Luz de un nuevo cielo?

Del 19 de noviembre de 2008 al 30 de enero de 2009 se desarrolló en Cali el 41 Salón Nacional de Artistas. Pretexto para que el autor de esta crónica regrese a su ciudad natal y la recorra, convertida ahora en la gran instalación de sus recuerdos.

Turista de recuerdos

El Colegio de La Sagrada Familia en la ciudad de Santiago de Cali, república de Colombia, frente al parque del tradicional barrio El Peñón, era un claustro de señoritas de la llamada clase media-media, señoritas de medias hasta la rodilla y uniforme matapasión. Todas las mañanas, las alumnas desfilaban hacia la puerta principal, donde eran recibidas por un ejército de monjas estrictas. El colegio de la Sagrada Familia quedó inmortalizado como lo que era en la película A la salida nos vemos del director colombo-tulueño Carlos Palau, realizada en 1986. El colegio de la Sagrada Familia dejó de ser colegio y pasó a ser un edificio ad portas de la ruina. Se dijo que iba a ser comprado por una cadena hotelera. Se dijo también que iba a ser convertido en un centro comercial. Por lo pronto, no ha sido ni una cosa ni la otra. El colegio de la Sagrada Familia dejó de ser un posible centro comercial para convertirse en un centro cultural. “Si la vida de Cali girara menos alrededor de los centros comerciales y más alrededor de los centros culturales, estaríamos salvados”, dijo mi tío Alfredo Rey, cuando regresó a su ciudad natal hace pocos meses. El 41 Salón Nacional de Artistas, bajo el alarmante eslogan “Urgente: Cali”, ha tomado como epicentro de sus obras el citado claustro.

La Sagrada Familia ya no es un colegio: es un edificio que puede ser cualquier cosa. Centro comercial, hotel, centro cultural. Pero sigue siendo hermoso. Por dentro y por fuera. Como Cali. Cali es como el Colegio de La Sagrada Familia. Ya no es lo que era antes, pero sigue siendo hermoso (o hermosa, depende de las circunstancias). Para todos los que crecimos en el Cali de los años sesenta y setenta, nos cuesta trabajo reconocer estas calles y este aire como propios. Sí. La culpa es nuestra, por habernos ido. Pero también hemos aprendido a regresar. Y a emocionarnos con el regreso. Y a desconcertarnos con las resurrecciones. “Por eso yo regreso a mi ciudad”, se llamaba un relato de Andrés Caicedo y así se llamó el discurso para recibir el Doctorado Honoris Causa (“Rebelde con Honoris Causa”, según sus palabras) del director de cine Luis Ospina. Todos tenemos razones para volver.

Durante los días en que transcurrieron los preparativos y la inauguración del Salón Nacional de Artistas se vivía en Cali una excitación que hacía tiempos no se percibía en sus calles. Bueno. Cali es ahora una ciudad demasiado grande como para generalizar. El éxtasis sucedía entre el centro cultural denominado Lugar a Dudas, el Edificio de Bellas Artes (antiguo Conservatorio, conocido por muchos como “el aire acondicionado”), el Museo La Tertulia, la Cámara de Comercio, el Edificio de Proartes (antigua sede de la Universidad Santiago de Cali), el Museo de La Merced y un par de recintos más. Es decir, el centro de la ciudad. Con mucha frecuencia el centro deja de ser el epicentro. Éste no era el caso. Para completar la ceremonia, como el ave fénix, gracias a la curaduría sin afanes del crítico Miguel González se reconstruyó lo que fue el templo de la contracultura caleña de los años setenta: Ciudad Solar. No. No era gratuito que todo esto sucediera de manera simultánea. Y que el colofón fuese la resurrección de esa vieja casa derruida, propiedad del fotógrafo Hernando Guerrero, quien, con la complicidad de una decena de jóvenes de largos cabellos y bellas ganas de llevar la contraria (de nuevo Caicedo, Carlos Mayolo, Pakiko Ordóñez, el mismo Miguel González y otros cuantos), fundó este sitio que fue sala de exposiciones, oficina de producción, sede del Cine Club de Cali, residencia de artistas sin amparo y fumadero de grandes idearios estéticos. Ciudad Solar duró muy poco, cambió de casa, cambió de propósitos y cambió de militancia. Desapareció cinco años después del golpe a la revolución chilena y solo quedaría la leyenda local. Gracias a la reconstrucción de 2008 podemos observar las verdaderas dimensiones de Ciudad Solar, los artistas que acogió (Óscar Muñoz, Fernell Franco, Édgar Negret, Pedro Alcántara, Feliza Bursztyn, Carlos Rojas, entre otros) y los sueños que estimuló.

La casa de la calle 6ª N° 5-51 no es, no era, Ciudad Solar. Se adaptaron dos espacios de la entrada (“inspirados en el Cabaret Voltaire de Zürich”, según reza en el texto de presentación del lugar), donde se expusieron recuerdos, más que obras originales. Gracias a la investigadora Katia González, quien prepara un extenso estudio sobre la fiesta creativa de Ciudad Solar, habíamos comenzado a recuperar el recuerdo. Ahora, siguiendo los azares fantásticos del Destino, pude volver a Ciudad Solar, como cuando iba de la mano de mis padres. Ciudad Solar es ahora un set, pero fiel a los recuerdos. Todo lo contrario de la reconstrucción fatal (tan fatal que se volvió divertimento) realizada en la miniserie de Caracol Televisión titulada La sucursal del cielo, donde unos jovencitos despistados trataban de representar a la tropa anárquica de la Ciudad. En fin. Mitos o personajes típicos. Ya no se sabe. Pero volvamos.

Volver a Cali, para mí, era volver a una gran Ciudad Solar, donde se estimularon los sentimientos pasados. Y aunque la nostalgia es peligrosa, el regreso fue como un buen estimulante. Después de tantos excesos en vidas pasadas, ver a Cali “en sano juicio” era más, mucho más que un redescubrimiento. Ver, volver a Cali, me dejó aún muchas preguntas, las cuales trataré de responder a lo largo de estas líneas. Por supuesto, serán respuestas todas enmarcadas en nuevos signos de interrogación. Dejemos, de todas formas, que la luz Solar siga brillando. Y que tengamos fuerzas y paciencia para hacer balance de un evento que trasciende, por las circunstancias, sus propios límites y sus propias consecuencias.

Calinstalación

Al entrar al Colegio de La Sagrada Familia, a mano izquierda, donde antes quedaba la recepción del claustro, podemos ver, a través de un vidrio, una lluvia de arena del río Cauca que cae infinitamente sobre restos de escritorios y pupitres de la antigua oficina de las monjas. Es una instalación de la artista María Elvira Escallón (Filtración de arena del río Cauca en la sala de espera del colegio). El miércoles 19 de noviembre, desde las seis de la tarde, hordas de caleños se agolpaban en cada uno de los salones de la laberíntica Sagrada Familia, tratando de ver alguna cosa. Tratando de ver obras de arte. Había tensión en el ambiente. No se esperaban tantos visitantes. La casa abierta estaba demasiado abierta. Y p ara una ciudad en la que estos asuntos se mantenían tradicionalmente entre pocos, el riesgo de “colapsar”, como se dice ahora, en estos tiempos tan temblorosos, era más que probable. Pero el primer día logró salir avante.

No se percibía lo mismo el fin de semana anterior. “En Cali nadie trabaja los puentes”, se quejaban los encargados de la logística, quienes trataban de dejar a punto el aparente caos de un salón nacional de artistas. Yo había llegado desde el 16 de noviembre, fecha mágica, en un avión cargado de tumbos, de vacíos y de una decena de artistas traviesos. “En esta maleta traigo el Goya”, me dijo uno de los artistas, refiriéndose al célebre grabado del pintor español que había desaparecido y que luego fue recuperado en la complicada confusión bogotana (dicen que estuvo discretamente colgado en el cuarto del artista Pedro Manrique Figueroa, en la Terminal de Transportes. Pero ésa es otra historia).

Cali estaba gris y lluviosa y los preparativos del Salón Nacional se confundían con los del Séptimo Festival de Performance y los tempranos arreglos navideños. Un inmenso cable de ropa vieja colgaba del puente de la Calle Quinta y la policía mandó quitarlo porque “ensuciaba” la ciudad. Luego se supo que se trataba de una instalación de uno de los artistas invitados. Cali convertido en museo, en galería provocadora.

La impresión que me dio, una vez acomodado en el Hotel Casa Republicana (última morada caleña del director de cine Carlos Mayolo), es que la gente en la capital vallecaucana vive en su pequeño microcosmos y es difícil que los de un gueto se comuniquen con los de otro. “Así es en todas partes”, se me dirá. Pero en Cali lo sentí con más vehemencia, pues aún conservo amigos en muchas partes, entre los maestros de la Universidad del Valle y los profesores de Bellas Artes, entre los escritores independientes y los desocupados dependientes, entre las aristócratas lánguidas y los emboladores comunicativos. “¿Salón de Artistas? Ah, el de los performances”, me dijo un distraído hombre de las tablas. “¿Y viniste a ver esas cosas espantosas que ahora llaman arte?” fue el saludo con el que me recibió un antiguo cómplice que ahora trabaja en el Mío, el nuevo sistema integrado de transporte que lentamente se decide a arrancar. No. No había muchas expectativas con respecto al Salón Nacional, a juzgar por la poca curiosidad externa. Pero cuando me interné en sus intestinos, la energía era otra, muy diferente. Voy a tratar de explicarme.

Salí del hotel, situado entre el Teatro Municipal, ahora llamado “Enrique Buenaventura”, y el Teatro Experimental de Cali (TEC), ahora llamado “Enrique Buenaventura”. A falta de un Enrique, ahora hay dos. Allí, en la mitad de los dos teatros (en ésas me la pasé toda mi adolescencia, entre ser del Teatro Municipal o ser del TEC), respiré profundo y salí a caminar, Calle Séptima arriba, buscando lo que no se me había perdido. Pero sí. Ya mucho se ha perdido, o al menos se ve perdido. “Eso pasa en todas partes”, me repetían mis amigos. Y claro. Eso pasa en todas partes, pero yo no podía dejar de pensar, de sentir, que Cali era una ciudad desalojada, como las ruinas de mi memoria, como si sus antiguos habitantes se hubieran ido y ahora la ocupasen otros nuevos. De otra parte, estábamos a punto de convertirnos, como en la novela El mar del escritor Germán Cuervo, en una ciudad inundada, convertida en una suerte de Venecia surreal y tropical. Llovía y llovía, como no paró de llover en este noviembre, hijo de la canción de Guns n’ Roses.

Caminé por la Calle Séptima, por la Carrera Cuarta, por la orilla del río, frente al Hotel Intercontinental atravesé el puente astral de La Estaca (el único de los pequeños puentes de mi infancia que permanece en pie); pasé frente a mi antigua casa del barrio Centenario, donde vivió sus últimos días el fotógrafo Fernell Franco junto con su familia; respiré profundo, al ritmo de la agitada congestión de tráfico y di media vuelta. Las montañas, el aire tibio, el río inquieto. El puente del Peñón, el gato gigante del escultor Hernando Tejada, protegido por traviesas y coquetas gaticas multicolores, las desaparecidas empanadas del Estadero del Charco del Burro, hoy convertido en hotel galante, hasta llegar a las intactas columnas del Museo de Arte Moderno La Tertulia. Allí sigue la escultura de Édgar Negret que lo acoge, el teatro al aire libre, protegido por la montaña. Y un ampliado edificio aún deja ver la antigua entrada de la Cinemateca, donde dimos nuestros segundos pasos hacia el universo de la cinefilia.

En el Museo, al contrario de la Sagrada Familia, todo estaba listo. Recordé los salones y los cientos de exposiciones de otros tiempos, las Camas de Feliza Bursztyn y el políptico de Luis Caballero, la colección que flota intermitente en sus paredes y las adustas presencias de Maritza Uribe y Gloria Delgado, rectoras imperturbables del colegio de la creación. No. No todo había cambiado. Poco a poco, Cali volvía a recuperar en mi memoria el fascinante secreto de su vida artística y, como en una extraña pirueta de los nuevos tiempos, el Salón Nacional estaba devolvi&eacute
;ndome a ese mundo en el que todo funcionaba, en el que sacábamos la cabeza más allá de la salsa y el fútbol para sentir que el mundo de la creación era posible. Pero aún no podíamos cantar victoria. “Ese salón va a ser un desastre”, me habían anticipado en Bogotá. A mí me cuesta mucho trabajo hablar mal de algo que representa esfuerzo. Y, peor, hablar mal de algo que no he visto. Así que necesitaba untarme de pintura… Bueno, pintura ya casi no hay en los salones de artistas. Necesitaba untarme de, no sé, de videos, de instalaciones, de transgresiones, para poder arriesgar un comentario.

Lo urgente y lo importante

El lunes llegó desde Atlanta la pintora Karen Lamassonne Medina. Venía a acompañar la obra que presentaría en uno de los salones de la Sagrada Familia. Se trataba del storyboard de la película Pura sangre, realizado a mano, en tinta, plano a plano, guía imprescindible para el rodaje del primer largometraje de su eterno cómplice: Luis Ospina. Volver a ver a Karen en Cali era otra de las travesuras del tiempo. A lo largo de la década del ochenta, cuando los excesos caliwoodenses los vivimos en todo su esplendor, Karen fue una discreta pero activa protagonista de nuestras aventuras audiovisuales. No solo expuso en varias ocasiones (sus célebres Baños fueron censurados en la galería del Club de Ejecutivos), sino que fue directora artística, actriz, editora, videísta y cantante de la banda de rock Band-Aids. La acompañé a la Sagrada Familia, un poco para que me sirviera de cicerone en el laberinto de sus corredores sin monjas.

Al llegar, el caos era apenas soportable. “Es normal”, me consoló la siempre optimista Lamassonne. “Es peor que un rodaje”, le dije. “Es igual, pero peor. Es como un trasteo, pero con doscientos dueños”. La Sagrada Familia parecía en obra negra. Andamios, tierra, polvo insoportable, obreros, charcos, tarros de pintura, escaleras, cortocircuitos, cables infinitos, agitado desorden. Entre sala y sala, muy calmados, los curadores Óscar Muñoz y José Horacio Martínez (también figuraban en la lista Wilson Díaz, Victoria Noorthoorn y Bernardo Ortiz, a quienes no conocí) hacían discretas recomendaciones.

El cuarto donde ubicarían la obra de Karen estaba identificado con el número 1-11. No habían llegado los estantes, los vidrios de las ventanas estaban rotos y el piso sin lavar. Frente a su espacio estaba el salón con la obra de Fernell Franco, organizado por una de sus hijas y tres colaboradores más. Un poco más lejos, las siluetas del dibujante Ever Astudillo nos acompañaban y nos ayudaban a tranquilizarnos. “Por lo menos Karen tiene los mismos vecinos de antaño”, pensé. Todas estas obras formaban parte del conjunto denominado Núcleo 1. Imagen en cuestión, que combinaba la presencia de reconocidos artistas como Johanna Calle y Luis Camnitzer, Santiago Cárdenas y Beatriz González, Fabio Kacero de Argentina y Sarah Rapson de Inglaterra, José Antonio Suárez y Rosario López, entre otros. Los demás núcleos conceptuales del Salón Nacional de Artistas se denominaban Presentación y representación y Participación y poética. En el primer núcleo, los curadores anunciaban a los artistas con la siguiente afirmación: “bajo la temática de este Núcleo expondrán artistas que se detienen con urgencia a cuestionar el estatus mismo de la imagen –arquitectura básica de las artes visuales– explorando, entre otras, posibilidades por los caminos de la negación, el vacío y el blanco”. No había entonces por qué preocuparse. Estábamos todos dentro de las reglas del juego. Pero el tiempo avanzaba y parecía como si la realidad se mantuviese entre la negación, el vacío y el blanco.

Pero el asunto no pasó a mayores. A las dos de la mañana la Sagrada Familia parecía una familia demasiado disfuncional para mi gusto. Traté de quejarme, pero me recibieron con una frase aún más alarmante: “Y mañana llega la ministra de Cultura a las once de la mañana para dar la rueda de prensa que inaugura este desastre”. Como no quería que me diese angustia ajena, me despedí de Karen y decidí regresar a la Casa Republicana. “Es mejor que pida un taxi”, me advirtió el portero. “Acaban de atracar a alguien en el parque”. Seguí sus sabios consejos.

Un poco más lejos del claustro, la casa que dicen fue de Jorge Isaacs permanece intacta entre sus ruinas. Allí se proyectarían, como parte del Salón Nacional, las imágenes que se conservan de la película María, primer largometraje colombiano realizado en 1920 por Máximo Calvo y Alfredo del Diestro. Pensé en En busca de “María”, el cortometraje de Ospina y Jorge Nieto en el que actué, en 1986. “Deberían pasarlo”, especulé, perdido en la neblina de mi propio sueño. “Es mucho más largo que los veinte segundos que quedan del original desaparecido”. La casa de Jorge Isaacs parece irremediablemente perdida. Un fiero edificio la vigila sin vergüenza y nadie apuesta cinco centavos por su permanencia futura. Pero de repente todo formaba parte ya de mis tempranas pesadillas. Soñé con aguaceros. Un grupo de niños del barrio Aguablanca cantaba la Oda a la alegría de Beethoven-Schiller combinándola con “Another Brick in the Wall (Part II)” de Pink Floyd, acompañados por una orquesta de cuerdas y una banda de vientos de la Fuerza Aérea, en el noveno piso del Hotel Intercontinental. ¿Lo había soñado? No. Lo había vivido, pero ya las piezas de mis recuerdos no casaban. Cali era un calidoscopio de sensaciones, lisérgica inmersión en el túnel de otro tiempo. Mejor regresar a la realidad.

Al día siguiente, muy temprano, llegué a las oficinas de Proartes, para sumergirme de verdad en el asunto. Las amenazas de lluvia continuaban y yo me estaba imaginando lo peor. Sin embargo, cuando regresé a la Sagrada Familia, el asunto era a otro precio. El colegio parec&iacute
;a diseñado para un Salón Nacional. A las once y treinta de la mañana llegó la ministra de Cultura, Paula Marcela Moreno, acompañada del alcalde de Cali y los secretarios de Cultura del municipio y del departamento. Con ellos, doña Amparo Sinisterra de Carvajal, otra de las grandes damas del arte local. El Salón se presentó como un evento esencial en la vida de la capital del Valle del Cauca y nadie tocó, ni por asomo, el desastre del que yo había sido testigo la noche anterior. “Es normal”, me había dicho mi amiga Karen. De repente, el que no estaba normal era yo. Los corredores de la Sagrada Familia comenzaban a brillar. Aunque, en algunos rincones, aún se arremolinaban algunos detalles del caos.

Me alejé discretamente de la rueda de prensa, luego de que la señora ministra me sonriera con sus ojos inmensos. Le di una rápida vuelta al colegio y comencé a encontrarme con las sorpresas de las artes plásticas del nuevo milenio. “La pintura de caballete ha muerto”, le oí decir al crítico argentino Jorge Romero Brest en alguna conferencia caleña, en los años setenta. Y claro. En 2008 la pintura de caballete no solo había muerto sino que estaba enterrada. Las artes visuales eran más “una cuestión de actitud” que de otra cosa. Lo increíble, lo desconcertante y, al mismo tiempo, lo estimulante, es que todavía se producían sentimientos de escándalo. El “espanto” al que aludía mi amigo dos días atrás seguía siendo parte del asunto. Y había que establecer con pinzas dónde terminaba el territorio de la reflexión y dónde comenzaba el terreno de la especulación. Traté de guiarme por los catálogos, traté de seguir las muestras de todas y cada una de las obras de las distintas regiones del país (Bamba 45 del Pacífico, Museo Iberoamericano de Arte Moderno de Popayán, Orinoquia, Confluencias Arte y Ciudad, Territorios Invisibles y Territorios Ignorados de la Región Surcolombiana, Región Imaginada, Voces, Acciones y Silencios, Eje[s] Imaginario[s], Ahí está pintado el Chocó…) pero la curiosidad no me dio tiempo. Preferí dejarme llevar por los impulsos del instante, más que por la visión sistemática y “científica” de todo el asunto. Seguí mi instinto.

Lo primero que me llamó la atención fue descubrir que había un cuarto con la obra de Alicia Barney, una de nuestras primeras artistas conceptuales. La puerta que escondía su trabajo estaba cerrada, sin embargo la empujé. No había nada. Solo algunas personas que me pidieron, me exigieron, que me saliera. “¿Y Alicia?”, alcancé a preguntar. “Ella no está aquí”. Alicia ya no vive aquí. Y me cerraron la puerta en las narices. Recordé los trabajos de Alicia Barney, a comienzos de los ochenta, en los que “enfrascaba” el aire contaminado de Yumbo, y pensé que todo el cuarto era una gran obra de Alicia Barney. Aire contaminado. Pero no insistí. Seguí dando vueltas y revueltas.

Me encontré con un salón del segundo piso donde habían subido un impecable Renault 4 blanco (Uno de nosotros, entre nosotros, con nosotros, de Nicolás Consuegra). A un extremo, una sala acogía la obra de Pablo Van Wong, hecha de hilos y figuras militares (De la serie Obrepción con decoración). En la capilla central del colegio los íconos del Santo Job en video de José Alejandro Restrepo. Un poco más lejos, las proyecciones de Ana María Millán con las legendarias grabaciones de Eduardo Carvajal de la película Aquel 19. En la nave central del colegio, una instalación estrepitosa de Danilo Dueñas, collage en tercera dimensión del Colegio convertido en desastre. Fascinante. Seguí perdiéndome, entre corredores y fantasmas, hasta que ya no encontré ni la ruta de entrada ni la ruta de salida. En un momento creí encontrarme en el cielo, frente a la delicada obra de Elías Heim compuesta de cientos de copas y hermosos vidrios astillados. Traté de buscar un baño, pero volví a encontrarme con Karen Lamassonne, quien estaba organizando a un grupo de jóvenes colaboradores, con los que pensaba extender un telón de diez metros, donde había pintado el Taj Mahal, encima del Puente Ortiz. “¿Estás segura de lo que vas a hacer, Karen?”, alcancé a decirle. Pero los jóvenes colaboradores se veían tan entusiasmados que no quise dañarles la fiesta. Preferí entonces guardar fuerzas para las horas de la tarde, cuando se inauguraría oficialmente todo el asunto.

Almorcé en el restaurante Los Turcos, el epicentro de buena parte de nuestras especulaciones creativas. El restaurante Los Turcos, como la Sagrada Familia, como Cali, ya no era el restaurante Los Turcos. Pero vendían la misma carne encebollada y la misma ensalada con aguacate y el mismo jugo de mandarina, y para mí era más que suficiente, era la instalación de mi memoria. Cuando vi que empezaban a llegar grupos de artistas, dispuestos a comenzar el ritual que yo ya había terminado, me escapé discretamente hacia el Paseo Bolívar.

Caminé con rumbo fijo y entré, después de más de veinticinco años, al Edificio de Bellas Artes, donde se preparaba otra parte del Salón y se anunciaba la proyección de Agarrando pueblo de Luis Ospina y Carlos Mayolo, “por el cuestionamiento que el filme postula a las dudosas manipulaciones de la población con menores recursos”. La proyección debería ser en la antigua sala Julio Valencia, donde había comenzado mis estudios teatrales en mi ya lejanísima infancia. Pero la sala Julio Valencia, como la Sagrada Familia, como Cali, como el restaurante Los Turcos, no era ya la sala Julio Valencia. Era ahora un auditorio oscuro, donde los estudiantes de artes escénicas saltaban en ropa de trabajo, ante la mirada atenta de sus maestros. No quise esperar la proyección de Agarrando pueblo y seguí mi camino. Lo mejor sería prepararse para la ceremonia vespertina. Cerré los ojos. Un grupo de estudiantes de teatro de la Universidad del Valle me invitó a un ensayo de una obra sobre Andrés Caicedo titulada Todo tiene su final (todo tiene su final, menos Andrés Caicedo y su muerte sin sosiego…). Una masajista trató de arreglar las tensiones irreparables de mi cuello con esencias florales. Un periodista me bombardeó con preguntas sobre las relaciones del rock con la ciudad de Cali. No. No podía
organizar mis asuntos. La tarde cayó sin prisa y el stage fright apenas comenzaba.

La ciudad-salón

A las cinco y treinta de la tarde no cabía un alma en el Museo de Arte Moderno La Tertulia. A la entrada, frente a la Avenida del Río, en el mismo cruce donde se había filmado Angelita y Miguel Ángel, un camión descapotaba su carpa y exhibía trabajos de un colectivo de artistas. De nuevo la ministra de los ojos inmensos, ahora de blanco hasta los pies vestida, volvía a inaugurar el evento. La pequeña gran artista Lucy Tejada recibía un diploma, por toda su inmensa obra pictórica. De igual forma, Amparo Sinisterra de Carvajal, como cabeza de Proartes, aceptaba las bendiciones ministeriales. El público entraba y salía del auditorio de la Cinemateca, esperando que se abrieran las puertas del arte. Hubo que contenerse casi hasta las siete de la noche. Hasta que los meseros avanzaron con sus bandejas de vino y el Salón se nos vino encima con un estrépito de desconcierto. Bajé, bajamos las escaleras a la galería de La Tertulia. Obras de Leonardo Herrera, de Luis Molina Pantín, de Miguel Ángel Rojas. Fotos a color de la estética traqueta. Fotos a color del cielo, desde el punto de vista de los muertos. Al centro, el video mudo del artista François Bucher con los primeros planos de Ernesto Samper (La raíz de la raíz–todo pueblo tiene su historia, 2008). Un poco más arriba, la instalación de la artista norteamericana Kara Walker, sobre la explotación generada por la esclavitud en Estados Unidos. ¿O me estaba confundiendo? Salí de allí. Me fui a curiosear a la sala central del museo, donde estaban los inmensos dibujos de Pedro Alcántara. Con ellos, las obras de Antonio Caro, de Adolfo Bernal, de León Ferrari, de Bernardo Salcedo (la Primera lección de 1970…). El asunto era demasiado grande. Decidí tomarme entonces el viacrucis muy en serio y apretar el paso. No quise saludar a nadie, aunque por allí rondaban muchos fantasmas conocidos. Pero yo estaba en retiros espirituales y no quise distraer el paso con las apetecibles atracciones de la realidad.

De La Tertulia volví a la Sagrada Familia. Cientos de niños correteaban por los salones. Un grupo de ellos se había tomado por asalto la instalación de racimos de plátanos de Minerva Cuevas y huía feliz con su botín. El Salón brillaba con su propia elegancia y no quise darle más vueltas al asunto. Apuré el paso hacia el Museo de Arte Religioso, al lado de la capilla de La Merced, donde la obra de Rosenberg Sandoval, una vez más, me escupió en la cara, con su obra titulada Emberá-Chamí 2008. Instalación-Intervención. Botas pantaneras Venus, astillas de hueso humano y bombillo de poco voltaje. En medio de un salón religioso y solitario, a prudente distancia de la colección de arte religioso, la obra de Rosenberg aterraba y sobrecogía.

Huí al frente, a la antigua Sociedad de Mejoras Públicas, donde mi papá había expuesto alguna vez. Más instalaciones: murciélagos voladores en el patio del fondo resultaron siendo pájaros reales, colgados con pinzas para la ropa. Fotos en tamaño real de policías antidisturbios de frente y desnudos por detrás, tituladas Heridas urbanas, del artista Alejandro Alzate. Una nevera con tetas y vaginas de silicona: Carne en exhibición (2007) de Fernando Arroyave. “Menos mal que mi amigo que trabaja en el Mío no vino al Salón Nacional”, pensé. O, de repente, hubiera sido mejor que hubiese venido: el asunto no era tan simple. Una cuadra más abajo, en la sede de Proartes, un grupo de jóvenes, borrachos y felices, bailaban, con botellas de cerveza en la mano, balbuceando canciones italianas. La escultura de un perro que trataba de entrar por la puerta principal los curioseaba (se trataba del colectivo Artescultura del Eje Cafetero, Nueve Andariegos). Caminé por la Calle Octava y, en la galería de la Cámara de Comercio, exaltados artistas de la Costa Caribe continuaban explicando sus trabajos a la intemperie. Atravesé el río y busqué la sede de Lugar a Dudas. Las puertas ya estaban cerradas.

A la medianoche, una fiesta en el Hotel Aristi, donde se inauguraba el Festival de Performance. La alegría general. Hasta altas horas de la madrugada, los jóvenes y los viejos, los trascendentales y los discretos, los generosos y los indiferentes, los arrogantes y los modestos, todos, tuvieron, tuvimos, su espacio de libertad y de goce en la nueva ciudad de Cali. No sé hasta cuándo durará esta rumba de la creación, pero puedo dar fe, quizás por un tiempo demasiado breve, de que en la ciudad de Santiago de Cali, la ciudad fundada por don Sebastián de Belalcázar, la ciudad que me vio nacer una mala noche de 1959, se podía respirar un nuevo aire.

Al día siguiente regresé a Bogotá. El Salón Nacional había quedado atrás y se venía encima el Festival de Performance. Mi amiga Karen Lamassonne logró extender su Taj Majal en la Sagrada Familia, en el Festival de Performance y, por fin, sobre el Puente Ortiz. Por algunos minutos desordenó el curso del centro de Cali. Muy pronto, cuando las aguas se calmen, tendré que volver a mi ciudad, porque la vida cada cierto tiempo viene, cachetea, y nos da nuevas razones para, felizmente, seguir dudando.

Coda. El saloon nacional

“Pero, ¿qué te pareció?”. Con esa pregunta me recibieron mis amigos en Bogotá, y yo, en realidad, no tenía una respuesta. Quiero decir, no tenía una sola respuesta. Tenía muchas respuestas, porque el Salón Nacional me había parecido muchas cosas y me había revuelto sensaciones. Sin embargo, me da la impresión desde hace tiempos que en los asuntos del Arte, así, con mayúsculas, si éstos no generan polémica, si no son beligerantes, si no son materia de debate, si no son conflictivos, simplemente no son importantes. El Salón debe convertirse entonces en un Saloon, como los del viejo Oeste, donde se bebe trago, se juega a las cartas, hay mujeres a disposición y, sobre todo, hay grandes peleas. ¿Debo formar parte de algún bando?

De todas maneras, no dejo de pensar en las artes plásticas “de antes” y en las artes visuales “de ahora” y no dejo de sentir cierto tufillo de nostalgia. No quisiera convertirme en el niño del relato “El nuevo traje del Emperador” de H. C. Andersen, pero a veces siento que las obras expuestas, como el Emperador de la historia, simplemente no tienen nada ni por encima ni por debajo. Ni siquiera están en calzoncillos. ¿Así debe ser? Así debe ser, porque la pintura de caballete ha muerto y porque desde que la rueda de bicicleta de Duchamp y porque desde la Merda d’artista de Piero Manzoni y porque desde los videos de Nam June Paik. Y porque y porque y porque. Pero uno no deja de preocuparse por tanto afán por el escándalo si, como dijo André Breton el siglo pasado, “el escándalo ya no existe”.

Hace algún tiempo oí decirle a un prestigioso director de teatro colombiano que uno ya no se emociona en las galerías de arte como se emociona en los museos. “Lo que uno siente por Goya o por Velázquez ya no puede experimentarse con el arte de nuestro tiempo, y es una verdadera pena”. Recuerdo también a mi mamá que me contaba que, a comienzos de los años sesenta, cuando vio por primera vez el Guernica de Picasso en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, había llorado. Yo traté de llorar en el Salón Nacional de Artistas frente a la instalación de Danilo Dueñas, frente al Renault 4 de Nicolás Consuegra, frente al storyboard de mi amiga Karen, pero todos los que me rodeaban me miraron mal. Es de muy mal gusto llorar ahora en las exposiciones de arte. De repente en el cine aún se puede llorar. En la ópera, muy pasito. Pero en el Colegio de La Sagrada Familia no está muy bien visto. ¿Los grabados de Goya, el Cristo de Velázquez, se hicieron para emocionarse? ¿Qué es, a todas éstas, emocionarse en el mundo del arte? ¿El Guernica de Picasso fue pintado para que mi mamá llorara en el MOMA? ¿Cómo debo mirar la arena del río Cauca en la sala de espera de la Sagrada Familia? ¿O a los artistas que bailaban ebrios en el patio de Proartes alrededor de sus ropas solares?

Por supuesto que el concepto de la percepción ha cambiado. Y el concepto del gusto. Y el concepto del placer. Y el concepto del aburrimiento. Y el concepto del rechazo. Y el concepto de la indiferencia. Cuando me preguntan cómo me pareció el Salón Nacional de Artistas debo aceptar que salí muy contento, que me encantó ver a la gente desconcertada y que me corroboró que existe hoy un modelo del arte para ser vendido y otro para ser visto in situ. Nadie compra la instalación de Danilo Dueñas, como nadie compra la Gioconda. Son obras para ser vistas en espacios específicos, no en la sala de la casa de un coleccionista, ni en la finca de un nuevo rico.

El Salón Nacional corrobora que las obras de arte hoy son piezas múltiples, sin tendencias específicas, que se abren y se cierran en ellas mismas, que tienen un afán, quizás desmesurado, por gritar, por denunciar, por criticar, por escandalizar. Las obras de arte son hoy ensayos sobre el arte. Es muy probable que, antes de que se acabe el año, este texto, romántico, anacrónico, hijo de nocivas nostalgias, termine colgado en el baño que no encontré en el Colegio de La Sagrada Familia. Sería la mejor forma de vengar la censura a mi amiga Karen Lamassonne, cuando sus sanitarios metafísicos fueron descolgados del Club de Ejecutivos de mi pujante ciudad.

 

Sandro Romero Rey*

 
 
*Publicado originalmente en EL malpensante
 


evaluación 41 Salón Nacional de Artistas

Me parece interesante circular esta informacion para aquellos que quieran seguir las conclusiones. Invitan por SKYPE a las curadurias pero no dejaron el nombre del link…

Un saludo,

Rafael Ortíz
Curaduría Maldeojo

Anexo documentos enviados por el Ministerio de Cultura >

Propuesta lineamientos para las jornadas de evaluación y balance del 41 SNA

Componente Curatorial

1. Exposición de la política del Ministerio de Cultura – Dirección de Artes – en torno al Programa Salones de Artistas ( Mincultura)

– La intervención de lo público en el campo artístico
– Tensiones en la política y en el modelo salones

2. Desarrollo propuesta curatorial en el 41 SNA (Comité Curatorial)

– ¿El proyecto se enmarcó en la política?
– Posición del comité curatorial frente a la política y frente al 41 SNA
– Posición de Mincultura sobre la propuesta curatorial en el marco de la política
– Estrategias de relación con las curadurías regionales
– Correlación de lo nacional e internacional
– Disposición lógica , ordenamiento y lectura de las categorías curatoriales
– Puesta en escena del 41 SNA
– El pensamiento cultural y artístico contemporáneo
– El asunto de la relación y organización nación- región
– El asunto del modelo obsoleto, de los procesos y no eventos, producción nueva
– Invitados nacionales e internacionales: criterio, número, etc…
– Estructura Comité Curatorial: funcionamiento, concertación y decisiones; tiempos del desarrollo; disponibilidad de tiempo; perfil del CC; interacción con las otras áreas del 41 SNA

3. Opiniones de las curadurías regionales frente a la política y frente a la propuesta del comité curatorial para el 41 SNA. ( Curadores regionales)

– ¿Cómo mostrarlas y organizarlas en un Salón Nacional?
– ¿ Participan todas y todas las obras?
– Puesta en escena
– Propuestas de circulación distintas
– El lugar de la investigación curatorial y convocatoria en los salones regionales
– Cronogramas , tiempos en el proceso: convocatoria- desarrollo investigaciones- Salones Regionales – Salón Nacional

Componente Pedagógico

1. Desarrollo propuesta pedagógica en el 41 SNA ( Comité Pedagógico)

– Sentido de la propuesta pedagógica en el marco de la propuesta curatorial del 41 SNA y como proyecto de ciudad
– Concepto y funcionamiento de las Escuelas de Mediadores, Estaciones Pedagógicas. formación de guías para salas, materiales pedagógicos
– Logros e Impactos: número de estaciones, número de voceros del arte, cantidad vs calidad, desarrollo a futuro como proyecto de ciudad, nivel de formación alcanzados por los mediadores, por los guías de sala, capacidad de traducir las propuestas curatoriales y regionales en los materiales pedagógicos, estrategias para lograr un mayor impacto, poblaciones atendidas ( estudiantes universitarios, primaria y secundaria, población en general)

2. Componente acádemico del 41 SNA : charlas y mesas redondas ( Comité Curatorial y Mincultura)

– Impactos
– Relación con el componente pedagógico
– Pertinencia y Oportunidad
– Importancia atribuída a las actividades académicas
– Visibilización y proyección

Componente Producción ( Comité de Producción)

Pre- producción, Montaje, Mantenimiento, Desmontaje
– fichas técnicas
– planeación
– contactos con los artistas
– costos de producción
– Productores
– Montajistas
– Recurso humano disponible en la ciudad para enfretar el reto
– Espacios fisicos disponibles en la ciudad para afrontar el reto
– Logística de la producción: Outsourcings – adecuaciones fisicas y alquiler de equipos; transportes; seguros; señalética (plotters – diseños museográficos; importación temporal de obras
– Tiempos y responsables

Estructura Administrativa

– Coordinación General – relación con otras áreas
– Instancias de decisión ( cadena de mando – interrelación – comunicación – roles).
– Proyecciones presupuestales vs realidades presupuestales
– Estructura del Comité de Gestión como área del 41 SNA vs quien es el responsable legal de la contratación.
– Inversión – costo total del proyecto ( Pertinencia de la inversión vs impacto)
– Compromiso de las entidades culturales de Cali aliadas al proyecto.
– Papel de la entidad socia estrátegica de Mincultura para el desarrollo del proyecto ( en este caso Proartes)
– Relación entre lo público y privado en la gestión de un evento como el 41 SNA

. Componente: Comunicaciones – Publicidad – Memorias

– Política comunicacional adecuada? Construcción de opinión pública
– Comité editorial: cronogramas para entrega de textos, imágenes, programación etc… a periodistas, elaboración de boletines, guías de exposición

INDICADORES
– público asistente a las salas, estaciones pedagógicas, acciones, charlas y mesas redondas.
– inversión
– número de artistas
– número de espacios
– generación de empleos directos e indirectos
– contenidos, espacios, cobertura, logros proyecto pedagógico
– producción de obra en y para Cali
– empoderamiento espacios en Cali
– ” capacidad instalada” ( tanto de personas como de mejoramiento de los espacios)
– Divulgación: cuántos y cuales medios escritos, radiales, televisivos, cantidad de visitantes en la página web del 41 SNA, Salones de Artistas, Facebook
– Comunicación centrada en construcción de opinión
– Inversión en publicidad vs impacto
– Desarrollo de una reflexión contemporánea y generación de diferentes lecturas
– Calidad de las obras

***

AGENDA JORNADAS DE EVALUACIÓN 41 SNA

Jueves 26 de febrero/09

Componente Administrativo

9:00 a 9:30 a.m. Coordinación General – relación con otras áreas ( María José Durán)

9:30 – 9:45 a.m. Instancias y mecanismos de decisión ( cadena de mando – interrelación – comunicación – roles).

Componente de Gestión
9:45 – 10:45 p.m ( Comité de Gestión)

– Proyecciones presupuestales vs realidades presupuestales

– Estructura del Comité de Gestión como área del 41 SNA vs Responsable legal de contratación

– Inversión vs impacto
– Compromiso entidades culturales de Cali aliadas del proyecto

– Papel de la entidad socia estratégica de Mincultura para el desarrollo del proyecto

Componente Pedagógico

10:45 – 11:45 a.m. Desarrollo propuesta pedagógica en el marco del 41 SNA y como propuesta de ciudad (Comité Pedagógico)

11:45 – 12:15 a.m. Programación académica del 41 SNA: charlas y mesas redondas. (Ministerio de Cultura y Comité Curatorial)

12:15- 12:45 p.m. Recomendaciones

12:45 – 1:15 p.m. Preguntas e intervenciones

1:15- 2:30 p.m. Almuerzo

Componente Curatorial

2:30 – 3:00 p.m. Exposición de la política del Ministerio de Cultura – Dirección de Artes – en torno al Programa Salones de Artistas (Mincultura)

3:00 – 4:30 p.m. Desarrollo de la propuesta curatorial en el del 41 SNA (Comité Curatorial)

4:30 – 5:00 p.m. Refrigerio (y pruebas comunicación con los curadores regionales por Skype)

5:00- 6:00 Posición de las curadurías regionales frente a la política y frente a la propuesta del comité curatorial para el 41 SNA. (Curadores regionales- Moderador)

6:00 – 6:30 p.m. Recomendaciones

6:30 – 7:00 p.m. Preguntas o intervenciones

Viernes 27 de febrero/09

Componente de Producción

8:30 – 9:30 p.m. Etapas de pre-producción, montaje, mantenimiento y desmontaje (Comité de Producción)

9:30 – 10:00 p.m. Recomendaciones

10:00 – 10:30 p.m. Preguntas e intervenciones

Componente de Comunicaciones – Publicidad
10:30 – 11:15 a.m. (Quijote comunicaciones)

– Medios escritos, radiales, televisivos, publicidad exterior, ruedas de prensa (Comité de Comunicaciones)

– Impactos

Componente Comité Editorial
11:15- 11:45 a.m. (Bernardo Ortiz y Wilson Díaz )

Publicaciones: periódicos, guías, memoria audiovisual, catálogo 41 SNA

12:00 – 2:00 p.m. Almuerzo Alcalde

3:30 – 4:30 p.m. Presentación Conclusiones (Moderador)


de buena fe y shazzám!!

“Tu sabes, Mamá, el mundo está lleno de sonidos. Cuando los escucho, me doy cuenta que los sonidos en sí forman patrones, luego estos se convierten en música en mi cabeza. A veces cuando me llamas, no te oigo porque estoy escuchando la música.”

*Miles, edad 5 años, recuperado del autismo diagnosticado a los 19 meses.

A finales de los años 80 en el marco de uno de los Salones Nacionales de Artistas, un artista grafitero roció sin clemencia el contenido de un bote de spray negro sobre uno de los muros que colindan con la 26 para tomar la circunvalar; SALON NACIONAL DE AUTISTAS. En ese momento me causó gracia y apoyaba en silencio la desbandada de graffitis de texto y elementos poéticos que inundaron la ciudad de Bogotá por aquella época.

Ahora que conozco lo que significa padecer de un diagnóstico basado en un desorden biológico del cual sufren, solo en los Estados Unidos alrededor de 500.000 personas –cifras iniciando el milenio-, y considerado prácticamente una epidemia y en aumento en Latinoamérica dadas las condiciones deteriorantes del medio ambiente, no concibo que a un Salón de Artistas, ahora o en cualquier época, se le pueda llamar así. El lenguaje es un `fierro’ que es mejor no cargar cuando se puede estar denigrando o haciendo malas comparaciones, en este caso de algo tan serio como el autismo. Las analogías hay que cuidarlas….[i]

La polémica post-salón es particular, gran parte debido a las fiestas que irrumpieron en mitad de su desarrollo. Ahora que los textos abundan se identifican dos fuerzas, las que enfilan sus cañones desde afuera en gran parte para `jalar la lengua de los curadores’ que bien habría que rectificar que son 5 (no 4 como se ha mencionado en algunos textos) los que diseñaron la estructura general del evento con la aprobación del Ministerio de Cultura. Picar, jalar la lengua, acosar, hostigar… por medio del texto acompañado de imágenes pretenden que ellos entren al ‘teatro de operaciones’ de la esfera pública. Por otro lado los focos de resistencia interna, o aquellos que participamos de buena fe a pesar de las diferencias conceptuales y la metodología puesta en práctica para la participación de los regionales en el salón.

Necesario aclarar que la resistencia al esquema propuesto por ¡URGENTE 41 SNA! no es ni durante, ni posterior al evento, viene de antes. No puedo hablar con propiedad de las experiencias de las otras curadurías y señalo que estas se manifestaron a tiempo y de manera vehemente para la reunión de mayo de 2008 en Cali, transcribo solo dos ítems del documento que MALDEOJO entregó al grupo curatorial 41 SNA tratando de aclarar nuestra posición en varios sentidos:

Item 1. La ubicación de MALDEOJO en PARTICIPACIÓN Y POETICA, reconoce solo en parte las intenciones del guión, proponemos la inclusión de todo el proyecto dada su naturaleza portable y las exigencias de montaje de varias obras permiten ser exhibidas en varios sitios de la ciudad. Tenemos muchos procesos que vale la pena reactivar en espacios extra-artísticos y no convencionales…. etc…

Item 3. Nos apartamos de la idea de un Salón Nacional temático, que desvirtúa los esfuerzos de investigación desarrollados por los distintos proyectos (curadurías), ya que regresa al viejo modelo de clasificación y determinación. Talvez en contravía a los planteamientos que alimentaron las propuestas en las diferentes regiones… etc…

Regresando a la reunión de mayo, tanto Gloria Posada (se hace necesario abonarle a Gloria su pertinente texto investigativo y el paralelo con situaciones pasadas de salones nacionales), así como Oscar Salamanca en el momento de la presentación en grupo, tenían baterías cargadas y argumentos de peso pero de buena fe, pedí que se le diera el espacio a la curaduría `mayor’ para que presentara su proyecto… posteriormente en las reuniones personalizadas con cada grupo manifestamos la incomodidad, tanto es así que `no se llegó’ a ningún acuerdo entre MALDEOJO y el equipo curatorial de ¡URGENTE!. Las relaciones se reestablecieron cuando Bernardo Ortiz viaja a Cartagena a entrevistarse con nosotros. Pero, estos desacuerdos hubiesen significado; ¿Retirar la curaduría? ¿No participar del Salón Nacional? Se acordó de buena fé: MALDEOJO se exhibió completo sin desarticular el guión.. y ¡URGENTE! a su tiempo estaría encargado de articular su propuesta de curaduría dentro del esquema general del salón… Pero nos superaron las Fallas de origen diría Wilson Díaz) Por cierto, Wilson fue el encargado de viajar, ver y escuchar en vivo y en directo algunas de las curadurías regionales incluyendo PRÁCTICAS DE VER y MALDEOJO; ¿Porqué no aplicó la `formula correcta de eventos artísticos’ que detenta uno de los escritos críticos a favor de Helena Producciones? Shazzám!!![ii]

LOS QUEJUMBROSOS Hacer parte de lo que Carlos Jiménez denomina los `quejumbrosos’, tiene sus ventajas; la experiencia del 41 SNA en directo y en vivo. Hablar, contar, mostrar desconcierto es incorrecto? Talvez si pretendiéramos publicar artículos internacionales, pero es una discusión local que trata sobre ¿Qué pasó allí? Por principio se entiende que todas las partes involucradas en la construcción de un evento de esta magnitud actúan de buena fé. ¿Cierto? El proyecto de internacionalizar el salón era urgente y talvez el intercambio necesario que hace posible que un evento tradicionalmente `nacional’ adquiera dinámica internacional.

Pero regresando al tema y para alejarme de la muletilla quejumbrosa propongo lo siguiente:

¡LOS SALONES REGIONALES NO TIENE QUE SER PARTE DEL SALÓN NACIONAL! No es la plataforma correcta para la lectura y los procesos que atraviesan las regiones (Ver la entrevistas a las curadoras Mariangela Méndez y Sofía Hernández donde lo incorrecto es precisamente lo que pusimos en evidencia los regionales y sus dispositivos de exhibición). Para que exponer innecesariamente a las regiones en un diálogo que no traspasa las limitaciones de un SNA y que en la práctica no alcanza a plantearse las situaciones de fondo de las regiones. ¿No sería mejor fomentar las itinerancias regionales con el intercambio (por ejemplo en los foros académicos) con otras curadurías nacionales? Las itinerancias regionales en su mayoría fueron pasivas y no propositivas; tendría lógica insistir en su proyección regional (Los proyectos regionales perfectamente pueden invitar artistas internacionales si así lo desean). Las becas curatoriales de investigación tratan de eso, de investigar y proponer visiones sobre las regiones que alimenten sus dinámicas internas y no pretender internacionalizar las regiones para que puedan estar a la par del mejor `arte de punta’ del país.

¿Entonces que sería del Salón Nacional con `nuevo titulo’ y proyección? La plataforma para la internacionalización del arte colombiano… así de simple. La última década a demostrado que el arte colombiano ha ido perdiendo el síndrome de la endogamia. Los artistas van y vienen, aquellos que se han permitido la diáspora y no tienen la frontera demarcada en su conciencia. El Comité Curatorial del SNA diseña su evento, sin las restricciones que impone la `inclusión democrática’ de las regiones. ¿Qué aportarían los regionales? Pues arte… artistas…. algunas obras…. o nada. La responsabilidad del curador regional terminarían precisamente allí, en conformar un equipo local y ceder los derechos de cualquiera de sus jugadores en las mismas condiciones de todos los otros co-equiperos nacionales e internacionales en un evento diseñado para ello y que el premio a lograr un nivel nacional por parte de la cuota de los regionales lo determine una bolsa de trabajo que le permita con disponibilidad de recursos ampliar su propuesta…. libertad y orden.. en los regionales… libertad y orden en el nacional… y así el arte se tomaría la discusión (en contra o a favor), pero no nos desgastaríamos pidiéndole cita al siquiatra para verter la desgracia o montar puestos de persecución armada en contra de la burocracia institucional (cuando todos nos hemos beneficiado de ella) o el grupo de los 5 que lo hicieron de buena fe pero ¡¡Shazzám!!![iii]

Las 20 obras de arte del 41 SNA que clama Lucas Ospina como las verdaderas (criterios que finalmente son subjetivos y circunstanciales), las que justificaron la existencia del evento más ambicioso de la historia del arte colombiano, el 41 SNA no resplandecerían milagrosamente por el descarte de los otros 250 artistas participantes. Esas 20-30-40 o 50 serían las obras en discusión; las revelaciones de los regionales, las propuestas de los invitados nacionales y las intervenciones internacionales bajo unos criterios curatoriales claros. La discusión de si los curadores son artistas o no es el mismo discurso relamido de si la pintura tiene o no relevancia. No hay formulas cuando se asume una posición así sea de manera temporal; un artista puede ser un curador, pero no es un curador, un crítico puede ser un artista pero no es un artista, un gestor puede ser un productor de eventos pero no es un productor de eventos, lo interesante esta en la formulación, conceptualización y aterrizaje del evento.

Finalmente abonémosle a este Salón Internacional de Arte Colombiano lo que se logró de buena fe y el resto ¡¡¡Shazzám!!![iv]

Rafael Ortiz
Equipo curatorial MALDEOJO

——————————————————-

[i] En el texto MALDEOJO Y EL COLAPSO DE LAS PIRÁMIDES, igualmente,
por desazón usé las pérdidas de los ahorradores y el manejo suntuoso
de DMG como analogía.
[ii] De malas (Ver el fukú en la MARAVILLOSA VIDE BREVE DE OSCAR WAO, de
Junot Díaz)
[iii] De malas de nuevo.
[iv] De malas, de malas y de malas.


la pendejada del arte

Los tiempos están cambiando, y no porque algún estadounidense de tez oscura prometa reglas claras, no: “Es la economía, estúpido”.

En arte un indicador de la situación económica es el grosor de la revista Art Forum. Esta biblia de la información, que llegó a marcar más de 500 páginas con anuncios de ropa de lujo y perfumes (además de ferias, exposiciones, inauguraciones, bienales y uno que otro texto inquietante), ha regresado a su volumen habitual luego de alcanzar dimensiones pantagruélicas. La publicación retorna a su delgada figura y de la gula cosmopolita que desayunaba arte en Nueva York, almorzaba en Shangái y cenaba en São Paulo tras un té en Basilea, volvió a su dieta de “manhattanismo” parroquial. Otra era de glamour ha terminado, el orgasmo de los piratas financieros —que usan el arte como viagra cultural— ha culminado.

Los colombianos que se ganan la vida con el arte tienen temor. El negocio es la negación del ocio y cuando la economía va mal, el arte es un lujo prescindible. Por fortuna, el Gobierno ha dicho que la “economía colombiana está blindada” y el país cuenta con un as bajo la manga que bien jugado permitirá a los actores del arte conservar algún decoro. Según el economista Roberto Steiner, en un estudio hecho hace más de 10 años, los ingresos a la economía colombiana por narcotráfico representaban anualmente cerca del tres por ciento del PIB, es decir unos US$2.500 millones. Salvatore Mancuso, un mercader de grueso (además de asesino) ha actualizado la estadística, a finales de 2008 afirmó: “Al torrente de la economía nacional ingresan anualmente alrededor de 7.000 millones de dólares”, y añadió que los narcotraficantes repatrian entre el 80 y 90 por ciento de lo que obtienen y que el resto lo gastan en comprar “propiedades de lujo y pendejadas por fuera”. Es ahí donde se juega la partida: artistas, galeristas, curadores, periodistas y gestores culturales deben convertirse en sastres del gusto de estos “inversionistas” y captar lo que gastan en “pendejadas” foráneas encauzándolo en un flujo monetario vinculado a la plástica nacional.

Es urgente que el gremio artístico apoye al gobierno de Uribe para rechazar cualquier iniciativa que abogue por la legalización de la droga, no sólo el negocio o la moral están en juego, también lo está el acervo cultural: sin el conflicto que genera el narcotráfico la ingente cantidad de artistas que vive de la violentología quedará sin tema y oficio, los catadores de tragedias, desempleados, no tendrán qué decir.

Lucas Ospina
http://lucasospina.blogspot.com/


Arte en masa y para todos. Balance del 41 Salón Nacional de Artistas

El pasado 30 de enero concluyó el 41SNA en Cali, el evento artístico más grande realizado en esta ciudad. Aventurémonos entonces a reflexionar en caliente y discernir sobre sus aciertos y fallas.

Una ciudad, más de dos millones de habitantes, un puente con ropa colgada, el Salón Nacional de Artistas por primera vez en la historia arribaba a la sultana. Cali embellecida gracias a los Juegos Nacionales acogía a “más de 300 artistas” regados premeditadamente a lo largo y ancho de todos los centros culturales, museos y hasta un reutilizado colegio. Una cantidad exuberante de obras y montajes que apuntaban a ratificar que nuestros gestores culturales decididamente habían “sacado la casa por la ventana” en pos de este magno evento.

Que Cali se convirtiera por tres meses en el centro del arte nacional no fue producto de una coincidencia, el Ministerio de Cultura decidió avalar el trabajo que se venía desarrollando localmente a través del renovado Salón de Octubre, con su énfasis curatorial, pedagógico y social, así como la labor conjunta entre instituciones culturales, aspecto significativo en el campo artístico nacional. Miremos algunos aspectos relevantes del Salón Nacional.

Los curadores artistas y los artistas curadores. El curador es la persona encargada de organizar conceptualmente una exposición escogiendo las obras, los artistas y temáticas que harán parte de la misma, así como su distribución y ubicación dentro del espacio de exhibición. El 41SNA optó por conformar un comité curatorial, integrado por cinco personas quienes se encargaron de seleccionar y agrupar las obras de los artistas invitados y de las “curadurías regionales”, trabajos ganadores de las diferentes regiones del país (Pacífico, Orinoquía, Centro, Caribe, Oriente y Sur).

Finalmente, después de muchas sesiones de trabajo, los cinco curadores, cuatro de los cuales son a su vez reconocidos artistas locales, junto con Victoria Noorthoorn, una experimentada curadora argentina, presentaron en sociedad su “propuesta curatorial”, la cual básicamente consistía en dividir los diversos de elementos que componen el Salón en tres grandes exposiciones o “núcleos de acción” (Imagen en Cuestión, Presentación y Representación, y Participación y Poética ), cada uno agrupando obras que responden a una problemática específica y que, en suma, abarcan los quehaceres y preocupaciones que evidencia el arte nacional e internacional en la actualidad.

Para José Horacio Martínez, curador del Salón, “En Cali se logró cambiar la imagen del Salón Nacional para siempre. Hubo una renovación de paradigmas en la organización que nos permitieron dar mayor visibilidad a las obras y artistas regionales, y por primera vez se invitaron artistas internacionales que nos van a dejar confrontar la producción nacional con obras del ámbito mundial”.

Sin desmeritar el claro esfuerzo de los curadores, quienes centraron sus energías en hacer de este evento el más grande realizado en nuestra ciudad, la curaduría del 41SNA fue el punto más discutido por la crítica especializada. Entre los puntos de más algidez se destaca la llamada “internacionalización del Salón”, el relegado puesto ocupado por las “curadurías regionales”, y el discurso pretensioso con el que respaldaban su propuesta.

En el primer punto se puede decir que para una ciudad como ésta es más que pertinente realizar una muestra donde se pueda apreciar un arte internacional que regularmente no tiene cabida, ya sea por presupuesto o intenciones, en la oferta artística local. Lo cuestionable es la cantidad y pluralidad de estos artistas y sus obras. Lo anterior se liga directamente al punto dos, en cada sala de exposición o núcleo conceptual, el visitante se saturaba de las numerosas propuestas de importantes y emergentes artistas de distintas partes del planeta, y cuando llegaba al final del recorrido, en los lugares más recónditos, encontraban las emblemáticas curadurías regionales. Estos trabajos son sin duda los más importantes del Salón, ya que en torno a ellos no sólo se construyeron los ejes curatoriales, sino que además, son los que hacen que este magno evento haga honor a su nombre.

Finalmente, la curaduría manejó un discurso en su mayoría intelectualizado, lo cual por momentos confundía, desanimando al público casual. Muchas preguntas y no tantas respuestas, un problema transversal al arte contemporáneo.

Se forman públicos, de los mediadores de artes y otros proyectos. En busca de una total aproximación del arte al ciudadano común, el 41SNA le apostó a la educación, formación de públicos y a la socialización como fórmula para consolidar su panfleto de cambio, accesibilidad e inclusión que viene desde el Ministerio de Cultura, el cual es el sponsor número uno de este magno evento. A través de la conformación de un Comité Pedagógico se le dio rienda suelta a esa ilusión latente de que el arte en general, y específicamente este tipo de actos, tengan una acogida popular, en especial de la población tradicionalmente relegada por la institución artística. Pero, ¿cómo hacer para que las personas vayan a ver exposiciones de arte, así como van a ver el alumbrado en diciembre alrededor del río Cali? Para el Comité Pedagógico del 41SNA las escuelas formadoras, las estaciones pedagógicas y los mediadores o voceros del arte eran los mecanismos o medios que podían ayudar a acercarse un poco a esa meta.

Buena idea y mejor propósito, sin embargo parece que todavía estamos muy lejos de lograr después de décadas de vil exclusión, aún más en la ciudad de Cali, que el arte y el pueblo se unan en una relación que genere tanto goce y éxtasis como el ver a peces y pajaritos colgando del puente fundidos en un arcoíris luminoso. Esto, sumado al discurso que acompaña cada una de las exhibiciones con los variados textos, los cuales espantan al más humilde y cauto estudiante de arte, nos da como resultado una cantidad de paredes ocupadas en un edificio donde habitan más guías que visitantes.

Es por completo irrefutable la trascendencia que la campaña pedagógica impartida durante el 41SNA tiene para el devenir formativo y participativo del arte en una ciudad como Cali. Proponer de una manera distinta y llegar a lugares insospechados derribando costumbres y convocando a jóvenes a relacionarse con el visionario artístico es algo sin lugar a dudas invaluable, que abre puertas por las que, en continuo desarrollo de proyectos de este tipo, cruzarán las personas suficientes para sentir que se logró el objetivo.

No obstante, empecinados en que el arte entrara a hogares no habituados a él, olvidaron la sutil pertinencia de eventos académicos que propongan el debate e intercambio de ideas, espacios que a su vez hacen escuela, forman públicos y afianzan conocimiento.

La poca cantidad de este tipo de congregaciones alrededor de un artista, curador, teórico, crítico o estudioso generó en los visitantes al Salón un sinsabor y no pudieron evitar preguntarse el por qué trajeron tantos artistas internacionales, invirtiendo recursos y dinero, si casi ninguno presentó o compartió su obra e investigación con el aficionado interesado.

La élite se aferra al arte, el pueblo lo reclama. El arte tradicionalmente se ha caracterizado por su tinte elitista que apunta a que sólo los más conocedores y acaudalados son su público más preciado. Intentar romper con este tipo de prejuicio y exclusión ha sido el objetivo de muchos gestores culturales y políticos, quienes ven en estas manifestaciones una oportunidad de culturizar al pueblo.

El 41SNA se enfocó en lograr que más personas de variada procedencia, educación o nivel social se conectaran y beneficiaran de este evento. Así lo reiteró la Ministra de Cultura Paula Marcela Moreno, “queremos que el ciudadano común dialogue con las obras, que no le tenga miedo al arte. No se trata de entenderlas, sino más bien de interpretarlas con libertad”.

Sin embargo, con un vistazo rápido a la inauguración del Salón en el distinguido Museo la Tertulia, con presencia de la ministra y de otras personalidades de la región, es evidente que la dinámica no ha variado mucho, un selecto y reiterativo grupo murmurando con elegancia. Patrones similares nos encontramos en la mayoría de las salas de exposiciones, donde inevitablemente el ciudadano común sigue sintiéndose como un arrimado, un invitado a regañadientes a una ancestral fiesta privada. Así mismo, es innegable que gracias a la labor pedagógica, se está formando el público suficiente para motivar una interacción participativa con el arte, reclamándolo como el medio de expresión y reflexión inherente a todos que es.

Cali, la capital artística de Colombia “Durante mucho tiempo se pensaba que la comunidad caleña no estaba lista para un evento de tal magnitud, por ello no se organizaba y la gente nunca iba a estar preparada para esto. Era un círculo vicioso y ahora se da un primer gran paso para romperlo”. Bernardo Ortiz, miembro del Comité Curatorial del 41SNA.

Efectivamente la cantera artística caleña está llegando a su madurez, superada la década de los 70’s y su “boom” a nivel nacional e internacional con artistas como Fernell Franco, Pedro Alcántara, Ever Astudillo y Oscar Muñoz, entre otros. Cali está lista para reactivarse culturalmente, el 41SNA sería el primer gran logro, de muchos otros que deberán venir y dejar resultados estimulantes con miras al futuro.

Con tres escuelas de arte, gran cantidad de centros culturales y comunitarios, así como la creación de redes artístico-pedagógicas, gracias al 41SNA podemos hablar de nuestra ciudad como un centro importante de arte en Colombia.

Por Adriana Castellanos Olmedo
Licenciada en Artes Visuales, Universidad del Valle

Publicado en La Palabra >
http://lapalabra.univalle.edu.co/balance_salon_nacional.htm


La idiotez de no saber por qué

Hace ya mucho que, cuando visito un museo, mi paso se acelera al llegar a las salas de lo que se suele llamar “arte contemporáneo”, es decir, a grandes rasgos, el producido entre 1965 y la actualidad. Rara es la obra de este ya largo periodo que me invita a detenerme ante ella más de un minuto, incluidas las que me agradan, que algunas hay. Pero la mayoría me parecen lisas como el futuro y casi ninguna rugosa como el pasado. Me aburro mirándolas, porque apenas hay nada que desentrañar. A lo sumo son “bonitas”, pero de la misma o parecida manera en que resulta bonito un mueble al que se echa un complacido vistazo y nada más. Si aún visito esas salas, es sobre todo por un autoimpuesto sentido del deber y por un afán de respeto hacia quienes han colgado allí esos cuadros o artefactos. “Algo habrán visto los responsables, para otorgarles tan distinguido lugar”, pienso, “y que yo difícilmente lo vea no significa que ese algo no esté. Me voy a esforzar”. Miro y me suelo quedar como estaba. Debo añadir que eso no me causa complejo ni preocupación. Al contrario, salgo con la conciencia doblemente tranquila: he hecho el intento y, si no he logrado interesarme, considero que no es culpa mía sino de la obra en cuestión. He visto suficiente arte a lo largo de mi vida como para crearme ahora inseguridades.

Por supuesto, no me molesta en modo alguno la exhibición de “arte contemporáneo” en dichas salas. Allá los dueños de cada museo, y nadie me obliga a entrar en ellos. Sí me molestan, en cambio, y mucho, las supuestas obras artísticas que se me fuerza a contemplar: las que instalan las autoridades en las calles y las que pintan los grafiteros en un muro, una fachada, un vagón de metro o donde quiera que se les ocurra. Hoy existe una infinita comprensión hacia estos “artistas espontáneos”, cuando no se los alienta directamente desde la prensa y las instituciones, que temen no parecer lo bastante “democráticas”. Yo no lo entiendo, ya que los grafiteros no sólo están imponiendo su imaginería particular a los demás, en un espacio común del que no se puede escapar, sino que también están tachando la limpieza o desnudez de un edificio, su mera neutralidad. ¿Se imaginan que entraran en sus casas y les pintaran las paredes para “dar rienda suelta a su creatividad”, y ustedes tuvieran que ver sus chorradas a diario o borrarlas repetidamente? La situación no es muy distinta en la ciudad, ya que éstas son extensiones de nuestros hogares, sitios por los que nos movemos, sólo que, al ser de todos, ni nosotros ni nadie podemos decidir cómo decorarlos. Las autoridades sí deciden, y a menudo me pregunto con qué potestad.

Hay tres o cuatro artistas actuales que siempre “necesitan” las ciudades y a los que, incomprensiblemente, los ayuntamientos del mundo dan sus permisos y beneplácitos. Uno es ese individuo, creo que búlgaro, que lleva un montón de años envolviendo edificios emblemáticos con lonas, nunca he sabido con qué objetivo ni le he visto el interés. Otro es un americano que reúne a masas de personas en una plaza o explanada, las convence de desnudarse todas a la vez y les hace unas espantosas fotografías, tampoco se sabe con qué fin ni interés, más allá de los del voyeur. El tercero es un escultor colombiano que de vez en cuando invade las ciudades con sus figuras monótonamente gordas y artísticamente planas. El cuarto es un suizo que ideó lo que se conoce como Cow Parade: sus horrendas vacas de fibra de vidrio he tenido la mala suerte de topármelas en el pasado en Edimburgo, Berlín y Dublín, y ahora, con descomunal retraso, las han puesto en Madrid: ciento cinco vacas sin ningún atractivo, decoradas por artistas locales y a cual más chafarrinosa. Bueno, ya digo que maldita la gracia que me hace encontrarme con las lonas imbéciles, las masas empelotadas, las esculturas paquidérmicas o las vacas pintarrajeadas. Personalmente no creo que nada de eso sea buen arte, pero admito que otros lo crean y me aguanto mientras duran el “experimento” o la “exposición”.

No es el caso de parte de mis conciudadanos, que el primer fin de semana que tuvieron a las vacas bobas diseminadas por Madrid, robaron una (tras desatornillarla), se montaron sobre varias y dañaron a propósito la mayoría. Y me temo que no fue porque no les gustaran, como a mí, sino porque están acostumbrados a que cualquier objeto que esté en la calle se pueda robar o destrozar impunemente. Son los mismos sujetos, no se olvide, que se abalanzaron con tijeras a cortar trozos de alfombras durante la boda de los Príncipes de Asturias, y que se llevaron a sus casas hasta el último adorno de aquella ocasión. Son los que dejan arrasadas la Puerta del Sol y la Plaza Mayor tras cualquier celebración, que roban o destruyen papeleras no se sabe por qué, que mean y vomitan en los portales cercanos a las zonas de copas o de botellón. Estoy convencido de que si a cualquiera de esos individuos se le preguntara, fuera de la situación, por qué había hecho esto o lo otro, respondería “No lo sé” o, en el mejor de los casos, “Por diversión”. Y de que a la siguiente pregunta -“¿Por qué eso es divertido?”- contestaría igualmente “No lo sé”. Hacer cosas sin saber por qué es una de las mayores pruebas de idiotez, y la plaga va más allá de Madrid. Nuestras autoridades llevan decenios permitiendo -más bien fomentando- una ciudadanía dominada por esa idiotez. Claro que es probable que a la pregunta “¿Por qué nos colocan ustedes las lonas, las muchedumbres en bolas, los obesos y las vacas feas?”, también ellas supieran sólo responder: “No lo sé”.

Javier Marías
http://www.elpais.com/articulo/portada/idiotez/saber/elpepusoceps/20090208elpepspor_12/Tes


revisiones históricas

Es interesante rastrear en la historia de los Salones Nacionales otros momentos coyunturales donde los artistas se han quejado de “nuevas” políticas que ponen a “invitados” al Salón Nacional y a participantes de los Salones Regionales en condiciones diferenciales. Es el caso del 36 Salón Nacional de Artistas Colombianos de 1996 en cuyo catálogo se publicaron los siguientes textos que se anexan escaneados:

-Carta de los artistas. Queja referente a la existencia de una normativa para los artistas participantes de los Salones Regionales, quienes se sometieron a una convocatoria pública y al final para el Salón Nacional se dio un cambio de procedimiento con “otros” artistas invitados que llegaron tarde al proceso. Entre otras cosas la carta plantea lo siguiente acerca de los “invitados”: “¿Acaso no fue suficiente haber realizado siete (!) Salones Regionales?”

-Carta del maestro Antonio Caro donde de manera individual asume una posición muy contundente renunciado a participar en el Salón, y pidiendo que institucionalmente se revise su reglamento.

-Respuesta del Consejo Nacional de Artes Plásticas, donde se argumenta que tener artistas invitados no está por fuera del reglamento del Salón y que este procedimiento es necesario para consolidar los ejes conceptuales del mismo. Sobre ello escriben: “Los ejes conceptuales corresponden a un criterio de curaduría por parte del Consejo que no invalida el proceso de selección planteado por los Salones Regionales”

-Texto de María Elvira Ardila titulado “Voz en off” como presentación general del catálogo donde sustenta el trabajo realizado por el 36 Salón Nacional desde exigencias estructurales de renovación. Respecto a este texto, me atrevería a decir que junto a la carta del Consejo Nacional de Artes Plásticas, es la primera vez que se plantea la necesidad de curadurías para los Salones. Sobre ello dice Ardila: “Podemos vislumbrar que los futuros Salones Nacionales tendrán que someterse a curadurías para que el Salón posea un carácter evolutivo y cree su identidad”. Y al final del texto en relación a la autora se escribe: “Tuvo a su cargo el 36 Salón. Dimitió luego de su premiación”. Y de ahí tal vez el título sugerente e inquietante del texto: Voz en off.

-Textos de Javier Gil como ejes curatoriales del Salón Nacional que relacionan las obras de los diferentes Salones Regionales y brindan herramientas conceptuales de interpretación para generar miradas transversales en la exposición conjunta en Bogotá. En este sentido me arriesgaría a decir que los textos de 1996 son mucho más elaborados y sustentados conceptualmente que los realizados por el Nuevo Comité Curatorial del Salón Nacional de 2008.

En términos generales, es interesante que el catálogo publicara ese debate que evidencia la apertura a las críticas que tuvo el Salón, no archivando las cartas sino divulgándolas en una época en que las discusiones no tenían una gran difusión en tanto en nuestro medio no había un acceso masivo al Internet. Por otro lado, es sintomática la ausencia de los Salones Regionales de diferentes lugares del país en la carta, pues casi todos los firmantes son de Bogotá y unos cuantos son de Cali (su origen lo atestiguan con su cédula y ciudad como un dato significativo de identificación). Igualmente, es representativo que algunos curadores independientes firmaran la carta.

En contraste con el pasado, el presente debate en el 41 Salón Nacional de Artistas ha sido impulsado también por otras regiones. Ahora una nueva generación de artistas escribió como colectivo una carta y es importante desde los documentos históricos analizar cómo han cambiado las mentalidades, y cómo se ha transformado esa categoría de “invitados” en tanto los artistas antioqueños no critican la figura de “artistas invitados” al Salón Nacional por fuera de los Salones Regionales. Pero, la situación del 41 Salón Nacional va mas allá de lo sucedido en 1996 pues ahora es una “nueva” curaduría oficialmente designada la que define los lineamientos generales del Salón Nacional, donde para esta versión del 2008 asumió que los Salones Regionales son exposiciones satélites restringidas en cuanto a espacios y presupuestos. O sea que lo sucedido en el Salón Nacional en Cali, tal vez es mucho más grave que su tímido antecedente de 1996.

Es peculiar el contraste entre distintas épocas y ver cómo cambian los roles de los artistas firmantes en 1996, algunos de los cuales expusieron como invitados en la nueva curaduría del 41 Salón Nacional, otros (o los mismos) han sido profesores de los laboratorios del Ministerio de Cultura –base de gran parte de los actuales Salones Regionales del país a excepción de Cundinamarca y Antioquia donde no se sabe que se dicten laboratorios aunque nadie entiende el por qué-, y otros que participamos en el 36 Salón Nacional, no firmamos la carta de 1996 y ahora estuvimos en el Salón Nacional como curadores regionales.

La diferencia entre ambos Salones Nacionales radica en que en 1996 el Salón era con premios y ahora son las “curadurías” las que son “premiadas” aunque finalmente el trabajo es mayor a los recursos asignados y el 80% de las labores que se realizan en los Salones Regionales no están en el contrato de las Becas de Investigación Curatorial, y por ello es necesario replantear si son Becas de Investigación o más bien son de Coordinación y Producción, pues el tiempo para investigar es mínimo, problemática semejante a la de los Salones Regionales del 2005 y que aún no ha sido solucionada.

Continuando con los contrastes históricos, en el 36 Salón Nacional los artistas se presentaron en sus regiones a convocatorias públicas, pero también para los 12 Salones Regionales del 2007 los curadores se presentaron a convocatorias públicas y cada proyecto pasó por un jurado conformado a nivel nacional, y posteriormente al interior de esos Salones se realizaron diferentes modalidades, entre ellas las convocatorias públicas a los artistas que estuvieron regidas por un reglamento, y todos esos procesos –negados o no por otros- son parte del 41 Salón Nacional de Artistas Colombianos.

Asimismo, cada curaduría regional tuvo un tutor y fue sometida a un dialogo y exigencia constante por parte de cada Comité Local de Artes Plásticas, pero aparte de todo ello, se reconoció la autonomía curatorial de cada Salón Regional del país. O sea que los Salones Regionales no funcionaron como “ruedas sueltas” sino bajo la supervisión de distintas instituciones que en las regiones pagaron el 85% de la materialización de las exposiciones, de las itinerancias locales, y de las ayudas para los artistas etc. Y en todo este trabajo siempre estuvo presente el concepto de “autonomía regional” manejado por el Ministerio de Cultura como fundamento de los Salones Regionales. No obstante lo anterior, el Ministerio de Cultura supervisó el proceso de los Salones como institución convocante de los mismos, pero para el Salón Nacional legitimó las situaciones subordinantes a que fueron sometidos los Salones Regionales en Cali.

En otro sentido, al analizar desde el presente las cartas de 1996, no se sabe si la actual estructura de los Salones Regionales ha distanciado a muchos artistas que ahora tienen una gran trayectoria a nivel nacional e internacional, y mientras hace 12 años estaban al tanto de todo lo sucedido en los Salones, ahora simplemente aceptan las invitaciones que les hacen. Por ello, más que una contradicción lo que uno percibe es el desconocimiento que estos artistas tienen del trabajo y del esfuerzo -muchas veces ad honorem- realizado por los Salones Regionales del país. En contraste con ello, es significativa la coherencia del maestro Rafael Ortiz como artista firmante de la carta del 96 (aunque la carta fue publicada muy borrosa en el catálogo, ampliando su tamaño se logran ver las firmas de los artistas) quien ahora es curador del Salón Regional Maldeojo al igual que profesor de los laboratorios del Ministerio de Cultura. En este mismo sentido, la carta que hace unos días envió el maestro Antonio Caro a Esfera Pública donde reconoce que los “Salones Regionales fueron tratados como parias” en Cali, es un gran apoyo y evidencia la identidad de un artista a lo largo del tiempo.

Desde mi experiencia personal, puedo decir que yo me presenté a la convocatoria pública de hace 12 años, no firmé la carta del 96, pero cuando participé en el 36 Salón Nacional fui tratada en igualdad de condiciones respecto a los artistas invitados y me encantó ver sus obras que estaban en Corferias al lado de los artistas más jóvenes. A mí en el 96 me dieron el espacio que solicité, ni más ni menos, y no tuve que reducir el tamaño de mi trabajo porque otros artistas estuvieran invitados como exposición hegemónica para el Salón Nacional. Todos estuvimos en el mismo espacio y no se hicieron exposiciones segregadas o minimizadas respecto a que unos artistas fueran “inferiores” a otros.

Lo sucedido para el 41 Salón Nacional donde muchos artistas de los Salones Regionales tuvieron que reducir el tamaño de su obra en una tercera parte para poder “acomodarla” en el espacio asignado por una “nueva curaduría”, tal vez puede ser motivo de otra carta pormenorizada sobre ello.

Por otro lado, 12 años después no me queda claro el motivo de la dimisión de María Elvira Ardila de la dirección de Artes Plásticas de Colcultura después de la premiación del Salón Nacional. ¿El problema del “reglamento del Salón Nacional” en el 96 fue mucho más grave que lo sucedido ahora en Cali? ¿Los artistas hicieron un gran escándalo en esa época? Quienes vivíamos en otras ciudades no lo vivimos así… ¿O tal vez fueron distintas coyunturas personales que desconocemos?

Gloria Posada

Documentos anexos >
http://esferapublica.org/anexosgloriaposada.htm