Una temporada en Taller 7

Melissa Aguilar (izquierda) y Wallace Masuko, durante el montaje de AAB – A Adolfo Bernal, sostienen uno de los afiches de Adolfo Bernal que estará exhibido al público. Foto: Giuseppe Restrepo para el artículo Visita al Archivo de Adolfo Bernal, publicado en El Mundo, 18 de noviembre de 2015.

Dentro del marco del MDE15, fui invitado a hacer una residencia en Taller 7, como curador del Museo La Tertulia, pensando en que tuviera una primera introducción a la escena artística local en Medellín. Se plantearon citas con distintos grupos de artistas en las que a partir de una revisión en grupo de sus portafolios, se llevara a cabo una conversación sobre las distintas temáticas comunes. A la vez se planteó un encuentro con los otros curadores invitados, para pensar la puesta en público de las investigaciones de cada uno. El ideal habría sido poder estar todo el mes en Medellín, pero por las obligaciones con el Museo, se redujo a tres visitas, enmarcadas en dos momentos cruciales de la historia de Medellín como escenario del arte: la apertura del nuevo edificio del MAMM y la inauguración del MDE. La visita intermedia, de carácter casi místico, tuvo lugar durante el eclipse total de luna, y tuvo dos momentos, una cena llena de humo, baile y ruido, y una noche en la montaña, de silencio, historias y caminata: dos eventos de hospitalidad.

Las reuniones con artistas se dividieron en cuatro grupos. Un primer grupo de artistas de carrera intermedia, con interés en una aproximación diferente a la investigación en la historia de la ciudad. En la conversación, encontramos pronto cómo los tres compartían una forma muy particular de semiótica, de lectura de los signos, y de puesta en escena de imágenes (donde se mezclan los medios y los formatos, los espacios y las superficies). Cada uno con estrategias muy singulares de hacer hablar a la historia, de relacionarse con las calles y las personas. Esa primera conversación marcaría las demás conversaciones y guiaría mi mirada.

Me reuní también con un grupo de artistas de interés más pictórico. Allí el esquema de conversación de ver imágenes en el computador, y de conversación en grupo resultó menos eficiente. Las pinturas eran muy difíciles de ver en la pantalla, y en realidad eran pocos los temas comunes. Quizás el único era las correlaciones entre su tenaz dedicación a la pintura, y los trabajos tan distintos que tenía que realizar cada ganar un sueldo, donde de todos modos se podían ver sutiles relaciones con su principal interés artístico. Pero para una real aproximación a su trabajo sería necesario hacer visitas de estudio.

Visité Por estos días, un espacio independiente donde tienen estudio distintos artistas jóvenes. Su proyecto común es una propuesta que con su frescura renueva la escena nacional de este tipo de lugares, donde se destacan sus proyectos de comidas comunales, que son una muestra de su forma a la vez dulce e inteligente de plantear formas de hospitalidad, y sus proyectos editoriales (en particular La Faltante) dejan ver los modos actuales en que los grupos son capaces de superar la individualidad con gran naturalidad. Pude conversar también con cada uno, para ver cómo si bien todos tienen líneas muy diferentes de trabajo, pero comparten una actitud de cuidado y generosidad.

Por último, me reuní con el grupo de residentes en Taller 7, que me permitió dar una primera percepción a la dinámica del espacio. Un grupo de residentes muy heterogéneos, pero cuyas investigaciones convergieron en una muestra interesante de distintas aproximaciones a una ciudad nueva. Fue notorio el interés por recorrer las calles y hacer un trabajo a partir de los encuentros. Se sintió de manera muy fuerte la buena relación entre los distintos residentes y la manera de apoyarse unos a otros en sus proyectos. La muestra final fue muy sencilla, pero se evidenció muy bien que la experiencia había sido honda, y el espacio muy propicio para el desarrollo de sus proyectos personales (y las vidas de cada uno).

Por la noche, fue la presentación de los trabajos y festín. El primer festín en Taller 7. Una de las artistas, Paula Niño, sembró en el patio de atrás un guanábano, evocando el famoso Guanábano del centro de Medellín, y la peregrinación constante de la fiesta entre el Guanábano y Taller 7.

Entre una y otra conversación “laboral” cafés, desayunos, comidas o cervezas con los miembros de Taller 7, en donde a pequeños mordiscos pude ir acercándome a la historia y las dinámicas del espacio. Fueron días muy duros para Adriana (Pineda). Mauricio (Carmona) apenas llegó el último fin de semana y le tocó echarse al hombro días muy intensos. Julián (Urrego) hace maromas para ser siempre el mismo y hacer tantas y tantas cosas y cuidar de todos. Los tres mosqueteros de una aventura que está por escribirse.

El viaje siguiente, en la conversación con los otros curadores, Wallace Masuko y Eva Bañuelos, compartimos la sensación de una gran vitalidad del momento artístico más allá del marco institucional en Medellín, y del rol que juega Taller 7 como punto de encuentro y de intercambio. Con Wallace comenzamos para buscar puntos comunes en nuestros proyectos. Yo había quedado muy impresionado en mi reunión con el primer grupo, en particular con Sebastián Restrepo y David Escobar, con la sensación de que compartíamos una forma particular de enfrentarnos a los eventos y los hallazgos, una actitud quizás sobre-interpretativa, incluso paranoica. La idea de ver siempre algo más en lo que se ve, de no ver las cosas con la lectura que asumimos como normal, sino como si nos hablaran: algo que llamé “viendo señales”.

Y justo “señales” es el nombre que unificaba para Adolfo Bernal sus trabajos, trabajos que venían obsesionando a Wallace desde hace tiempo, y a los que pensaba dedicar su residencia en Medellín. Así, que ese día de encuentro con Wallace nos dedicamos a compartir las señales, esa serie de puntos en las biografías de cada uno que nos unían: en particular, aquello que estaba marcado por el signo del “diablo”. Yo había hecho hace poco una exposición con ese personaje en el nombre (evocando más que nada su ausencia) y Wallace llevaba ya años evocando (e invocando) su presencia. Y es más, el título de la exposición que curé “el diablo probablemente” era robado de una película de Bresson, que Wallace lleva un tiempo trabajando con miras a realizar una intervención en las calles de París donde fue filmada.

Con Wallace y Eva les preparamos una comida a algunos de nuestros anfitriones. Wallace hizo el menú e insistimos en cocinar al fuego. Armamos tremendo humero que puso nervioso al anfitrión, así que bajamos el fogón al patio del fondo. Recuerdo sobre todo el viaje de los tres a comprar los ingredientes. Y en ese viaje la compra de las flores que marcarían la celebración.

La noche siguiente, la “señal” era el eclipse de luna, evento único en años, y que subimos a ver a la montaña a la casa de los de Plathoedro (gente de una hospitalidad y una generosidad sin límites, cuyo trabajo tengo pendiente conocer). En una caminata Wallace comenzó a trasmitirme esa manera tan particular suya de leer, escuchar, oler, y en general, fundirse con el mundo. Tengo pocas claves, pero allí pude ver cómo su obsesión con el diablo, con Duchamp, Bresson, y en particular con Bernal, nos habla de una manera única de relacionarse con el arte, con una comunicación con otros de manera muy particular. Wallace consigue de alguna manera ser un medium. Y uno puede ver cómo piensa con los poros.

A partir de allí, desde Cali, mi conversación con Sebastián Restrepo y David Escobar tuvo lugar por correo electrónico y los tres nos sorprendimos de los puntos en común. Los correos que nos enviamos parecían cartas de las de antiguo, y las historias personales, los proyectos y las referencias de lecturas se cruzaban de manera natural. Un mismo interés por la semiótica, vista sobre todo como una mirada de investigador policiaco ante una realidad que no deja entenderse y siempre nos reta con la maldad que exhibe impúdicamente.

Y el Crimen de la Aguacatala, mítico crimen de la ciudad de Medellín que tuvo lugar en el siglo XIX, resultó un punto común del trabajo de los dos artistas de Medellín, que me permitió adentrarme en sus maneras “criminalísticas” de adentrarse en la historia y todas las redes de conexión (esos rizomas deleuzianos) que cada uno sabe crear a partir de su erudición, su paranoia y su habilidad poética y plástica. Sebastián y David, dos investigadores únicos, que como los detectives salvajes de Bolaño, saben leer las señales y armar sus propios textos cargados de lucidez y de locura.

Para la presentación en Taller 7 el fin de semana de la inauguración del MDE, armé una versión impresa en pares papeles semitrasparantes de fragmentos de nuestra conversación que dialogaran de manera natural con la puesta en escena del archivo de Bernal que estaba montando Wallace. Una suerte de teoría semiótica confusa que diera pistas a quien las quisiera encontrar para apropiarse de otra forma de esas señales de Bernal que Wallace estaba disponiendo de manera tan completa y generosa.

Plantear toda la situación como una “escena del crimen” e invitar a los visitantes a leer las pistas, a dejarse creer que el diablo recorría los corredores. Porque en realidad el diablo estaba allí. Wallace estaba poseído. Más que una exposición lo que había montado era un ritual. Estaba invocando a Bernal, que veíamos proyectado enorme una y otra vez repitiéndonos como entre “rana” y “jinete”, justo en la mitad de esas dos palabras, allí estaba la imagen. ¿Cuál imagen? El fantasma.

De nuevo el festín. El festín loco, dionisiaco. Wallace tan efusivo y tan parco, conduce la fiesta y a la vez se esconde. Habla y habla pero no habla con nadie. Y se dedica a preparar caipirinhas para emborrachar a todo el personal. Le pinta una señal en la frente a cada visitante. Hace un logo para la exposición a partir de la A y la B de Adolfo Bernal y diseña las guirnaldas a partir del logo y hace un grafiti sobre la pared del patio:

NERVO
CHICOTE

Marcando el espacio y dejando huella (Taller 7 está lleno de huellas de eventos del pasado). En la tipografía de Bernal. ¿Es una señal de Bernal o de Masuko? ¿Poseyó el primero al segundo? ¿El segundo se apoderó del primero? Como se perdieron los límites ya no podremos saberlo. Una curaduría como pocas, en la que el arte del artista en lugar de quedar congelado, envitrinado, en realidad es “animado”.

Wallace, gracias al juicioso y generoso trabajo de Melissa Aguilar que viene estudiando desde hace tiempo el archivo de Bernal, pudo disponer en toda la casa de Taller 7 buena parte de su material de trabajo que muy pocos han visto. En sus hojas de cuadernos podemos asomarnos a la combinatoria de su creatividad. Los pares de palabras públicos, los afiches conocidos, son el resultado de un depuramiento meticuloso de una búsqueda manuscrita. Y todo se dispone para que en los días siguientes los visitantes intervengan el archivo, lo copien, lo multipliquen.

Pero esa noche, más que nada, somos testigos de la obsesión, de la obsesión de Masuko por Bernal, y de Bernal por ese más allá al que se aproximaba a partir de su más acá: de Medellín, sus calles y sus montañas, de las palabras y el milagro que sucede al combinarlas. Las palabras que pegaría por las calles. Los ritos que llevaría a las montañas. MEDELLÍN es el texto de su cartel. El lugar donde en la loma inscribe en la cancha de fútbol la flecha. Y desde donde invoca el cometa con el fuego, y llama a un nuevo tiempo con la música del amanecer.

La fiesta en Taller 7 tenía que llegar al amanecer y los visitantes hicieron parte hasta el fondo del ritual sin darse del todo cuenta qué estaba sucediendo, pero participando con todo su cuerpo.

Yo he de confesar que no llegué al amanecer, después de bailar y tomar con todos, a las 4 de la mañana, me encerré en mi cuarto a intentar dormir. En el corazón del festín y del ruidajo.

De las horas que siguieron, no olvidaré la conversación matutina de aquella chica que raspó la fiesta hasta ya bien alto el sol y el artista peruano que residiendo en la casa se había ido a dormir mucho más temprano y buscaba desayuno. Ella quería más y más fiesta, más y más música. Y él, que quería un poco de paz, tan inteligente y tan hábil con las palabras, supo calmarla. Supo hacer una conversación donde parecía imposible.

Y él le decía: “Bien está lo que bien acaba”

Y ella respondía: “¡Pero nada acaba!”

Al salir ya me encontraría sólo con los restos del festín. Y con el artista peruano, Juan Javier Salazar, como testigo sabio de toda la situación.

Porque habíamos sido testigos de un momento mítico. Algo que sólo podía suceder en un lugar como Taller 7. Un lugar donde en realidad no se puede separar el arte de la conversación y de la fiesta, del anochecer y del amanecer, de los papeles y las paredes, de las calles y los interiores, de lo que pasa adentro y lo que pasa afuera, de los cuartos y las salas de exhibición, de los montajistas y los artistas, de los artistas y los amigos, los curadores y los artistas, los artistas y los poetas, los dibujantes y los visitantes.  Casi todos borrachos, casi todos eufóricos y exhaustos. Casi todos contentos.

En ese domingo, el día siguiente del ritual, el tiempo había quedado trastocado. Pero ese domingo, de todos modos, de nuevo Julián llevaría a los nuevos visitantes a estar un rato con la Dani. Ese domingo tampoco iría yo a donde la Dani. Porque tenía algo más que hacer.

Eso que no me había dejado estar todo el mes allí, eso que no me había permitido en realidad estar ahí, hacer parte. Toda esa vida en Cali que no me había dejado estar del todo en Medellín.=

Yo había estado allí como testigo. Y había llegado cansado y me había ido cansado. Yo siempre había estado demasiado ocupado. Y sin embargo, me habían sabido sacar de mi lugar. Me habían sabido mostrar cómo el arte estaba en otro sitio.

Allí estaban todavía las flores que habíamos comprado con Wallace y Eva. Eran parte de la exposición, junto con las nuevas flores que trajo Wallace para su adorado Bernal.

 

Alejandro Martín Maldonado
Octubre-Noviembre 2015

 

Anuncios

Persuasión

img_3432
Joan Fontcuberta, minifotografía de fotografía presente en la exposición Pareidolia. Museo de arte del Banco de la República, noviembre 10, 2016 – febrero 27, 2017. Bogotá

Difícil que, como aquí, una muestra de arte se acerque tanto, de tal manera y en tiempo real al mundo real. Hasta se pueden tomar frases sueltas de sus textos protocolarios y usarlas para explicar el apetito de una parte significativa de nacionales por la sangre (ajena) derramada. Por ejemplo, cuando se dice que “pareidolia es un término que, aunque no existe oficialmente en el español, se refiere a situaciones que todos hemos vivido: ver lo que queremos ver, dejarnos engañar por una imagen y transformar la realidad de acuerdo a nuestras percepciones.” Sin embargo, no es un diagnóstico sobre colombianidad.

Posee un programa de mayor alcance. Cuando toma el fake como procedimiento artístico, Joan Fontcuberta nos recuerda cómo se encauzaron las sociedades que decidieron definir una verdad (negando el costo de credulidad que hubieron de pagar), imponerla (usando, obviamente, el terror) y perpetuarla (diseñando agresiones-pedagogías para aplicar en dosis a creyentes y escépticos). Adelantándome al final: la sección conclusiva de esta muestra reflexiona largamente sobre la constante reproducción de ese fenómeno, permitiendo pensar en la paradoja que enfrenta la cultura occidental justo cuando posee los mayores dispositivos de difusión de conocimiento. Tras internet la superstición se convirtió en la herramienta de difusión de conocimiento más empleada. Y, sí, por eso “estamos en problemas.”

Pareidolia comienza con imágenes dirigidas a los miedos primordiales, sigue con chistes contra-ideológicos y termina diciendo que aquello en lo que creemos nos condena. Y en el entretanto recurre a trucos museográficos: el primer capítulo anuda la exitosa saga pseudo-científica dedicada al biólogo colonialista Peter Ameisenhaufen con la presencia de especies ubicadas en Bogotá. La imposibilidad burocrática de nacionalizar algunos de sus ejemplares taxidermizados permitió que Fontcuberta lograra, en palabras del curador Nicolás Gómez, cumplir con la intención de  “que su obra se confunda con material de archivo o museográfico, mucho del cual encuentra en los lugares donde expone”. Es decir que para reemplazar los collages de mandril + cuadrúpedo o primate + búho + cuernito, fue necesario acudir a la colección de la Universidad de La Salle. Con ello, se añadió una capa de sentido a la muestra al tiempo que se reforzó la principal hipótesis del proyecto. Aquella que sostiene la historiadora Paula Ronderos y donde resalta que “la ciencia no es tan absoluta y arraigada como pretendemos creer, pues es factible creer sólo partes de ella o considerar relevantes, pruebas aceptables que otros descartan como posturas incluyentes.” La ciencia y la religión, habría que añadir. Y el bastardo de esta última también, el nacionalismo.

Mientras la sección Herbarium se olvida rápido, Sputnik, emociona. Por varias decisiones: escoge una absurda pretensión de guerra fría, la disecciona, inventaría sus componentes con atención, le fabrica un entramado argumentativo y la devuelve a la esfera pública para que sea releída en clave de sinfonía sacrificial incomprobable. Incluso, dentro de la estructura teórica de este proyecto, no importaría que la “intervención” de Fontcuberta en el televisivo Cuarto Milenio hubiera sucedido. Es decir, ¿plantearía diferencia que aquello hubiera pasado cuando sabemos que las noticias que consumimos provienen de planes establecidos entre regímenes de gobierno y empresas de comunicaciones, por decir cualquier cosa, el grupo PRISA?

Como sorpresa de cierre, Pareidolia retorna al establecimiento de vínculos con la cultura donde se presenta e incluye algunos cuadros de la colección del Banco de la República. Básicamente pinturas de escenas milagrosas donde epifanías y descripciones de monjas que abrieron los ojos después de morir o rejuvenecieron tras su deceso dialogan con videos y fotografías de monjes actuando la fe. O de actores que actúan como monjes que actúan la fe. O de espectadores que actuamos como no creyentes para ver actores que actúan como monjes, etc.

 

–Guillermo Vanegas


Acerado  

acerado

Estudiantes sin docente a cargo departen al amparo de la obra Escalonado, de John Castles. Fotografía: Carlos Hurtado. Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, 24 de octubre de 2016.

En la escalinata de acceso al Museo de Arte del Banco de la República el escultor John Castles propone un diálogo con el siempre problemático espacio público. Y lo hace muchísimo mejor que colegas suyos adictos a la ostentación espacial. Por una parte, porque supera con creces su simple vinculación formal con el tardomodernismo nativo; de otro lado, porque trasciende el análisis krausista promedio sobre el status del pedestal en esa clase de proyectos. De hecho, si se tiene en cuenta la proveniencia de su autor, Escalonado resulta bastante extraño en el panorama de la producción de obras de sitio específico local porque se plantea como una reflexión tridimensional cortés. En ella el artista intenta una relación arte-público que no concluye en un obstáculo que hay que mirar por obligación. Ni mata el paisaje ni se vuelve paisaje.

Simplemente es el apego por la prolongación de una línea horizontal. Con la que, además, su autor lee el contexto sin conjurar el fracaso (la indiferencia del público o su acogida como sede de micciones furtivas), ansiar la acogida semiestetizada (fondo de selfie  turística o lugar de contemplación) o politizada (reclamando un nuevo lugar para el rol del artista en la era post-lo-que-sea), y sin buscar incluirse en la historia del arte público colombiano (por medio de una metafísica silvestre desplegada en texto flojo de revista cultural floja).

De otro lado, con este tipo de obras Castles confunde a quienes siguen superficialmente su trabajo. Hay que pensar aquí que él no es sólo esculturas para sedes corporativas u hogares fancy. Desde sus comienzos se ha dedicado a ejercicios formales más serios, como la integración del suelo dentro del programa de sus piezas, los efectos de la ley de gravedad en sus estructuras o la incorporación de metáforas que son a veces facilonas, a veces exitosas. Las propuestas que mejor ilustran esto último serían las obras Esquina No. 8, -Center’s piece-(1983), Proyecto Cíclope (con que participó en el concurso para decorar la represa Riogrande, 1989) o Proyecto Gea (que postuló para el concurso Trisesquicentenario de Bogotá, en 1991). Estos dos, nunca se construyeron. Escalonado casi tampoco. Permaneció inédita durante dieciséis años y, como reitera el mismo Castles, proviene de dos bocetos. Uno elaborado para un encargo que no fructificó en 2000; otro, que desarrolló en respuesta a los recorridos que hace por el Parque de la Independencia. En ambos trataba de resolver la ubicación y estabilidad de una lámina de acero ondulada sobre un plano inclinado.

En esta oportunidad, Castles aceptó la invitación del Área de artes del Banco de la República para intervenir una de las áreas exteriores de su complejo cultural en el centro de Bogotá. Reunió y actualizó ambos proyectos para adaptarlos a las escalinatas de su plazoleta sur tratando de cumplir tres principios: 1.- que la pieza ocupara la extensión de la locación; 2.- que la obra se mantuviera horizontal con el anden que remata al norte del lugar; y 3.- que la pieza, como casi todas en su obra, no ocultara su proveniencia industrial. De este modo, postuló un trabajo que logra hacer parte del entorno donde se ubica, ha mantenido el interés de los asiduos a esa zona y (aún) no ha sido vandalizado.

Esto último no es lo menos importante. En momentos que el compromiso del Estado con la producción artística parece limitarse a un repliege permanente para dejar espacio a la iniciativa privada, este tipo de proyectos es de resaltar. Sobre todo porque a pesar de que la obra se promocionó como actividad alterna a la ArtBoweek, permite entrever un proceso que bien podría tener versiones adicionales. De igual manera, funciona como ilustración de lo que la escultura llega a ser cuando se aleja de la autosatisfacción mediática y aparece en un entorno sin tratar de vulnerarlo o minimizarlo. De hecho, y más allá de que se encuentre en un zona hipervigilada, la obra sufrirá pocos ataques físicos porque se encarga de darle la bienvenida a sus observadores, en vez de gritarles órdenes del tipo: “¡este el el arte que ustedes necesitan! ¡disfrútenlo (porque es lo que hay y para eso es que está)!”.

 

–Guillermo Vanegas


Pharmacología –viaje al #44SNA

Un grupo de estudiantes de las universidades del Bosque y los Andes viajaron a visitar el #44SNA para asistir al Encuentro Académico. A continuación un texto Carolina Cerón publicado en González, seguido de unas imágenes de la visita.

Pharmacologia

El formato de conferencia leída de un texto de algunos invitados al componente académico del Aún 44 Sna —incluyendo cualquier formato de conferencia leída sin gracia— ¿debería ser revisado? A veces da la sensación de que este tipo de formato es el más poderoso somnífero del territorio, entendido el territorio con la comunidad presente en el auditorio. Charlas como la de Brigitte Baptiste, Rafael Castellanos o Bruno Mazzoldi lograron ser la cafeína de las conferencias, estableciendo un diálogo animado y dinámico con su público. Pareciera que otras conferencias le hablaban exclusivamente a versados en teoría crítica, filosofía continental, Derrida, Guattari, Deleuze y todo el combo de teoría pura y dura. Viendo el panorama del territorio desde atrás en el auditorio, la gran mayoría de estudiantes y asistentes —a excepción de las dos primeras filas— parece en una siesta comunal, arrullada por un murmullo lejano. No es que esto sea un balance general del componente pues no ha finalizado, es tan solo una impresión comentada por varios en medio de la charla nocturna. Se ha hablado del inconsciente, de la experiencia, de la psicodelia y otras formas de adición en la sociedad. Si bien hay alucinógenos que permiten aumentar la percepción casi que creando una especie de telepatía que permite fundirse y leer al otro, hay una ausencia del alucinógeno que permite leer al público.

El pharmakon en filosofía alude a aquello que cura y enferma al mismo tiempo. El fármaco de las conferencias ha sido el formato de lectura arrulladora y poca generosa en muchas intervenciones, que a pesar de un fondo y un contenido pertinente y refrescante para hablar de territorio, se envenena con la forma de llegar a su público —sobre todo aquellas donde el conferencista no puede hablar sin el guión restringido de la página escrita— y la lectura adormecedora que impreg- na y no logra llegar al tipico estudiante asistente que no le interesa entender ni leer ni que le lean teoría para arrullarlo.

—Carolina Cerón*

  *Curadora y profesora de la Universidad de los Andes

@enbusapereirayalgo #enbusapaereirayalgo @44sna estudiantes de arte de la universidad El Bosque y Uniandes, charlando sobre el salón. Palabras e ideas que se repiten (lo que no) capricho, magistral, herencia, tautología, falta de investigación, el tema no está, pegado con babas, teoría, literal, aleatorio, fachada, falta de diálogo, psicotropismos y territorio visto desde un solo lado, relaciones no claras, la ausencia de Pereira, mucho abarcar y poco apretar, falta de concreción, no entiendo, selección en torno a personalidades, verticalidad. (Lo que SÍ) la obra de Licona es la gran favorita del Salón, los textos y la Curaduria del club Rialto, el impresionante papel de los mediadores, la Curaduria y las obras de la usurpadora en el la alianza francesa, la obra de la manta de arroz en la Curaduria del colombo, la Curaduria cuida, la oficina, la Santa Lucía en el Rialto, las charlas de Briggite Baptiste, Rafael Castellanos y Brunno Mazzoldi, la lectura de la novela de José Covo, el concierto de Mugre, la obra del barrio Zea, la Curaduria del club Rialto, los textos, la obra de Roldán en el museo de Pereira, la obra de Mario Opazo, y la de los televisores de al lado de Opazo que nadie se acuerda el apellido del artista, la obra de Edwin Sánchez es buenísima, @mariaaaangelica @spinyol — at Pereira Ciudad Turística.

Una foto publicada por En Bus A Pereira Y Algo Mas (@enbusapereirayalgo) el

 

#enbusapereirayalgo @enbusapereirayalgo

Una foto publicada por En Bus A Pereira Y Algo Mas (@enbusapereirayalgo) el

//platform.instagram.com/en_US/embeds.js

#enbusapereirayalgo @enbusapereirayalgo

Una foto publicada por En Bus A Pereira Y Algo Mas (@enbusapereirayalgo) el

@enbusapereirayalgo #enbusapereirayalgo

Una foto publicada por En Bus A Pereira Y Algo Mas (@enbusapereirayalgo) el

//platform.instagram.com/en_US/embeds.js

@enbusapereirayalgo #enbusapereirayalgo

Una foto publicada por En Bus A Pereira Y Algo Mas (@enbusapereirayalgo) el

//platform.instagram.com/en_US/embeds.js

#enbusapereirayalgo

Una foto publicada por En Bus A Pereira Y Algo Mas (@enbusapereirayalgo) el

//platform.instagram.com/en_US/embeds.js

@enbusapereirayalgo #enbusapereirayalgo

Una foto publicada por En Bus A Pereira Y Algo Mas (@enbusapereirayalgo) el

//platform.instagram.com/en_US/embeds.js


Preinauguración en Odeón

Una colectiva espectacular en Odeón selecciona otra nata de las relaciones sociales por conveniencia profesional más inmediata. Personajes de la escena interlocal instalados en sus carreras por la valorización a toda máquina y obras que se instalan en la teatralidad del espacio, provocan sonrisas de alegría en la inauguración mientras el coleccionista de foulard llega con su displicencia a exigir servicio al cliente y exclusividad.

 

Reporte de Andrés Felipe Uribe


Ciclos de Camaradería Comercial

Informando sobre la vertiginosa camaradería comercial de arte contemporáneo y sus calidades, encontramos complejos discursos para tejer sentidos respecto a varias irrealidades, mientras distintos actores levantan simple admiración y/o profundas decepciones. Temporada Otoño-Invierno 2016.

 

Reporte de Andrés Felipe Uribe de la exposición ATLAS #2: “¡Otros mundos, ahora!” en la CCB sede Chapinero. Curaduría de Emilio Tarazona.

 


Videoexplotación de la Hipermodernidad

Van Gogh Alive, la última video-instalación postmortem del Holandés, es una gran propuesta de tour ambiente multimedia que nos enseña una faceta actual de la pintura europea moderna, su transformación en entretenimiento masivo a partir de la proyección sin compasión de luz sobre superficies, es decir su desmaterialización, la pintura sin pintura. Postimpresionismo en RGB acompañado de su infaltable música orquestal clásica, toda la cursilería posible teniendo el buen gusto de hacer dinero con la romántica miseria del otro, el autor. En caso de asistir, no olvide tomarse una selfie en la precaria recreación de la habitación del artista, y hacer eterno ese momento fantástico de encarnación virtual de la pobreza ajena.