El fin de la clase media en el arte

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Dave Hickey, estadounidense, escritor de cuentos cortos, ensayista, marchante atípico, profesor por defecto y crítico tempestuoso, anunció hace un par de años una suerte de retiro de toda actividad pública relacionada con el mundo del arte. En una entrevista le preguntaron por sus experiencias de más de medio siglo por universidades, galerías, ferias, bienales y museos, y cuando le pidieron que describiera el mayor cambio que había presenciado, Hickey respondió: “El cambio principal, del que la gente no se ha dado cuenta, es que ya no hay una clase media —hay una clase de cortesanos, que seríamos usted y yo—. Somos meseros intelectuales para gente inmensamente rica. En consecuencia, comparado con los ingresos de los coleccionistas actuales, el arte es más barato que nunca: una compra que significaría mucho para una pareja de medianos ingresos es nada para esta gente. Los coleccionistas no entienden la geometría de la elevación de precios en el arte, espacialmente del arte histórico. Ellos lo reinvierten todo muy pronto, lo que daña el mercado y no les importa. Siempre quise vender arte de tal manera que el coleccionista se lo llevara y dijera, “¡Por US$40.000!— ¡Y basta con mirarlo!” Siempre tuve la esperanza de que podía haber alguna transubstanciación del valor del dinero al valor del arte.”

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El cantante David Byrne, de la banda Talking Heads, se preguntaba en un artículo reciente: “¿Ya no me interesa más el arte contemporáneo?”, y se respondía en la misma línea de Hickey: “No es noticia que el mundo del arte está al servicio del 1% más millonario […] El desmembramiento en curso de la clase media ha afectado mi modo de ver. Esto significa que nadie, excepto los muy ricos, son el público objetivo para ver el arte en las tiendas de las galerías: cualquier otro que piense que este arte estaba a su alcance debe resignarse a desaparecer del espectro económico […] Esto no necesariamente es una crítica a los artistas —es más sobre cómo mi percepción ha cambiado.”

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Hickey y Byrne cantan desde el primer mundo una opereta a la desesperanza que acá, en Colombia, dados los alcances del mercado, apenas llega al nivel de tuna folclórica. En los extremos del espectro criollo podríamos tener dos hits económicos que, mal leídos, son síntomas de triunfo: el primero, la compra reciente por más de $1200 millones de pesos que hizo el único coleccionista pudiente del país a la artista mejor posicionada en el escalafón de la inteligencia mundial: la “compra de tres unidades del obra plegaria muda” por “US$686.560.400”, como reza en el informe de contratación de 2013, que hizo el Banco de la República a la Galería Alexander and Bonnin que representa a nuestra Doris Salcedo en Nueva York. El segundo ejemplo podría ser la Feria del Millón, una feria paralela a la Feria de Arte de Bogotá, donde lo que importa es el precio: cada pieza expuesta “vale un millón de pesos (o menos)”. En la versión del 2013, expuso 42 artistas escogidos entre 365 solicitudes y se vendieron el 92% de las obras exhibidas.

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En la mitad de ambos ejemplos está la inopia: unos cuantos coleccionistas —dicen que son más o menos 25 en el país— que de vez en cuando compran arte. Y lo compran dominados por un sexto sentido, por un fervor errático y caprichoso que, más temprano que tarde, termina convertido en un juego inaprensible y volátil. El mundo del arte es un espejismo para inversionistas, es una isla, es el único espacio de la tierra donde el dinero no sabe lo que compra y la incertidumbre misma sobre el valor de lo real se convierte en experiencia.

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Mientras tanto para una masa ingente, y cada vez mayor de artistas, de los más de 500 que salen egresados año a año de la universidad, el modelo de negocios del arte —por más industrias culturales que le metan— no funciona. A los artistas cachorros nadie parece haberles dicho que el arte no es una profesión, que aparte de las becas estatales y de una que otra migaja filantrópica, lo mejor es que se inventen una forma de automecenazgo que los haga menos vulnerables a las fluctuaciones sociales de un sistema económico aleatorio. El arte solo es negocio para el que niega el ocio, el artista proclama el ocio, el negociante, en cambio, todo lo convierte en trabajo y, por ende, en dinero.

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Pero el arte no es de ricos o de pobres, es algo que anda por ahí, es de todos y es de nadie, es un espacio desclasado para los que se atreven a hacerle el quite a la bancarrota vital, que es lo que a final de cuentas marca el auge o el declive real de toda vida y toda escena.

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(Publicado en Revista Arcadia #108)

 


El mercado de arte contemporáneo

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¿Quiénes son los artistas líderes del arte contemporáneo en el mercado de hoy? ¿Cuales son los 500 artistas más cotizados del mundo? ¿Quiénes son los artistas emergentes más buscados? ¿Dónde se juega el mercado, y dónde está desarrollándose? ¿Cuáles son las últimas tendencias? ¿Cómo se cotiza a un artista?

En esta 8a edición del informe sobre el mercado del arte publicado a comienzos de octubre, Artprice.com analiza los remates de las casas de subastas internacionales (entre julio 2013 y principios de julio 2014).

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Bogotá ¿capital del arte?

“Bogotá, capital del arte” es la frase que circula durante el mes de octubre en el país[1]. El mes de las artes plásticas en Bogotá se promociona gracias a ferias como ArtBo, Odeón, Sincronía, Barcu y exposiciones prometedoras como la de Andrés de Santa María en el MamBo, la de Francisco Antonio Cano en el Museo Nacional, Alberto Durero en el Museo del Banco de la República y “Selva Cosmopolítica” en el Museo de Arte de la Universidad Nacional. Con esto en mente, se habla de un país que durante este mes promueve el arte y apoya a los jóvenes artistas colombianos.

A primera vista, los artículos que promueven este gran movimiento convencen al público de que Bogotá es de hecho, capital del arte. El apoyo de la Cámara de Comercio a ArtBo ayuda a reiterar la importancia de este sector dentro de la industria nacional y, con lo que se dice sobre las ferias, se da a entender que de hecho existe en Colombia un mercado del arte. Sin embargo, existe algo más allá de las fotos de la inauguración de ArtBo en la revista Jet Set o las fotos del mundo del arte en la cuenta de Instagram de Catalina Casas. Así, en este artículo pretendo evidenciar algunos datos y algunos hechos, para cuestionar si en realidad existe en Colombia, un mercado del arte que permite afirmar a Bogotá como capital del arte.

El mercado del arte es el tercer mercado no regulado más grande del mundo después de las armas y las drogas. En el 2013, el mercado global del arte alcanzó la cifra de 47,400 millones de euros en las ventas totales de arte y antigüedades, mostrando crecimiento de 8% con respecto al año anterior[2]. Según un análisis de mercado de la firma Arts Economics el número de transacciones también aumentó a 36,500,000, pero la mayor parte del incremento en ventas se debió al alza de precios de las obras. Del mercado global, Estados Unidos representó en el 2013 un 38%, China un 24%, Inglaterra un 20% y la Unión Europea como un todo un 32%.

A la hora de hablar de mercado existen múltiples actores que hacen parte de este entramado. Sin embargo, para fines de este artículo se escogieron tres actores principales cuya presencia en Colombia puede ser contrastada con las grandes urbes del arte: las galerías, la feria de arte y las subastas. Antes de continuar es esencial mencionar que en el campo colombiano es muy escasa la información sobre datos específicos del mercado, pues no existen aún entidades que se encarguen de analizar y tabular las cifras. Por este motivo este análisis se hará con la poca información que se encuentra disponible.

Ahora bien, empecemos por la galería. En el mundo, las galerías representan dos tercios del mercado y en el 2013, el 50% de las ventas de arte se hicieron en galerías de arte.  La galería es el eje principal del mercado primario, desde donde se hace el trabajo de promoción y legitimación de la obra del artista. En este sentido, la galería cumple con dos funciones y opera en dos mundos distintos e incluso contradictorios: el mundo capitalista (desde el cual se deben asignar precios, arreglar contratos con artistas y buscar maneras de pagar la renta) y el mundo de las instituciones culturales (desde el cual la galería debe seleccionar y promocionar artistas a través de exhibiciones, artículos y demás para asegurar un posicionamiento de sus artistas en el mundo del arte)[3].

En Colombia hay un gran número de galerías desde las cuales se hace promoción tanto de mercado primario como de mercado secundario. Sin embargo, son pocas las que hacen un trabajo serio tanto de representación como de legitimación. Una de las tendencias colombianas es la proliferación de “dealers”, es decir personas particulares que se encargan de comprar y vender arte, por lo general, al mejor postor. Este tipo de prácticas, si bien no son ilegales, van en contra de las buenas prácticas del campo artístico, pues este modelo de ventas se enfoca únicamente en las ganancias económicas y deja de lado uno de los roles principales del galerista que es el del acompañamiento del artista a través de su carrera y servir como herramienta para la consolidación de sus propuestas. Por otro lado, si bien no se sabe a ciencia cierta pues las galerías no hacen pública toda su información, es cierto que en Colombia aún existen algunas prácticas dentro de las galerías que deben replantearse. Por ejemplo, la ética del artista debe ser que su creación no esté ligada a la satisfacción de los gustos, deseos y necesidades del mercado. Sin embargo, es sabido que la forma de operar de algunas galerías bogotanas es bajo contratos mensuales en los que se le exige al artista cierto número de obras para satisfacer un tipo de demanda. Desde la óptica del mundo del arte, esta práctica va en contra de lo que debe ser y hacer un buen artista. Además de esto, los precios a los que venden las galerías y las estrategias de estos continúan siendo un misterio (aunque el precio es un misterio en el mercado global). En conversación con una galerista, menciona que a la hora de poner el precio a las obras tiene dos estrategias. Para aquellas obras de artistas emergentes que aún no tienen posicionamiento en el mundo del arte hace una simplificación en la cual el precio es igual a tres veces lo que costó producir la obra. Para obras con un mayor “pedigree” dice que “es complicado” y que “todo depende”. De este modo no existen en el mercado colombiano referentes de precios que permitan una mayor visibilidad del mercado y que a su vez generen confianza en el mismo para los consumidores.

Según Olav Velthius, cuando se habla de la ubicación de la galería, en los grandes mercados se establece una separación entre el mercado del arte y el resto de la economía. En ciudades como Amsterdam, Nueva York, París y Londres, las galerías de arte se han agrupado en calles y barrios llegando a construir así “distritos de arte”. En Bogotá, el barrio Macarena había sido el barrio artístico de la ciudad, aunque sólo contaba con la participación de algunas pocas galerías y desde hace tres años, la Feria la Otra que luego fue Bienal. Sin embargo, últimamente ha estado sonando el barrio San Felipe como el nuevo BAD o Bogotá Art District. Pero el poder llamar a esta zona “Art District” es bastante debatible. Se trata de un par de cuadras en las que se encuentran algunos talleres de artistas, tres galerías (Sketch, 12:00 y  Beta) y la fundación de José Ignacio Roca, Flora. Detrás del nombre “BAD” está el nombre de Alejandro Castaño, un arquitecto y coleccionista que tiene como proyecto construir en esta zona unos nuevos edificios y remodelar las casas que ya existen para hacer así el Bogotá Art District. Sin embargo, resulta dudoso que la existencia de cuatro espacios de arte y los planes de un proyecto de inversión inmobiliaria sean suficientes para hablar de un barrio de artistas en Bogotá, equiparable con Wynwood en Miami o, por ejemplo, lo que fue hace un par de décadas el SoHo en Nueva York.

Después de esta breve revisión de la galería, nos vamos a referir a la subasta. La subasta es la plataforma principal para el mercado secundario de arte. En el 2013, un 7% de las ventas de arte en el mundo se hicieron a través de las casas de subasta. Según un análisis hecho por las firmas Portafolia y ArtTactic, en el 2012 las ventas en subasta en Colombia aumentaron un 35% con respecto al año anterior y un 98% de las ventas correspondieron a arte moderno[4].

Si bien en Colombia se han hecho subastas de arte hace muchos años, las casas de subasta no han sido exitosas en el país. Hasta este año se abrió la única casa de subastas que existe actualmente en Colombia, Bogotá Auctions, entre cuyos socios están el martillo Benjamín Creutzfeldt, el gerente general, Timothée de Saint Albain, José Darío Gutiérrez, abogado y coleccionista, Pilar Cabrera y Camilo Chico Triana. La casa ha realizado dos subastas de arte moderno y contemporáneo. La primera de ellas, realizada el 20 de febrero del 2014 ofertó 42 lotes de los cuales se vendieron 24 por un total de COP$ 274,000,000 (exc. Premium) y el valor de ventas mínimo estimado en el catálogo era de COP$ 562,000,000.  La segunda se realizó el 26 de junio y se ofertaron 72 lotes, de los cuales se vendieron 27 por un total de COP$ 169,000,000. Si se miran estas cifras con respecto a las de las subastas de Sotheby’s o Christies (las dos casa de subastas de mayor reconocimiento y que representan un total del 90% de la venta de subastas en el mundo) no son de ninguna manera comparables. El monto más alto alcanzado en la historia de las subastas fue de US$ 142,405,000, es decir, aproximadamente más de un 90% del total recaudado en la primera subasta de BogotaAuctions. La famosa venta de la obra de Oscar Murillo en Christie’s se dio por US$391,471, cifra que no ha sido alcanzada en ninguna subasta en Colombia ni siquiera por alguno de los artistas con mayor trayectoria del país como Beatriz González o Alejandro Obregón. Aunque en comparación con las grandes subastas del mundo, estas no resultan significativas, si son una primera aproximación hacia un mercado del arte más formalizado. Según Camilo Chico Triana, una de las principales motivaciones para crear esta casa de subastas fue “generar un referente para el mercado, pues el mercado del arte colombiano no esta referenciado a excepción de unos pocos referentes de precios que existen a nivel internacional”.

Además de esta iniciativa, la gran parte de las subastas de arte en Colombia son realizadas por fundaciones (bien sea de arte o no) con el fin de recaudar fondos. De este modo, se ha asociado la compra en subasta a un acto caritativo, en donde el precio esta dictado por qué tan filantrópico sea el comprador. Este tipo de subastas han desviado al público a pensar que el valor de la obra tiene que ver con un acto piadoso, en vez de ser el resultado de una valoración cultural y económica del artista, y de la interacción entre la oferta y la demanda.  Además, estas subastas utilizan prácticas diferentes con el fin de atraer a un mayor público que por lo general no esta familiarizado con el arte. Es el caso de la Novena Subasta de Arte de los Héroes realizada por la Corporación Matamoros el 4 de agosto del 2014, en la cual los martillos fueron Ricardo Barreneche y Ricardo Arango, reconocidos martillos de subastas de ganado. Esto por supuesto implica una dinámica bastante diferente a la dinámica común de las casas de subasta pues las obras se ofertan acá entre gritos y cantos, en algo que parecía más una venta en una plaza de mercado.

Por último, haré una mención de las ferias de arte. Las ferias de arte son una plataforma establecida para conglomerar en un mismo espacio y momento múltiples galerías con el fin de atraer a un mayor número de coleccionistas y posibles clientes. Las ferias existen en el mundo desde la década de los 70 y hoy por hoy son una de las fuentes de venta más importantes para el mercado. En el 2013, se reportó que un 19% de las ventas del mercado se hizo a través de ferias locales e internacionales y un 33% de las ventas de galerías, habían sido en las ferias.

En el caso de Colombia, aunque en la década de los noventa se realizaron varias ediciones de una feria organizada por reconocidas galerías de arte contemporáneo, este formato expositivo inició hace diez años un proceso de mayor proyección y respaldo con la aparición de ArtBo, la Feria Internacional de Arte de Bogotá. Este evento se ha venido consolidando con los años, especialmente por estar avalada por la Cámara de Comercio de Bogotá, en reconocimiento de las industrias culturales como uno de los sectores más importantes del país en términos de crecimiento. El año pasado (2013), durante sus cuatro días, la feria atrajo cerca de 25 mil personas entre compradores y visitantes y presentó un total de 65 galerías tanto nacionales como internacionales. Según un estudio público realizado por la Facultad de Administración de la Universidad de los Andes, la mayoría del público (50%) se ha venido concentrando en la franja joven entre los 18 y 25 años de edad, son universitarios (55%), colombianos (95%) y de estratos 5 y 6 (45%). Además, un 50% de los asistentes corresponde a público general (es decir que no son artistas, galeristas, coleccionistas, gestores, representantes del sector cultural o expertos en arte). Con respecto a los intereses del público, un 60% afirma que ArtBo es un espacio de disfrute y entretenimiento, y menos del 5% afirma asistir con la seguridad de comprar obras de arte. Aún así, más de un 50% afirma que ArtBo les permite aprender sobre arte latinoamericano y más de un 70% están totalmente de acuerdo con que la feria promueve el arte contemporáneo. Lo anterior demuestra que más que un espacio comercial, ArtBo se presenta en la ciudad como una plataforma para el entretenimiento y la educación. Si bien representa una plataforma comercial importante en América Latina, ArtBo aun no puede ser comparada con las grandes ferias internacionales alrededor de las cuales gira una cantidad mucho mayor de mercado como ArtBasel, Frieze, y ARCOmadrid, entre otras. ArtBo cuenta con un programa de 200 invitados VIP que son aquellos coleccionistas que en realidad utilizan el espacio de la feria como plataforma comercial, pero podría afirmarse que la otra parte del público no ve la feria como una oportunidad comercial si no como una oportunidad educativa y  de entretenimiento. Quizás uno de los factores que explique este fenómeno sea que el público colombiano es de los menos desarrollados y educados dentro del mercado del arte. La nueva identidad de ArtBo para este año (“entre lo moderno y lo contemporáneo”) es un reflejo de la intención de querer educar a un público que aún no se siente familiarizado con el concepto de arte contemporáneo. Espacios que hacen de ArtBo una plataforma única en su especie como ArteCámara (espacio para difundir y visibilizar el trabajo de jóvenes promesas del arte colombiano), Articularte (espacio pedagógico) y Referentes (espacio nuevo que da una mirada al arte entre 1940 y 1970 para dar al público un contexto histórico del arte colombiano y latinoamericano) son la perfecta demostración de que la misma feria es consciente de que el público colombiano es un público que aún debe ser educado. Como lo demostró el estudio mencionado, la mayoría del público de ArtBo son jóvenes que ven en la feria una oportunidad para obtener referentes visuales y educarse en las últimas tendencias artísticas. Así, aunque ArtBo ha venido mejorando enormemente en los últimos años, es evidente que aún no alcanza las dimensiones en mercado las grandes ferias internacionales, no por la feria misma, sino por que aún circula dentro de un público al cual le hace falta educación y conocimiento sobre el mercado de arte.

Adicionalmente, en las grandes urbes del arte en donde se realizan ferias de grandes dimensiones se ha dado el fenómeno de que surjan ferias satélite (alternativas) alrededor de la gran feria, dando el surgimiento de las llamadas semanas del arte. Es el caso de Miami, en donde se dan ferias satélite como Scope o Untitled alrededor de Art Miami o en Nueva York con ferias como Downtown Art Fair o Pulse Art Fair alrededor de Frieze. En Bogotá, alrededor de ArtBo han empezado a surgir pequeñas ferias en los últimos años que intentan complementar los contenidos de esta semana del arte. Odeón, feria de arte contemporáneo va a realizar en este año su cuarta versión, posicionándose como una feria de arte emergente y alternativo que ha venido creciendo. En el primer año convocó un total de 3500 asistentes y logró USD$90,000 en ventas, y en su tercer año convocó 6,500 asistentes y alcanzó USD$ 250,000 en ventas. Para este año, va a funcionar con un total de 16 galerías, entre las cuales hay ocho nacionales y ocho internacionales, continuando así con su progresiva expansión. Por otro lado existe desde el año pasado “La Feria del Millón” cuya principal característica es que todas las obras deben ser vendidas máximo por un valor de un millón de pesos. Así, esta feria atiende otro tipo de público, de coleccionistas jóvenes interesados en adquirir en sus vidas un poco de arte. Adicionalmente existen otras ferias más pequeñas como Sincronía, y Parcur (que inaugura este año). De este modo se ve que se esta empezando a dar una proliferación de ferias, en donde lo interesante es que cada una atiende a un tipo de público y un mercado diferente, aunque todas cumplen con el objetivo de promocionar el mercado del arte en Colombia y empezar a educar a un público que apenas nace.

Después de este breve repaso de algunas características y actores del mercado del arte, paso a plantear algunas preguntas sobre este naciente mercado en el país. No sin antes advertir que al haber hecho comparaciones de cifras y datos con algunas de las grandes urbes del mundo, no es mi intención degradar a Colombia o demeritar el gran avance que se ha hecho, todo lo contrario. Hay que destacar que las galerías en Colombia son cada vez mejores. El hecho de que Colombia sea el país invitado a ARCOmadrid lo reafirma pues esto sólo es posible por que se considera que el país tiene un núcleo de galerías importantes con la capacidad de salir al exterior a una feria.  La llegada de cada vez más galerías internacionales (como Mor Charpentier o Nohra Haime) que deciden abrir sucursales en el país también demuestra que tenemos en Colombia un potencial en crecimiento. La apertura de una primera casa de subastas representa una gran oportunidad para crear referentes en precios reales y públicos, que formalicen y dinamicen el mercado creando mayor confianza y transparencia. El crecimiento de las ferias de arte es un elemento fundamental que ayuda a la construcción de una cultura de mercado y a la educación de un público futuro, tanto en prácticas formales como en fijación de precios. Son un fenómeno que promueve el amor al arte y educa y promueve nuevos coleccionistas y ayuda a visibilizar una de las industrias crecientes del país. La presencia de artistas colombianos como Mateo Lopez, Gabriel Sierra, Nicolás París o Nicolás Consuegra en galerías internacionales, y con obras en importantes museos del mundo demuestra que el talento colombiano es cada vez más reconocido.

Pero ¿es esto suficiente?, ¿existe realmente el coleccionismo en Colombia?, ¿puede hablarse de un mercado del arte formalizado en el país?, ¿qué tanto es el impacto de ArtBo en el mercado nacional como en el mercado internacional?, ¿realmente es esta la feria de mayor calidad en América latina?, ¿a qué se ha debido el fracaso de las casas de subastas en Colombia?, ¿cuál es el futuro de espacios independientes y auto-gestionados, dentro de un mercado en donde escasea el poder adquisitivo?, ¿radica el problema en que el público colombiano aún no esta educado para operar en este mercado?, ¿de qué manera se podrían formalizar las prácticas de galerías colombianas? Estas son sólo unas de las múltiples dudas que aún hace falta responder con respecto al campo del arte en Colombia. Es cierto que el país ha venido escalando en el campo del arte, pero también creo que hace falta trabajar muchos aspectos para que Bogotá pueda efectivamente ser llamada capital del arte.

 

 

Isabella Torres

 

Referencias:

  • Velthius, Olav. Talking Prices. (2005).  Princeton University Press
  • Matthew Caines. International art market 2013: new report examines the facts and figures.  Marzo, 2014. Periódico The Guardian. Disponible en:

http://www.theguardian.com/culture-professionals-network/culture-

  • Juan Andrés Valencia Cáceres. “¿Quién compra arte en Colombia?”. Febrero, 2014. Periódico El País. Disponible en:

http://www.elpais.com.co/elpais/cultura/noticias/quien-compra-arte-colombia

  • Estudio de impacto. Feria de arte Artbo. Elaborado por Jaime Ruiz Gutierrez. Facultad de administración. Universidad de los Andes. Enero 2014.

 


[1] http://www.semana.com/cultura/multimedia/bogota-capital-del-arte/405104-3

[2] http://www.theguardian.com/culture-professionals-network/culture-professionals-blog/2014/mar/19/international-art-market-2013-facts-figures#keyfindings

[3] Olav Velthius. P. 23

[4] http://www.elpais.com.co/elpais/cultura/noticias/quien-compra-arte-colombia


Apología del voto nulo

Un fantasma recorre a Colombia: el fantasma del voto nulo. A pocos días de las Elecciones para el Senado de la República, la masa está comprometida en un pacto silente.

El día de la contienda los jurados de votación notarán cómo algunos ciudadanos, en el cubículo privado para sufragar, se tomarán más tiempo del habitual. Después, cuando la terna y los testigos electorales verifiquen cada voto, el paisaje será desolador. Las instituciones democráticas serán profanadas por un bacanal profuso en signos: insultos, monitos, monigotes, rayones, espiralitos, obscenidades, consignas, poemas, mandalas, secretos, confesiones, jeroglíficos, diagramas, toda una marejada de constelaciones sobre millones de tarjetones en un irrespeto absoluto por las fronteras —ficticias, casi en su totalidad— que separan a una colectividad política de otra.

En las pasadas elecciones legislativas de 2010 en Colombia el voto nulo fue legión y, según datos finales de la Registraduría, ocupó la tercera posición: más de 2 millones de votos nulos (aproximadamente el 11% del Senado —traducible a 10 curules— y el 15% de la Cámara —traducible a 38 curules—).

Desde el arte ya se presagia lo que ha de acontecer y este viernes y sábado en la Galería Valenzuela y Kleener, en Bogotá, se mostrará una exposición reveladora. El nombre y su autor no podían ser más explícitos: Oclocracia de Don Nadie. Acompaña a este ominoso vaticinio un texto, Apología al voto nulo de Joaquín Pablo Urias, Profesor Titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla, España. Algunos fragmentos:

“Como están las cosas, el voto nulo es la única opción auténticamente libre, crítica y alternativa que nos deja el sistema electoral. Hay quienes pensamos que las elecciones políticas se utilizan mayormente como mecanismo de dominación: su función es exclusivamente legitimadora del sistema.

[…]

cada cuatro años se le da a la gente a elegir entre unas pocas opciones para designar a quienes mandan (realmente nunca hay más de dos, apurando mucho tres, opciones reales de gobierno). Su dominación, a partir de entonces, aparece como fundada democráticamente.

[…]

Hay que diseñar, pues, estrategias eficaces pero correctas y consecuentes con la crítica indicada. ¿Cuáles? Esencialmente puede pensarse en tres: abstención, voto en blanco, voto nulo.

[…]

la opción más reivindicativa, no cabe duda de que es el voto nulo. Ante todo, implica saltarse las normas, optar por algo que no está previsto como opción. El voto nulo es el voto de los torpes, de los analfabetos, de los que se equivocan al votar; nunca es malo estar con los analfabetos. Utilizar políticamente el voto nulo es subvertir el sistema. Lanza un mensaje de denuncia activista: nos saltamos las reglas.

[…]

el voto nulo es el único voto libre, porque es el único voto realmente creativo. Denunciamos que nos den a elegir como borregos entre dos o tres opciones (muy parecidas entre si). La vida es múltiple, compleja y rica. Las opciones son miles y dependen de cada persona. Con el voto nulo cada uno puede votar a quien quiera, imaginario o real. El voto nulo sirve tanto de ejercicio de la libertad de expresión como de denuncia.

[…]

Por último, el voto nulo es el único voto activista. Quien vota nulo se molesta en pensar y elaborar una papeleta, se molesta en ir al colegio electoral… y todo ello para realizar un acto de protesta, sin más valor que el de la denuncia pública y simbólica. Ese es el modelo de activista social que transformará la sociedad globalizada. No el que sigue a los partidos y sus sistemas a modo de masa gigantesca hacia el palacio de invierno, sino el creativo, luchador e independiente; imprevisible; autónomo.”

Este domingo: todos a votar, sí, y a rayar, a convertir en papelógrafo el tarjetón, a cambiar ese tachoncito solemne y apocado de fervor, resignación y trata electoral, por un gesto pictórico que marque a más de uno, o a todos, pero que a ninguno le otorgue la representación del poder. La única representación válida será un dibujo. El voto nulo es un harakiri electorero pero es un satori electoral.

Al final diremos, bueno, por lo menos las elecciones produjeron arte, puede que, en última instancia, esta tragicomedia sea para eso.