Comunicado de la Curaduría Pastas del Gallo

Ensayo de transferencia, María Leguizamo. Curaduría de Pastas del Gallo. Foto: Sebastián Jaramillo para revista Bocas #89. Sept. Oct. 2019. El Tiempo

A quienes nos preguntan porque los curadores de Pastas el Gallo no firmamos el comunicado publicado por los curadores del 45sna, les contamos:

Técnicamente no somos parte del equipo curatorial del 45 SNA, pues fuimos incluidos en el proyecto únicamente como ganadores de la beca red galería Santa Fe 2019, de Idartes. Estamos de acuerdo con los postulados del comunicado de los curadores del 45sna. Nos unimos a la voz de protesta de otros agentes del campo y rechazamos contundente y fehacientemente el violento acto de censura perpetrado por el CCA contra la obra de Lucas Ospina y Powerpaola. Defendemos el derecho a la libertad de expresión consignado en la constitución, no solo por haberse visto vulnerado en el marco del salón nacional, sino en cualquier espacio donde se presente la censura.

Carolina Ceron y William Contreras, curadores de Pastas el Gallo


Comunicado del equipo curatorial del 45 salón nacional de artistas sobre la censura al mural de Lucas Ospina y Powerpaola

Bogotá, 6 de octubre de 2019

Consideramos el cierre de esta cátedra performativa, evento que atraviesa y entreteje las propuestas curatoriales, y en el que ha trabajado conjuntamente el equipo que conforma el Salón, como el espacio adecuado para compartir este nuevo comunicado sobre el curso del 45sna y la censura al mural de Lucas Ospina y Powerpaola.

Integramos esta declaración a una cátedra en la que participaron líderes, artistas, investigadores y creadores, algunos de ellos pertenecientes a colectivos expuestos a la violencia, la censura y la estigmatización. Las obras y curadurías reunidas en “el revés de la trama” y esta cátedra performativa juntan prácticas artísticas y culturales que defienden la vida y las formas de autodeterminación, con lo que buscamos abrir espacios para la expresión de voces y cuerpos individuales y colectivos, y para que muchas y muy diferentes narraciones tengan  lugar.

“El revés de la trama” ha sido para todos un espacio de libertad y de creación, libertad que defendemos hoy como grupo, asumiendo la responsabilidad que tenemos frente a los artistas, y compartiendo la libertad que ha caracterizado a la dirección artística de este salón, por lo que lo celebramos y además defendemos cada versión del Salón Nacional de Artistas.

Consideramos que la anulación del mural de Powerpaola y Lucas Ospina en el muro del Centro Colombo Americano es indignante e inadmisible. La censura no sólo viola el derecho fundamental a la libertad de expresión, consignado en la Constitución, sino que refleja prácticas represivas y de silenciamiento cotidianas que se imponen en las periferias, en las regiones y las zonas rurales del país. En el contexto del Salón Nacional de Artistas, realizado en Bogotá, las dimensiones de este acto resultan alarmantes porque vulneran la integridad profesional de todos los artistas y sus procesos creativos. Consideramos que esta es una agresión contra el Salón como un todo, contra los artistas que representa, y contra todos los agentes culturales que participan en la intervención y transformación de nuestras dinámicas sociales.

Como un equipo curatorial diverso nos hemos tomado el tiempo necesario para ponernos de acuerdo, reflexionar y definir acciones a realizar, atendiendo otras expresiones y evitando respuestas inmediatas. Reiteramos la consternación y frustración que sentimos desde el primer momento ante las imágenes del mural cubierto, censurado y “desaparecido” bajo esa veladura blanca que el Centro Colombo Americano determinó aplicar unilateralmente. Rechazamos lo ocurrido y nos sumamos a todas las manifestaciones que han aportado reflexiones frente al hecho. Posterior al primer comunicado publicado por el director artístico y la directora ejecutiva del Salón el pasado martes 24 de septiembre, hemos estado atentos a estas reacciones espontáneas y solidarias que celebramos como parte de un ejercicio de la libre expresión y la defensa de este derecho

Por diferentes comunicaciones públicas entendemos que este acto de censura respondió a una orden del Centro Colombo Americano pero desconocemos quién la determinó. Entendemos también que se realizó sin consultar a los artistas, el curador o las instituciones gubernamentales vinculadas, y dando la espalda al diálogo que muy tempranamente ofrecieron los artistas.

Rechazamos la respuesta pública del Centro Colombo Americano, pues falta a la verdad. Al contrario de lo que señala, la intervención en el mural fue acordada con la institución, que conocía los nombres de los artistas y el periodo asignado para su realización, que comenzaba el 14 de septiembre y se prolongaba los días necesarios para pintar una obra de semejante tamaño. El Centro Cultural Colombo Americano mismo preparó las paredes para la intervención y señaló los espacios que podrían ser utilizados. Durante todos los días en que tuvo lugar la pintura del mural, el Centro Cultural Colombo Americano prestó su espacio para guardar las pinturas y las herramientas de trabajo. Funcionarios del Colombo también estuvieron presentes durante la realización del mural que se hizo en el plazo acordado y de forma claramente visible para ellos y todos los que se acercaron al lugar en esos días.

Todo este tiempo hemos estado a la expectativa de conocer la orientación del Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Bogotá como instituciones garantes del Salón Nacional de Artistas frente a lo sucedido. La Alcaldía manifestó públicamente en sus redes sociales que “…lamenta la destrucción y censura de la obra realizada por Lucas Ospina y Power Paola y se solidariza con los reclamos de los artistas y del 45 Salón Nacional de Artistas al respecto. El Salón Nacional de Artistas es un símbolo de la relación entre el Estado y los artistas desde 1940 y debería garantizar todos los derechos consagrados en la Constitución Política de Colombia para quienes participan en él.” Por su parte, el Ministerio decidió delegar sus comunicaciones al equipo de trabajo del 45 SNA.

El pasado lunes 30 de septiembre el equipo de curaduría fue convocado íntegramente al comité técnico del 45SNA para tratar asuntos del salón, buscar soluciones y plantear el curso de situaciones frente a la censura del mural. En esta reunión los representantes del Ministerio de Cultura explicaron que, por medio de comunicaciones internas habrían llegado a un acuerdo verbal con el CCA, y que esta institución se comprometía a respetar la programación del Salón y las intervenciones que en adelante se hicieran sobre su muro. Los representantes de ambas instituciones también aclararon que, por el modelo de gestión del 45sna, esperaban que el equipo de curaduría se encargara del asunto y que ninguna de ellas se pronunciará nuevamente sobre el tema. A nuestro parecer, ese intentar que las cosas se calmen con el tiempo y ese evitar discusiones del tema, se convierten en estrategias tipificadas para cerrar discusiones incómodas que, en este caso, es de vital importancia mantener abiertas. Por el contrario, como equipo curatorial queremos manifestar enfáticamente que consideramos inadmisibles estas prácticas de silenciamiento y censura.

Desde aquí convocamos a emprender conjuntamente ejercicios de reparación, por lo que actualmente sostenemos diálogos con Powerpaola y Lucas Ospina, a la vez que proponemos una discusión abierta en LIA (Laboratorio Interdisciplinario para las Artes) este jueves 10 de octubre a las 7:00 pm con toda comunidad interesada en el tema, donde podamos poner en diálogo lo sucedido, sus implicaciones, las distintas manifestaciones al respecto, y el contexto político amplio en que suceden, y en la que definamos acciones directas o simbólicas, individuales o colectivas que se pueden y deben hacer alrededor de lo ocurrido.

Rechazamos toda forma violación al derecho de la libre expresión y prácticas de censura, represión, maltrato o incumplimiento hacia cualquier persona, los artistas, curadores, y otros agentes artísticos y culturales participantes o no en el 45sna.

Firman:
Luisa Ungar
María Isabel Rueda y Mario Llanos (La Usurpadora)
María Sol Barón y Camilo Ordóñez. ( Equipo Trans(H)istoria)
Alejandro Martín
Ana María Montenegro
Manuel Kalmanovitz
Adriana Pineda
María Buenaventura


Un silencio que sorprende

Y entonces…

Hace un poco más de una semana, el lunes 23 de septiembre a eso de las 9 de la mañana, el mural que estaban pintando los artistas Power Paola y Lucas Ospina, en una de las paredes exteriores del Centro Colombo Americano de Bogotá, fue violentamente borrado, “desaparecido” si uno usa las palabras correctas. Esto, por orden fulminante de aún no se sabe quién, parece que de la dirección del Centro Colombo Americano.

Y digo no se sabe quién, pues el comunicado enviado por el Colombo, justificando esa acción injustificable, no está firmado, por tanto, no hay quién se adjudique el hecho. No hay cómo identificar a un individuo como responsable. Y en la calle, en los corredores, en internet, se habla, en cambio, de instituciones que han actuado, y de instituciones que han dejado de actuar. La no firma de ese comunicado sorprende porque finalmente las instituciones tienen directores, representantes legales, un puñado de gentes que siempre responden por las decisiones que parecen haber sido tomadas por un edificio. ¿Edificio? Sí, como el Colombo, el Ministerio, el Salón, el mundo del arte, el mundillo del arte, todos, nadie.

A la fecha, aparte del comunicado del Colombo, también se cuenta con otra carta, muy formal, firmada por el director artístico del 45 Salón Nacional de Artistas, Alejandro Martín, y la directora ejecutiva del 45 Salón Nacional de Artistas, Carolina Muñoz. Carta de modesto rechazo a la censura, enviada por dos contratistas que no parecen haberse percatado de que son los representantes, los directivos de turno del 45 Salón Nacional de Artistas, una institución con más de 70 años de historia, que para las artes visuales en Colombia es a veces mayor que el mismo Ministerio de Cultura, si acaso no es la misma razón de ser del Ministerio de Cultura para el campo de las artes visuales en Colombia.

El silencio que rodea al muro blanqueado sorprende, entristece y avergüenza. Seguramente se escucha de todo en los corredores, pero lo cierto es que, por escrito (con excepción de lo escrito por Bernardo Ortiz, el gesto del grupo de restauración de La Universidad de los Andes, y lo que está escrito en el mismo muro), se ha dicho poco en rechazo a la violencia del gesto de censura perpetrado por el Colombo Americano. ¿Acaso no se trata de un gesto que nos compete a todos?

Este es un gesto violento, un acto individual de autocensura de alguien que cobardemente lo volvió una censura colectiva al esconderse tras la institución que representa. Y este borramiento, esta desaparición, no deja de angustiarme, pues en arte, así como en los crímenes, siempre hay autores —incluso cuando un crimen no es perpetrado por la misma mano que da la orden se habla de autor intelectual del crimen—. El director artístico del Salón conocía bien el tono y el estilo de los artistas invitados. Se trata de artistas reconocidos y de trayectoria que empezaron su trabajo después de incalculables horas en el diálogo de preparación, y los cinco días que dedicaron enteros a ese muro fueron borrados por fuera del diálogo, sin siquiera dar chance a que los artistas modificaran o se rehusaran a modificar su obra. Este es un acto de desaparición como cualquiera de los que nos hemos habituado a ignorar en Colombia.

Lo cierto es que quien tomó la decisión y tenía el poder de ordenar a otros actuar, no ha dado la cara. No me sorprende. Ese gesto agresivo de acallamiento da tanta vergüenza, que no hay quién se lo adjudique. Sin embargo, al momento de decidir borrar, la orden sí fue certera. ¿Acaso no hubo convicción? Yo diría que sí: esa orden vino clara desde de la propia censura de alguien que imaginó que le iba a caer una sanción, o peor, que simplemente no le gustó lo que vio y en un exceso de autoridad lo hizo borrar. Se trató de alguien que respondió a sus propios miedos y disparó la orden que eliminó un mural que era un comentario visual que es público, que es de todos. En otras palabras, que es vox populi y que concierne a todos al ser político. Porque el arte es político o se vuelve político, o lo hacen político a las malas, como en este caso.

Además de denunciar aquí un gesto de censura, que violó el derecho a la libertad de expresión, lo que quiero señalar es que los curadores y los artistas involucrados con este Salón, así como los trabajadores en las instituciones culturales, callan. Parece que hasta este punto hemos normalizado la violencia. Y el silencio de las instituciones que nos representan es abrumador porque “nos representan”, es decir, nosotros las hemos constituido cuando les conferimos autoridad. Da vértigo darse cuenta de que hemos normalizado los abusos al punto de que las instituciones son incapaces de defender los contenidos que dicen promover y los públicos y gremios que dicen apoyar.

No se puede normalizar la violencia y mucho menos este tipo de reacción de las instituciones. Se trata de un silencio que no nos protege, no nos defiende, no nos empodera. Con nostalgia pienso en el gesto de Álvaro Barrios al rechazar el premio del XX Salón Nacional de Artistas (1969) y tapar su obra con una tela negra en respuesta a la decisión del jurado de premiar una obra que él y muchos otros consideraban un esbirro imperialista.

La sociedad está basada en la capacidad de comunicar, dialogar, chismear y entrar en consenso, ¿dónde estamos? El Colombo —y todo y todos a los que representa a falta de un nombre propio que se adjudique el acto violento— borró con unos pocos brochazos la obra trabajada a pleno sol y bajo la lluvia, de dos artistas que, gústenos o no, hicieron su trabajo.

¿Y nosotros? Los artistas, los curadores de este Salón y de otros, ¿nos escondemos detrás de qué institución?, ¿qué miedo nos impide reaccionar? ¿Acaso no nos hemos dado cuenta de que borrar, desaparecer una obra en un Salón Nacional, es un evento de cancillería?, ¿acaso no vemos que el ataque no es solo a esos artistas sino a todos nosotros?¿Colegas curadores, dónde están? ¿qué han hecho al respecto? Ese mural y su diálogo tenemos que mantenerlo vivo al menos hasta que el Salón termine. Los curadores estamos al servicio del arte, de las ideas, ni siquiera al servicio de los artistas, y mucho menos al servicio de las instituciones.

Mariangela Méndez

Respuestas:

Carolina Ponce de León: Tienes toda la razón Mariangela. Participar en el silencio que ha seguido este acto de censura es prolongar su violencia. ¿Qué sentido tiene celebrar los 79 años del Salón Nacional —una institución que activa e involucra a todo el campo artístico— cuando ni las entidades organizadoras ni los agentes del campo— defienden aquello mismo que dicen defender? Esta cultura del silencio la estamos perpetrando todos al callar, al no respaldar a los artistas violentados, al no exigir una respuesta de las instituciones que necesitamos para restaurar la dignidad del ejercicio artístico y cultural y del mismo Salón Nacional. La censura perpetuada por el Centro Colombo Americano no es exclusivo a ese mural, esas imágenes, esos artistas, es al derecho fundamental y democrático de disentir e incomodar. La decisión de CCA es una ofensa no solo a los artistas y a la libertad de expresión sino también al Ministerio de Cultura y el Idartes que no han entendido la gravedad de su silencio.

El mural, minutos antes de la censura. Foto: @luisaponcas


Contrainformación, resistencia y archivo

Detour por algunos de los proyectos que hacen parte de la curaduría del Equipo TRansHisTor(ia). Primera aproximación a una serie de archivos y proyectos que resisten la trama oficial informativa.


La fábula de Aracne y la autonomía curatorial en el 45SNA

#Video detour por La fábula de Aracne, una de las curadurías que dan cuenta de uno de los cambios relevantes del 45 Salón Nacional de Artistas: la autonomía que tuvo cada curador para darle forma y contenido a su exposición. El Salón ya no pretende ser un panorama o una propuesta curatorial en la que intervienen varios curadores. Es más un archipiélago en el que en cada isla se tejen historias muy distintas.

#elrevésdelatrama #45sna


#EnDirecto: Primeras preguntas de Juan Mejía

Acerca de las formas de relatar la historia de la sexualidad en el diorama de Juan Mejía. Con esta primera entrega de #EnDirecto iniciamos una serie de aproximaciones a algunas obras del 45 Salón Nacional, a través de la voz de los artistas.


El Intruso. Anotaciones sobre, Todo comenzó por el fin, película de Luis Ospina (Colombia 2015)

“¡Pazienza! He ingresado en la época montaña mágica”.

Carta de Thomas Mann a Theodor Adorno. Zurich 30 de julio de 1955.

La nostalgia de los primeros encuadres deja ver a un niño que sale y entra del encuadre. El niño es capturado por el ojo visor de su padre. Apenas puedo registrar cabalmente las imágenes mientras intento aprehenderlas cuando súbitamente se precipitan para superponerse a unas notas musicales tan melancólicas que logran envolver toda esa espesura de trópico en blanco y negro.

Luego el color rápidamente se tiñe de sangre. Presagiando un estado de orfandad y de terror tropical.

No hay una línea narrativa que pudiera dilucidarse. Algo como una continuidad. Sino más bien, iteraciones de lo mismo. Un volver a mascullar sobre eso mismo. Esa incansable toma continua de una realidad que no acaba de imponerse completamente. Aunque se tenga la angustia de intentar poder atraparla y dar por concluida la película. Ni aún en el lecho de enfermo, donde el director ha ido a parar.

En su cama de hospital está en frente de la cámara para ser captado esta vez como protagonista. La cámara se ha dado vuelta. Y él mismo aparece en primer plano interrumpiendo la secuencia que habría llevado la película a otra parte, si no fuera por la irrupción inminente de un cuerpo enfermo, el suyo, que hizo detenerse todo y tener que recomenzar de otra manera. Cambiando la secuencia. Y con ello la historia.

Ahora, él mismo pasa al primer plano. Y también todas esas circunstancias que comienzan a ser ineludibles para quien está enfermo. Ahora hacen parte en directo del devenir película.

Parecen querer decirnos que la película como tal no existe. Que no existe algo así como una película en abstracto. Sino que precisamente lo que existe es ese ir deviniendo del todo y de la nada, la película y la dirección de la película, como un acuerdo inesperado con el azar, cuando se cae en cuenta que se está sujeto a la contingencia, y cuando precisamente se está de acuerdo en que ese acuerdo. Es la película.

Un cáncer a su manera es como un transplante. En que un cuerpo extraño entra en nuestro cuerpo interfiriendo la sensación de identidad que nos había acompañado en esa casi semi perpetuidad que parece ser la vida. Me refiero con esto a El intruso de Claire Denise, película filmada (2004)a propósito del libro de Jean Luc Nancy, El intruso. Nancy precisamente, se encontraba escribiendo su libro y, de un momento a otro, de manera imprevista, se vio interferido por la aparición inminente de la constatación de un parte médico que enunciaba a un corazón, el suyo, que amenazaba con detenerse. Nancy en su libro El intruso, nos habla de un órgano extraño que ha sido transplantado a su cuerpo y que inevitablemente interfirió todo, su escritura y su vida, no habiendo manera de eludirlo.

Esta extrañeza de la enfermedad, esta intrusión de la enfermedad y del azar, y de un cuerpo otro que es el órgano nuevo introducido, interpone una nueva temporalidad, que es la que se transforma en foco y en motivo de reflexión cinematográfica en la película de Claire Denise quien toma el libro de Nancy como texto paralelo al guión de su película.

La película de Claire Denise trata de un tipo de invasión. También esta película. El cuerpo del enfermo tarde o temprano queda al desnudo. Cuando de mano en mano la intimidad se desgarra ante la evidencia. De la falta de salud. Y el cuerpo viene a ser explorado. Tratado. Removido. Y un poco deja de pertenecernos y se hace incluso un extraño, como un intruso al que quisiéramos despachar de manera contundente.

Pero entonces está el curso inevitable de la escritura. De la película. Un curso indetenible.

Desde el archivo Luis Ospina narra haciendo superposiciones de recortes de una época y de otra, de una película a otra, superponiendo a su vez este ahora, esta temporalidad suya, que terminó siendo un ensayo sobre el imposible punto final. En cuanto siempre aparecen y aparecerán las inevitables superposiciones de recortes, que transmiten interminables capas de vida, palimpsestos, sobreimpresiones de un fragmento de película en otro, etc.

Luis Ospina monta los fragmentos para narrar desde distintos tiempos, en una secuencia de polifonía temporal todo ese cúmulo de voces que asaltan al director-protagonista. Un archivo que termina siendo la urgencia de querer contar, de contar en cuanto película y como película, ese final. Que no es otra cosa que poder acercar esa historia de una cierta manera, para intentar lograr, en la superposición de esas escenas perdidas en el tiempo, un ficcionario cinematográfico en que todos los amigos y todos los espectadores, puedan ser contemporáneos de todo lo que en realidad ya es póstumo. La película.

Se desliza así del documental a la ficción vivida. Se vuelve imprecisa la frontera porque pervive en ese entre dos en el que pareciera no poder o no querer decidirse.

-La desaparición de alguien es inaudita,-parece comentar.

Allí está el cine erigido para constatar ese otro momento en que alguien se movía y respiraba ante la cámara. Siendo registrado por alguien en el detrás de la cámara.

La película captura esa singularidad de estar vivo que es proyectada luego haciendo aparecer a quien ya no pervive.

Los amigos que se han marchado como lo hará él y todos nosotros.

Y sin embargo. Sabe que ha quedado esta constancia donde con la piel de las sombras y la luz, podemos verlos y escucharlos aún.
Literalmente, el mundo de las sombras de donde van emergiendo todos los amigos en orden de aparición y de desaparición.

Que es el orden que toma la película.

El guión no podía ser más auto referencial. El documental-película ha seguido la línea de esa vida común. Que ha sido la historia de una cinefilia. Que es en parte también, un fragmento importante de la Historia del cine colombiano. Luego se va comentando esa historia, que en consecuencia es una historia personal y general, en esa escena intermedia, donde dialogan alrededor de la mesa los amigos, en un Banquete (C.f. Platón) conmemorativo de la amistad.

Se ha dado orden. Se ha dado curso al archivo al que le fue dada una temporalidad y una secuencialidad que sigue el curso del orden de la vida de los amigos a quienes se hace converger en un presente que correspondería al tiempo más actual de la película en que el director protagonista los cita a la revisión de su propia historia. Así se superponen las imágenes de ayer y de ese hoy que ha entrado también en el pasado y es archivo. Y sin embargo, vueltas a montar esas escenas del pasado y de ese falso presente, aparecen en un supuesto nuevo presente radical que aspira a no extinguirse, rescatando el archivo.

Cada uno es su capítulo, cada amigo, con lo que se forman los capítulos de la película que se suceden en una aparente secuencia lineal.

Y sin embargo logran traslaparse en este nuevo tiempo creado por el montaje de los archivos de la vida de todos ellos. Y las secuencias en tiempo real, que han sido superpuestas. Progresión de un tiempo de sumatoria de tiempos que en cierto modo termina por ser también, una apelación al tiempo de nuestra historia que entra en correspondencia o que tangencialmente se toca o es tocado por ese devenir, o que de alguna manera ha comenzado a ser consciente, mientras progresa la película, del paso del tiempo. Pero que en la película es una feliz condensación que parece exorcizar la contingencia.

“Hoy ha sido un día triste. Me sentí solo, físicamente solo porque lo sentí como un vacío en el pecho que me hizo sentir más liviano. Algo así como ese ascensor al cadalso en que te montaste. Este Cali tiene sus días. Le parece a uno que el tiempo ha parado pero el reloj no.” Luis Ospina a Andrés Caicedo, 1973. Palabras al viento

“El intruso se introduce a la fuerza, por sorpresa o por engaño, en todo caso sin derecho y sin haber estado previamente admitido. Es necesario que haya intruso en el extraño, sin lo cual éste pierde su extrañeza. Si tiene derecho de entrada y de permanencia, si es esperado y recibido sin que nada suyo quede al margen de la espera y de la acogida, entonces ya no es más el intruso, pero tampoco es el extraño. Tampoco es lógicamente recibible ni éticamente admisible excluir cualquier intrusión en la llegada de un extraño.
Una vez que está allí, si continúa siendo extraño, por mucho tiempo que lo sea, en lugar de “naturalizarse” simplemente, su llegada no acaba: continúa llegando, y su llegada no deja de ser, desde un cierto punto de vista, una intrusión: es decir, no deja de ser una llegada sin derecho y sin familiaridad, sin acostumbramiento , al contrario de ser una molestia, un trastorno en la intimidad.” El intruso, Jean Luc-Nancy

Claudia Díaz, martes 24 de septiembre del año 2019