El (falso) premio: parodia e indignación

arteba

En días pasados comenzó a circular por las redes sociales la (falsa) noticia: “Olvida adjuntar archivo y gana concurso de Arte Contemporáneo”. La noticia se volvió viral, muchos medios lo publicaron y uno de los jurados (Cuahutemoc Medina) publicó en su muro de Facebook una nota donde desmentía la noticia. ¿Cómo reaccionan algunos artistas, curadores y críticos ante esta parodia?, ¿la institución parodiada acudirá a las instancias legales?

El falso premio de ArtBA: ampliando la Ley de Poe

Asumo que fui uno de los tantos engañados por la broma publicada en este sitio. Pero contrariamente al descargo de Cuauhtémoc Medina, uno de los curadores mencionados en la parodia, me parece exagerado y sin bases el plantear reminiscencias autoritarias y actitudes de pasividad menoscabante al público, juicio que caería en las mismas falencias acusadas a quienes, en el peor de los casos, al menos actuaron con sentido del humor, el que generalmente y por sí mismo conlleva posturas críticas que, en su circulación, incluso refutan y acusan de vuelta los descargos de Medina.

Hace un par de semanas, se pudo ver en diversos sitios de las llamadas “comunidades escépticas” una declaración por parte de una agrupación conservadora-religiosa (generalmente autodenominadas eufemísticamente como “pro vida”) que decía algo así: “la masturbación es una forma de asesinato”.  Con el paso de los días, y tras cientos de burlas y réplicas, se confirmó que había sido simplemente una parodia a este tipo de agrupaciones que argumentan más desde la subjetividad confesional que desde los hechos, y que todos los que creímos sin averiguar la fuente primaria, habíamos sido víctima de la llamada “Ley de Poe”: neologismo nacido en internet que se refiere básicamente a que “sin un emoticon guiñando el ojo o alguna otra muestra clara de humor, es completamente imposible parodiar a un creacionista de tal manera que alguien no lo pueda llegar a confundir con uno de verdad”. Por supuesto, la aceptación de una afirmación sin pruebas es responsabilidad del receptor, pero, en el caso del creacionismo, la postura fundamentalista que asegura la literalidad de la Biblia como explicación de la creación del universo y la vida, su propia postura implica un absurdo de grado no distinto a la parodia; la falsedad de esta última viene dada por su inexistencia como hecho puntual, pero no por el fondo que ficticiamente transmite.

En el caso del falso premio de arteBA, me parece que existen antecedentes suficientes como para observar un fenómeno similar. Si bien es cierto la Ley de Poe explica una confusión propia de las parodias a la religión extremista, podemos buscar elementos de fondo que también sean aplicables a otro tipo de confusiones paródicas. Un ejemplo: el extremismo político; decir “hay que matar a los extranjeros porque nos quitan el trabajo”, “el error del Presidente Pinochet fue no matar suficiente gente”, o “la tecnología es una forma de dominación post/capitalista que oprime las multi-vocalidades periféricas”, son afirmaciones que en un círculo de gente con un mínimo de sentido crítico sonarán como parodias, como evidentemente absurdas y ridículas, pero que, en círculos de convencidos de las ideas que aluden, podrían parecer perfectamente verosímiles e incluso admirables. La imposibilidad de distinguir la parodia de su objeto ridiculizado, radicaría así en la naturaleza absurda, según un juicio consensuado de la mayoría, del objeto en cuestión. Un antecedente célebre e ilustrativo ocurrió con el llamado “escándalo Sokal”, en el cual Alan Sokal, físico teórico, logró publicar un artículo en la revista de humanidades Social Text de la Universidad de Duke, lo interesante: el artículo decía imbecilidades aberrantes sobre la física, pero que edulcoradas con citas a filósofos posmodernos -muchos de los cuales difunden también tales imbecilidades- fue aceptada y publicada. Fue sólo con su declaración pública que se evidenció la parodia.

Cuauhtémoc Medina, en sus descargos respecto a la broma, publicó lo siguiente:

Hace unas horas un portal titulado Ciencia Seminal (sic) publicó un virus informático (N. de E. un viral) donde atribuía el premio de Enrique Jezik en Arteba a un error de correo electrónico. Uno supondría que cualquiera que vea el sitio deduciría de inmediato que algo anda mal: las noticias de Ciencia Seminal son cosas como que una tabaquera pagó a un niño para fumar en comerciales, que por simulación de computo podemos saber que López Obrador hubiera sido peor presidente que Peña Nieto y que Monsanto está financiando una campaña en pro del vegetarianismo.

La falsificación de la nota sobre Arteba no era particularmente buena: en medio de equivocaciones enviaba links a notas reales, confiando plenamente en la credulidad del lector. Lo increíble es la virología del engaño: casi mil repeticiones en la red, facebook in tweet, y apenas hace unos minutos saltó a un medio que se da de serio: el sitio Vanguardia.com.mx

Tratar de desmentir una broma es una buena manera de enredarse en la risa: lo mejor es sonreír. Sin embargo, el evento es muy revelador tanto de la posición acrítica de los lectores y repetidores de información en la red, como el deseo generalizado de una parte del público de que el arte sea, en efecto, un mero engaño. Es como si la pulsión autoritaria de orden cultural hirviera en el fondo de la subjetividad, anhelante de confirmar el prejuicio de que no se puede producir cultura contemporánea. Esta ansia de desinformación es también lo que alimenta el grado de idiotez de la crítica reaccionaria.

http://contraindicaciones.net/2013/07/virologia-de-la-idiotez-un-desmentido-de-cuauhtemoc-medina.html

Ya se equivoca con creces al no saber la diferencia entre “virus” y “viral”, error que si bien puede parecer periférico en el contenido de su argumentación, no lo es si queremos armar un lugar epistémico de origen discursivo respecto a la comunicación y al conocimiento, cuando éstos son difundidos por internet. Desactualizado, impreciso.

Segundo error grave: la contradictoria mención de las palabras “falsificación”, “equivocación” y “engaño”: falsificar y engañar implican dolo, intención, acción negligente de forma intencional, o sea, todo lo contrario de un error. Por lo demás, la falsificación supone el pretender poner en circulación operativa y funcional un objeto en un contexto que no le pertenece: se falsifican billetes y firmas porque, sin tener acceso al objeto original, se pretende obtener su beneficio por medio de una copia mimética que engañe indefinidamente a la víctima. Acá hay una imitación, ciertamente, pero con fines humorísticos, es decir, de duración definida, de finitud programada e intencionada; no se vendió la noticia a una agencia de prensa, ni se intentó filtrar dentro de la oficialidad informativa: tal error lo cometimos los receptores, pero no fue una acción dirigida del emisor.

Pero lo preocupante es el último párrafo, en donde se asegura que existe un deseo por parte del público de que el arte sea un engaño, como resultado de una pulsión de autoritarismo, como un aliado de la derecha extrema, metonimizada por las izquierdas latinoamericanas como “reaccionarismo”. En primer lugar, no existe prueba alguna de la existencia de ese deseo (como una encuesta representativa, por ejemplo), ni mucho menos, de que su causa sea una “pulsión” autoritaria. En segundo lugar, la hipótesis bebe de un lenguaje psicoanalítico, disciplina que al ser demostrada falsa, fraudulenta e inútil, sólo se mantiene viva, precisamente, por actos de repetición acrítica e irreflexiva. En algo tiene razón Medina: los que creímos, o quisimos creer en la información, no actuamos reflexivamente, pero ¿cuáles son las causas?. En un ejercicio plenamente subjetivo, recapitulo cómo me enteré yo: por Facebook de amigos y conocidos. Todos, de personas que respeto y admiro, de las que tengo certeza que no engañan ni falsifican, sino que, en el peor de los casos, sólo habrán cometido un error. En este caso, la irreflexividad habría operado por una simple inducción apresurada: “mi amigo o el sitio X publican cosas verídicas, por lo que ésta seguramente también lo es”, un ejercicio perfectamente natural como estrategia de ahorro de recursos mentales, dada la enorme cantidad de información que el cerebro humano debe procesar continuamente para poder sobrevivir. Si le sumamos la Ley de Poe, es decir, una continuidad de aseveraciones verídicas sobre un mismo fondo, el resultado es previsible.

Si muchas personas, incluidos artistas contemporáneos, críticos y teóricos especializados pueden darle credibilidad a una parodia, tal como demostró Alan Sokal, eso es señal de que el campo de conocimiento aludido es el que presenta falencias graves en su relación con la realidad, y los responsables son sus generadores de contenidos, en vez de los consumidores. O sea, que si el 98% de un curso numeroso no entiende una materia, muy probablemente es culpa del profesor, o si una ley establece que toda la población es delincuente (como algunas legislaciones europeas o la estadounidense sobre Propiedad Intelectual), entonces el problema lo tiene una legislación incapaz de entender la realidad con la que debe relacionarse. En el caso del arte contemporáneo, si es creíble que un hecho ridículo sea cierto, ¿no será por una persistencia, al menos a nivel de percepción, de que abundan los hechos ridículos? y, aun en su caso más leve, el de la percepción, ¿no sería ya prueba suficiente de ello, al ser la percepción una manifestación de la subjetividad, tal como las cosas a las que llamamos “arte”?.

Cuauthémoc Medina, al usar un lenguaje con elementos de una pseudociencia dañina, y manifestando un diagnóstico no comprobado, hace un ejercicio de subjetividad, que siendo válido en su origen, no lo es en su destino: no establece una autocrítica. De la misma forma en que un conservador fundamentalista se equivocaría al condenar la propagación de la declaración falsa “masturbación es asesinato”, y no la metodología errónea sustentada por él, que permite que tal aberración pueda ser legible como discurso, esta broma en la que muchos caímos, nos invita a reflexionar qué responsabilidad tenemos como partícipes del arte contemporáneo de su posibilidad de ser entendido como una gran farsa. Digo, si es que esto nos molesta tanto como le molesta a Medina, preocupación que por cierto subscribo plenamente. El falso premio de arteBA es un mini caso Sokal a escala artística, que como tal, ofrece la no despreciable oportunidad de evaluar la calidad de los contenidos culturales que se están ofreciendo, si acaso, embriagados utilitariamente en las puertas y caras sonrientes que provocan palabras con paréntesis y guiones, citas a autores crípticos, o rebusques retóricos autocomplacientes, no se está ocultando que en realidad lo que se ha producido es poco relevante, y que la apatía social no es más que el resultado esperable de la selección natural, de relegar al desamparo tendiente a la extinción de lo que no funciona en este universo. Podríamos, al menos, intentar el ejercicio. A no ser que se tenga miedo de encontrar las respuestas.

 

Christian Alvarez

publicado por Museo Internacional de Chile