inclusión de sus ideas dentro los circuitos oficiales como lo es el Salón Nacional de Artistas.

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Esto no solo le ha sucedido a las artes plásticas. También le sucede a la música y a la danza, a la poesía, a la literatura. La concepción general está en aplaudir a un artista, si “pinta y canta” bonito, si logra cobrar millones para decorar la casa del mafio o de la modelo de turno. Eso es lo que significa el arte en Colombia. Mera decoración y “buen uso” del tiempo libre. Como si se tratara de una materia de relleno, una terapia de autosuperación o como si fuese la única opción posible para el equis que fue artista, porque no le cuadró nada más. También para el que lo fue por convicción. Porque la defensa del arte inicia desde el momento mismo en que tienes que explicar a la sociedad por qué eres artista y justificar tu éxito o tu falta de éxito. Defender el por qué decides seguir una carrera universitaria o no, tal vez con un propósito, tal vez no el dinero, tal vez con un despropósito, benigno o maléfico. Neutral si es que se puede ser neutral. El hecho es que pareciera mejor comer arte callado.

Me pregunto: Qué es eso peligroso en un mural más bien caricaturesco, en donde se pretendía con dibujos hacer una analogía entre marionetas representando a Trump con su enorme copete, haciendo de titiritero de Uribe Velez siendo marioneta de Trump y Duque siendo marioneta de Uribe. Como un “menage a trois” un trío de marionetas groseras que juegan con nosotros como juguetes de una realidad que duele, que asesina cada día, una realidad que castra. Mucho se ha señalado por distintos medios lo nocivo de estas fuerzas de poder para la sociedad, para el arte mismo. La realidad nacional pareciera convertirse cada vez más en una sola sábana que nos cobija a todos, hasta a los artistas. La conocemos, aunque realmente existan pocas oportunidades de valentía para denunciarla, expresarla, dibujarla, sobre todo fuera del cubo blanco y fuera de los espacios institucionales permitidos y seguros en donde si sea posible hablar y decir a calzón quitao.

Como lo sucedido hacia el director boyacense Rubén Mendoza, encargado de presentar su película “Niña errante” y de abrir el acto inaugural de la edición número 59 del FICCI Festival de Cine de Cartagena, por expresar su inconformidad con las políticas del gobierno de turno hacia el cine y la economía naranja en medio del discurso de inauguración, ante la presencia vicepresidenta Ramirez quien fue abucheada por el público. Motivo suficiente para que el director fuese castigado, su película censurada y cercada comercialmente, lo cual tuvo mella en hasta en otros países, ofender a la vicepresidenta merece su buen castigo en nombre de la patria. Como Sucedió también con La Peluquería sede Candelaria, espacio cultural en Bogotá el cual fue sellado y censurado por la institucionalidad, por sus múltiples ataques e incoherencias hacia la cultura, sin apoyo alguno por parte del Idartes, por enfrentar de manera solitaria situaciones institucionales bastante complejas frente a alcaldes locales y entidades públicas, por su falta de coherencia con el arte y la cultura, por la vulnerabilidad, el abuso de poder policial y de control hacia los espacios artísticos independientes, sin protección alguna. El arte se sabe castigar y callar. Échele tierrita.

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Lo que es un hecho es una tremenda arrogancia hacia el arte, un abuso e incompetencia institucional, en medio un momento en que el arte debe sacudirse y asomarse por fuera de las paredes del propio medio, salir del cubo blanco mental, tocar la política, la sociedad de la calle, en donde no es intocable y no es el príncipe de la comedia. Bogotá necesita posturas fuertes desde el arte hoy para defender la libertad de expresión, por ende la libertad de todos los ciudadanos y más allá de esto, lograr despertar fuertemente la opinión pública en la esfera nacional, debería entonces seguir llenando las calles de garabatos, los medios de opiniones, los noticieros, los escritos, casi como un movimiento organizado. La interlocución es asunto urgente. Esto con el fin de hacer despertar a la gente hacia un propósito país, hacia un propósito humano, tanta hipocresía agota. El arte en Colombia perderá su carácter democrático, será de élites, de pseudoélites, de perdedores y de falsedades si no es capaz de expresar lo que piensa, unirse seriamente, salir de la cáscara, encarar a la burocracia, a la política y al poderoso sistema que tantas veces le ha callado la boca, le ha cacheteado las ideas, le ha sesgado los sueños y lo ha convertido en un total despropósito.

Gracias por leer.

Este escrito no tiene ningún propósito.

Solo es Libertad de expresión

Meli Paerez

Dir. La Peluquería / Colectivo Peluqueras Asesinas


Un silencio que sorprende

Y entonces…

Hace un poco más de una semana, el lunes 23 de septiembre a eso de las 9 de la mañana, el mural que estaban pintando los artistas Power Paola y Lucas Ospina, en una de las paredes exteriores del Centro Colombo Americano de Bogotá, fue violentamente borrado, “desaparecido” si uno usa las palabras correctas. Esto, por orden fulminante de aún no se sabe quién, parece que de la dirección del Centro Colombo Americano.

Y digo no se sabe quién, pues el comunicado enviado por el Colombo, justificando esa acción injustificable, no está firmado, por tanto, no hay quién se adjudique el hecho. No hay cómo identificar a un individuo como responsable. Y en la calle, en los corredores, en internet, se habla, en cambio, de instituciones que han actuado, y de instituciones que han dejado de actuar. La no firma de ese comunicado sorprende porque finalmente las instituciones tienen directores, representantes legales, un puñado de gentes que siempre responden por las decisiones que parecen haber sido tomadas por un edificio. ¿Edificio? Sí, como el Colombo, el Ministerio, el Salón, el mundo del arte, el mundillo del arte, todos, nadie.

A la fecha, aparte del comunicado del Colombo, también se cuenta con otra carta, muy formal, firmada por el director artístico del 45 Salón Nacional de Artistas, Alejandro Martín, y la directora ejecutiva del 45 Salón Nacional de Artistas, Carolina Muñoz. Carta de modesto rechazo a la censura, enviada por dos contratistas que no parecen haberse percatado de que son los representantes, los directivos de turno del 45 Salón Nacional de Artistas, una institución con más de 70 años de historia, que para las artes visuales en Colombia es a veces mayor que el mismo Ministerio de Cultura, si acaso no es la misma razón de ser del Ministerio de Cultura para el campo de las artes visuales en Colombia.

El silencio que rodea al muro blanqueado sorprende, entristece y avergüenza. Seguramente se escucha de todo en los corredores, pero lo cierto es que, por escrito (con excepción de lo escrito por Bernardo Ortiz, el gesto del grupo de restauración de La Universidad de los Andes, y lo que está escrito en el mismo muro), se ha dicho poco en rechazo a la violencia del gesto de censura perpetrado por el Colombo Americano. ¿Acaso no se trata de un gesto que nos compete a todos?

Este es un gesto violento, un acto individual de autocensura de alguien que cobardemente lo volvió una censura colectiva al esconderse tras la institución que representa. Y este borramiento, esta desaparición, no deja de angustiarme, pues en arte, así como en los crímenes, siempre hay autores —incluso cuando un crimen no es perpetrado por la misma mano que da la orden se habla de autor intelectual del crimen—. El director artístico del Salón conocía bien el tono y el estilo de los artistas invitados. Se trata de artistas reconocidos y de trayectoria que empezaron su trabajo después de incalculables horas en el diálogo de preparación, y los cinco días que dedicaron enteros a ese muro fueron borrados por fuera del diálogo, sin siquiera dar chance a que los artistas modificaran o se rehusaran a modificar su obra. Este es un acto de desaparición como cualquiera de los que nos hemos habituado a ignorar en Colombia.

Lo cierto es que quien tomó la decisión y tenía el poder de ordenar a otros actuar, no ha dado la cara. No me sorprende. Ese gesto agresivo de acallamiento da tanta vergüenza, que no hay quién se lo adjudique. Sin embargo, al momento de decidir borrar, la orden sí fue certera. ¿Acaso no hubo convicción? Yo diría que sí: esa orden vino clara desde de la propia censura de alguien que imaginó que le iba a caer una sanción, o peor, que simplemente no le gustó lo que vio y en un exceso de autoridad lo hizo borrar. Se trató de alguien que respondió a sus propios miedos y disparó la orden que eliminó un mural que era un comentario visual que es público, que es de todos. En otras palabras, que es vox populi y que concierne a todos al ser político. Porque el arte es político o se vuelve político, o lo hacen político a las malas, como en este caso.

Además de denunciar aquí un gesto de censura, que violó el derecho a la libertad de expresión, lo que quiero señalar es que los curadores y los artistas involucrados con este Salón, así como los trabajadores en las instituciones culturales, callan. Parece que hasta este punto hemos normalizado la violencia. Y el silencio de las instituciones que nos representan es abrumador porque “nos representan”, es decir, nosotros las hemos constituido cuando les conferimos autoridad. Da vértigo darse cuenta de que hemos normalizado los abusos al punto de que las instituciones son incapaces de defender los contenidos que dicen promover y los públicos y gremios que dicen apoyar.

No se puede normalizar la violencia y mucho menos este tipo de reacción de las instituciones. Se trata de un silencio que no nos protege, no nos defiende, no nos empodera. Con nostalgia pienso en el gesto de Álvaro Barrios al rechazar el premio del XX Salón Nacional de Artistas (1969) y tapar su obra con una tela negra en respuesta a la decisión del jurado de premiar una obra que él y muchos otros consideraban un esbirro imperialista.

La sociedad está basada en la capacidad de comunicar, dialogar, chismear y entrar en consenso, ¿dónde estamos? El Colombo —y todo y todos a los que representa a falta de un nombre propio que se adjudique el acto violento— borró con unos pocos brochazos la obra trabajada a pleno sol y bajo la lluvia, de dos artistas que, gústenos o no, hicieron su trabajo.

¿Y nosotros? Los artistas, los curadores de este Salón y de otros, ¿nos escondemos detrás de qué institución?, ¿qué miedo nos impide reaccionar? ¿Acaso no nos hemos dado cuenta de que borrar, desaparecer una obra en un Salón Nacional, es un evento de cancillería?, ¿acaso no vemos que el ataque no es solo a esos artistas sino a todos nosotros?¿Colegas curadores, dónde están? ¿qué han hecho al respecto? Ese mural y su diálogo tenemos que mantenerlo vivo al menos hasta que el Salón termine. Los curadores estamos al servicio del arte, de las ideas, ni siquiera al servicio de los artistas, y mucho menos al servicio de las instituciones.

Mariangela Méndez

Respuestas:

Carolina Ponce de León: Tienes toda la razón Mariangela. Participar en el silencio que ha seguido este acto de censura es prolongar su violencia. ¿Qué sentido tiene celebrar los 79 años del Salón Nacional —una institución que activa e involucra a todo el campo artístico— cuando ni las entidades organizadoras ni los agentes del campo— defienden aquello mismo que dicen defender? Esta cultura del silencio la estamos perpetrando todos al callar, al no respaldar a los artistas violentados, al no exigir una respuesta de las instituciones que necesitamos para restaurar la dignidad del ejercicio artístico y cultural y del mismo Salón Nacional. La censura perpetuada por el Centro Colombo Americano no es exclusivo a ese mural, esas imágenes, esos artistas, es al derecho fundamental y democrático de disentir e incomodar. La decisión de CCA es una ofensa no solo a los artistas y a la libertad de expresión sino también al Ministerio de Cultura y el Idartes que no han entendido la gravedad de su silencio.

El mural, minutos antes de la censura. Foto: @luisaponcas


El Intruso. Anotaciones sobre, Todo comenzó por el fin, película de Luis Ospina (Colombia 2015)

“¡Pazienza! He ingresado en la época montaña mágica”.

Carta de Thomas Mann a Theodor Adorno. Zurich 30 de julio de 1955.

La nostalgia de los primeros encuadres deja ver a un niño que sale y entra del encuadre. El niño es capturado por el ojo visor de su padre. Apenas puedo registrar cabalmente las imágenes mientras intento aprehenderlas cuando súbitamente se precipitan para superponerse a unas notas musicales tan melancólicas que logran envolver toda esa espesura de trópico en blanco y negro.

Luego el color rápidamente se tiñe de sangre. Presagiando un estado de orfandad y de terror tropical.

No hay una línea narrativa que pudiera dilucidarse. Algo como una continuidad. Sino más bien, iteraciones de lo mismo. Un volver a mascullar sobre eso mismo. Esa incansable toma continua de una realidad que no acaba de imponerse completamente. Aunque se tenga la angustia de intentar poder atraparla y dar por concluida la película. Ni aún en el lecho de enfermo, donde el director ha ido a parar.

En su cama de hospital está en frente de la cámara para ser captado esta vez como protagonista. La cámara se ha dado vuelta. Y él mismo aparece en primer plano interrumpiendo la secuencia que habría llevado la película a otra parte, si no fuera por la irrupción inminente de un cuerpo enfermo, el suyo, que hizo detenerse todo y tener que recomenzar de otra manera. Cambiando la secuencia. Y con ello la historia.

Ahora, él mismo pasa al primer plano. Y también todas esas circunstancias que comienzan a ser ineludibles para quien está enfermo. Ahora hacen parte en directo del devenir película.

Parecen querer decirnos que la película como tal no existe. Que no existe algo así como una película en abstracto. Sino que precisamente lo que existe es ese ir deviniendo del todo y de la nada, la película y la dirección de la película, como un acuerdo inesperado con el azar, cuando se cae en cuenta que se está sujeto a la contingencia, y cuando precisamente se está de acuerdo en que ese acuerdo. Es la película.

Un cáncer a su manera es como un transplante. En que un cuerpo extraño entra en nuestro cuerpo interfiriendo la sensación de identidad que nos había acompañado en esa casi semi perpetuidad que parece ser la vida. Me refiero con esto a El intruso de Claire Denise, película filmada (2004)a propósito del libro de Jean Luc Nancy, El intruso. Nancy precisamente, se encontraba escribiendo su libro y, de un momento a otro, de manera imprevista, se vio interferido por la aparición inminente de la constatación de un parte médico que enunciaba a un corazón, el suyo, que amenazaba con detenerse. Nancy en su libro El intruso, nos habla de un órgano extraño que ha sido transplantado a su cuerpo y que inevitablemente interfirió todo, su escritura y su vida, no habiendo manera de eludirlo.

Esta extrañeza de la enfermedad, esta intrusión de la enfermedad y del azar, y de un cuerpo otro que es el órgano nuevo introducido, interpone una nueva temporalidad, que es la que se transforma en foco y en motivo de reflexión cinematográfica en la película de Claire Denise quien toma el libro de Nancy como texto paralelo al guión de su película.

La película de Claire Denise trata de un tipo de invasión. También esta película. El cuerpo del enfermo tarde o temprano queda al desnudo. Cuando de mano en mano la intimidad se desgarra ante la evidencia. De la falta de salud. Y el cuerpo viene a ser explorado. Tratado. Removido. Y un poco deja de pertenecernos y se hace incluso un extraño, como un intruso al que quisiéramos despachar de manera contundente.

Pero entonces está el curso inevitable de la escritura. De la película. Un curso indetenible.

Desde el archivo Luis Ospina narra haciendo superposiciones de recortes de una época y de otra, de una película a otra, superponiendo a su vez este ahora, esta temporalidad suya, que terminó siendo un ensayo sobre el imposible punto final. En cuanto siempre aparecen y aparecerán las inevitables superposiciones de recortes, que transmiten interminables capas de vida, palimpsestos, sobreimpresiones de un fragmento de película en otro, etc.

Luis Ospina monta los fragmentos para narrar desde distintos tiempos, en una secuencia de polifonía temporal todo ese cúmulo de voces que asaltan al director-protagonista. Un archivo que termina siendo la urgencia de querer contar, de contar en cuanto película y como película, ese final. Que no es otra cosa que poder acercar esa historia de una cierta manera, para intentar lograr, en la superposición de esas escenas perdidas en el tiempo, un ficcionario cinematográfico en que todos los amigos y todos los espectadores, puedan ser contemporáneos de todo lo que en realidad ya es póstumo. La película.

Se desliza así del documental a la ficción vivida. Se vuelve imprecisa la frontera porque pervive en ese entre dos en el que pareciera no poder o no querer decidirse.

-La desaparición de alguien es inaudita,-parece comentar.

Allí está el cine erigido para constatar ese otro momento en que alguien se movía y respiraba ante la cámara. Siendo registrado por alguien en el detrás de la cámara.

La película captura esa singularidad de estar vivo que es proyectada luego haciendo aparecer a quien ya no pervive.

Los amigos que se han marchado como lo hará él y todos nosotros.

Y sin embargo. Sabe que ha quedado esta constancia donde con la piel de las sombras y la luz, podemos verlos y escucharlos aún.
Literalmente, el mundo de las sombras de donde van emergiendo todos los amigos en orden de aparición y de desaparición.

Que es el orden que toma la película.

El guión no podía ser más auto referencial. El documental-película ha seguido la línea de esa vida común. Que ha sido la historia de una cinefilia. Que es en parte también, un fragmento importante de la Historia del cine colombiano. Luego se va comentando esa historia, que en consecuencia es una historia personal y general, en esa escena intermedia, donde dialogan alrededor de la mesa los amigos, en un Banquete (C.f. Platón) conmemorativo de la amistad.

Se ha dado orden. Se ha dado curso al archivo al que le fue dada una temporalidad y una secuencialidad que sigue el curso del orden de la vida de los amigos a quienes se hace converger en un presente que correspondería al tiempo más actual de la película en que el director protagonista los cita a la revisión de su propia historia. Así se superponen las imágenes de ayer y de ese hoy que ha entrado también en el pasado y es archivo. Y sin embargo, vueltas a montar esas escenas del pasado y de ese falso presente, aparecen en un supuesto nuevo presente radical que aspira a no extinguirse, rescatando el archivo.

Cada uno es su capítulo, cada amigo, con lo que se forman los capítulos de la película que se suceden en una aparente secuencia lineal.

Y sin embargo logran traslaparse en este nuevo tiempo creado por el montaje de los archivos de la vida de todos ellos. Y las secuencias en tiempo real, que han sido superpuestas. Progresión de un tiempo de sumatoria de tiempos que en cierto modo termina por ser también, una apelación al tiempo de nuestra historia que entra en correspondencia o que tangencialmente se toca o es tocado por ese devenir, o que de alguna manera ha comenzado a ser consciente, mientras progresa la película, del paso del tiempo. Pero que en la película es una feliz condensación que parece exorcizar la contingencia.

“Hoy ha sido un día triste. Me sentí solo, físicamente solo porque lo sentí como un vacío en el pecho que me hizo sentir más liviano. Algo así como ese ascensor al cadalso en que te montaste. Este Cali tiene sus días. Le parece a uno que el tiempo ha parado pero el reloj no.” Luis Ospina a Andrés Caicedo, 1973. Palabras al viento

“El intruso se introduce a la fuerza, por sorpresa o por engaño, en todo caso sin derecho y sin haber estado previamente admitido. Es necesario que haya intruso en el extraño, sin lo cual éste pierde su extrañeza. Si tiene derecho de entrada y de permanencia, si es esperado y recibido sin que nada suyo quede al margen de la espera y de la acogida, entonces ya no es más el intruso, pero tampoco es el extraño. Tampoco es lógicamente recibible ni éticamente admisible excluir cualquier intrusión en la llegada de un extraño.
Una vez que está allí, si continúa siendo extraño, por mucho tiempo que lo sea, en lugar de “naturalizarse” simplemente, su llegada no acaba: continúa llegando, y su llegada no deja de ser, desde un cierto punto de vista, una intrusión: es decir, no deja de ser una llegada sin derecho y sin familiaridad, sin acostumbramiento , al contrario de ser una molestia, un trastorno en la intimidad.” El intruso, Jean Luc-Nancy

Claudia Díaz, martes 24 de septiembre del año 2019


Posición del Centro Colombo Americano ante la polémica de la intervención de su fachada

Sobre la lamentable polémica generada a raíz de la situación relacionada con los muros de la fachada de nuestra sede Centro, y en aras de aportar al entendimiento y claridad de lo sucedido, nos permitimos comunicar:

El Centro Colombo Americano de Bogotá es una entidad sin ánimo de lucro, que tiene como misión generar intercambios culturales y académicos entre Colombia y los Estados Unidos. Durante más de 77 años hemos contribuido activamente al fortalecimiento del arte y la cultura. Nuestra programación cultural es permanente, gratuita y abierta a todos los públicos. En nuestros escenarios han iniciado y consolidado su carrera los artistas más reconocidos de la escena del arte colombiano y seguimos promoviendo los artistas emergentes. Por nuestras aulas han pasado más de seis millones de estudiantes, gran parte de ellos con becas para jóvenes de minorías étnicas y raizales y de sectores vulnerables.

Tan sólo en los últimos 5 años hemos ofrecido a todos los públicos más de 600 actividades culturales, como exposiciones, debates, talleres, conciertos, conversatorios, entre las que se destacan el Salón de Arte Soacha y exposiciones de arte urbano, que invitan a la reflexión y el diálogo alrededor de propuestas críticas que abordan, siempre desde el respeto, diferentes problemáticas sociales.

Con el objetivo de seguir contribuyendo al fortalecimiento del arte en la ciudad nos unimos entusiastas al 45 Salón Nacional de Artistas, proyecto del Ministerio de Cultura, operado por la Fundación ARTERIA, disponiendo nuestra sala de exposiciones sede Centro. El convenio firmado con la Fundación ARTERIA como operadora logística, financiera y administrativa, comprende el uso de la sala para la exposición: “Arquitecturas Narrativas” liderada por el reconocido curador Alejandro Martín, a su vez Director Artístico del 45 Salón Nacional de Artistas.

De manera ajena al mencionado convenio, celebrado con la Fundación ARTERIA, se habló informalmente sobre la posibilidad de que algunos de los artistas de la exposición intervinieran uno de nuestros muros de fachada durante la inauguración del salón el día 14 de septiembre o, en su defecto al día siguiente, de modo que el Colombo pudiese coordinar y facilitar dicho trabajo. Lamentablemente, por razones que escapan a nuestro conocimiento, dicha coordinación no se llevó a cabo, tampoco mediaron, en ningún momento, solicitudes, autorizaciones o formalizaciones como lo requiere cualquier operación como esta.

Sin previo aviso, sin autorización alguna y sin conocimiento formal de nuestra parte, durante el fin de semana del 21 al 22 de septiembre, fue intervenida una sección de nuestra fachada. Habiéndonos sentido asaltados en nuestra buena fe y teniendo en cuenta todas las irregularidades de información y coordinación mencionadas, en una primera reacción procedimos a restaurar la fachada, a lo cual vimos que se respondió con una nueva intervención no autorizada, que esta vez atentó directamente contra nuestra integridad, seguridad y reputación, y que permanece aún en nuestro muro.

Rechazamos las imputaciones deshonrosas y falsas que se nos han hecho, que no toman en cuenta lo expresado en este comunicado, ni mencionan el daño que se nos ha generado por cuenta de los sucesos aquí señalados.

Reafirmamos nuestro compromiso con el Ministerio de Cultura, con el 45 Salón Nacional de Artistas y con el convenio vigente que media nuestra participación. La exposición Arquitecturas Narrativas continuará abierta al público de acuerdo con el cronograma previsto y sin ningún tipo de intervención en los criterios curatoriales de la exposición, como se ha desarrollado hasta ahora.

Ofrecemos disculpas a la ciudadanía, a los artistas, a las instituciones, a los aliados, a los patrocinadores y a nuestra comunidad por esta lamentable agitación mediática que no hace justicia a lo más valioso del 45 Salón Nacional de Artistas: las propuestas de más de 150 artistas nacionales e internacionales.

Reiteramos nuestro evidente compromiso de más de 77 años con la libertad de expresión, con la cultura, con la construcción de sociedad, con la formación de más de 6.000 niñas, niños y adolescentes que semanalmente asisten a nuestras sedes, con la calidad de nuestros servicios académicos y culturales que hoy llegan a más de 12.000 colombianos al mes, y sobre todo con el fortalecimiento del intercambio cultural y académico entre los pueblos de Colombia y Estados Unidos, razón principal de nuestra existencia.


Sobre las malas prácticas del Ministerio de Cultura

Tengo que confesar que el atropello del que fueron objeto Power Paola y Lucas Ospina por parte del Centro Colombo Americano de Bogotá poco o nada me sorprende. Este tipo de atropellos han hecho escuela en Colombia desde hace rato. Si alguien lo pone en duda, basta mirar las numerosas entradas en Esfera Pública que dan cuenta de ello.

Los que pertenecemos al campo del arte estamos acostumbrados a que, con contadas excepciones, quienes manejan las instituciones dedicadas al arte sean gente ni fu ni fa, ajenos al campo y nombrados por razones muy diferentes a su compromiso con el arte o la cultura, para la muestra la actual ministra de cultura o casi que cualquier secretaría de cultura de provincia; y que, cuando sí son gente del campo, estén sometidos a los caprichos del que está por encima de ellos en la cadena de mando, o a las clásicas “presiones indebidas” de quienes detentan o manejan los fondos que les permiten llevar a cabo sus programas.

Personalmente, lo que me indigna más profundamente es, una vez más, el silencio cómplice del Ministerio de Cultura, más aún cuando el mural censurado hace parte de unos de sus programas pilares: el Salón Nacional de Artistas. ¿Porqué será que cada vez que un episodio de este tipo sucede el Ministerio pasa de agache? Claro está que ya leí la carta de los directores del Salón, dice lo que debía decirse. Pero me queda la sensación que el Ministerio se está escondiendo detrás de ellos para que sean ellos quienes digan lo que el Ministerio no quiere decir o no se atreve a decir en voz propia. Porque cuando pasan cosas como ésta, que atentan contra los objetivos misionales de una empresa –estamos en modo economía naranja—, son los altos cargos gerenciales y no sus contratistas quienes están llamados a pronunciarse. Así mismo, tampoco soy tan ingenuo para pensar que la actual Ministra, cuota de otredad del uribismo en uno de los ministerios menores, fuera a alzar la voz para defender un mural que mostraba explícitamente a quién le dio el puestico, el subpresidente Duque, como la marioneta del titiritero mayor (alias el “presidente eterno”) siendo a su vez la marioneta del lamentable puppet master (Trump). “Que le vamos a hacer”: una metida de pata más para la larga colección de Duque para con un campo que seguramente le resbala.

No obstante, y a pesar de lo dicho anteriormente, todavía me hace falta un enérgico pronunciamiento por parte del Ministerio de Cultura, así sea del Área de Artes Visuales, aunque lo apropiado sería que viniera de más arriba, de la Dirección de Artes (ya que la Ministra nunca va a decir nada). Pero me puedo imaginar el dilema: “si nos ponemos de bocones nos recortan el presupuesto el próximo año”, o la orden de arriba: “tapen, tapen, que eso puede afectar la futura carrera política de la Ministra”. Como en el Estado tradicionalmente, y en este gobierno más, los altos cargos de la cultura (y no me refiero a los de quienes “ejecutan”) son un espacio tomado por la politiquería —y la independencia de los mandos medios es mínima, además que viven bajo la amenaza latente que sus cargos son de remoción inmediata—, dudo que tan esperado pronunciamiento vaya a llegar. Tampoco hay que descartar la posibilidad que la orden borrar el mural no viniera de unos espontáneos esbirros del subpresidente o de su partido sino “de más arriba”.

Uno se pregunta dónde está la independencia del Ministerio de Cultura a la hora de defender el arte y la cultura, cuando resultan políticamente incomodos. Pregunta retórica: ¿será que no hay tal? Ya en los años 90, en los tiempos de Colcultura, numerosas voces se habían opuesto a la creación del Ministerio ante el riesgo de que la cultura se burocratizara y politizara (aún mas). Desafortunadamente la profecía seguirá cumpliéndose ad infinitum.

De pronto, al menos en este caso, posiblemente la única esperanza para el campo que la destrucción y censura al mural de Power Paola y Lucas Ospina no quede impune sería la intervención de un ente veedor del Estado –seamos ilusos— que, aunque no podría penalizar directamente al Centro Colombo Americano de Bogotá por ser éste un ente privado, sí podría exigirle (a las malas) a la Ministra y al Ministerio de Cultura que sancionen al Colombo por: 1. el incumplimiento del contrato/convenio suscrito, o 2. por destrucción de patrimonio público (puesto que el mural fue comisionado con dineros públicos). Seamos claros, un desenlace “negociado” poco le sirve al campo, mientras una sanción al Colombo cuando menos sentaría un precedente.

Claro, falta que el Ministerio haga público el contrato o el convenio (si lo hubo) que hizo con el Colombo para saber si en términos estrictamente legales esta academia de inglés se puede salir con la suya. Porque por censura, por una falta ética, a nadie van a sancionar; la única sanción posible sería la sanción moral del campo del arte, el boicot al que llamó Danilo Volpato.

Para rematar, me queda una última pregunta: ¿porqué será que el Ministerio, que dice ser un ente con un perfil técnico, después de tantos años de existencia, todavía no ha desarrollado un “Manual de buenas prácticas”? que, al menos en un sentido ético (y no estrictamente legalo-contractual), vincule a las salas concertadas y las instituciones con las que realiza convenios Urge. Así nos ahorraríamos interpretaciones tan “liberales”, como la del Colombo, de lo que constituye el “fortalecimiento del arte y la cultura”.

 

Juan Sebastián Ramírez